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miércoles, 27 de diciembre de 2017

Donald Kagan.- La guerra del Peloponeso CONCLUSIÓN

Al final, la victoria espartana no proporcionó la libertad para los territorios antes sometidos por Atenas, ya que Lisandro mantuvo el control de muchas ciudades griegas de Asia Menor, y los persas recobraron otras muchas. Los espartanos reemplazaron el imperio naval ateniense por el suyo propio, imponiendo oligarquías muy cerradas y guarniciones espartanas y gobernadores en las «ciudades liberadas», así como el pago de tributos.
En la propia Atenas, los espartanos impusieron un gobierno títere de oligarcas cuya brutalidad pronto les hizo dignos del nombre de «los Treinta Tiranos». El nuevo régimen comenzó un reino de terror, que consistió en una extensa confiscación de la propiedad y en el asesinato judicial, primero dirigido contra líderes de la democracia, luego contra ricos para obtener beneficio y finalmente contra los moderados, incluidos aquellos de sus propias filas que protestaron contra esas atrocidades. Cuando la hostilidad y la resistencia crecieron, los Treinta tuvieron que solicitar la presencia de una guarnición de tropas espartanas para que les protegieran de sus conciudadanos.
Después de haber tomado el control de lo que había sido el Imperio ateniense, los espartanos dominaron desde ese momento el mundo griego, suprimiendo la democracia allí donde la encontraban, a la que reemplazaron por gobiernos oligárquicos satélites en todas partes. En una Atenas que se había convertido en un territorio ocupado, en el que incluso la simple sospecha de tener simpatías hacia la democracia podía conducir a la muerte, los atenienses encontraron en Trasibulo, hijo de Lico, un líder para hacer frente a la situación. Como no aceptaba vivir bajo el gobierno de los Treinta, Trasibulo huyó a Tebas, antes hostil a Atenas, pero en ese momento enfrentada a Esparta. Hacia allí_escaparon dirigentes demócratas atenienses y patriotas que se reunieron con Trasibulo y organizaron un pequeño ejército, que se estableció en un fuerte en las montañas, en la frontera norte de Atenas. Cuando las fuerzas de los Treinta intentaron acabar con los rebeldes, más atenienses se animaron a huir y a unirse a la resistencia. Al final, Trasibulo contó con las suficientes fuerzas como para avanzar y capturar el Pireo y enfrentarse con un ejército espartano hasta quedar en tablas. Los espartanos decidieron abandonar Atenas y, así, en el 403, Trasibulo y sus hombres restauraron la plena democracia.
Atenas era libre y democrática de nuevo, pero el peligro no había pasado. Encolerizados por los ultrajes cometidos por los Treinta, muchos ciudadanos atenienses querían buscar y castigar a los culpables de semejantes excesos y también a todos aquellos que habían colaborado con ellos, un proceso que incluiría numerosos juicios, ejecuciones y destierros. Sobre Atenas se cernía el peligro de verse desgarrada por la lucha entre facciones políticas y por la guerra civil que ya había destruido la democracia en tantos otros Estados griegos. Sin embargo, Trasibulo se unió a otros moderados para decretar una amnistía que protegiera a la mayoría de los que podían ser objeto de venganza, excepto a unos pocos de los que habían cometido los actos más criminales. La democracia restaurada en Atenas se mantuvo firme en una política de moderación y autocontrol, exhibiendo un comportamiento que más tarde ganó las alabanzas del propio Aristóteles: «La reacción [de los demócratas atenienses] ante sus pasadas desgracias, tanto privadas como públicas, parece haber sido la mejor y la de mayor habilidad política que cualquier pueblo haya demostrado nunca». No sólo decretaron y sostuvieron la amnistía, sino que utilizaron fondos públicos para devolver a los espartanos la suma que los Treinta les habían pedido prestada para combatir a los demócratas. «Porque pensaban que ése era el único camino para comenzar la restauración de la armonía. En otras ciudades, cuando los demócratas llegaban al poder, no se pensó en gastar el dinero propio; muy al contrario, ellos tomaban y se repartían las tierras de sus oponentes» (Constitución de los atenienses, 40, 2-3). La moderación de los demócratas del 403 se vio recompensada por una reconciliación absoluta de las clases y de las facciones políticas que permitió a la democracia ateniense florecer sin tener que enfrentarse a una guerra civil o a un golpe de Estado, casi hasta el final del siglo IV.
Curiosamente, la derrota que había amenazado con aniquilar a Atenas y a su gente, con destruir su Constitución democrática y comprometer su capacidad para dominar a otros o, incluso, para conducir una política exterior independiente, fracasó en conseguir cualquiera de esos objetivos durante mucho tiempo. En un año, más o menos, los atenienses habían conseguido instalar plenamente su democracia de nuevo. En una década, habían recobrado su flota, sus murallas y su independencia, e incluso en ese momento Atenas ya era considerada un miembro principal en una coalición de Estados dedicados a prevenir que Esparta interfiriera en los asuntos del resto de Grecia. En un cuarto de siglo, habían vuelto a ganarse a muchos de sus antiguos aliados y restaurado su poder, hasta el punto que es posible hablar de un «segundo Imperio ateniense».
Es cierto que los espartanos se habían convertido en la fuerza dominante en Grecia, pero su victoria no trajo estabilidad y sí muchos problemas. En pocos años, fueron obligados a abandonar su Imperio y los tributos, aunque no antes de que una cantidad suficiente de dinero hubiera circulado por Esparta, socavando su tradicional disciplina e instituciones. Pronto los espartiatas tuvieron que hacer frente a conspiraciones internas que amenazaron su Constitución y su misma supervivencia. En el exterior, tuvieron que hacer frente a una gran guerra contra una coalición de antiguos aliados y enemigos que los mantuvieron en jaque dentro del propio Peloponeso, creando una situación crítica de la que sólo pudieron salir gracias a la intervención de Persia. Durante cierto tiempo, mantuvieron su hegemonía sobre el resto de los griegos, pero sólo mientras el rey persa quiso que eso ocurriera. Tres décadas después de su gran victoria, los espartanos fueron derrotados por los tebanos en una gran batalla terrestre, y su poder fue destruido para siempre.
El coste de la larga y brutal guerra del Peloponeso fue enorme. La pérdida de vidas humanas no tenía precedentes y, en algunos lugares, sólo puede describirse como demoledora. Toda la población masculina de Melos y Escione fue aniquilada, mientras que Platea perdió a gran parte de sus hombres. Una década después de que la guerra hubiera terminado, el número de varones adultos atenienses ascendía a la mitad de los que había al comienzo del conflicto. Los atenienses tuvieron más bajas que otros Estados, ya que sólo ellos sufrieron la peste que mató, quizás, a un tercio de su población, aunque no podemos olvidarnos de las devastaciones de los campos, la interrupción del comercio que trajo hambruna, malnutrición y enfermedades, que también afectaron a otros Estados. Los atenienses arruinaron los cultivos de Megara e interrumpieron su comercio durante muchos años, dejando a los megareo tan diezmados y empobrecidos que se vieron obligados a incrementar su dependencia de la mano de obra esclava para recuperar la prosperidad de la ciudad. Los corintios habían sido capaces de enviar unos cinco mil hoplitas para enfrentarse a los persas en la batalla de Platea (479), pero sólo pudieron reunir unos tres mil —seguramente toda su fuerza— en Nemea para defender su propio territorio en el 394. La pobreza originada por la restricción del comercio durante la guerra desposeyó a muchos hombres de la fortuna mínima para servir como hoplitas, aunque este simple dato no puede explicar cifras tan mermadas. Si sólo la mitad del crecimiento puede considerarse como el resultado de una población en regresión, esto indicaría una disminución del número de varones adultos de un veinte por ciento en menos de un siglo. Las privaciones de la guerra, directas o indirectas, pasarían una factura parecida en vidas humanas a lo largo del mundo griego, desde Sicilia al Bósforo.
El daño económico, incluso cuando no provocó pérdida de vidas, fue grave en muchos lugares. La pérdida de su Imperio puso fin a la fuente de la gran riqueza pública de Atenas, con sus extraordinarios programas de construcción del siglo V. La depredación sobre la agricultura requirió de muchos años para su recuperación. No sólo Megara, sino las islas del Egeo fueron sometidas a frecuentes incursiones. Corinto, Megara y Sición, los Estados del istmo para los que el comercio era vital, fueron apartados del comercio con el Egeo por casi tres décadas, y durante la mayor parte de ese período su comercio con el oeste fue severamente restringido. En muchas partes de Grecia, especialmente en el Peloponeso, la pobreza fue tan severa que muchos hombres se vieron obligados a ofrecerse como mercenarios, a menudo en ejércitos extranjeros.
Dentro de las ciudades, los peligros y las asperezas de la guerra contribuyeron a exacerbar el conflicto entre las facciones existentes. Tucídides, Jenofonte, Diodoro y Plutarco hablan de las frecuentes guerras civiles, cuyos horrores se convirtieron en algo habitual, cuando violentos y despiadados conflictos estallaron por doquier entre demócratas y oligarcas. La ira, la frustración y el deseo de venganza se incrementaron a medida que la guerra se alargaba, y dieron paso a una progresión de atrocidades sin precedentes o no conocidas del todo antes de esa época.
Incluso los poderosos lazos familiares y los más sagrados preceptos religiosos sucumbieron a la presión de esta larga guerra. Sus terribles efectos alentaron la puesta en duda de los valores tradicionales en los que se basaba la sociedad griega clásica y, al final, provocaron una división de la sociedad. Algunos reaccionaron rechazando toda clase de fe en favor de una racionalidad escéptica o, incluso, cínica, mientras que otros intentaban regresar a una piedad más arcaica y menos racional.
La derrota de Atenas en la guerra supuso también un golpe para las perspectivas democráticas de otras ciudades griegas. La influencia de los sistemas políticos en poblaciones exteriores está estrechamente conectada con su éxito en la guerra. La constitución democrática de una Atenas poderosa y victoriosa actuó como un imán y un modelo para otros, incluso en el propio Peloponeso. La derrota de Atenas en la guerra contra Esparta fue tomada como una prueba del carácter inadecuado de sus sistemas políticos; los fracasos atenienses fueron entendidos como equivocaciones del régimen democrático; los errores y los infortunios corrientes fueron juzgados como consecuencias peculiares de la democracia. La victoria espartana sobre la coalición democrática en Mantinea (418) fue el punto de inflexión en el desarrollo político de Grecia hacia la oligarquía más que a la democracia, y la derrota final de Atenas reforzó esa tendencia.
A pesar de su resultado aparentemente decisivo, la guerra no estableció un equilibrio de poder que reemplazara la inestabilidad que había caracterizado el final de las Guerras Médicas. No creó un nuevo orden que trajera una paz general durante una o más generaciones. Por el contrario, la victoria de Esparta sobre Atenas trajo sólo un predominio temporal de la influencia espartana que iba más allá de sus capacidades. A los espartanos les faltaban los recursos humanos, materiales y políticos para conservar el Imperio que habían ganado, o incluso para controlar durante mucho tiempo los acontecimientos que pudieran ocurrir fuera del Peloponeso. Sus intentos de conseguirlo sólo trajeron división y debilidad a su propio Estado y al resto de Grecia.
El acuerdo del 404 no fue, finalmente, ni una «paz púnica» que destruyera el poder ateniense con carácter permanente, ni un acuerdo moderado y negociado cuyo propósito fuera apaciguar enconados sentimientos. Aún más, Atenas tenía una fortaleza real y potencial más grande de lo que parecía en el momento de su derrota, por lo que era cuestión de tiempo que su poder se reafirmara. Tan pronto como se vieron libres, los atenienses empezaron a planear la recuperación de su Imperio, de su poder y de su gloria, así como la resistencia a la hegemonía espartana sobre otros Estados griegos. En el 404, Atenas fue desarmada pero no apaciguada, y para mantenerla desarmada se requeriría un grado de fuerza, compromiso, cooperación y unidad de propósito que no poseían las potencias victoriosas. La ambición tebana había ido creciendo hasta el punto de pedir la paridad con los Estados líderes y, más tarde, la hegemonía. Los vanos intentos de Esparta por dominar Grecia provocaron una debilidad que pronto puso fin a la dominación de los griegos y los sometió al control de extranjeros, primero a las intervenciones de Persia, y después a su conquista por Macedonia.
Es legítimo e instructivo pensar en lo que llamamos Guerra del Peloponeso como «la gran guerra entre Atenas y Esparta», según la ha denominado un estudioso, porque, al igual que la guerra europea de 1914-1918 —a la que el título de «la Gran Guerra» fue aplicado por una generación que sólo conoció una— fue un acontecimiento trágico, un punto de inflexión en la historia, el final de una era de progreso, prosperidad, confianza y esperanza, y el comienzo de un período de mayor oscuridad.

Donald Kagan.- La guerra del Peloponeso Capítulo 37 La caída final de Atenas (405-404)

A pesar de todas sus desgracias después de la batalla, los atenienses habían conseguido una gran victoria en las Arginusas, mientras que la flota espartana había sufrido un duro revés. Aunque habían conservado noventa trirremes, no disponían de dinero para el pago de las tripulaciones, por lo que el único camino para escapar del hambre tanto para marineros como para soldados era alquilar sus servicios como agricultores en los campos de Quíos. Su pobreza les llevó a tal grado de desesperación, que algunos de ellos planearon un ataque a la capital de la isla, aunque se tratara de un aliado de Esparta. Por el momento, los aterrorizados quiotas aceptaron mantener las tropas, pero sin el dinero persa los lacedemonios no podrían continuar la guerra en el Egeo. En Esparta, muchos estaban completamente descorazonados al conocer la noticia de que la derrota se había producido a manos de una fuerza ateniense tan inexperta. Además, los espartanos que opinaban como Calicrátidas consideraban la colaboración con los persas contra otros griegos como una desgracia, mientras que los oponentes políticos de Lisandro temían su regreso al mando, así como sus ambiciones personales.
UNA NUEVA OFERTA ESPARTANA DE PAZ

Por todos estos motivos, los espartanos buscaron de nuevo la paz, esta vez con la oferta de evacuar Decelia y de que cada bando mantuviera los territorios que tenía en ese momento. Para los atenienses representaba una oferta mucho mejor que la que habían rechazado después de la batalla de Cícico. Aunque Atenas había perdido Pilos en el 410-409, los espartanos estaban deseosos de abandonar su fortificación en el Ática sin exigir un quid pro quo. Desde el 410, habían sido obligados a ceder el control de Bizancio y Calcedonia, con lo que los atenienses habían vuelto a ganar la libre navegación en el Bósforo, así como acceso al mar Negro y a los importantes suministros de grano de sus costas. En este momento, las únicas posesiones de importancia que mantenía Esparta eran Abido, en el Helesponto, la importante isla de Quíos, frente a la costa de Jonia, y Cime, Focea y Éfeso, destacadas ciudades en territorio continental. Aunque la oferta de paz no ofrecía a los atenienses todo lo que hubieran querido, la mejora de las condiciones desde Cícico era considerable. Pero también era atractiva desde otro punto de vista. Si Esparta decidía seguir luchando con un renovado apoyo por parte de Persia, podría restaurar con rapidez su superioridad numérica en el mar, además de continuar ganando remeros del enemigo gracias a la paga superior que ofrecían. A pesar de que la victoria ateniense en las Arginusas fue, sin duda, gloriosa, también fue, en cierto sentido, un acontecimiento casi milagroso, por lo que una reanudación de la guerra agotaría pronto sus recursos. Por el contrario, la paz permitiría a los atenienses establecer una cierta seguridad en su Imperio, así como recaudar los tributos y rellenar las arcas de la ciudad. Del mismo modo, la retirada espartana de Decelia permitiría que los agricultores atenienses regresaran a sus campos y empezaran a producir cosechas de nuevo.
A pesar de todas estas tentaciones, Atenas rechazó la oferta de Esparta. Aristóteles, entre otros escritores antiguos, culpó a la imprudente insensatez que debía esperarse de una democracia, y especialmente al «demagogo» Cleofonte, que «impidió la paz; entró en la Asamblea bebido y llevando la coraza militar, y dijo que no aceptaría nunca un acuerdo de paz a menos que los espartanos entregaran todas las ciudades» (Constitución de los atenienses, 34, 1). Ésta es, claramente, una versión parcial de los acontecimientos, pero, con independencia de su veracidad, el hecho innegable es que una mayoría de los miles de ciudadanos atenienses presentes rechazaron el acuerdo de paz. La explicación más probable para tal rechazo es su constante desconfianza hacia los espartanos después de que éstos faltaran a su palabra durante la Paz de Nicias: ni los juramentos para establecer la paz, ni los juramentos de ratificación de un tratado de alianza eran suficiente garantía para que los peloponesios mantuvieran su palabra. En el 406, los atenienses temían que el enemigo utilizara la paz, una vez más, como una mera tregua, proporcionándoles así tiempo para reagruparse, recuperarse de la derrota y negociar de nuevo con los persas para obtener fondos con los que sufragar una renovada guerra hasta la victoria. Los atenienses consideraban más seguro seguir presionando hasta obtener una victoria total mientras los espartanos estuvieran debilitados y descorazonados, y aprovechando que ahora las relaciones que mantenían con Persia no eran buenas.
EL REGRESO DE LISANDRO

Sin embargo, el problema con ese plan era que Ciro seguía siendo sátrapa y estaba determinado a usar las fuerzas espartanas para sus propios propósitos, y que Lisandro esperaba el momento propicio para unirse a él como colaborador. De hecho, durante el invierno del 406-405, los aliados de Esparta en el Egeo y en la costa asiática se reunieron en Éfeso. Desde la derrota de Esparta en las Arginusas, habían estado sufriendo continuos e impunes ataques por parte de los atenienses, razón por la cual, junto con los emisarios de Ciro, solicitaron a los espartanos que Lisandro fuera restituido en el mando. Aunque dos obstáculos se alzaban en contra de esta petición —concretamente, la política y la constitución espartanas—, ambos fueron pasados por alto, ya que la victoria ateniense, la derrota de Calicrátidas y el rechazo ateniense a la oferta de paz no dejaron otra opción. Si la guerra iba a continuar, las sugerencias de los aliados de Esparta, ya fueran griegos o persas, no podían ser rechazadas. Cualquier oposición hacia el ambicioso Lisandro debía dejar paso a la necesidad del momento, incluyendo ciertas restricciones constitucionales. Ya que la ley establecía que un hombre no sirviera como navarca más de una vez en su vida, los espartanos nombraron a Araco como navarca nominal y a Lisandro como su secretario (epistoleus) y segundo navarca. Todos entendieron que esto no era más que una ficción legal.
El brillante genio de la guerra naval espartana entró de inmediato en acción, y ordenó que los barcos de la flota se reunieran en la vieja base de Éfeso, disponiendo además que fueran construidos nuevos trirremes. Rápidamente solicitó una audiencia con Ciro para obtener el dinero que necesitaban tan desesperadamente.
Aunque el príncipe persa permanecía sinceramente unido a Lisandro, no tuvo más remedio que informarle de que todo el dinero del Gran Rey había sido gastado, junto con una buena parte del suyo personal. Sin embargo, prometió que continuaría apoyándole con sus propios recursos, incluso si el Gran Rey se negara, y ratificó sus palabras mediante la entrega de una importante suma en ese mismo encuentro.
Ciro necesitaba el apoyo de Lisandro, no sólo para sus futuras ambiciones, sino también como una solución para los problemas que tenía en ese momento. El asesinato de sus primos reales, instigado por él, había provocado las quejas de sus padres, y Darío había respondido ordenándole que regresara a Susa.
El joven príncipe no tenía más opción que obedecer, y como no podía confiar en ningún persa para gobernar en su ausencia, tomó una atrevida medida: convocó a Lisandro en Sardes para nombrarlo sátrapa en su lugar en esa provincia del Imperio persa. Le dejó todo el dinero disponible y le concedió el derecho a recaudar todo el tributo asignado a la provincia. Ciro confiaba más en la lealtad que en la prudencia del espartano, razón por la cual le pidió que no atacara a los atenienses hasta que él hubiera regresado. Esta petición fue bien aceptada por Lisandro, debido a que su flota sería numéricamente inferior por algunos meses todavía, y necesitaba tiempo para hacer que las tripulaciones de sus barcos volvieran a alcanzar su alto nivel de entrenamiento.
En ausencia de Ciro, los objetivos personales de Lisandro le llevaron a intentar anular la influencia del fallecido Calicrátidas, que había despertado poderosos sentimientos panhelénicos y antipersas, lo que había contribuido a minar el apoyo político en favor de Lisandro entre los griegos de la región. Éste era especialmente el caso de Mileto, donde un gobierno democrático, claramente hostil a él, mantenía el poder. La primera acción de Lisandro fue intentar acabar con ese obstáculo. Sin embargo, debido a que la ciudad permanecía leal a Esparta, no podía atacarla sin más, por lo que recurrió a la estratagema y al engaño, que siempre formarían parte de su arsenal político. Aunque en público pronunció palabras de aprobación acerca del final de los enfrentamientos entre las facciones de Mileto, privadamente alentó a sus partidarios para que se rebelaran contra la democracia. Los conspiradores recurrieron al asesinato político, llegando a matar a trescientos cuarenta oponentes en sus propias casas y en el mercado, y a expulsar a otros mil de la ciudad. En lugar de la democracia, impusieron a su propia facción a la cabeza de una oligarquía que se iba a mostrar dependiente y ferozmente leal… no a Esparta, sino a Lisandro. Su campaña de Mileto fue un adelanto de los métodos que iba a emplear en el futuro. Ante los críticos de sus métodos traicioneros, el hombre que se jactaba de engañar a «los jóvenes con los dados y a los hombres con juramentos» se justificó fríamente observando que «donde la piel del león no llega, debe llegar la del zorro» (Plutarco, Lisandro, VII, 4; VIII, 4).
Para alcanzar Mileto, Lisandro se había visto obligado a navegar hacia el sur, pasando cerca de la flota ateniense en Samos. Sabiendo que las tripulaciones de los barcos lacedemonios todavía no estaban en plena forma, los atenienses, que sobrepasaban en número a los barcos espartanos, deberían haber mantenido la alerta para cualquier ocasión que se presentara de una nueva batalla en el mar; sin embargo, no hicieron el menor esfuerzo de interceptar a Lisandro. Sus dudas a la hora de actuar formaban parte del legado de la ejecución y exilio de los generales que habían obtenido la victoria de las Arginusas, ya que los nuevos generales eran menos expertos y carecían de la confianza de haber conseguido una victoria. Ningún líder había emergido de entre ellos; la mayoría se comportó con timidez y desconfianza, sobre todo al recordar el destino de sus predecesores.
Su cautela fue muy costosa para Atenas, ya que, al salir de Mileto, Lisandro cambió pronto la situación estratégica a su favor. En la provincia de Caña y en Rodas asaltó las ciudades aliadas de Atenas, matando a los hombres y esclavizando a las mujeres y a los niños. Estos fueron actos de terror deliberado, llevados a cabo con objeto de desalentar cualquier resistencia por parte de otros aliados atenienses. Su política era exactamente la opuesta a la de Calicrátidas; no iba a haber panhelenismo. Las líneas de batalla no estaban trazadas, entre griegos y persas, sino entre amigos y enemigos de Lisandro. Incluso así, la guerra tenía que ser ganada en los estrechos, por lo que la superior fuerza naval ateniense de Samos que vigilaba la ruta debía ser burlada. Para conseguir este propósito, se dirigió hacia el oeste por el Egeo, tomando islas y llevando a cabo incursiones en Egina y Salamina, en las aguas territoriales atenienses, para, finalmente, desembarcar en la propia Ática. Incluso los mandos atenienses más temerosos no podían permitir que tales ataques permanecieran impunes, por lo que la flota partió en persecución de los espartanos. Lisandro los despistó, dirigiéndose por el Egeo hacia el sur, a Rodas. Desde allí, se apresuró hacia el norte, siguiendo la costa; sin peligro alguno pasó cerca de Samos, de donde la flota ateniense había partido, y acabó por dirigirse al Helesponto, «para impedir la salida de los barcos mercantes y atacar las ciudades que se habían rebelado contra los espartanos» (Jenofonte, Helénicas, II, 1, 17). Una poderosa flota espartana, bajo el mando de un brillante y audaz jefe, amenazaba, una vez más, la línea de aprovisionamiento ateniense.
LA BATALLA DE EGOSPÓTAMOS

Desde su base en Abido (Véase mapa[53a]), Lisandro reunió un ejército, lo puso bajo el mando del espartano Torax, y atacó la ciudad de Lámpsaco por tierra y por mar, tomándola al asalto. Este éxito puso a los espartanos en el umbral de la Propóntide, abriendo el camino a Bizancio y Calcedonia, al control del Bósforo y al estrangulamiento del comercio ateniense con el mar Negro. Los atenienses eran conscientes de que todos sus logros en Cinosema, Cícico y las Arginusas serían inútiles, y que incluso la propia supervivencia de Atenas estaría en juego a menos que Lisandro pudiera ser obligado a luchar y fuera definitivamente derrotado. Por consiguiente, se dirigieron a su base de Sesto, desde donde hicieron avanzar la flota unos veinte kilómetros por el Helesponto, hasta llegar a un lugar conocido como Egospótamos, situado a unos cinco kilómetros enfrente de Lámpsaco, al otro lado del estrecho.
La decisión de situar allí a la flota ateniense fue controvertida desde el comienzo, ya que el área contenía una sola playa, sin un puerto adecuado. La pequeña ciudad cercana no era capaz de proporcionar suficiente comida y bebida para los aproximadamente treinta y seis mil hombres de los barcos, por lo que para obtener suministros los atenienses tuvieron que dividirse y dispersar sus fuerzas para cubrir las casi cuarenta kilómetros del viaje de ida y vuelta hasta su base principal en Sesto. ¿Por qué simplemente no hicieron de Sesto su base y evitaron ese gran riesgo? Debemos buscar la respuesta en las necesidades estratégicas a las que debían enfrentarse. Su primer objetivo era localizar a Lisandro e impedir que navegara por la Propóntide hacia el Bósforo; el segundo era provocar una batalla tan pronto como fuera posible antes de que el dinero se agotara. Evidentemente, el primer objetivo sería imposible de alcanzar desde una base situada a veinte kilómetros de la de Lisandro, mientras que el segundo sería algo muy difícil de llevar a cabo desde esa distancia, y algo también mucho más peligroso. Para provocar a la flota espartana en Lámpsaco desde Sesto, los atenienses habrían tenido que remar contra corriente y, por tanto, contra el viento dominante, lo que significaría que llegarían al lugar de la batalla cansados y vulnerables ante un enemigo descansado. Pero, aunque estas razones justifican la elección de su base por parte de los atenienses, no pueden esgrimirse para defender su conducta en el resto de la campaña.
Seis generales atenienses dirigían las fuerzas en Egospótamos. Al igual que en las Arginusas, no había un mando supremo, con lo que los generales ocupaban el mando en orden rotativo cada día. Sin embargo, a diferencia de los mandos en las Arginusas, fracasaron a la hora de modelar una estrategia brillante y original, y simplemente llevaron a cabo el planteamiento obvio de mover su flota al puerto de Lámpsaco cada mañana y provocar a Lisandro para que saliera a luchar. Desconocemos el número preciso de trirremes de ambos bandos, pero los espartanos contaban al parecer con el mismo número de barcos que sus oponentes. Durante cuatro días, su comandante en jefe mantuvo su flota en el puerto. El tiempo pasaba, y los atenienses parecían no encontrar la forma de hacer que Lisandro aceptara el combate.
Fue en ese momento cuando Alcibíades hizo una reaparición teatral. Al parecer había estado viviendo en el exilio en la tierra que poseía en la península de Gallípoli, y desde su fortaleza había podido observar el punto muerto al que se había llegado. Cabalgó hacia el campamento ateniense y ofreció allí su consejo y asistencia. Urgió a los generales a que trasladaran su base a Sestos por razones obvias, al tiempo que anunció que dos reyes tracios le habían prometido un ejército con el que ganar la guerra. El consejo, como hemos visto, era menos útil de lo que él creía, pero la llegada de tropas de tierra hubiera sido algo muy valioso. Si los atenienses podían tomar Lámpsaco por tierra, Lisandro se vería obligado a intentar abrirse camino fuera del puerto contra una flota ateniense en una posición más fuerte, y en un tiempo y lugar elegidos por ellos. Bajo esas condiciones, la derrota espartana estaría asegurada y, con la costa en manos hostiles, la flota espartana sería destruida como lo había sido en Cícico.
Sin embargo, los generales atenienses tenían buenas razones para dudar de que las fuerzas prometidas por Alcibíades aparecieran, ya que sabían que similares promesas hechas en el pasado no habían sido cumplidas más tarde. Además, Alcibíades también había expuesto condiciones inaceptables a cambio de su ayuda, entre ellas participar del mando de las fuerzas atenienses. Sin duda, cuestionaron sus motivos, sospechando «un deseo de llevar a cabo una gran hazaña por su patria, gracias a sus propios esfuerzos, y a través de esas acciones restablecer en el pueblo el anterior afecto que tenía por él» (Diodoro, XIII, 105, 3). Cualesquiera que fueran sus inclinaciones, ningún general ateniense habría osado compartir el mando con un exiliado condenado por el pueblo; y mucho menos estarían dispuestos a aceptar la propuesta de un hombre como Alcibíades, ya que temían que «si eran derrotados, de ellos sería la culpa, mientras que el mérito de una victoria iría para Alcibíades (Diodoro, XIII, 105, 4)». En lugar de aceptar su sugerencia, le dijeron que «ellos eran los generales ahora, y no él» (Plutarco, Alcibíades, XXXVII, 2) y le ordenaron que se marchara. Entonces, regresaron a la táctica anterior, pero el retraso y la inactividad tuvieron un efecto muy perjudicial sobre la disciplina y la moral. Los hombres se hicieron descuidados, partiendo en búsqueda de agua y comida tan pronto como los barcos tocaban la playa, sin tomar precauciones por su seguridad, mientras que sus oficiales tampoco les encomendaban tareas. La situación era difícil. Mantener el nivel de competencia de las tripulaciones no habría sido fácil en ningún caso, si bien la timidez de los generales contribuía a exacerbar el problema.
En el quinto día, la rotación del mando hizo que éste recayera en Filocles, que parecía tener un plan para poner fin al punto muerto en el que estaban y obligar al enemigo a entrar en combate. Con treinta barcos navegó en dirección a Sestos, dejando órdenes a los capitanes del resto de la flota para que le siguieran en un tiempo convenido. Su intención parece que fue la de persuadir a Lisandro de que los atenienses se habían cansado finalmente de mantener una posición inútil en Egospótamos, y que se estaban retirando a su base principal corriente abajo. Confiaba en que la tentación de perseguir a un destacamento lo suficientemente pequeño como para ser derrotado fácilmente, pero bastante grande como para ser un digno objetivo, fuera irresistible para los espartanos. De hecho, el propio Lisandro había intentado algo parecido en Notio, cuando atacó la escuadra de Antíoco, y en aquella ocasión obtuvo una gran victoria cuando el resto de la flota ateniense vino a su rescate. Quizá Filocles había tomado nota de esa estratagema y planeado utilizarla en Egospótamos. Esta vez el destacamento avanzado sería un señuelo deliberado, y la fuerza principal estaría preparada para abalanzarse sobre Lisandro cuando éste mordiera el anzuelo.
El plan parecía muy prometedor, pero requería de un mando de confianza, de mucha disciplina, de la cadencia adecuada y de una perfecta coordinación entre las escuadras para conseguir el éxito. Sin embargo, en ese día, la flota ateniense estaba muy pobremente equipada de esas cualidades. Por el contrario, la flota enemiga estaba bien entrenada, y bajo el mando de un solo líder que confiaba, y con razón, en su talento. Lisandro sabía que, al final, los atenienses habrían decidido, o bien retirarse, o bien emplear alguna clase de truco para obligarle a una batalla, y él estaba preparado para ambas contingencias, por lo que pacientemente mantuvo a la flota enemiga bajo una estrecha vigilancia, encargándose de que su flota estuviera en buenas condiciones, alerta y preparada, así como cuidadosamente dispuesta para la lucha cuando se presentara la oportunidad. Tan pronto como vio la salida de Filocles, actuó rápidamente y logró aislar a la escuadra ateniense antes de que fuera capaz de avanzar más, corriente abajo. Contando con fuerzas superiores, envolvió a Filocles, derrotó completamente a su unidad, y se dirigió después hacia la principal fuerza ateniense que estaba detrás de él. Sus movimientos eran demasiado rápidos para los atenienses, cuya coordinación había fallado. El plan ateniense preveía que los barcos de Lisandro darían caza a los de Filocles en la parte inferior del estrecho, dejando su retaguardia convenientemente expuesta. Pero en lugar de encontrarse con eso, los atenienses en Egospótamos se quedaron aturdidos al ver a lo que quedaba de la escuadra de Filocles huyendo hacia ellos con la victoriosa flota de Lisandro detrás en ardiente persecución. El pánico y la parálisis se extendieron entre los atenienses, y muchos trirremes fueron capturados en la playa sin sus tripulaciones.
La confusión de los atenienses alentó a Lisandro para desembarcar un destacamento de soldados bajo el mando de Eteónico, que tomó el campamento enemigo, mientras sus propias naves victoriosas estaban ya ocupadas en arrastrar las varadas naves atenienses. Los aturdidos atenienses no habían organizado fuerza terrestre alguna para resistir un ataque enemigo, por lo que acabaron corriendo en todas direcciones, con la mayoría huyendo hacia Sesto para salvar sus vidas. De la gran flota ateniense, todos los barcos excepto diez fueron capturados o hundidos. Lisandro había anulado por completo el resultado de Cícico; en cambio, los derrotados atenienses no contaban ahora con aliados que les ayudaran a restaurar su fortuna y, con sus propias arcas vacías, no podían permitirse construir otra flota. Los atenienses acababan de perder la guerra.
LAS CONSECUENCIAS DE LA BATALLA

Después de enviar rápidamente a Esparta la noticia de su gran victoria, Lisandro mantuvo en Lámpsaco a cerca de tres o cuatro mil prisioneros atenienses, que constituían aproximadamente una décima parte de la fuerza enemiga. A pesar de su previa dureza hacia los enemigos denotados, no podemos asegurar, si es que la decisión era únicamente suya, que ordenara matar o esclavizar a los prisioneros. Sus pasadas atrocidades no parece que hubieran sido cometidas en el calor del momento, sino que eran, más bien, el resultado de una fría decisión. Aun así, como ya hemos visto, podía llegar a ser clemente cuando eso convenía a sus propósitos.
Sin embargo, la decisión descansaba realmente en mentes menos calculadoras, ya que los vengativos aliados exigieron la aplicación de la pena de muerte. Durante el curso de una guerra como ésta, que se había prolongado a lo largo de más de un cuarto de siglo, ciudades como Corinto, Megara y Egina habían visto su tierra devastada, su comercio interrumpido, su economía arruinada y su prosperidad y estatus disminuidos permanentemente. Habían sufrido bajas en el combate, además de haber sido sometidas a un trato cruel, lo que se había incrementado a medida que la lucha avanzaba. Las atrocidades cometidas por ambas partes habían ido aumentando terriblemente, si bien las masacres atenienses y la esclavización de las poblaciones de ciudades como Escione y Melos eran especialmente bien conocidas; pero los vencedores comúnmente tienden a excusar, si no a olvidar, sus propios excesos, incluso cuando están encolerizados por las terribles acciones que les había tocado padecer. Sin embargo, era muy reciente la decisión de los atenienses que, encolerizados con los desertores de su flota, habían votado cortar la mano derecha de cada cautivo. De la misma forma, Filocles había ordenado que las tripulaciones de dos barcos enemigos capturados fueran arrojadas por la borda. Con tales acciones frescas en la memoria, los espartanos y sus aliados votaron por ejecutar a todos los prisioneros atenienses.
Jenofonte, que probablemente estaba presente, nos informa de cómo Atenas recibió la noticia de la derrota de Egospótamos:
La Páralo [una de las dos naves usadas para misiones especiales] llegó a Atenas por la noche y anunció el desastre, y un gemido se extendió desde el Pireo, a través de los Muros Largos, hasta la ciudad, con cada hombre dando la noticia a otro, por lo que esa noche nadie durmió. Lloraban, no sólo por los hombres que habían muerto, sino también por ellos mismos, pensando que sufrirían la clase de destino que ellos habían impuesto a los melios, colonos de los espartanos, después de que fueran sometidos por asedio, y a los histieos, a los escioneos, a los toroneos, a los eginetas y a muchos otros entre los griegos. (Helénicas, II, 2, 3)
El trato dispensado a los prisioneros de Egospótamos les convenció seguramente de que la rendición les traería a ellos la muerte, la esclavitud o el exilio, por lo que decidieron resistir. La Asamblea votó tomar todas las medidas posibles para defender la ciudad, y los atenienses se prepararon para el inevitable asedio.
En los estrechos, Lisandro pronto se hizo con el control de la situación, por lo que no se produjeron nuevas masacres. Al contrario, ofreció condiciones razonables a las ciudades aliadas de Atenas, que se rindieron sin luchar. Incluso permitió que guarniciones y oficiales atenienses partieran en paz, con la única condición de que se dirigieran a Atenas. Este último gesto, aunque aparentemente benévolo, era, en realidad, un astuto movimiento táctico: Lisandro sabía que Atenas era demasiado fuerte para ser tomada al asalto; la única opción era someterla por asedio, por lo que le convenía que hubiera en la ciudad tanta gente hambrienta como fuera posible, con objeto de reducir el tiempo que pudiera resistir. Para conseguir este propósito, colocó guarniciones en Bizancio y Calcedonia, en ambos lados del Bósforo, y decretó la pena de muerte para cualquiera que llevara grano a Atenas.
Sus planes para estas dos ciudades establecieron el modelo del sistema que iba a aplicar en todas las que iban a quedar bajo su control. Colocó guarniciones en ellas bajo oficiales llamados «harmostes», no «sobre la base del origen aristocrático o por la riqueza de esos hombres, sino que puso el control de los asuntos en manos de los miembros de su facción política y de aquéllos conectados a él por medio de una relación personal, otorgándoles el poder de distribuir recompensas y castigos» (Plutarco, Lisandro, XIII, 14). Por todas partes reemplazó los gobiernos democráticos por oligarquías de sus propios partidarios, que a menudo estaban formadas por grupos de diez hombres conocidos como «decarguías», cuyos miembros eran muy cercanos a él. Antes de que hubiera transcurrido mucho tiempo, el «libertador de los griegos» estaba recaudando tributos de las ciudades que estaban bajo su control, y el gobierno espartano ratificaba esta manera de actuar.
A continuación, Lisandro navegó por el Egeo, haciéndose con el control de las ciudades del Imperio ateniense. Samos fue la única en resistir; allí, la facción democrática en el poder, fieramente leal a Atenas, mató a los opositores aristocráticos y se preparó para resistir el asedio espartano. Lisandro dejó cuarenta barcos para controlar la situación, y se dirigió con unos ciento cincuenta navíos hacia el Ática. En el camino, devolvió a sus islas a los melios y a los eginetas, que habían sido previamente expulsados por los atenienses. Lisandro no ponía objeciones a la hora de asumir el papel de libertador, siempre que esto no dañara sus propios objetivos.
EL DESTINO DE ATENAS

En octubre del 405, Lisandro llegó finalmente al Ática, donde encontró a todo el ejército peloponesio en el recinto de la Academia, justo fuera de las murallas de Atenas. En lugar de avanzar con los usuales dos tercios del contingente militar de cada ciudad, Agis había partido de Decelia con todas sus fuerzas, y el rey Pausanias había guiado al resto del ejército del Peloponeso. Era la primera vez, en más de un siglo, que ambos reyes espartanos estaban en campaña simultáneamente. Su intención era intimidar aún más a los atemorizados atenienses para obtener de ellos una rendición inmediata, pero incluso con esa muestra de fuerza, sin precedentes, no lo consiguieron.
Algunos atenienses, al menos, debían de estar impulsados tanto por la esperanza como por el miedo de las consecuencias de la rendición. Aunque sus enemigos estaban unidos en su odio hacia el Imperio ateniense, no todos tenían los mismos objetivos. Las ambiciones tebanas y espartanas, por ejemplo, habían chocado durante la guerra. Mientras una completa destrucción de Atenas sería conveniente para los tebanos, que eran sus vecinos inmediatos y que podían esperar extenderse en el espacio vacío que se creara, Esparta no se beneficiaría de una expansión del poder de su ambicioso aliado. Por su parte, los espartanos podían ver una ventaja en ofrecer mejores términos a los atenienses, aunque, en cualquier caso, no iba a ser cosa de una sola mente el decidir cómo iba a ser tratado su vencido enemigo. Lisandro perseguía una política ambiciosa cuyo objetivo era el de tomar el Imperio ateniense bajo el control de un espartano. No está muy claro lo que Agis podía pensar de todo ello, pero Pausanias, como antes su padre, Plistoanactes, pronto revelaría su preferencia por una política mucho más conservadora que confinaría las actividades de los espartanos al Peloponeso y buscaría establecer relaciones cómodas con una Atenas desposeída de su poder y de su Imperio. La influencia natural del rey podía imponerse, al final, sobre el prestigio temporal de Lisandro, y un acuerdo más favorable con Atenas podía ser establecido. Por consiguiente, los atenienses se prepararon para resistir tanto como pudieran.
Cuando los espartanos vieron que no se produciría una rendición inmediata, enviaron al ejército de Pausanias de vuelta a Esparta, mientras Lisandro tomaba el grueso de la flota y se dirigía a Samos, aunque dejando allí los suficientes barcos para que el bloqueo de Atenas fuera efectivo. No mucho tiempo antes de que se produjeran estas dos acciones, se convocó una reunión de los espartanos y sus aliados para discutir el destino de Atenas. Era probable que tanto Tebas como Corinto sugirieran su destrucción, una propuesta que apoyarían Agis y Lisandro «por su propia iniciativa, sin la aprobación de la Asamblea espartana» (Pausanias, III, 8, 6; el escritor del siglo II d. C., no el rey espartano). Los atenienses, quizás aterrorizados por informes recibidos acerca de esta decisión, enviaron una propuesta al rey Agis, que se había retirado a Decelia, con la oferta de unirse a la Liga espartana siempre que pudieran mantener sus murallas y el Pireo. Aunque bajo tales términos renunciaban a reclamar su imperio perdido, Agis respondió negando su autoridad para negociar la paz, y les dijo que presentaran el asunto en Esparta. Evidentemente, él no quería comprometerse a aceptar condiciones tan benévolas.
Cuando los atenienses enviaron embajadores a Esparta para discutir el asunto, los éforos no les permitieron entrar en la ciudad; en vez de eso los recibieron en Selasia, en la frontera de Laconia, donde les pidieron que expusieran sus propuestas. Al escuchar los términos que los atenienses habían sugerido a Agis, los rechazaron sin discusión y ordenaron a los embajadores «que regresaran desde allí mismo, y que si ellos querían la paz, regresaran con una propuesta mejor» (Jenofonte, Helénicas, II, 2, 13). Al menos, dijeron, los atenienses deberían aceptar destruir los Muros Largos a lo largo de más de un kilómetro y medio, haciendo indefendible, así, la ciudad. Ésta era una perspectiva aterradora, porque significaría que Atenas perdería su acceso al mar y podría ser sometida al hambre por asedio en cualquier momento en que los espartanos lo llevaran a cabo.
El rechazo de los espartanos a discutir los términos que llevaron los atenienses fue, en sí mismo, un terrible golpe, ya que durante el tiempo necesario para conducir una negociación muchos atenienses morirían de hambre. Un hombre llamado Arquéstrato se alzó en el Consejo ateniense y propuso la aceptación de las condiciones espartanas, pero, incluso en el desesperado estado en que se encontraban, los atenienses no le escucharon. Ordenaron encarcelar a Arquéstrato por haber hecho una propuesta como ésa, y aprobaron la moción de Cleofonte que prohibía cualquier sugerencia similar en el futuro. Una reacción tan extrema sólo podía ser producto de la desconfianza, porque los atenienses creían firmemente que, a pesar de lo que los espartanos pudieran decir o jurar, los matarían o los esclavizarían si les daban la mínima oportunidad.
TERÁMENES NEGOCIA LA PAZ

Sin embargo, ni siquiera Cleofonte podía posponer las negociaciones de paz para siempre. Después de un corto intervalo, la presión de la hambruna llegó a ser intolerable. En ese momento, Terámenes —el hombre que había tomado parte en la iniciativa de salvar a Atenas de la derrota en el 411, y que había actuado para derribar a los Cuatrocientos cuando estaban a punto de entregar la ciudad a los espartanos— se enfrentó de nuevo al peligro en un intento de conjurar el desastre. Su intervención fue la que se podía esperar de un moderado: se basaba en el rechazo de las posiciones extremas de aceptar las condiciones de Esparta o negarse rotundamente a negociar. Propuso buscar a Lisandro para conocer realmente las intenciones de los espartanos, principalmente si era su propósito destruir a Atenas y a su gente. Al mismo tiempo, dijo a la Asamblea que había descubierto «algo de gran valor» (Lisias, XIII, 9) para Atenas, pidiendo al pueblo que le concediera plenos poderes para negociar la paz. Cuando fue presionado para que revelara qué era eso tan valioso, declinó contestar y sólo pidió que confiaran en él. Los atenienses debieron de comprender que mantener el secreto era algo fundamental para que su negociador pudiese tener una oportunidad de conseguir el éxito, y, en ese momento, estaban impacientes por conseguir un acuerdo, si es que alguno podía ser conseguido; por ese motivo, aprobaron la moción de Terámenes.
Encontró a Lisandro en Samos y permaneció allí con él durante, al menos, tres meses. A su regreso, a comienzos de marzo del 404, justificó su larga ausencia afirmando que el espartano le había mantenido allí contra su voluntad, para después despedirlo con el mismo mensaje que Agis había dado antes a los atenienses: que él no tenía poder para discutir términos de paz; para eso, los atenienses debían acudir a los éforos en Esparta. Esta explicación es muy poco plausible, e incluso los escritores antiguos no la creyeron. Por el contrario, algunos de ellos afirman que Terámenes decidió permanecer allí tanto tiempo como estuvo para hacer que los atenienses estuvieran tan hambrientos que aceptaran cualquier paz que los espartanos ofrecieran. Sin embargo, la razón y la evidencia obligan a rechazar esta explicación; la ausencia de Terámenes prolongaba la resistencia, ya que los atenienses sin duda se mostrarían menos inclinados a aceptar los términos de paz espartanos mientras su enviado estuviera intentando conseguir unas condiciones mejores. Para apresurar el proceso, Terámenes tan sólo necesitaba regresar con la noticia de que los espartanos no tenían la intención de destruir Atenas, pero que Lisandro continuaba insistiendo en los términos establecidos. Además, si los atenienses hubieran considerado que él había pasado tanto tiempo con Lisandro, mientras el pueblo sufría, para volver con las manos vacías, difícilmente le hubieran elegido para encabezar una nueva embajada a Esparta con objeto de negociar la paz. Sin duda debió de convencer a los atenienses de haber conseguido un progreso significativo en las largas discusiones con Lisandro y de que, por lo tanto, estaba en una mejor posición para conseguir la paz.
Éste, en cualquier caso, fue el resultado, ya que, en última instancia, los espartanos aceptaron un acuerdo que dejaba a Atenas intacta, y a su pueblo con la garantía de que se respetaría su vida y su libertad, e incluso su independencia. ¿Cómo consiguió Terámenes convencer a Lisandro para que abandonara su anterior y firme decisión de destruir Atenas, y qué era eso «de gran valor» que Terámenes afirmaba haber descubierto? Los escritores antiguos no lo dicen, pero es posible llevar a cabo alguna especulación razonable. Terámenes esperaba salvar lo que pudiera de la situación, pero sin duda tenía muy claro que Atenas debía renunciar a su Imperio, a su flota y a sus murallas, porque Esparta no aceptaría nada por debajo de eso. Sus objetivos eran salvar la ciudad, a su gente y su libertad, así como todo el grado de independencia que fuera posible. Las largas discusiones con Lisandro fueron necesarias para conseguir esos objetivos, mientras Lisandro intentaba contener los argumentos de la facción que perseguía la destrucción de Atenas.
Los más fervientes de ese grupo eran los tebanos y los corintios. Fue un tebano, Erianto, quien formalmente propuso que «la ciudad fuera arrasada y su territorio dejado para pasto de ovejas» (Plutarco, Lisandro, XV, 2). Probablemente, Terámenes no tuvo dificultad alguna en persuadir a Lisandro de que arrasar Atenas dejaría su territorio como presa para su ambicioso, y cada vez más poderoso, rival del norte. No sería del interés de Esparta o de Lisandro el contribuir al crecimiento de un Estado que había ocasionado a Esparta frecuentes problemas durante la guerra, que había crecido en tamaño e influencia durante la misma y que, además, estaba en ese momento bajo el control de una facción hostil a Esparta, que ya estaba reclamando una participación más grande en el botín de guerra. Sería más inteligente, señalaba Terámenes, mantener a una Atenas amistosa y nada amenazadora, como un Estado de contención y un límite a las ambiciones tebanas.
Para la Atenas de posguerra, Lisandro hubiera preferido una fuerte oligarquía, integrada exclusivamente por sus más cercanos partidarios, quizás una decarquía apoyada por una guarnición, como en el anterior Imperio ateniense. ¿Qué argumentos podía ofrecerle Terámenes para persuadirle de que se concediera un cierto grado de autonomía a la ciudad? Como solía ocurrir, los éxitos de Lisandro y los honores extraordinarios que varias ciudades le habían concedido le habían hecho objeto de preocupación y recelo por parte de los reyes espartanos y de otras destacadas figuras. «Él fue el primer griego al que las ciudades elevaron altares y presentaron sacrificios como si se tratara de un dios» (Plutarco, Lisandro, XVIII, 3); los oligarcas samios, después de ser restaurados, por ejemplo, cambiaron el nombre de su festival de Herea por el de Lisandreia. Los dos reyes espartanos pronto mostrarían su hostilidad a las pretensiones de Lisandro, y socavarían el régimen que éste pretendía imponer a los atenienses. Esa antipatía debía de ser anterior, ya que Terámenes pudo razonablemente argumentar que el establecimiento de una cerrada oligarquía, descaradamente bajo control de Lisandro, daría lugar a una oposición unificada de los reyes y de otros que se oponían a los planes del ambicioso espartano. Además, un régimen de esa naturaleza contrariaría en alto grado a los atenienses, acostumbrados a la democracia por más de un siglo, y podía conducirles a una violenta resistencia. Sería más lógico y más seguro establecer un régimen más amplio y más moderado.
Quizá Terámenes tuviera otro as escondido, ese «algo de gran valor» que había mencionado a los atenienses. Un elemento fundamental que sostenía el poder de Lisandro era su estrecha relación con el príncipe persa Ciro, con quien contaba para obtener asistencia financiera, militar y política. Había sido la ayuda de Ciro la que había posibilitado la victoria y elevado a Lisandro a su nivel de prestigio más alto, pero la propia posición de Ciro estaba en peligro en ese momento. Convocado a Susa, encontró a su padre, Darío II, en su lecho de muerte. Su desaparición llevaría al trono al hostil hermano mayor de Ciro con el título de Artajerjes II, quien, como mínimo, retiraría a Ciro de su control del territorio occidental y, con ello, le desposeería de su capacidad de apoyar a Lisandro. Todo ello podía conducir a un cambio de la situación, ya que el nuevo rey podía volver a la anterior política de intentar evitar que una sola potencia predominara entre los griegos, y eso le podía llevar a apoyar a Atenas en vez de a Esparta. Aunque su respaldo no podría evitar el resultado de la guerra, sí podía lograr que Atenas resistiera detrás de sus murallas hasta que se consiguieran unas mejores condiciones, y también alentar a los oponentes espartanos de Lisandro a socavar su posición. Era claramente del interés de Lisandro, argumentaba Terámenes, promover una paz razonable e instalar un régimen amistoso en Atenas antes de que muriera Darío y las noticias alcanzaran Grecia.
Estas especulaciones explicarían la razón por la cual Terámenes pudo regresar a Atenas a comienzos de marzo con las noticias de que Lisandro estaba dispuesto a apoyar una paz aceptable, y también cuál había sido la causa de que los atenienses le eligieran como cabeza de la comisión que debía negociar la paz con Esparta. Lisandro también envió un mensaje a los éforos con objeto de informarles de su reunión con Terámenes. Su informe oficial afirmaba que le había dado al ateniense la misma respuesta que Agis había dado antes que él: la decisión descansaba en las manos de los éforos y de los ciudadanos de Esparta. Sin embargo, de manera oficiosa, debió de informarles también de su cambio de opinión. Ciertamente, esa opinión acabó por triunfar sin oposición de los reyes o de los éforos, que parecían competir retóricamente para describir sus nobles motivaciones. Los términos de paz que ofrecieron fueron lo siguientes: los Muros Largos y las murallas del Pireo serían derribados; Lisandro decidiría cuántos barcos podía tener Atenas (aunque el número, desde luego, sería muy reducido); los atenienses renunciarían a todas las ciudades que controlaban, pero mantendrían el control del Ática; deberían permitir el regreso de todos los exiliados (la mayoría de ellos oligarcas simpatizantes de Esparta); los atenienses se gobernarían por su Constitución ancestral (lo que esto significaba no quedaba del todo claro, y acabaría convirtiéndose en objeto de feroces discusiones), y, por último, los atenienses iban a tener los mismos amigos y enemigos que los espartanos, y los seguirían hacia donde ellos pudieran conducirles, lo que suponía, de hecho, dejar la política exterior ateniense en manos espartanas.
Estos términos pueden parecer duros, pero no tanto si los consideramos a la luz del hecho de que los atenienses habían temido que los espartanos rechazaran cualquier acuerdo, con la excepción de la rendición incondicional y la destrucción de Atenas y de su gente o, al menos, su esclavización. Sin embargo, cuando Terámenes informó de los términos ofrecidos, algunos de sus conciudadanos los rechazaron. Los principales oponentes eran demócratas intransigentes como Cleofonte, que sabían que la capitulación supondría el final de la democracia, y que el regreso de los encolerizados oligarcas del exilio conduciría a la muerte de los líderes democráticos. Tan amenazadora era su influencia, que los defensores de la paz creyeron que, los que así obstaculizaban el acuerdo, debían ser apartados; cuando Terámenes regresó a Atenas, se encontró con que Cleofonte había sido juzgado y ejecutado. Pero incluso entonces, atenienses influyentes continuaron quejándose a Terámenes. Como reacción, los que apoyaban la paz, ahora en mayoría, presentaron cargos contra los líderes disidentes y lograron encarcelarlos. Al día siguiente del regreso de Terámenes, se reunieron para considerar la propuesta de paz espartana, y aunque hasta cerca del final algunos votaron en contra, la gran mayoría votó aceptarla.
En ese día de marzo del año 404, poco más de veintisiete años después de su comienzo, la gran guerra entre Atenas y Esparta llegó a su final. Durante ese mismo mes, Lisandro llegó para hacer cumplir los términos de paz. Los exiliados que le acompañaban esperaban que esto diera inicio a una nueva era en la historia de Atenas. Los aliados de Esparta, cubiertos con coronas de flores, danzaban y se regocijaban. «Con gran celo se pusieron a derribar las murallas al son de la música de las flautistas, pensando que ese día era el inicio de la libertad para los griegos» (Jenofonte, Helénicas, II, 2, 23).

La predicción de Arquidamo de que los espartanos del 431 dejarían la guerra como herencia a sus hijos se había hecho realidad, pero se hubiera quedado boquiabierto si hubiera sabido que el conflicto iba a terminar con una gran victoria naval de los espartanos, en alianza con los «bárbaros», que había estado tan orgulloso de derrotar en el 479. Las predicciones de Pericles para el desarrollo de la guerra hacía mucho tiempo que se habían mostrado erróneas. Nadie, de hecho, habría podido prever un conflicto tan largo, tan amargo, tan costoso y tan destructivo: había acabado con la vida y las propiedades de muchos hombres, y con muchas de las antiguas tradiciones e instituciones de los griegos. La guerra, como dice Tucídides, es un maestro violento, y ninguna guerra griega había sido nunca tan brutal como aquélla. La fina capa de civilización que permite a los seres humanos vivir decentemente y alcanzar sus más altas posibilidades se hizo pedazos, arrojando a los combatientes a excesos de crueldad y vicio, de los que los seres humanos sólo son capaces en sus peores momentos. El propósito declarado de los vencedores, la liberación de los griegos, se convirtió en una burla, incluso antes de que la guerra hubiera terminado, mientras que la paz que siguió fue de corta duración. Fue, como Tucídides la llamó, «el desastre más grande que afectó a los griegos, y a una buena parte de los bárbaros, e incluso, podría decirse, a la mayor parte de la Humanidad» (I, 1, 2). Si realmente fue la más grande de las guerras griegas, fue también la más terrible de las tragedias griegas.

Donald Kagan.- La guerra del Peloponeso Capítulo 36 Las Arginusas (406)

La caída de Alcibíades arrastró a sus amigos con él, principalmente a Trasibulo y a Terámenes, que no fueron reelegidos como generales en la primavera del 406. Sin embargo, los enfrentamientos entre distintas facciones no eran el factor predominante a la hora de elegir un nuevo cuerpo de generales: los votantes estaban interesados especialmente en seleccionar a hombres que fueran oficiales navales con experiencia, sin importar la facción a la que pertenecieran, aunque, dadas las circunstancias, estaba claro que era mejor que no fuesen simpatizantes de Alcibíades.
El propio Alcibíades fue reemplazado por Conón como almirante de la flota ateniense en Samos a comienzos del 406. Las mejores pagas ofrecidas por Lisandro y las pérdidas sufridas en la batalla de Notio lo dejaron con tripulaciones para manejar tan sólo setenta de sus cien barcos, lo que provocó que no emprendiera ninguna campaña significativa. En ese momento, Lisandro se encontraba en una posición completamente opuesta. Estaba bien provisto de fondos, su flota estaba creciendo y la moral de sus tripulaciones era alta. Sólo había un obstáculo en su camino: las leyes de Esparta prohibían al navarca continuar en el mando por un segundo año, razón por la cual Lisandro fue obligado a entregar su flota a su sucesor en el cargo, Calicrátidas.
EL NUEVO NAVARCA

El nuevo comandante en jefe era también un mothax, aunque se diferenciaba de su predecesor en varios aspectos. Era muy joven para haber alcanzado su elevada posición; probablemente no tenía más de treinta años, y aunque era audaz y osado, no tenía la ambición personal que caracterizaba a Lisandro. Diodoro lo describe como un hombre «sin doblez y de carácter honrado», un hombre «que no había sido influido todavía por las costumbres extranjeras», y como «el más justo de los espartanos» (XIII, 76, 2). No hay razón para pensar que él participara de las opiniones del difunto rey Pistoanacte y de su hijo Pausanias, que le había sucedido. El padre había favorecido la paz y las relaciones amistosas con Atenas, mientras que el hijo demostraría ser un formidable oponente de Lisandro, encabezando una facción que un estudioso ha descrito como «un grupo moderado y tradicionalista» caracterizado por una fuerte oposición a la formación de un imperio espartano en el extranjero. Internamente, temían el impacto del dinero y del lujo inherentes al imperio, prefiriendo la vuelta a los austeros principios de la constitución de Licurgo. Es de suponer que la cerrada amistad de Lisandro con Ciro, así como la organización de asociaciones políticas leales al anterior navarca espartano en las ciudades asiáticas, contribuyó decisivamente a levantar sospechas en la facción de Pausanias y a su sustitución por Calicrátidas.
Las fricciones comenzaron tan pronto como el nuevo navarca llegó a Éfeso hacia el mes de abril del 406. Lisandro entregó la flota describiéndose a sí mismo «como dueño del mar y como alguien que había triunfado en una batalla naval» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 2). De inmediato, Calicrátidas desafió esa jactancia, retándole a que navegara ante los atenienses de Samos y que entregara la flota en Mileto para probar que su afirmación era correcta. Este reproche señalaba los claros límites de los logros de Lisandro, y contribuyó a endurecer el tono de rivalidad que condujo al joven navarca a ponerse como objetivo la obtención de mayores victorias que su predecesor.
Lisandro no mordió el anzuelo y se dirigió directamente a Esparta, no haciendo caso del desafío. Sus partidarios entre las tropas comenzaron a socavar la autoridad de Calicrátidas de inmediato, extendiendo el rumor de que era un incompetente sin experiencia. El joven navarca afrontó los insultos sin pudor, dirigiéndose a la Asamblea de la flota con la sencillez y franqueza propias de un espartano. Declaró que estaba dispuesto a renunciar al mando «si se consideraba a Lisandro o a cualquier otro más experto en asuntos navales», pero como se le había ordenado dirigir la flota, debía hacerlo lo mejor que pudiera. Dejó que la Asamblea examinara sus objetivos y valorara las críticas elevadas contra él y contra el Estado de Esparta que lo había colocado al mando, y también les pidió que le aconsejaran «si yo debería quedarme o regresar e informar de cómo estaban los asuntos aquí» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 4). El discurso puso término a la disidencia, porque nadie se atrevió a sugerir que él desobedecería sus órdenes o a arriesgarse a que volviera a Esparta e informara del comportamiento sedicioso que habían mostrado.
Sin embargo, Lisandro había legado un problema más serio a su sucesor. Cuando dejó su cargo, todavía estaba en posesión de una parte del dinero que Ciro le había dado y que, en teoría, debería haber entregado a su sucesor. Pero, en lugar de obrar de esa manera, Lisandro lo había devuelto a Ciro, lo que dejó a Calicrátidas sin los fondos que necesitaba para el mantenimiento de la flota. Aun así, el nuevo navarca convino en seguir la política de Lisandro de mantener el favor del príncipe persa y de humillar y obstaculizar a su rival. Calicrátidas, por consiguiente, estaba obligado a presentarse ante Ciro para solicitar de él el dinero con que pagar a sus hombres, si bien el príncipe lo insultó deliberadamente al obligarlo a esperar durante dos días antes de concederle una audiencia. El encuentro no fue bien, ya que Ciro rehusó satisfacer sus peticiones, por lo que el oficial espartano se retiró encolerizado, más hostil que nunca a la política de Lisandro. «Dijo que los griegos eran unos miserables porque adulaban a los bárbaros por dinero y que, si él volvía a casa sano y salvo, haría todo lo que pudiera por reconciliar a atenienses y espartanos» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 6-7). Hablaba por él la voz de los tradicionalistas espartanos; sus palabras eran una declaración de independencia respecto al control persa, así como una clara muestra de sus intenciones de rechazar el apoyo de Persia y seguir una política diferente.
Por consiguiente, Calicrátidas cambió la base espartana de Éfeso a Mileto, y al obrar así renunció a la ventajosa localización estratégica de la primera con objeto de emprender un nuevo plan. La ciudad de Mileto, enfrentada a los persas, era un lugar mejor para conseguir dinero para su flota. Ante una Asamblea allí reunida, reveló su nuevo programa de actuación y solicitó nuevos fondos para continuar la guerra: «Con la ayuda de los dioses, demostraremos a los bárbaros que, sin rendirles homenaje, podemos castigar a nuestros enemigos» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 11). Esta solicitud fue tan calurosamente recibida por los griegos locales, que ni siquiera los amigos de Lisandro se atrevieron a dejar de entregar contribuciones económicas.
Con ciento cuarenta barcos, Calicrátidas tenía el doble de fuerzas que Conón, aunque estaba perfectamente informado de que los atenienses preparaban mayores refuerzos. Sin embargo, al haber reprochado a Lisandro su inactividad después de la batalla de Notio por no atreverse a enfrentarse a la flota ateniense de Samos, ahora él necesitaba demostrar su voluntad de obrar así. Además, una gran victoria podía alentar más apoyo financiero de los griegos de Asia Menor y de las islas, razón por la cual el nuevo navarca estaba impaciente por establecer combate tan pronto como fuera posible. Por consiguiente, atacó y capturó las fortalezas atenienses de Delfino, en la isla de Quíos y Teos, para que sirviera de aviso a la flota de Conón, que en ese momento se encontraba al norte de Samos. Se apoderó también de Metimna, en Lesbos, y tomó muchos prisioneros, aunque rechazó el consejo de vender a los cautivos como esclavos por dinero. Aludiendo al propósito de Esparta para entrar en guerra —traer la libertad a los griegos— anunció que «mientras yo esté al mando, y siempre que esté en mi mano, ningún griego será esclavizado» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 14). Ésta era una política y una consigna diseñadas tanto para animar a la rebelión de las ciudades bajo yugo ateniense, como para conseguir la simpatía de aquellas que ya habían sido liberadas. Además, era también el único camino que tenía Esparta para ganar la guerra sin la ayuda de Persia, así como para mantener su promesa de liberar a los griegos.
CONÓN ATRAPADO EN MITILENE

Como parte de su hábil propaganda, Calicrátidas envió un mensaje a Conón en el que le conminaba a terminar «su adúltera relación con el mar» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 15), señalando así al imperio naval ateniense como ilegítimo y, por lo tanto, retándole a luchar. Aunque Conón había estado utilizando el tiempo para mejorar la condición de su flota, «habiéndola preparado para la batalla como ningún general anterior había hecho» (Diodoro, XIII, 77, 1), todavía se veía superado numéricamente y sería difícil que saliera de puerto. Sin embargo, la amenaza sobre Lesbos, la principal barrera para impedir la vuelta de los peloponesios al Helesponto, le obligó a mover su flota a las islas Hekatonesi, al este de Metimna. Cuando Calicrátidas llegó después de él, ahora con ciento setenta barcos manejados por tripulaciones de primera calidad, Conón huyó hacia Mitilene, aunque los peloponesios, lanzados en su persecución, lo alcanzaron a la entrada del puerto, capturando treinta trirremes atenienses. Conón apenas consiguió salvar las cuarenta restantes, si bien quedarían pronto bloqueadas cuando Calicrátidas pusiera asedio a la ciudad por tierra y por mar. Amenazada por el hambre a causa del bloqueo, y por los muchos simpatizantes de Esparta en la ciudad, Conón fue tan sólo capaz, con grandes dificultades, de sacar furtivamente un barco del puerto con el objeto de que se dirigiera a Atenas para informar de la grave situación en la que se encontraba.
El hecho de que los barcos de Conón se hubieran refugiado en puerto privó a Calicrátidas de una victoria total, una victoria que podía haber decidido la guerra. Si la flota ateniense hubiera sido enteramente destruida, como casi estuvo a punto de serlo, los espartanos no hubieran encontrado oposición en hacerse con Lesbos y con la indefensa base de Samos, y entonces hubieran podido dirigirse hacia el Helesponto, igualmente indefenso, para bloquear la ruta de los cereales del mar Negro. En lugar de eso, Calicrátidas, escaso de fondos, se vio obligado a mantener un asedio de duración indeterminada, lo que daría tiempo a los atenienses a enviar refuerzos con los que retar su dominio del mar.
Sin embargo, afortunadamente para él, su éxito había convencido a Ciro de que estaba a punto de obtener un triunfo completo. Dado que una victoria espartana conseguida sin ayuda persa, y por un comandante en jefe espartano hostil, habría sido desastrosa para él, se decidió a cambiar su táctica y a enviar fondos para pagar a la flota, incluyendo un regalo para Calicrátidas. El jefe espartano, por necesidad, aceptó el dinero para sus hombres, pero, en un claro contraste con los métodos de Lisandro, permaneció frío y distante. «No había necesidad —explicó— de una amistad privada entre él mismo y Ciro, y el acuerdo que había sido hecho con todos los espartanos era suficiente para él» (Plutarco, Moralia, 222e). Sin embargo, una victoria de la clase que deseaba el navarca requería de una rápida y decisiva batalla, una que tendría lugar antes de que los atenienses se recobraran y antes de que el dinero persa fuera decisivo.
ATENAS RECONSTRUYE SU MARINA

El barco emisario de Conón alcanzó Atenas a mediados de junio del año 406. Los atenienses podían tener disponibles cuarenta barcos aproximadamente, pero tras un extraordinario esfuerzo, elevaron el conjunto de su flota a ciento diez trirremes en el plazo de un mes. La falta de barcos era sólo parte del problema, ya que en ese momento el tesoro estaba completamente vacío. Para sufragar los costes de la construcción de los nuevos navíos y de los salarios de las tripulaciones, los atenienses se vieron obligados a fundir las estatuas áureas de la Victoria, que estaban en la Acrópolis, para acuñar monedas. Gracias a este método y a otras barras de oro y plata almacenadas en la colina del Areópago, consiguieron reunir la suma de más de dos mil talentos de plata, que fueron suficientes para cubrir sus gastos. El reclutamiento suponía otro problema añadido. Las mejores tripulaciones habían sido ya destinadas a Mitilene, ya que Conón las había elegido especialmente para su misión. Pero incluso remeros experimentados de calidad menor tan sólo completarían una pequeña parte de los barcos preparados para partir; por ese motivo, los atenienses se vieron obligados a usar como remeros hombres inexpertos, incluyendo agricultores, hombres adinerados que podían permitirse el servicio en la caballería e incluso esclavos, a los que se ofreció la libertad y la ciudadanía ateniense a cambio de sus servicios. «Embarcaron a todos los que estaban en edad militar, tanto libres como esclavos» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 24). Por primera vez en la guerra, se encontraron tácticamente en inferioridad en una lucha en el mar frente a un enemigo reforzado con desertores hábiles y expertos procedentes de sus propias fuerzas.
A diferencia de cualquier otra flota durante la guerra, ésta tuvo ocho generales, aunque ninguno de ellos, que sepamos, sirvió como navarca. Enfrentarse contra un audaz y joven comandante en jefe espartano, que ya había derrotado a Conón, el mejor almirante de Atenas, no parecía ser un plan muy prometedor. Durante su camino a Samos en julio, los atenienses sumaron a sus fuerzas cuarenta y cinco barcos más procedentes de sus aliados, elevando así el número total a ciento cincuenta y cinco trirremes. Calicrátidas, para evitar ser cogido entre la flota de Conón, en el puerto de Mitilene, y la flota ateniense que se estaba aproximando, dejó cincuenta naves para vigilar a los barcos de Conón, y navegó con los restantes ciento veinte barcos hacia el cabo Malea, en el extremo sur de Lesbos, para evitar que se unieran ambas fuerzas enemigas. Desde esa posición, él podría ver a los atenienses en las islas Arginusas, justo enfrente de la tierra continental, a unos pocos kilómetros al este de los espartanos (Véase mapa[51a]). Con independencia de que supiera o no que el enemigo tenía la superioridad numérica, confiaba en que la superior calidad de sus tripulaciones le proporcionaría la victoria.
LA BATALLA DE LAS ARGINUSAS

Calicrátidas tenía el propósito de repetir la táctica de sorpresa que tan exitosa había sido contra Conón al atacar por la noche, aunque no pudo hacerlo esta vez debido a una tormenta. Por la mañana, partió con los primeros rayos del sol hacia las islas Arginusas. Los espartanos atacaron la formación ateniense, disponiéndose en una línea alargada de ciento veinte barcos, uno al lado del otro, que se extendía en una distancia de poco más de dos kilómetros (Véase mapa[52a]). Con menos de veinte metros de separación entre trirremes, los espartanos estaban en posición de usar las tácticas perfeccionadas por los atenienses, con las cuales habían conseguido siempre su superioridad en los enfrentamientos entre trirremes: el periplous, gracias al cual una velocidad mayor permitía remar alrededor del final de la línea enemiga, para atacar desde el lado o por la retaguardia, y el diekplous, en el que un barco remaba veloz para colocarse entre dos barcos enemigos y, bruscamente, giraba para herir los costados de ambos adversarios.
Los atenienses, no menos conscientes de su inferioridad táctica, se dispusieron, por consiguiente, de un modo único en la historia naval griega. Alinearon sus barcos en tres partes: dos alas y un centro. Cada una contaba con sesenta barcos, colocados en doble hilera de treinta, una detrás de la otra, con cada trirreme de la fila trasera ocupando el hueco que dejaban dos barcos de delante. El centro tenía treinta y cinco barcos formando una línea simple, situándose justo enfrente de Garipadasi, la más occidental de las dos islas principales. La isla impedía que los espartanos emplearan la táctica naval del periplous en el centro, mientras que la escalonada disposición que habían adoptado las alas hacía imposible allí también esa maniobra. Los atenienses habían alineado sus alas con el doble de la distancia habitual entre barcos. Así, si los sugerentes huecos entre barcos animaban a los espartanos a intentar el diekplous, los barcos situados en la línea trasera avanzarían de inmediato para detener ese movimiento por parte del enemigo, y permitirían a los trirremes de cada lado que embistieran al barco atacante. La disposición táctica en doble hueco también hizo que los atenienses formaran una línea más ancha de lo habitual, lo que les protegió del uso del periplous por parte del adversario, mientras les capacitaba a ellos para rodear por el flanco al enemigo. Los atenienses todavía añadieron a esta disposición otra mejora, al dividir sus alas en ocho unidades independientes, cada una bajo el mando de un general. Esta distribución sería especialmente adecuada en el momento del ataque, que tendría lugar en mar abierto, donde la capacidad táctica de cada unidad para actuar independientemente sería más útil.
Cuando Calicrátidas inició su avance, «los atenienses salieron contra él, extendiendo su ala izquierda hacia mar abierto» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 29). El ala izquierda, que con su movimiento había rebasado el flanco del enemigo, giró hacia el sur, en un movimiento que amenazaba con envolver al ala derecha espartana. Esa estratagema, que separó al escuadrón del resto de la línea, normalmente hubiera dejado un hueco que los espartanos hubieran podido aprovechar. Pero la doble línea empleada por los atenienses en las Arginusas permitió al general del destacamento frontal en el extremo izquierdo, Pericles (el hijo del gran Pericles y de su amante Aspasia), llevar a cabo un viraje amplio, dejando que el destacamento posterior de la izquierda, bajo el mando de Aristócrates, cerrara cualquier hueco. Cualquier movimiento ofensivo que Calicrátidas hubiera planeado en esa área sería deshecho por el grave y obvio peligro de envolvimiento, lo que hubiera dejado a los espartanos en una posición meramente defensiva. Quizás el ala derecha ateniense llevó a cabo la misma maniobra, aunque no conocemos específicamente qué movimiento realizó. Incluso si sólo hubiera avanzado en línea recta, habría quedado en una posición adecuada para flanquear al enemigo en ese lado. El centro no parece que tomara parte en la acción; simplemente permaneció en su posición delante de la isla.
Calicrátidas, al mando del ala derecha espartana, comprendió el peligro de lo que estaba sucediendo. Su kybernetes personal, Hermón de Megara, le urgió a que abandonara la batalla, «debido a que los trirremes atenienses eran mucho más numerosos de lo que imaginaban», pero el joven almirante no quiso escucharle: «Esparta no estaría peor si él muriera, y huir sería vergonzoso» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 32). Su tenacidad estaba en consonancia con la gran tradición del coraje espartano y se adecuaba perfectamente a su audaz carácter, pero, en el contexto de esta concreta situación estratégica, era imprudente. Combatir en inferioridad numérica, mientras se mantiene una posición táctica desventajosa, es poco aconsejable en cualquier circunstancia. Y los espartanos no tenían razones para forzar la batalla, ya que el tiempo estaba de su parte; los atenienses tenían pocos recursos y no podrían mantener la flota en el mar por mucho más tiempo. Un nuevo retraso era probable que trajera nuevas deserciones del bando ateniense. Cualquier otro oficial más cauto hubiera dejado tomar la iniciativa a los atenienses en un lugar elegido por los espartanos, siempre que el balance de fuerzas estuviera del lado de los lacedemonios.
Sin embargo, el tiempo no estaba realmente a favor de Calicrátidas. Necesitaba una victoria rápida, antes de que se hiciera más dependiente del dinero persa y antes de que la estación para combatir llegara a su fin, privándole de cualquier oportunidad de victoria. Además ¿qué ocurriría si seguía el consejo de Hermón y se retirara de la batalla? Ciertamente tendría que volver a Mitilene para intentar acabar con Conón, y la flota ateniense, con toda seguridad, lo perseguiría hasta allí. Tendría entonces ciento setenta barcos frente a los ciento cincuenta y cinco atenienses que se le enfrentarían, con los cuarenta de Conón en su retaguardia. Dispondría, así, de una flota con veinticinco barcos menos que la ateniense, cuando ahora, en las Arginusas, superaban a los de Atenas en quince trirremes, aunque esa pequeña ventaja estaría contrarrestada por la necesidad de enfrentarse a un enemigo tanto al frente como en los costados. Ya considerara Calicrátidas o no estos factores, no podemos atribuir su decisión meramente a la precipitación e inexperiencia de un joven vehemente.
Enfrentado a la amenaza sobre su flanco, hizo lo que pudo, e incapaz de extender su propia línea para impedir la maniobra enemiga «dividió sus fuerzas, formando dos flotas separadas, y enfrentándose a una doble batalla, una en cada ala» (Diodoro, XIII, 98, 4). Esta acción lo dejó sin centro y expuesto a un ataque desde la línea de barcos atenienses situados delante de la isla, pero su situación le obligó a un compromiso táctico, ya que el obvio peligro de ser envuelto era demasiado grande como para ser ignorado. De hecho, el centro ateniense permaneció en su posición original durante la primera parte de la batalla, que fue larga y dura. «Primero la lucha fue en orden cerrado, y después con los barcos dispersos» (Jenofonte, Helénicas, I, 6, 33). El ataque ateniense sobre el flanco hizo que los espartanos tuvieran que renunciar al centro, lo que les impidió poner en práctica las hábiles maniobras en las que se habían entrenado. A medida que la batalla progresaba, la presencia del centro de la flota ateniense, libre y sin daño alguno, se hacía más y más amenazadora para los exhaustos espartanos. Calicrátidas resultó muerto cuando su barco embistió a un trirreme enemigo, después de lo cual el ala izquierda cedió e intentó escapar. Con la formación espartana desbaratada finalmente, el centro ateniense se unió a la destrucción y caza de la flota enemiga, hundiendo muchos barcos que huían, y sin sufrir pérdidas propias. En el ala derecha, la lucha fue larga y feroz, hasta que, tras ser destruidos nueve de los diez barcos laconios que habían luchado con el navarca, huyeron los demás barcos. El ala derecha ateniense impidió cualquier huida hacia el norte. Los únicos barcos que consiguieron escapar se dirigieron hacia el sur, a lugares como Quíos, Cime y Focea. Cuando el oficial espartano en Mitilene supo lo que había ocurrido, también huyó, dejando libre a Conón para unirse a la flota ateniense.
Según Diodoro, la batalla de las Arginusas fue «la batalla naval entre griegos más grande de la historia» (XIII, 98, 5). Los espartanos perdieron setenta barcos, y el sesenta y siete por ciento de sus fuerzas, una cifra impresionante. En Cinosema, Abido y Notio, la media de fuerzas perdidas por de los derrotados fue de un veintiocho por ciento. En Cícico, toda la flota espartana había sido vencida gracias a que los atenienses aprovecharon el engaño y la sorpresa, así como las unidades bajo mando independiente para arrastrar al enemigo a mar abierto, donde pudiera ser rodeado.
Una derrota semejante tuvo lugar en las Arginusas, donde, como resultado de un brillante plan, los espartanos fueron, nuevamente, envueltos y separados de cualquier costa cercana. Únicamente gracias a que el ala izquierda ateniense no pudo cerrar la trampa, parte de la flota espartana pudo huir.
Los atenienses perdieron tan sólo veinticinco de sus ciento cincuenta y cinco barcos, y obtuvieron una magnífica victoria. Una derrota en esta batalla hubiera significado una derrota total en la guerra; sin embargo, con una flota de tan escasa valía fueron capaces de destruir a una fuerza muy superior entrenada y preparada por Lisandro, y de matar al joven y audaz almirante que le había sustituido. Una vez más, Atenas dominaba el mar y tenía buenos motivos para confiar en sobrevivir e, incluso, en conseguir la victoria en la guerra.
RESCATE Y RECUPERACIÓN

Su triunfo en las Arginusas salvó a los atenienses, aunque no pudieron celebrarlo durante mucho tiempo, ya que, casi de inmediato, se vieron envueltos en una encarnizada lucha. Cuando la batalla llegó a su fin, la flota ateniense se encontró dispersa en un área de diez kilómetros cuadrados debido a una tormenta que acababa de iniciarse. De los veinticinco barcos perdidos en el combate, los restos de doce todavía flotaban, con cerca de mil hombres luchando por sobrevivir, muchos de ellos aferrados a los restos del naufragio, mientras los cuerpos de decenas de muertos estaban dispersos alrededor de esos mismos restos. Los capitanes de los trirremes victoriosos no se detuvieron a rescatar a los hombres que seguían vivos en el mar, o a recoger los cadáveres para enterrarlos, sino que se apresuraron a las Arginusas para conferenciar sobre el siguiente paso que debían plantearse.
Para los griegos, asegurar un entierro adecuado de los muertos hubiera sido algo casi tan importante como el rescate de los que estaban todavía vivos sobre las aguas. En la poesía épica, Ulises descendió al mundo subterráneo para comprobar el correcto tratamiento de un camarada caído; en la tragedia clásica, Antígona desafió a su rey y dio su propia vida antes que permitir que su hermano muerto quedara sin sepultura. ¿Qué podía haber empujado a los atenienses a incumplir tan sagrado deber?
Una parte de la respuesta reside en el inesperado carácter de la batalla, que había llevado a la flota más adentro en el mar de lo que era usual, y que provocó su dispersión en un área muy grande. Todas las otras batallas navales que tuvieron lugar desde el año 411 se dieron en un espacio muy reducido y siempre cerca de la costa. El procedimiento habitual después de una batalla hubiera sido que la flota victoriosa se acercara a tierra, una vez acabada la lucha, para calcular cómo se iba a proceder a la recogida de supervivientes y cadáveres, y decidir quiénes iban a encargarse de hacerlo. En todo caso, habría suficiente tiempo para llevar a cabo la tarea. Sin duda, ésta era la manera en que se esperaba terminar la batalla, ya que el plan ateniense para conseguir un doble envolvimiento hubiera acabado por disponer todos sus barcos en un círculo no lejos de las islas Arginusas. Sin embargo, muchos barcos enemigos lograron huir a una considerable distancia, y, cuando los atenienses iniciaron la persecución, los métodos usuales se mostraron ineficaces.
Después de que los capitanes, finalmente, condujeran sus flotas a las Arginusas, surgió un segundo problema. Conón todavía estaba a unos veinte kilómetros de distancia, bloqueado en el puerto de Mitilene por los espartanos. Cuando Eteónico, el oficial espartano al mando del bloqueo, conoció el resultado de la batalla, probablemente huyó y se unió a la flota espartana en Quíos. Esta acción daría como resultado el incremento de los barcos espartanos a noventa, lo que, a su vez, constituiría la base para que otra armada [12] supusiera un nuevo reto. Estos convincentes argumentos estratégicos obligaron a los atenienses a llevar a la parte principal de la flota a Mitilene, con objeto de impedir la huida espartana, aunque seguramente les desgarraría tomar esa decisión, teniendo en cuenta su deber para con los supervivientes y los cuerpos de los que habían muerto. Por este motivo, intentaron llegar a una solución intermedia: dos tercios de la flota, con los ocho generales, se apresurarían hacia Mitilene, y cuarenta y siete barcos serían dejados atrás como escuadrón de rescate bajo el mando de dos trierarcas, Terámenes y Trasibulo.
Aunque esta decisión recibió muchas críticas, era lo más sensato. Los barcos que se dirigían a Mitilene tenían que estar preparados para una nueva batalla si conseguían cortar la retirada de los barcos de Eteónico, y, desde luego, era razonable que fueran los mismos generales que habían planeado y llevado a la práctica la gran victoria en las Arginusas los que asumieran el reto. Terámenes y Trasibulo no eran tampoco capitanes ordinarios, sino anteriores generales de gran talento y experiencia. Ellos se pusieron a trabajar para cumplir su misión, pero encontraron una nueva dificultad bajo la forma de una tormenta que agitó las aguas de una manera tan fuerte que aterrorizó a los hombres que debían llevar a cabo la recogida de supervivientes y cadáveres.
Cualquiera que haya navegado por las aguas del Egeo conoce la rapidez y la fiereza de las tormentas que pueden darse allí, lo suficientemente fuertes como para poner en peligro incluso a barcos modernos. Cuánto más amenazante debió de haber sido para hombres que tripulaban trirremes, mucho menos seguras y que se adaptaban muy mal a tales condiciones. En las Arginusas, las tripulaciones que estaban bajo el mando de Terámenes y Trasibulo no cumplieron las órdenes recibidas «a causa de su sufrimiento durante la batalla y del gran tamaño de las olas» (Diodoro, XIII, 100, 2). Los capitanes lo hicieron lo mejor que pudieron, pero pronto las condiciones meteorológicas empeoraron tanto como para hacer innecesaria cualquier discusión posterior.
La tormenta también empujó a la flota principal de vuelta hacia las islas, donde se reunificó la fuerza naval, y en ese momento, sin duda, se produjeron escenas muy poco agradables. Los generales sin duda se encolerizaron al ver que sus órdenes no habían sido obedecidas, culpando de ello a los dos capitanes asignados a la misión de rescate. Terámenes y Trasibulo debieron de ofenderse ante lo que consideraron una acusación injusta, y quizá pensaron que los generales debieron ocuparse del rescate y la recuperación de los cuerpos antes de que la tormenta se hiciera más fuerte.
Fuera como fuese, cuando el tiempo mejoró, el conjunto de la flota partió para Mitilene, pero Conón los encontró en el camino y les comunicó que Eteónico y sus cincuenta trirremes habían escapado. Tras detenerse en Mitilene, los atenienses persiguieron a la fuerza espartana hasta su base de Quíos, pero Eteónico no fue tan imprudente como para arriesgarse a otra batalla, por lo que los atenienses tuvieron que regresar a su base de Samos. La gran victoria ateniense se había visto empañada por su incapacidad de llevar a cabo la operación de rescate y recuperación, y por el carácter incompleto de su esfuerzo. Estos factores debieron pesar enormemente en las mentes de los generales cuando consideraron el informe que debían presentar ante la Asamblea de Atenas. Al principio, pretendían presentar todos los detalles de lo ocurrido inmediatamente después de la batalla, incluyendo el fracaso de los capitanes de llevar a cabo la misión de rescate, pero finalmente decidieron omitir cualquier referencia a ese incidente y se limitaron a culpar a la tormenta de todo lo que había ocurrido. Debieron de comprender que levantar acusaciones contra alguien provocaría el comienzo de una disputa, y que tanto Terámenes como Trasibulo eran oradores populares y hábiles que contaban con un fuerte respaldo político, por lo que serían formidables oponentes.
EL JUICIO DE LOS GENERALES

En Atenas las noticias de la victoria produjeron alivio y alegría, por lo que la Asamblea votó una moción alabando a los generales que la habían conseguido. Sin embargo, y al mismo tiempo, como los jefes navales habían previsto, hubo grandes muestras de enojo ante el fracaso relativo a los supervivientes y a los cadáveres. Terámenes y Trasibulo regresaron a Atenas desde Samos de inmediato, probablemente para defenderse a sí mismos, si fuera necesario, pero ya que nadie en la ciudad conocía los detalles de lo que había ocurrido en las Arginusas, no tuvieron que enfrentarse a ningún tipo de acusación, ni ellos hicieron tampoco ninguna contra los generales.
Sin embargo, la cólera de los atenienses fue incrementándose, y el pueblo empezó a cuestionar la conducta de los generales que, por lo que se sabía en Atenas, habían estado al cargo de todos y cada uno de los aspectos de la campaña. Cuando las noticias de cómo estaba evolucionando el sentimiento público alcanzaron Samos, los generales creyeron que los dos capitanes eran responsables de haberlos desacreditado, por lo que ellos escribieron de nuevo a Atenas para revelar esta vez que la misión de rescate había sido asignada específicamente a Terámenes y Trasibulo.
Ésta fue una acción completamente equivocada, ya que, a partir de ese momento, los capitanes no tuvieron más elección que actuar en su propia defensa. Ellos no negaron la gravedad de la tormenta, pero culparon a los generales del fracaso del rescate. Sin duda, debieron quejarse de que los generales malgastaron un tiempo precioso en una vana persecución —un tiempo que podrían haber empleado en el rescate de los supervivientes—, así como del retraso motivado por el debate que tuvo lugar en las Arginusas antes de que fueran impartidas las órdenes para el rescate. En el momento en que los capitanes recibieron esas órdenes, la tormenta había hecho que la misión fuera ya imposible. Su defensa fue realmente muy efectiva: cuando las cartas de los generales fueron leídas ante la Asamblea, la multitud inmediatamente se encolerizó con los capitanes, «pero después de que hubieran presentado su defensa, la rabia se volvió contra los generales» (Diodoro, XIII, 101, 4). Por consiguiente, la Asamblea aprobó una moción por la que se destituía a los generales y se les ordenaba que regresaran a Atenas para enfrentarse a un juicio. Dos de ellos huyeron al exilio de inmediato. El procedimiento al que los otros se sometieron fue probablemente la euthyna, el control habitual que se producía cuando un general abandonaba su cargo al expirar el tiempo que se le había asignado, y que comenzaba con un balance de su situación financiera, aunque incluía también una valoración de su conducta en el desempeño del cargo.
El primero de los generales en ser juzgado fue Erasínides, que fue considerado culpable por apropiación indebida de dinero público y mala conducta en el ejercicio de su cargo, por lo que fue encarcelado. Quizá fue el primero en ser procesado porque era un objetivo fácil, o porque se había extendido el rumor de que había propuesto ignorar por completo a los supervivientes y a los cadáveres y enviar toda la flota a Mitilene. Los cinco generales restantes se presentaron entonces ante el Consejo de los Quinientos para presentar su versión de los hechos, lo que supuso una vuelta a su estrategia original de culpar a la tormenta de todo lo que había ocurrido. Quizá cuando los generales supieron que los dos capitanes no habían sido considerados los responsables de los cargos que había contra ellos, intentaron recomponer, de esa manera, su anterior frente unido. Si eso es lo que pretendían, actuaron demasiado tarde, porque el Consejo votó encarcelarlos y hacer que volvieran a ser juzgados por la Asamblea en su capacidad judicial. Allí, Terámenes leyó la carta original de los generales que culpaba sólo a la tormenta, para a continuación pasar a acusar, de acuerdo con otros, a los generales por la pérdida de los supervivientes y de los cuerpos insepultos.
Podemos asumir que tanto Terámenes como Trasibulo estaban encolerizados por el hecho de que los generales hubieran sido los primeros en abandonar la explicación acordada y de que los hubieran acusado a ellos. El pueblo ateniense, conocedor ahora de toda la historia, estaba convencido de la necesidad de buscar a los culpables y de castigarlos severamente. La única cuestión que quedaba por resolver era sobre quién debía recaer el castigo. Terámenes tomó la iniciativa, y la Asamblea se volvió claramente contra los generales, haciendo callar a gritos a sus defensores, e incluso no permitiéndoles un tiempo adecuado para que expusieran su defensa. Bajo tal presión, como es natural, los acusados se revolvieron contra sus acusadores, insistiendo en que a Terámenes y Trasibulo se les había encomendado la responsabilidad de recoger a los supervivientes y a los cadáveres: «Si hubiera que culpar a alguien respecto a las tareas de rescate, a nadie debería acusarse más que a aquellos a quienes se había encomendado la tarea.» No obstante, incluso en ese momento se negaron a abandonar su defensa inicial, al aseverar que «la violencia de la tormenta impidió el rescate» (Jenofonte, Helénicas, I, 7, 6). Los encausados hicieron venir en apoyo de sus afirmaciones a pilotos y marineros de la flota, cuyas declaraciones tuvieron un notable y poderoso efecto. La Asamblea podía creer fácilmente que los generales se mantenían fieles a su narración del incidente, y que si habían elegido no aludir a los detalles acerca de la misión asignada a los capitanes había sido por compañerismo y porque la tormenta hacía que esa alusión fuera completamente irrelevante.
Jenofonte afirma que los generales «estaban a punto de convencer a la Asamblea» (Helénicas, I, 7, 6), y que un resultado moderado y lógico parecía inminente, cuando la suerte intervino. Había oscurecido antes de que ninguna votación hubiera sido hecha, por lo que la Asamblea decidió posponer su decisión hasta el día siguiente y ordenó al Consejo de los Quinientos que propusiera la forma en que debía llevarse a cabo el juicio.
Por otro golpe de la fortuna, el festival de la Apaturia iba a tener lugar tan sólo unos pocos días más tarde, una festividad que se dedicaba a la celebración de ritos de nacimiento, mayoría de edad y matrimonio y que reunía a familias de toda el Ática. Tradicionalmente, ésta era una ocasión de gran alegría y de celebraciones multitudinarias, pero ese año sólo servirían como doloroso recordatorio de la ausencia de los jóvenes que habían muerto en la batalla de las Arginusas. Este ambiente contribuyó poderosamente a despertar de nuevo grandes resentimientos contra aquellos que pudieran haber sido responsables de lo sucedido. Cuando la Asamblea se reunió al día siguiente como había sido acordado, los familiares de los muertos, con las cabezas afeitadas en señal de duelo, exigieron venganza y «suplicaron al pueblo que castigara a los que habían permitido que hombres que habían muerto felices en la defensa de su patria permanecieran insepultos» (Diodoro, XIII, 101, 6).
En respuesta a esta petición, Calixeino, un miembro de los Quinientos, sugirió al Consejo un procedimiento hostil hacia los generales, proponiendo que no hubiera más debates, sino una votación sobre su culpabilidad o su inocencia. La pregunta sería hecha de la manera más perjudicial para los encausados: si los generales eran culpables o no «por no haber rescatado a los hombres que habían conseguido la victoria en la batalla naval» (Jenofonte, Helénicas, I, 7, 9). La pena sería la de muerte para los sentenciados, junto con la confiscación de sus propiedades. Al final, los generales serían juzgados conjuntamente, con una sola votación de la Asamblea para decidir el destino de todos ellos. El Consejo aprobó esta propuesta, completamente inusual y perjudicial, no dejando a los generales oportunidad de intentar cambiar la atmósfera hostil en la que la Asamblea se había reunido por segunda vez. El debate en la Asamblea fue de gran emotividad. Un hombre que se presentó como un superviviente de las Arginusas recordó cómo los hombres que se estaban ahogando a su lado le habían pedido que contara a los atenienses que «los generales no habían rescatado a los hombres que habían sido los mejores en la defensa de su patria» (Jenofonte, Helénicas, I, 7, 11). En esa atmósfera tan encendida, Euriptólemo, primo y seguidor de Alcibíades, se atrevió a hablar en favor de los acusados. Acusó a Calixeino de haber presentado una moción ilegal, y que al obrar así debía aplicarse la graphé paránonom, un procedimiento ateniense relativamente reciente para la protección de la Constitución.
Esta medida prohibía la aprobación de una moción hasta que el que la hubiera propuesto se enfrentara a un juicio por presentar una propuesta ilegal y fuera absuelto de ese delito. Algunos en la Asamblea aplaudieron esta acción, pero muchos mantuvieron una posición muy diferente. Uno de los miembros propuso incluso que Euriptólemo y todos aquellos que le apoyaban fueran también incluidos en las acusaciones contra los generales, una sugerencia que ganó un fuerte respaldo. Sin embargo, al final, la propuesta contra Calixeino fue retirada.
Esto llevó a la Asamblea de vuelta a la moción original, que sentenciaría a todos los generales a muerte por una sola votación. Sin embargo, algunos de los prítanes —el comité del Consejo, elegido por sorteo y rotativo para presidir la Asamblea en fechas determinadas— plantearon que esta cuestión no podía ser votada, basándose en que era ilegal. Su lógica descansaba en dos sólidos argumentos: primero, que las acusaciones en masa iban contra la práctica tradicional de la Asamblea y, más particularmente, contra el decreto de Cannono, que garantizaba específicamente un juicio separado para cada acusado; segundo, que a los generales no les había sido concedida la oportunidad de hablar en su defensa como estaba prescrito por la ley. Estos argumentos hubieran sido difíciles de refutar, pero Calixeino, dándose cuenta de la hostilidad de la multitud hacia los generales, no retiró su propuesta. Incluso llegó a proponer que los mismos cargos dirigidos contra los generales fueran extendidos a los prítanes que se mostraban reacios, a lo cual el pueblo respondió con un clamor de aceptación.
Esta actitud aterrorizó tanto a los prítanes que retiraron sus objeciones y acordaron someter la propuesta del Consejo a votación. La casualidad hizo que Sócrates hubiera sido elegido para servir como miembro del Consejo en ese año, el único puesto oficial que ejerció nunca. Además, su tribu estaba al frente de la pritanía para ese mes y, por una coincidencia todavía mayor, Sócrates ejercía como prostates, el presidente de la Asamblea. De entre los prítanes, él fue el único en mantenerse firme, y rehusó someter la moción a votación. Algunos años más tarde, después de la guerra, Platón escribió sobre el comportamiento de su maestro, cuando éste se defendió a sí mismo ante un tribunal ateniense: «Yo fui el único entre los prítanes que se opuso a la ilegalidad y el único en presentar mi voto contra vosotros [el pueblo ateniense]; y cuando los oradores amenazaron con acusarme y arrestarme, y vosotros insistíais y gritabais, decidí que debía correr el riesgo, permaneciendo al lado de la ley y de la justicia, más que seguir a vuestro lado contra la justicia a causa del miedo a la prisión o a la muerte» (Apología, 32 b-c). Pero incluso frente a una postura de principios tan elevados, la pasión de la Asamblea era demasiado fuerte, y el odio acabó por imponerse.
En ese momento, Euriptólemo se levantó de nuevo, sugiriendo diferentes procedimientos que permitirían tratar duramente a los acusados, si bien con juicios separados. Claramente creía que las intensas emociones provocadas por los acontecimientos, la tristeza intensificada por la celebración de la Apaturia y las emociones avivadas por los oradores, se desvanecerían al poco tiempo, y que los juicios individuales proporcionarían a los acusados una oportunidad de presentar su defensa y de establecer de nuevo el sentido común. Hizo un brillante discurso que advirtió contra procedimientos ilegales, al tiempo que recordaba a la Asamblea la gran victoria obtenida por los generales acusados, y a punto estuvo de obtener lo que pretendía, ya que una propuesta para juzgar separadamente a los generales consiguió la mayoría de los votos. Sin embargo, al final, ciertas maniobras parlamentarias anularon esa victoria. Una segunda votación se llevó a cabo, y la Asamblea esta vez votó la propuesta del Consejo: condenar a muerte a los ocho generales, incluidos los dos que no habían regresado a Atenas.
Euriptólemo había fracasado por poco en su intento de salvarlos, pero estaba en lo cierto al pensar que los atenienses serían incapaces de seguir manteniendo su odio por mucho tiempo: «No mucho tiempo después, los atenienses se arrepintieron y votaron que fueran demandados aquellos que habían engañado al pueblo». Calixeino fue uno de los cinco acusados y arrestados. Sin embargo, todos ellos lograron escapar antes de ser llevados a juicio. Pero cuando Calixeino regresó a la ciudad, «murió de hambre, odiado por todos» (Jenofonte, Helénicas, 1, 7, 35).
Por haber ordenado la ejecución de los generales, los atenienses han sido justamente censurados a través de los siglos, pero el argumento que ha sido esgrimido en tiempos antiguos y modernos, basado en que tales equivocaciones son características de la democracia, está muy lejos de la realidad. Las atrocidades han sido perpetradas por todo tipo de regímenes a lo largo de la historia. Es precisamente la adhesión general a la ley y a los procedimientos debidos por parte de la democracia ateniense lo que hace de esta excepción a la norma algo tan notorio. Los atenienses, como hemos visto, se arrepintieron de su error de inmediato y no lo repitieron, pero quedó como una mancha negra que los enemigos de la democracia usarían para atacar al gobierno ateniense y a su modo de vida.

Casi inmediatamente, además, los atenienses también sufrieron graves consecuencias de orden práctico debido a esta decisión. Pocos Estados en guerra pueden permitirse el lujo de desaprovechar a ocho generales experimentados y victoriosos. Además de la pérdida de los generales del 406-405, Atenas también se vería privada de los servicios de otros dos experimentados oficiales conectados con los acontecimientos que rodearon la batalla de las Arginusas. Trasibulo no fue elegido como general en la elección del 405, y Terámenes, aunque elegido, fue descalificado por el organismo que examinaba regularmente a los oficiales recién nombrados. Atenas tendría que hacer frente ahora al reto representado por Esparta y Persia sin contar con la experiencia de muchos de sus mejores mandos militares, mientras que aquellos que fueron elegidos en su lugar debieron sin duda sentirse desconcertados por el destino de sus predecesores.