viernes, 12 de enero de 2018

Javier Negrete:La Gran Aventura De Los griegos XI. Las Guerras Médicas

INTRODUCCIÓN
Las Guerras Médicas fueron el acontecimiento más importante de la historia de Grecia, y así lo entendieron sus habitantes, que salieron de este conflicto más convencidos que nunca de que eran griegos. La guerra dejó restos perdurables en todas sus manifestaciones culturales, sobre todo en Atenas. Durante más de un siglo no hubo apenas discursos políticos en que no se mencionaran las glorias de Maratón y Salamina. Escenas de luchas entre griegos y persas aparecen en infinidad de piezas cerámicas, y gracias a ellas podemos imaginar cómo eran el atuendo y las armas de los asiáticos. Si la gran pintura griega se hubiera conservado, habríamos podido contemplar aquellas batallas en grandiosas escenas murales: por ejemplo, las que adornaban el pórtico pintado de la Acrópolis y representaban la batalla de Maratón. En obras filosóficas, históricas y morales se resaltaban las diferencias entre ambos pueblos. Los persas eran gente bárbara y a la vez afeminada por el lujo,' una vulgar masa de esclavos conducida por el látigo de un déspota. Por el contrario, los griegos eran tipos austeros, de vida sencilla, amantes de la libertad, etcétera.
Pero ni el fervor patriótico ni el complejo de superioridad aparecerían hasta después de la guerra. Antes de ella, a los persas los rodeaba un aura de invencibles que despertaba pánico entre los griegos. Dos ejemplos lo ilustran.
Hacia el año 540, Harpago, general de Ciro el Grande, envió un ultimátum a Focea, la ciudad más emprendedora en la gran colonización. Los focenses poseían una sólida muralla que habían pagado con plata del mítico Argantonio, rey de Tartessos. Pese a ello, en una sola noche recogieron todos sus enseres de valor, se embarcaron con sus fami lías y abandonaron la ciudad para dirigirse hacia el oeste, en una arriesgada odisea de miles de kilómetros que los llevaría hasta la isla de Córcega. Cierto es que los focenses disponían de pocas tierras cultivables alrededor de la ciudad, lo que los autores anglosajones denominan hinterland. Su mayor activo eran ellos mismos, sus conocimientos geográficos y marineros y sus barcos, lo cual ayuda a explicar un comportamiento tan intrépido.
Dos generaciones después, Atenas sufrió una evacuación general. La amenaza persa debía de sentirse muy real para que los atenienses abandonaran no sólo la ciudad, sino toda la región del Ática. Hablamos quizá de 150.000 personas: un movimiento así, que en nuestros días los periodistas llamarían sin duda «catástrofe o crisis humanitaria»,' sólo puede obedecer a un profundo pavor.
A posteriori, la victoria griega parece inevitable. Para muchos estrategas de salón, los soldados persas eran tan inferiores en armamento y disciplina que estaban condenados a perder contra los griegos. Pero lo que los atenienses veían en 490, en vísperas de Maratón, era muy diferente. Ningún ejército griego había derrotado a otro persa. Su mayor éxito contra ellos, la toma de Sardes, se produjo por sorpresa, y después de ella las represalias persas fueron terribles. En cierto modo, en aquel momento los griegos eran los bárbaros atrasados, como los galos que mucho tiempo después sufrirían la invasión de julio César.
Pero hay una gran diferencia. Cuando los galos por fin se unieron, lo hicieron bajo el mando de Vercingetórix, caudillo que no ha pasado a la historia del arte de la guerra. En cambio, los griegos tuvieron la suerte de contar con un personaje excepcional: Temístocles el ateniense. Mas no adelantemos acontecimientos.
EL IMPERIO PERSA
El Imperio persa fue fundado por Ciro, conocido como el Grande. Los persas habitaban ya entonces el país de altiplanos que hoy conocemos como Irán o Persia. Hablaban una lengua indoeuropea, estrechamente emparentada con el antiguo indio. De ella desciende en línea directa el persa actual, también llamado farsi (añado esto porque existe cierta tendencia a creer que en Irán, por ser un país islámico, se habla árabe).
Los iraníes actuales se enorgullecen de su larga historia, que se remonta hasta la época de Ciro, pero en realidad no se sabe tanto de ella como querríamos. Los pocos textos de la época Aqueménida -con este término nos referimos a la dinastía de Ciro y sus sucesores, que descendían de un tal Aquemenes- son sobre todo espectaculares inscripciones en piedra. Grabadas a menudo en sitios casi inaccesibles, cantan las hazañas bélicas y constructoras de los soberanos, pero aportan pocos detalles históricos, y no nos cuentan nada sobre la vida cotidiana de la gente.
Irónicamente, para conocer mejor a los persas debemos recurrir, al retrato que de ellos nos dejaron sus enemigos los griegos, tanto por escrito como en sus vasijas pintadas.Y, sobre todo, a lo que nos cuenta el hombre que narró con todo lujo de detalles la gran guerra entre persas y griegos, el llamado «padre de la historia»: Heródoto.
             DOTO

Nació hacia el año 484 en Halicarnaso, una ciudad situada en la costa oeste de Asia Menor, a la altura de las Cícladas. Halicarnaso se hallaba sometida al control persa y sus habitantes, supuestamente dorios, hablaban un dialecto jonio y estaban muy mezclados con la población original caria. Cuando Heródoto era niño, aún debía gobernar la reina -o tirana- Artemisia, lo cual explica el gran protagonismo que otorgó a esta mujer en su relato de las Guerras Médicas.
Por su oposición a Ligdamis, hijo y sucesor de Artemisia, Heródoto fue desterrado de la ciudad. Como exiliado, tuvo la ocasión de viajar por numerosos países, incluyendo Egipto y la parte occidental del Imperio persa. Más tarde se instaló en Atenas, donde su prestigio hizo que se le incluyera entre los elegidos que fundaron la colonia de Turios.
Heródoto es autor de la primera gran obra histórica que conocemos. Su título en griego, Historía, significa «investigación», pues así consideraba él mismo las indagaciones que había realizado sobre el gran conflicto entre Grecia y Persia.
El motivo de Herótodo para escribir puede parecer un tanto ingenuo desde el punto de vista de la historiografia contemporánea: evitar que las grandes hazañas de los hombres caigan en el olvido. Se le ha tildado de superficial y de no escarbar lo suficiente en las verdaderas causas de los hechos.A menudo atribuye los acontecimientos a la voluntad de los dioses: por ejemplo, cuando cuenta cómo una tormenta destruyó buena parte de la flota persa antes de la batalla de Artemisio, como si los dioses quisieran igualar la proporción entre ambos ejércitos. En cambio, el historiador posterior Tucídides indaga de forma más profunda y racional, y casi siempre encuentra causas humanas en los hechos.
En cierto modo el tiempo ha reivindicado a Heródoto. Su historia no es una mera sucesión de batallas, tratados de paz e intrigas políticas -aunque de todo esto hay en las Historias-. En su libro se encuentra mucho de etnografia y de geografia, y por sus páginas asoman los personajes de la vida cotidiana que durante siglos, tal vez por influencia de Tucídides, permanecieron en las sombras, apartados de los libros de la «gran historia», hasta que han vuelto a ser recuperados en nuestros tiempos.
Además, con todos sus defectos, ya querríamos tener un Heródoto en el bando enemigo. Pero si había alguien entre los persas con la curiosidad, el tiempo librea y el talento para escribir un relato histórico, por desgracia su obra no nos ha llegado. Aunque sospecho que jamás se escribió. Pues eran las características de la polis griega -curiosidad, individualismo y cierto atrevimiento-, las que explican que personajes como Heródoto se dedicaran a empeños literarios que hoy nos parecen muy normales, pero que durante la mayor parte de la historia de la humanidad no lo han sido.
Ciro -en persa Kurush- llegó al poder en 558, y unos años más tarde derrocó a Astiages, su abuelo según Heródoto. Este tal Astiages era rey de los medos, un pueblo tan estrechamente emparentado con los persas que los griegos tendían a confundirlos a ambos en un único término. De ahí viene el nombre Guerras Médicas para el conflicto que con más propiedad deberíamos llamar «Guerras Pérsicas». Pero la tradición pesa mucho.
Al suceder a los medos, los persas se convirtieron a su vez en herederos de una tradición imperial que se remontaba siglos atrás, hasta Asiria. Los asirios, cuyos monarcas más célebres fueron Senaquerib y Asurbanipal, crearon por primera vez una máquina militar y burocrática con fines expansionistas y elevaron el arte de la guerra a niveles desconocidos hasta entonces. Ellos fueron los primeros en asediar ciudades enemigas de forma metódica, y también desarrollaron ciertos procedimientos que nos suenan tristemente contemporáneos, como la deportación de pueblos enteros. Parece, además, que eran auténticos expertos en el arte del empalamiento.
Los asirios, a su vez, eran herederos de las antiguas culturas de Mesopotamia: babilonios, acadios y los antiquísimos sumerios. Pero retroceder hasta ellos nos llevaría demasiado lejos. Baste decir que la máquina imperial persa conservó muchas influencias de los asirios y de todo su conglomerado cultural. En lo bélico, los persas también deportaron poblaciones y es casi seguro que utilizaron los conocimientos asirios sobre la poliorcética o arte del asedio.
En lo político, los persas heredaron de Asiria el complicado protocolo que tanto extrañaba y molestaba a los griegos, sobre todo cuando llegaba la hora de la proskynesis, o sea, de inclinarse, arrodillarse o incluso tumbarse ante el Gran Rey. Pues todo ese ritual, así como el enrevesado escalafón de chambelanes, eunucos, secretarios, etc., no parece propio de los persas, que tan sólo unas generaciones anteriores vivían como nómadas y prácticamente no se habían bajado del caballo. Siglos después, Alejandro Magno hizo algo parecido al conquistar el Imperio persa: adoptar los modos de gobierno y conducta más refinados y pomposos de sus antecesores. Un comportamiento que parece casi la regla habitual cuando una élite sustituye a otra.
El ascenso al poder de los persas fue meteórico, lo cual debió de sembrar la inquietud entre los pueblos de la época. Ciro no se limitó a conquistar a los medos, sino que extendió su ambición a todas las naciones limítrofes. Asiria, que más de setenta años antes había sido humillada por los medos, no tardó en caer en su poder. Más al sur se hallaba la prós pera Babilonia, probablemente la ciudad más poblada del mundo. Babilonia se rindió en 538 y se convirtió a partir de ese momento en una de las capitales imperiales de los Aqueménidas.
Pero antes de esto ya se había producido el primer contacto entre persas y griegos, que anticiparía la gran guerra posterior. Al adueñarse de las antiguas tierras asirias, Ciro se había convertido en vecino de los lidios. Este pueblo, asentado en torno a la ciudad de Sardes, había ido extendiendo su influencia por Asia Menor poco a poco hasta llegar al río Halis. En aquella época a los lidios los gobernaba Creso, un personaje cuyas riquezas eran proverbiales (recordemos que los lidios explotaban los placeres auríferos del río Pactolo y que fueron los primeros en acuñar monedas).
En su relato, Heródoto convirtió a Creso en el paradigma del hombre poderoso a quien el éxito colma de soberbia. Aunque ya hemos comentado que el encuentro entre Solón y Creso sea probablemente apócro, no me resisto a contarlo. Cuando conoció al legislador ateniense, Creso le enseñó sus palacios, sus tesoros y sus caballerizas y le preguntó si en toda su vida había encontrado a alguien más feliz que él (para los griegos, «feliz» y «próspero» eran términos casi equivalentes: en aquella época la pirámide de Maslow no había llegado todavía a la realización personal, y la felicidad tenía mucho que ver con las posesiones materiales que garantizan sobrevivir día a día). Solón le habló de personas muy sencillas, atenienses y argivos con vidas humildes que ejemplificaban los valores cívicos: amor a la ciudad, religiosidad, respeto a los padres. Cuando Creso se indignó de que lo comparara a él con semejantes desharrapados, Solón le señaló algo importante sobre los personajes que había citado: todos estaban muertos. Nada malo les podía suceder ya.
Según cuenta Heródoto, Creso despidió a Solón con cajas destempladas (Heródoto 1, 30-33).A partir de ese momento, como era de esperar, las cosas le empezaron a ir mal al rey lidio. Primero perdió a su hijo, muerto accidentalmente en una cacería, y a manos de un huésped de palacio que se había acogido a la protección de Solón precisamente para expiar otro homicidio involuntario. ¡Al tipo ese no se le podían dejar ni unas tijeras!
Después, Creso se vio envuelto en la guerra contra los persas. Antes de entrar en ella, envió emisarios a los principales oráculos del mundo; entre ellos Dódona, Siwa y, por supuesto, Delfos. Obraba así como los políticos modernos que procuran congraciarse con los medios de comunicación -los oráculos de hoy- con prebendas, almuerzos para periodistas o concesiones de radio o televisión. Pues para los antiguos los dioses eran tan reales e influyentes como los actuales grupos mediáticos o los líderes de opinión.
El día señalado, Creso coció una tortuga en un caldero de bronce. El único oráculo que adivinó que estaba haciendo algo tan peculiar fue el de Delfos, de modo que Creso se convenció de que era el más fiable. Por eso le preguntó qué ocurriría si se enfrentaba a los persas. «Si lo haces», respondió la Pitia, «destruirás un gran imperio». Los lectores modernos podemos empezar a curvar los labios en una sonrisa irónica, mascando la tragedia que se cierne sobre Creso. Pero el rey lidio interpretó el oráculo como mejor le convino y se lanzó a la guerra.
Por supuesto, tras cruzar el Halis y enfrentarse a Ciro, Creso sufrió una derrota estrepitosa. En ello influyó el penetrante olor de los camellos que acompañaban al ejército persa, un hedor que encabritó y desorganizó a las monturas de la afamada caballería lidia. Aun así, Creso pudo recomponer parte de su ejército y retirarse a Sardes, a más de 500 kilómetros de distancia. Lo normal habría sido que las hostilidades no se hubiesen reanudado hasta el verano siguiente, pues el invierno hacía los caminos impracticables y obligaba a respetar una especie de temporada de guerra, igual que en nuestros días la tenemos de toros, de caza o de pesca. Pero los persas, que basaban buena parte de su fuerza en la movilidad de su caballería, siguieron a Creso a no mucha distancia, de tal manera que, en una deliciosa expresión de Heródoto, «Ciro se convirtió en mensajero de su propia llegada» (Heródoto 1, 79). Sardes sufrió asedio y no tardó en caer.
¿Cómo acabó Creso? Según Heródoto, Ciro preparó una gran pira para inmolar en ella a su enemigo derrotado. Conforme las llamas subían, Creso recordó a Solón y pronunció su nombre entre sollozos. Ciro sintió curiosidad y le preguntó por él, pues los antiguos eran incapaces de resistirse a una buena historia (¿qué otra diversión tenían, al fin y al cabo?). Cuando Creso se la contó, el rey persa comprendió que él se hallaba en la cresta de la ola, pero que el destino podía depararle algún re vés, como a Creso. Lo perdonó, pues, y lo convirtió en su consejero, de tal modo que Creso acabó conociendo la verdadera sabiduría. Tal vez todo fue más prosaico y Ciro se limitó a ejecutarlo, pero preferimos quedarnos con la bella versión de Heródoto.
Al apoderarse de Lidia, Ciro y los persas se convirtieron en vecinos de los griegos. Por supuesto, esa vecindad no podía ser amistosa sin más. Siguiendo su inercia expansionista, Ciro conquistó las ciudades griegas de la costa. La mayoría se rindieron directamente. En principio, el yugo persa no parecía tan pesado. Tan sólo tenían que pagar tributo al nuevo imperio, aunque sin duda perdieron buena parte de sus libertades. Únicamente los habitantes de Focea prefirieron embarcarse con todos sus bienes y abandonar la ciudad.
Ciro murió hacia el año 530. Según Heródoto, fue en una campaña contra los masagetas, un pueblo nómada de los actuales Turkmenistán y Uzbekistán.Tras la batalla, la reina Tomiris hizo que buscaran su cadáver y le introdujo la cabeza en un odre lleno de sangre humana para cumplir una amenaza anterior: «Si no abandonas este país, te juro que, por más sanguinario que seas, yo haré que te sacies de sangre» (Heródoto 1, 212). Este detalle tan gore parece más fabuloso que otra cosa. En realidad no sabemos si Ciro, que entre los grandes conquistadores no fue ni de lejos de los más sanguinarios, murió en combate o de anciano y en su lecho, como asegura Jenofonte en su Ciropedia, una biografía incluso más novelesca que la obra de Heródoto.
A Ciro le sucedió su hijo Cambises (Kambújiya). Heródoto lo presenta poco más o menos que como un psicópata, y así aparece también en Tamburas, una popular novela histórica escrita por el alemán Karlheinz Grosser en los años sesenta. Fuera un Calígula al estilo persa o no, lo cierto es que Cambises aumentó el imperio con la conquista de Egipto. Aunque el reino de los faraones estaba lejos de su antiguo esplendor, las inundaciones anuales del Nilo seguían convirtiéndolo en un auténtico granero (se calcula que bastaba para mantener a una población de siete millones de habitantes, una cifra más que respetable para la época).Además, Egipto disponía de una poderosa flota que, junto con las de las ciudades fenicias, se convertiría en la marina del Imperio aqueménida. Los persas eran un pueblo de interior sin tradición marinera, pero compren dían que para dominar los países ribereños del Mediterráneo necesitaban barcos de guerra.
Cambises fue asesinado en 522, y a su muerte se produjo una confusa lucha dinástica. En realidad, la versión oficial de los hechos que luego se conoció era la del vencedor en dicho conflicto, Darío, que lo tenía bastante claro. La confusión proviene de que los historiadores no se creen del todo las explicaciones de Darío. Pero no entraremos en más detalles.
A Darío (Ddrayavahus), que no era hijo de reyes, debía de incomodarlo bastante la cuestión de la legitimidad. Por eso en el espectacular relieve trilingüe de Behistún -que sirvió para descifrar la escritura cuneiforme- hizo hincapié en su condición de Aqueménida, miembro de la familia gobernante.
Darío paró varios años sofocando las revueltas que habían estallado en diversos lugares del imperio, incluyendo Babilonia. Éste parecía el sino de los soberanos persas. Si la extensión del imperio nos resulta desmesurada al verlo en un mapa, incluso ahora que contamos con unos medios de comunicación casi instantáneos, imaginemos cómo parecería su magnitud cuando los viajes se hacían a pie o, como mucho, a caballo. La autoridad real tardaba una eternidad en llegar a los rincones más alejados. Cuando se producía una revuelta, en primer lugar era necesario que llegaran noticias de ella a alguna de las capitales imperiales -Susa, Ecbatana, Babilonia o Persépolis, construida por el propio Darío-. Después la máquina tenía que ponerse en movimiento, con reclutamientos de tropas, acopio de provisiones, etc.Terminados los preparativos, el ejército imperial, la Spada, debía llegar al lugar de la rebelión y sofocarla. Eso no sólo requería una victoria en una batalla campal, sino a menudo asedios de fortalezas situadas en las montañas y maniobras de pacificación a las que tal vez hoy día llamaríamos «limpieza étnica».
(Ese mismo problema lo sufrió dos siglos después Alejandro Magno. Por más extenso que pintemos su imperio en los mapas, es dudoso que llegara a gobernarlo todo a la vez, pues cuando su ejército se dirigía a someter una provincia, la que quedaba atrás no tardaba en rebelarse de nuevo).
Durante sus largas campañas, Darío debió conocer sobre el terreno las regiones de aquel imperio todavía tan joven. Así comprendió que, para que ese inmenso leviatán sobreviviera, había que apuntalar sus huesos con profundas reformas. Darío fue el verdadero organizador del Imperio persa. Lo dividió en veinte satrapías o provincias, cada una de ellas gobernada por un sátrapa. (En persa, xsacapávan. No es que se parezca tanto). Estableció cuánto tributo debía pagar cada una y qué fuerzas debía aportar a la Spada. Sobre todo, creó una red de caminos, por su eficacia comparable con las calzadas del Imperio romano. El más famoso era el Camino Real que llevaba de Sardes a Babilonia. Una embajada podía recorrerlo en tres meses; pero para los mensajeros, que se turnaban y además contaban con caballos de refresco en las postas, era cuestión tan sólo de siete días. Los griegos que visitaban el imperio debían de sentirse acomplejados cuando regresaban a su propio país y se veían obligados a viajar de ciudad en ciudad por senderos de cabras.
La política fiscal Aqueménida acarreaba sus problemas. El dinero recaudado se guardaba en vastos tesoros, en forma de monedas de oro conocidas como «daricos» porque llevaban acuñada la imagen del propio rey disparando su arco. Toda esa riqueza, como la que se enterraba en las tumbas egipcias, quedaba inutilizada. En cierto modo, Alejandro Magno revitalizaría la economía de Asia al saquear dichos tesoros y repartirlos entre sus hombres, quienes, manirrotos como buenos soldados, las volvieron a poner en circulación. Como diría algún experto, ¡en tiempo de crisis, a consumir!
En aquellas primeras décadas del imperio, todo rey persa parecía verse obligado a imitar a Ciro el fundador y conquistar nuevos territorios. Darío fue el primero que cruzó a Europa, en una campaña contra los escitas. Término un tanto confuso, por cierto, que se aplica a un buen número de pueblos nómadas de toda aquella región. En general, los griegos no se complicaban a la hora de poner nombre a etnias que les parecían estar más o menos emparentadas.Así ocurrió con los tracios o, sobre todo, con los celtas: los pueblos agrupados bajo esta denominación estaban tan dispersos geográficamente que es casi imposible que jamás existiera algo parecido a una «nación celta», por más bonito que quede como título para recopilaciones musicales.
Tras conquistar Tracia, Darío persiguió a los escitas y llegó hasta el Danubio. En aquella zona, cerca de su desembocadura, el río era tan ancho que casi parecía un mar, pero él lo cruzó construyendo un puente de barcos atados con cables.
Según Heródoto, la campaña más allá del Danubio fue un fracaso. Probablemente lo que pretendía Darío era devastar cierta extensión de territorio y escarmentar a los escitas para crear una tierra de nadie que sirviera como colchón de protección. Algo parecido harían los romanos más allá del Rin: si no conquistaron Germanía no fue porque no pudieran, sino porque no había nada allí que les interesara demasiado. Los germanos, como los escitas, eran pueblos demasiado pobres y atrasados para molestarse en incorporarlos al imperio. Por supuesto, esto es más que opinable, y los alemanes que levantaron una estatua a Arminio-Hermann por la sangrienta derrota que para conmemorar infligió a los romanos en Teutoburgo no debían de pensar lo mismo que yo.
El caso es que, al final de la campaña, los persas ya habían plantado sus estandartes en Europa. Desde el estrecho de los Dardanelos hasta prácticamente Macedonia, toda aquella región se hallaba ya bajo la influencia Aqueménida. Muchos historiadores dicen que las Guerras Médicas se produjeron porque algunas ciudades griegas de Europa apoyaron la revuelta de sus parientes de Asia Menor. Pero creo que los persas, llevados por su tendencia expansionista, habrían seguido avanzando de forma inexorable. Desde el punto de vista persa, la Grecia continental debía de ser pobre, pero no «tan» pobre. Las polis griegas se habían desarrollado lo suficiente como para adquirir la moneda y el alfabeto, y habían tejido una red comercial que llevaba hacia el oeste, a Italia y Sicilia.A un hombre tan práctico y materialista como el rey Darío sin duda le interesaban estas nuevas perspectivas de enriquecimiento.4
El Gran Rey tenía buena información sobre Grecia, y además de primera mano. A su corte acudían muchos desterrados por las revueltas políticas, resentidos contra sus propias ciudades que le animaban a la conquista. Entre ellos, Hipias, ex tirano de Atenas, y Damarato, rey depuesto de Esparta. La impresión que aquellos exiliados causaban entre los persas era que Grecia supondría una presa fácil. Pues la desunión no sólo reinaba entre las ciudades, sino incluso en el interior de cada polis. Como ocurriría siglos más tarde con los romanos y los turcos, eran griegos quienes pedían la intervención de un conquistador extranjero.
Sí, el conflicto entre persas y griegos era inevitable. Pero tal vez estalló unos años antes por culpa de la revuelta joma.
LA REVUELTA JONIA
Pertenecer al Imperio aqueménida y disfrutar de una pax Persica debía de suponer para las ciudades jonias ciertas ventajas que compensarían en parte el pago del tributo. La cercanía del Camino Real y de los poderosos sátrapas ofrecía oportunidades que los súbditos con más iniciativa sin duda aprovechaban. De hecho, hubo griegos trabajando como artesanos cualificados en las obras de Persépólis, y griego era también Democedes, médico de confianza de Darío.
En contrapartida, el bolsillo de los jonios se había resentido. Con el lidio Creso habían hecho buenos negocios como mediadores entre la costa y el interior, y parte de los tributos que le pagaban volvía a sus manos en forma de donativos para templos y oráculos. En cambio, con los persas esos impuestos tomaban el largo Camino Real y se guardaban, como ya hemos dicho, en los tesoros de las capitales persas, donde se acumulaban decenas de miles de talentos. Además, parte del comercio que antes pasaba por manos jonias quedaba ahora controlado por sus rivales fenicios.
Otras razones de su declive económico tenían poco que ver con Persia. La cerámica corintia le hacía la competencia a la jonia en Egipto, y la ateniense en el mar Negro. En el oeste, Síbaris, con la que Mileto mantenía suculentos tratos mercantiles, había sido borrada de la faz de la tierra, y los barcos cartagineses obstaculizaban cada vez más el comercio jonio. Como suele ocurrir en esos casos, aunque los persas no fueran causantes de todos sus problemas, para los jonios debió resultar mucho más fácil encontrar un culpable único al que achacarle todos sus males.
La revuelta estalló en el año 499 en Mileto, donde gobernaba como tirano Aristágoras. Precisamente, una de las razones por las que se produjo la revuelta fue para librarse de los tiranos que los persas tendían a colocar como gobernantes. No porque ellos amasen la tiranía per se, sino porque seguramente les resultaba más fácil tratar y dar órdenes a un solo gobernante. La alternativa era entenderse a la vez con los diversos clanes aristocráticos, tarea dificil y agotadora.
El cuñado de Aristágoras, Histieo, antiguo tirano de la ciudad, se hallaba en Susa, en la corte de Darío, a medias huésped y a medias prisionero. Deseando librarse de aquella incómoda situación, se dedicó a intrigar con Aristágoras. El procedimiento que utilizaron para comunicarse es tan ingenioso que merece la pena comentarlo. Como el Camino Real estaba muy vigilado y los soldados y funcionarios imperiales registraban a los viajeros con que se cruzaban, Histieo rapó a un esclavo, le tatuó en la cabeza el mensaje que quería enviar a su cuñado, esperó a que le creciera el cabello y lo envió. Aristágoras no tuvo más que rasurar la cabeza del esclavo y leer el informe (Heródoto 5, 35). Es evidente que un proceso así no valdría en unos tiempos tan apresurados e inmediatos como éstos, pero en aquel entonces todo transcurría infinitamente más despacio.
La información de Histieo animó a Aristágoras a ponerse en contacto con los gobernantes de las demás ciudades jonias. El propio Aristágoras estaba más que dispuesto a organizar la revuelta. Hasta entonces había disfrutado del favor de los persas, pero poco antes se le había ocurrido convencer al sátrapa Artafernes para emprender la conquista de la isla de Naxos. La campaña fracasó, y Aristágoras debió pensar que sobre su futuro se cernían, más que nubarrones, auténticos estratocúmulos.
Resulta paradójico que un tirano encabece una rebelión contra otros tiranos. Pero Aristágoras renunció a su cargo, y a cambio consiguió que los sublevados lo nombraran general. También se tomaron otras medidas: las ciudades rebeldes llegaron al acuerdo de acuñar una misma moneda, basada en el estándar de Mileto. De ese modo se facilitaban los intercambios comerciales entre ellos y además se evitaban desconfianzas a la hora de pagar a las tropas de aquella nueva federación.5
Aristágoras no se limitó a poner de acuerdo a las principales ciudades jonias. También quería el apoyo de sus parientes de allende el Egeo. Él, personalmente, cruzó el mar y visitó en primer lugar Esparta.
Esparta era la mayor potencia militar de la Grecia continental, así que había que contar con ella.Aristágoras se reunió con el activo Cleómenes, al que ya hemos visto embarcado en diversas aventuras expansionistas. Para convencerlo, le enseñó un mapa grabado en una lámina de bronce, toda una novedad para la época (Heródoto 5, 50). Probablemente era obra del geógrafo Hecateo de Mileto, quien lo había dibujado basándose en el primer mapamundi griego, diseñado a su vez por el filósofo Anaximandro, también de Mileto. Por cierto, Hecateo, más consciente que na die de la magnitud del Imperio persa, había desaconsejado a Aristágoras emprender la rebelión.
Aristágoras tentó al rey espartano como la diosa Hera había hecho con Paris en el juicio por la manzana de oro: «Hazme caso y te convertirás en soberano de Asia» (suponemos que no se lo dijo haciéndole un strip-tease). Teniendo en cuenta la personalidad del ambicioso Cleómenes, Aristágoras estaba tocando una fibra sensible. Pero el lacedemonio le preguntó a cuánta distancia del mar se hallaba la capital del imperio. Cuando Aristágoras respondió que a tres meses de camino, el rey espartano lo expulsó de la ciudad sin contemplaciones. Los lacedemonios eran reacios a alejarse de su país por temor a que se produjera una revuelta de los ilotas a los que tenían esclavizados. Si cruzar el istmo de Corinto ya suponía para ellos una empresa audaz, cuesta mucho más imaginarlos cruzando el Egeo.'
Sólo dos ciudades griegas respondieron «sí» al llamado de los jonios. La primera fue Atenas, que durante toda la historia de su democracia se caracterizaría por su temperamento aventurero y por su afición a inmiscuirse en asuntos ajenos, para bien o para mal. La flota ateniense no era gran cosa por aquel entonces. Pero la ciudad contaba con unos 30.000 ciudadanos varones, lo que suponía un ejército potencial de cerca de 10.000 hoplitas. Una cifra más que considerable: tan sólo Esparta, gracias a su estricto y prolongado adiestramiento militar, podía considerarse superior.
¿Qué movió a Atenas a enemistarse con los persas? Como ya hemos dicho, el ex tirano Hipias se había refugiado en la corte persa y andaba intrigando contra la democracia ateniense, tan reciente que ni siquiera tenía ese nombre. Existían otros motivos ideológicos: los jonios eran parientes de los atenienses, hablaban un dialecto muy parecido al suyo y, según una tradición difundida desde Atenas, eran sus descendientes.
Sin embargo, había en Atenas, y los hubo a lo largo de toda la guerra, partidarios de mantener relaciones amigables con el imperio. Unos años antes, hacia 506, se había enviado una embajada a Sardes para solicitar una alianza con los persas, aunque este pacto no llegó a cuajar. Siempre se acusó al poderoso clan de los Alcmeónidas de simpatías hacia los persas o, en una palabra acuñada para la ocasión, de ser «medizantes» o partidarios de los medos. Si esto es cierto o no, no se puede saber con claridad; pero de lo que no cabe duda es de que hubo muchos otros medizantes en Atenas.
El segundo estado que apoyó la revuelta fue Eretria. Esta ciudad, situada en la costa oeste de la alargada isla de Eubea, es una de las grandes olvidadas de la historia, a pesar del gran número de colonias que fundó por todo el Mediterráneo. A los griegos, siempre tan competitivos, les gustaba mucho confeccionar listas de clasificación, y llevaban una para el dominio del mar, conocido como «talasocracia». Según la tradición, la primera potencia que ostentó esa talasocracia fue la Creta minoica. Posteriormente controlaron el mar Rodas, Mileto, Lesbos o Naxos entre otras ciudades.
Pero a principios del siglo v era Eretria la que ocupaba el primer puesto del ránking. Eretria está tan tapada en los textos de los historiadores que ni siquiera sabemos cuántos barcos de guerra poseía, pero se calcula que podía alistar a 3.000 hoplitas o algo más, lo cual hace suponer que su población sería la tercera parte de la de Atenas. El único autor que defiende la causa de Eretria es Plutarco, en un opúsculo titulado Sobre la malicia de Heródoto. Como bien se deduce del título, pone de hoja de perejil al historiador de Halicarnaso; pero a cambio ofrece algunas informaciones muy interesantes que no constan en otras fuentes.
La revuelta estalló de forma abierta en 498. A ella se sumaron veinte barcos de Atenas y otros cinco de Eretria. ¿Cinco nada más?, cabe preguntarse después de lo comentado. Heródoto sólo nos habla de la campaña de Sardes, pero por otros historiadores se puede deducir que al mismo tiempo se libró una batalla naval cerca de Chipre. Los rebeldes vencieron, pero los eretrios, que allí sí habrían aportado el grueso de sus barcos, debieron de sufrir cuantiosas pérdidas (Walker, 2003).
La rebelión se extendió desde los estrechos que separaban Europa de Asia hasta Chipre. Un ejército aliado mandado por Aristágoras partió de la costa, llegó hasta Sardes y la tomó por sorpresa. De forma accidental o premeditada, los rebeldes incendiaron la ciudad, muchas de cuyas casas eran de caña. Aquello tuvo su importancia simbólica: para vengarse, los persas se empeñarían en incendiar Atenas años más tarde.Y ya en el siglo iv, una de las razones que aduciría Alejandro para prenderle fuego a Persépolis era vengar, a su vez, el incendio de Atenas.
Aunque a los griegos les animó mucho aquel éxito espectacular, a largo plazo no era más que un picotazo en la piel del paquidermo persa. El ejército aliado que regresaba a la costa se encontró no con la guarnición de una ciudad despreocupada, como había sucedido en Sardes, sino con tropas imperiales a caballo que les infligieron una dolorosa derrota junto a Éfeso. Los pocos atenienses que habían participado en la acción y que sobrevivieron decidieron que ya habían tenido suficiente aventura y regresaron a su ciudad. Sin embargo, la expedición de Sardes acarreó consecuencias importantísimas para el futuro de Atenas.
Tras los primeros éxitos de los jonios, Darío emprendió la represión de la revuelta. Considerando que lo primero que le ocurrió al subir al trono fue que prácticamente todas las provincias del imperio se le rebelaron, es bien seguro que aquel hombre tan metódico no se puso nervioso en ningún momento. La gigantesca maquinaria militar persa tenía un arranque lento, pero una vez puesta en marcha adquiría inercia como una apisonadora. Igual que una pinza, actuó por el sur atacando Chipre y por el norte controlando los estrechos de los Dardanelos y el Bósforo, para después someter ciudad por ciudad y acercarse cada vez más a Mileto, el foco de la rebelión.
Por fin, en 495 la flota persa se enfrentó con la jonia en la batalla de Lade, una isla cercana a la bahía de Mileto. Por miedo o por traición, los barcos de las islas de Samos y Lesbos desertaron a mitad de la batalla. El resultado, como era de esperar, fue el desastre para los jonios. Dispersa y derrotada la flota, a los rebeldes les quedaba poco más que su enclave terrestre más formidable, la ciudad de Mileto. Tras un asedio, cayó al año siguiente. Los persas deportaron a la población milesia al centro de su imperio, junto a las orillas del Tigris, y prendieron fuego a la ciudad. La parte que daba al mar fue arrasada con tal saña que jamás se reconstruyó. Mileto, la cuna de la filosofia, tardaría mucho en recuperar su pasado esplendor.
La derrota de la rebelión sembró la inquietud en el ánimo de los atenienses. En 493, el dramaturgo Frínico presentó una tragedia titulada La caída de Mileto. Los espectadores salieron llorando, tan alterados que las autoridades -tal vez ese año había medizantes entre ellos- multaron al autor con 1.000 dracmas y prohibieron que de ahí en adelante se profanase el festival de Dioniso representando obras teatrales con temas de ac tualidad política. Por desgracia, no se ha conservado la obra de Frínico. De hecho, salvo versos sueltos, sólo tenemos unas cuantas obras completas de los tres célebres trágicos: Esquilo, Sófocles y Eurípides.
(Cuando estudiaba la carrera y tenía que aprenderme el grueso tocho de literatura al que llamábamos «el Lesky», me alegraba, por razones obvias, de que la mayor parte de los textos griegos se hubieran perdido. No hay nada intelectualmente más mezquino que un joven estudiante con pocas ganas de hincar los codos).
Para algunos autores, aquella revuelta era una insensatez condenada al fracaso, y la intervención de Atenas fue incluso más temeraria. Pero tengamos en cuenta los argumentos de los sublevados. En primer lugar, no poseían esa especie de percepción histórica que a nosotros nos hace ver al gigante persa como una entidad que todavía perduraría varios siglos. Seguramente, la mayoría de ellos ignoraba la verdadera extensión del imperio.Tan sólo sabían que su corazón se hallaba lejos, a varios meses de distancia incluso para el más veloz de los ejércitos. Podían contar con que estallaran más revueltas en otras satrapías, o incluso con que el rey Darío, que empezaba a tener sus años, falleciese por cualquier motivo y a su muerte estallase una lucha dinástica en la que los jonios, en el extremo occidental del imperio, quedarían olvidados por los rivales. Como en aquella vieja historieta, a lo mejor el burro incluso hablaba.
Sabemos que no fue así. Pero la derrota de la rebelión no era inevitable. No hay nada inevitable en la Historia, por más que la contemplemos desde la certeza que otorga la lejanía. Las Fundaciones de Asimov, en las que aparece la ciencia de la psicohistoria que anticipa el futuro de las sociedades humanas ateniéndose a leyes estadísticas e inmutables, forman una magnífica serie de novelas. Pero nada más.
LAS REPRESALIAS DE DARÍO
Se interpreta habitualmente que las siguientes actuaciones del Gran Rey, una vez sometida la revuelta, fueron un desquite por el apoyo de Atenas y Eretria a los jonios. Pero, como ya hemos visto, la tendencia expansionista de los persas los llevaba hacia el Egeo.
Además, si lo que quería era vengarse de Atenas, en la primera ocasión Darío dio un rodeo considerable. En 492 envió a su yerno Mardonio, por aquel entonces un general joven y prometedor, con un ejército y una flota para afianzar la situación en Jonia y Tracia y, según es fácil de adivinar, para seguir más al oeste, hacia Macedonia, doblar hacia el sur y entrar en Grecia propiamente dicha.
Mardonio demostró su inteligencia en Jonia adaptándose al espíritu de los tiempos e instaurando democracias en lugar de tiranías, al menos en las ciudades estrictamente jonias (hubo tiranías que se mantuvieron en lugares como Quíos o Samos). Después cruzó el Helesponto y pasó a Tracia.
Mientras Mardonio avanzaba, Darío envió emisarios a las ciudades griegas para exigir agua y tierra como señal de sumisión. Muchos estados accedieron, pero Atenas y Esparta arrojaron a los embajadores a sendos pozos y les dijeron que, si podían, sacaran de allí el agua y la tierra y se las llevaran a Darío. La historia demuestra cierto humor negro, pero aquel acto no dejaba de ser una barbaridad que atentaba contra el derecho de gentes. Años más tarde, dos nobles espartanos, Bulis y Espertias, acudieron a Susa para presentarse ante Jerjes, el hijo de Darío, y expiar el asesinato de los heraldos. El Gran Rey, en un gesto magnánimo, los perdonó.
Los atenienses, menos escrupulosos, no intentaron expiar su crimen.
Cuando los persas cruzaron de Asia a Europa, un tirano de la zona de los estrechos que había trabajado antes para Darío, aunque con una actitud un tanto ambigua, se sintió amenazado y tuvo que retirarse con su familia y regresar a Atenas, su ciudad natal. Se trataba de Milcíades,' un personaje al que pronto encontraremos de nuevo, y que sin duda habría merecido una biografia escrita por Plutarco. Al menos, su hijo Cimón sí alcanzó ese honor.
La expedición de Mardonio prosiguió sin mayor problema hasta llegar a la Calcídica. Esta península recibe su nombre por Calcis, la vecina de Eretria que fundó tantas ciudades en ella, y tiene tres promontorios alargados en forma de dedos. El más oriental destaca sobre los demás por su altura: es el monte Atos, célebre hoy por los monasterios que sólo pueden visitar los turistas masculinos. Esta mole que llega casi a dos mil metros -los dos «dedos» contiguos no alcanzan ni la tercera parte de esta altura-, llega a crear su propio régimen de vientos y corrientes. Además, las aguas cercanas, la Depresión del Egeo Norte, son mucho más profundas que en otros lugares del Egeo, como se aprecia en fotos tomadas por la lanzadera espacial de la NASA. Por todo ello, las tempestades son frecuentes allí.
Las tormentas del Mediterráneo pueden resultar muy traidoras, sobre todo para una flota compuesta de barcos tan ligeros y de tan poco bordo como los trirremes. En el momento más inoportuno para los persas se desató una tempestad en la que el general Mardonio perdió buena parte de su flota y él mismo sufrió graves heridas que lo inutilizaron durante un tiempo. Heródoto cuenta que muchos náufragos fueron devorados por monstruos marinos antes de que sus compañeros pudieran recogerlos (Heródoto 6, 44). ¿Se trataba de tiburones, o simplemente de un adorno terrorífico para rematar aquella historia?
Según Heródoto, la campaña fue un desastre para los persas. Pero Tracia quedó en su poder y Macedonia se convirtió en una especie de reino vasallo.A todos los efectos, la frontera del imperio se había trasladado hasta las faldas del monte Olimpo. Darío ya estaba llamando con los nudillos a la puerta.
Aun así, la Grecia continental se había salvado. Durante un tiempo, Mardonio, bien fuera por sus heridas o porque había caído en desgracia, quedó fuera de circulación. Pero a Darío no le faltaban ejércitos, flotas ni generales. El peligro sólo había quedado aplazado.
Nos acercamos al año 490 y al segundo gran momento de Atenas tras su victoria simultánea sobre beocios y calcidios, tan grande que décadas e incluso siglos más tarde los oradores seguían recordándolo en sus discursos: Maratón.
LA CAMPAÑA DE MARATÓN
Como hemos dicho, suele entenderse como fracaso la campaña de Mardonio en el norte, y se asegura que ese fiasco motivó una segunda expedición con objetivos y tácticas diferentes. Sin embargo, también es posible que ambas fueran operaciones complementarias y que los generales de la campaña de Maratón ya hubieran recibido su nombramiento antes de que Mardonio quedase inhabilitado por sus heridas.
El primer problema que hay que tratar al hablar de Maratón es el de los números, una cuestión que se agravará todavía más cuando hablemos de lo ocurrido diez años después, en la gran invasión de Jerjes.
Según Heródoto, los generales de la expedición, el medo Datis y el persa Artafernes, llevaban con ellos 600 barcos. Éste parece ser el número estándar de una flota persa, y puede aceptarse siempre que pensemos que no sólo debía constar de trirremes, sino también de naves de transporte. Máxime cuando la expedición incluía caballos. En 415, para llevar caballos a Sicilia, los atenienses quitaron las bancadas inferiores de los trirremes, con lo que hicieron hueco para 30 animales en cada nave. Si los persas llevaron 1.000 caballos -una cifra respetable, considerando que los enemigos no disponían de caballería-, habrían necesitado poco más de 30 transportes especiales. Algo perfectamente verosímil.
En cuanto a las tropas, Heródoto no dice nada, pero 25.000 parece un cálculo razonable teniendo en cuenta las limitaciones logísticas y el desarrollo de las operaciones. Los persas necesitaban soldados suficientes para enfrentarse al ejército ateniense, y sin duda conocían bien los efectivos del enemigo: viajaba con ellos el viejo Hipias, el ex tirano que volvía a su patria con ganas de revancha.También debían contar con la posibilidad de que Esparta, la otra gran potencia que había maltratado a los heraldos de Darío, interviniese. Con unos 25.000 soldados, Datis superaría en número a las falanges combinadas de ambas ciudades.Antes de que algún fan de la película 300 exclame: «¡Pues lo llevaba claro!», hay que recordar que hasta aquel momento ningún ejército griego había derrotado a otro persa.
Apenas empezado el verano del año 490, la flota partió de Cilicia, en la costa sur de Turquía y, tras pasar por Rodas, fue recorriendo las Cícladas. Algunas islas fueron arrasadas, como Naxos, que se había resistido años antes a la conquista. En cambio, los persas respetaron Delos. En esta pequeña isla, un granito pelado de 40 kilómetros cuadrados, habían nacido Apolo y su hermana melliza Ártemis. Se alzaba allí un santuario del dios, que se había convertido en el centro espiritual del mundo jonio.8 Tal vez los persas encontraron alguna similitud entre los rasgos solares de Apolo y los de su propio dios Ahuramazda, y la aprovecharon con afán propagandístico. Aunque nunca hay que subestimar el temor que sentían los antiguos por la divinidad en todas sus manifestaciones.
Tras tomar Caristo, en el sur de Eubea, que ofreció una breve resistencia, la flota persa se dirigió contra el primero de sus objetivos declarados, Eretria. La ciudad solicitó la ayuda de los colonos atenienses que se habían instalado años antes a pocos kilómetros de allí, en unas tierras arrebatadas a la vecina Calcis. Según Heródoto los atenienses no aparecieron, porque un eretrio llamado Esquines les advirtió de que en la ciudad había traidores que planeaban abrir las puertas a los persas, por lo que su ayuda sería inútil. Así que los clerucos -recordemos que es el término más preciso para los habitantes de esas fundaciones atenienses- abandonaron la isla.
Es dificil no adivinar aquí una excusa de los atenienses, que tenían mala conciencia por no haber acudido a socorrer a sus aliados. Pero también hay que reconocer que, sin el dominio de los mares del que luego gozarían, no era tan fácil cruzar el estrecho con un ejército, y además podrían haberse visto aislados en Eubea, dejando indefensa Atenas.
Eretria sufrió un sitio de seis días. Heródoto no entra en detalles, pero es fácil suponer que los persas llevaron consigo máquinas de guerra. En relieves asirios de época anterior vemos representadas con todo tipo de detalles escenas de asedio: hay escalas por las que los soldados trepan a las murallas, arietes protegidos por mamparas de cuero que socavan las piedras de los muros y también torres de varios pisos desde las cuales los arqueros disparan a placer. (En segundo plano no faltan escenas de enemigos empalados. Los asirios no eran precisamente una ONG).
Puesto que los persas se convirtieron en sucesores de los asirios, resulta lógico pensar que heredaran de ellos también su poliorcética. En cambio, de lo que no hay constancia en época tan temprana es de armas de torsión para disparar proyectiles, como catapultas o escorpiones, ya que parece que se inventaron en Sicilia en el siglo iv. (Como siempre, hay que tratar con prudencia los silencios de la historia, por si algún día aparece una catapulta más antigua en algún yacimiento).
Sin embargo, no fueron las armas de asedio las que expugnaron Eretria, sino la traición, como había avisado Esquines. Dos ciudadanos abrieron las puertas a los persas, que éstos incendiaron los templos en venganza por lo de Sardes. En cuanto a los habitantes, Datis los retuvo prisioneros durante unos días en el islote de Egilia. Después, al final de la campaña, los deportó a Arderica, una aldea del Golfo Pérsico donde había pozos de petróleo al aire libre de los que se extraían diversos productos.Allí seguían morando en época de Heródoto y todavía conservaban su lengua.
No todos los eretrios, sin embargo, corrieron este destino: algunos debieron refugiarse en las montañas de la isla, ya que diez años más tarde Eretria participó con algunos barcos en la batalla de Salamina. Pero aquella ciudad, que había llegado a ostentar la talasocracia y a la que los persas decidieron atacar antes que a Atenas, ya nunca fue la misma.
Mientras se desarrollaban todas estas operaciones, a Atenas debían de llegar rumores, seguramente por barcos mercantes que arribaban al puerto de Falero (en aquel entonces apenas habían empezado las obras de acondicionamiento del Pireo). Unos días después de la toma de Eretria, la flota persa tomó tierra en Maratón, en el nordeste del Ática. ¿Por qué no desembarcaron directamente en la larga playa de Falero y atacaron la ciudad, igual que habían hecho con Eretria? Datis debía saber que en este caso se enfrentaría con más hombres, tal vez el triple de hoplitas que en Eretria, una cantidad suficiente para dificultarle el desembarco aunque gozase de superioridad numérica. Un ejército formado siempre tenía una gran ventaja sobre otro aún desorganizado, como se demostró casi trescientos años después en la batalla de Cinoscéfalas, donde el ala derecha del ejército romano atacó al flanco izquierdo del macedonio aprovechando que seguía en orden de marcha.
Maratón, más alejado de la capital, le ofrecía a Datis la posibilidad de un atraque tranquilo. Tenía una playa alargada, abrigada de los vientos gracias al largo promontorio de Cinosura o «Cola de Perro» que la cerraba por su parte oriental -el mismo topónimo aparece en la isla de Salamina-. Entre la playa y los montes que la rodeaban se extendía una llanura, una de las mejores tierras cerealísticas del Ática, que ofrecía pastos y un campo adecuado para desplegar la caballería. No faltaba agua tampoco, gracias al gran pantano que ocupaba buena parte de la zona este.
Además, como ya hemos dicho, con Datis viajaba el ex tirano de Atenas. Hipias conocía bien Maratón, ya que había desembarcado allí medio siglo antes con su padre, cuando éste regresó precisamente de Eretria y marchó sobre Atenas para recuperar su puesto como tirano. En las comarcas del interior se les habían sumado tantos partidarios que Pisístrato pudo ganar con facilidad la batalla de Palene. Tal vez Hipias pensaba que en esta ocasión sucedería lo mismo y eligió Maratón para repetir aquel éxito. Pero se equivocó: la época de la tiranía había pasado en Atenas, y nadie acudió a rendir pleitesía al hijo de Pisístrato.
Heródoto cuenta una anécdota curiosa. Al desembarcar en Maratón, a Hipias, que ya era anciano, le dio un ataque de tos tan violento que un diente se le saltó y cayó a la arena, donde no pudo encontrarlo. El ex tirano interpretó que su diente ya había tomado posesión de la parte del Ática que a él le correspondía, y que su campaña estaba destinada al fracaso.
Cuando la noticia del desembarco llegó a Atenas, la asamblea de la ciudad votó una movilización general, y en lugar de aguardar al enemigo se decidió que había que salirle al encuentro. Una maniobra impetuosa, pero también lógica, cuyo inspirador pudo ser Milcíades. Si Atenas tenía murallas por aquel entonces, algo que no está muy claro, desde luego no eran tan sólidas como las que se construyeron después de las Guerras Médicas. Tampoco debían de ser suficientes para acoger a toda la población del Ática, más de 120.000 personas.' De haber aguardado al enemigo, los atenienses se habrían visto sometidos a un asedio y, aislados de sus puertos, no habrían tardado en pasar hambre.
Eso si algún traidor no abría las puertas de la ciudad, como había sucedido en Eretria. Era tan común que esto ocurriera que Eneas Táctico, tratadista militar del siglo iv, dedicó varios capítulos de su Poliorcética a explicar los trucos que los porteros o los guardias traidores utilizaban para abrir las puertas de las murallas. Se entiende así que en ocasiones, cuando los ánimos estaban divididos dentro de una ciudad, los griegos prefirieran correr el riesgo de combatir en campo abierto. Siempre se podía encerrar a los elementos dudosos entre la primera y la última fila de la falange, y en cualquier caso las conductas de cobardía o traición saltaban a la vista en la batalla (Christ, 2006).
Entre 9.000 y 10.000 hoplitas salieron de Atenas. Una cifra mucho más respetable de lo que pueda pensarse a priori, y que equivaldría a dos legiones romanas. Aparte, acompañaba a los hoplitas un número indeterminado de esclavos y soldados de infantería ligera.
Para llegar a Maratón, los atenienses recorrieron 42 kilómetros por el camino que transcurría junto a la costa este del Ática. Aunque existe otra ruta más corta, monte a través, no era apropiada para una columna de tantos hombres, cargados además con armas pesadas. Al mismo tiempo, los generales mandaron a Esparta a un hemeródromo o mensajero profesional, un tal Fidípides.'o
Fidípides cubrió los 250 kilómetros de distancia entre ambas ciudades en poco más de día y medio. Puede parecer una proeza imposible, pero lo cierto es que hoy día se celebra una prueba conocida como Spartathlon entre Atenas y Esparta, y los corredores cubren la distancia en torno a las veinticuatro horas. Aunque los métodos de entrenamiento, la alimentación y el equipo deportivo de hoy son muy superiores, tengamos en cuenta a cambio la capacidad de sacrificio de personas acostumbradas a una vida mucho más dura que la actual.
Hay un detalle en el relato de Heródoto que incluso le confiere más realismo. En el camino, Fidípides se encontró con Pan, el dios-chivo al que muchos siglos más tarde se identificaría con la imagen del diablo. Los corredores de ultramaratones como la Espartatlón cuentan que en las horas finales de las carreras la fatiga hace que a veces vean alucinaciones. Lógicamente, las de aquellos tiempos tomaban forma de epifanías o apariciones divinas. En nuestros días Fidípides habría salido en cualquier programa de televisión asegurando haber sido abducido por extraterrestres.
Una vez llegado a Esparta, Fidípides se presentó ante los éforos. Éstos le aseguraron que Esparta respetaría el pacto de defensa mutua firmado con Atenas... pero sólo después de la luna llena. Al parecer, los espartanos se hallaban en el mes carneo, llamado así porque se celebraban las Carneas en honor de Apolo, un típico festival dorio. Hasta que no terminaran, no podían involucrarse en ningún conflicto bélico para no contaminar la ciudad. Es de suponer que los atenienses, que llevaban su propio calendario con nombres de meses distintos de los dorios -ellos se encontraban en el mes de boedromión-, no tuvieron más remedio que aceptar lo que decían los espartanos y aguardar.
Mientras Fidípides regresaba a Atenas con la mala noticia, el ejército ateniense se había aposentado en la parte oeste de la bahía de Maratón, a cierta distancia de los persas. Allí se reunieron con ellos los guerreros de Platea. Esta ciudad, situada en la comarca de Beocia, se había negado a formar parte de la confederación dominada por Tebas. Los atenienses les habían ayudado a mantener su independencia (como ya comenté a raíz de la triple invasión del Ática, a Atenas no les interesaba tener vecinos fuertes), y desde entonces ambas ciudades eran aliadas. Honrando el pacto, los plateos se presentaron con todos sus efectivos, unos 600 hombres. Varias fuentes hablan de 1.000, pero parece un número excesivo para una ciudad tan pequeña.
Durante varios días, los dos ejércitos enemigos se limitaron a vigilarse. Los atenienses permanecían en una zona de piedemonte en la que Datis no se atrevía a atacarlos, pues aquel terreno escabroso no era apropiado para usar la caballería; máxime cuando los caballos de la época no tenían herraduras. Por el contrario, los atenienses no se atrevían a abandonar su posición para combatir en la llanura, precisamente por temor a la caballería enemiga y a sus arqueros.
Pero por fin la batalla se libró el 12 de septiembre," una semana después. ¿Por qué tantos días de espera? Entre los diez generales griegos, uno por tribu, el más decidido al combate era Milcíades. Como ya hemos dicho, este personaje había gobernado como tirano en el Quersoneso de Tracia, donde al principio sirvió con fidelidad a Darío. Pero luego sus intereses habían chocado con los del Gran Rey y tuvo que huir a Atenas, donde sus conocimientos de primera mano sobre los persas le ganaron la estima de los ciudadanos, que lo votaron como general.
Al parecer, el mando se ejercía entre los generales de forma rotativa. Aunque también es posible que el llamado polemarca o «magistrado de la guerra», que en época posterior desempeñaría funciones religiosas y no bélicas, en el año 490 aún retuviese mando efectivo sobre las tropas. Conocemos el nombre del polemarca, Calímaco, y sabemos que además era campeón de atletismo, probablemente un hombre en la treintena.
Quizá Calímaco tuvo en Maratón un papel más importante del que la historia le reconoce. Sin embargo, para la posteridad el artífice de Maratón fue Milcíades. Según Heródoto, los demás generales, dominados por su fuerte personalidad, le fueron cediendo el mando los días en que les correspondía (Heródoto 6, 110). Pero Milcíades se negó a atacar a los persas hasta que le tocó el turno a él, algo que sucedió precisamente el día 12 de septiembre.
Esta razón tan homérica, que nada empaña su gloria, no parece muy convincente. Es mucho más lógico pensar que los atenienses se estaban limitando a mantener el terreno a la espera de que llegaran los espartanos. Sin embargo, algo les hizo cambiar de opinión y atacaron antes. ¿Qué pudo pasar?
Recurriendo a textos posteriores a Heródoto12 e interpretándolos, se abre una posible explicación. El día 11, la víspera de la batalla, los persas debieron de llevar a cabo una serie de maniobras, y por la noche unos desertores de raza jonia (el tráfico de desertores antes de las batallas era constante) informaron a los atenienses de que Datis había dividido a sus tropas y embarcado a la caballería.
¿Por qué esa división? Llegados a este punto muerto, los persas habrían pensado en atacarAtenas. Sabían que lo más granado de las tropas atenienses se hallaba en Maratón y que la guarnición que había quedado para defender la ciudad era débil. Al disponer de superioridad numérica, Datis incluso podía dejar parte de su ejército en Maratón para «clavar» a los hoplitas atenienses en el sitio. Mientras, la otra parte de las tropas persas saquearía Atenas.
En esta situación, a los atenienses sólo les cabía hacer una cosa: atacar a los persas que seguían en Maratón, a sabiendas de que seguían siendo más que ellos, tratar de vencerlos y luego acudir rápidamente a Atenas para llegar antes que los barcos que ya estaban zarpando. Como siempre, a toro pasado resulta fácil prever la historia. Pero hasta entonces los griegos nunca habían derrotado a los persas en campo abierto, de modo que el empeño de lanzarse contra ellos parecía una locura.
Si los griegos formaban con su despliegue habitual, en un fondo de ocho hombres, al estar en inferioridad numérica su frente sería bastante más corto que el persa. Eso significaba que podían ser flanqueados por ambas alas, el mayor temor de una falange de hoplitas. La falange era una formación muy eficaz para el choque frente a frente, pero no destacaba por su flexibilidad para maniobras laterales. De modo que Milcíades y los demás generales decidieron alargar el frente lo más posible. Para ello, no tuvieron más remedio que «adelgazar» la zona del centro, reduciendo sus líneas tal vez a cuatro hombres de fondo.
La tentación de ver un gran diseño táctico detrás de lo que ocurrió en Maratón es comprensible. Pero, como ya dejamos escrito en el capítulo relativo al arte de la guerra, el papel de los generales griegos era más reducido que el de sus homólogos modernos. Colocaban las tropas en el campo de batalla, arengaban a sus hombres, hacían sacrificios a los dioses y, sobre todo, animaban a los demás con su ejemplo, combatiendo en la primera fila. Una vez desatado el caos del combate, desde esa primera fila poco podían hacer por controlar las maniobras, o incluso por enterarse de lo que sucedía.
Lo que Milcíades debió decir a los hoplitas que formaban en el centro fue algo así: «Aguantad como podáis. Si a los batallones que luchan en los flancos les va bien, acudiremos en vuestro auxilio».Teniendo en cuenta que hablamos de una milicia ciudadana, no podríamos esperar más refinamientos tácticos de aquellos hombres.
Por fin, los atenienses marcharon contra el enemigo, que debía de estar situado en el centro de la explanada. Al llegar a unos doscientos metros de las filas persas, las primeras flechas habrían empezado a caer sobre ellos. Miles de flechas. Aparte de que pudieran llevar otras armas como lanzas, espadas o cuchillos largos, todos los soldados persas usaban arco y tenían una gran puntería. Por suerte para los griegos, sus flechas de caña no eran tan pesadas como las que usaban los míticos arqueros ingleses durante la Guerra de los Cien Años (es célebre el caso de un caballero blindado que quedó clavado a su montura por una saeta inglesa que los atravesó a ambos). Así, el escudo, el yelmo y la coraza de un hoplita normal podrían desviar la mayoría de los proyectiles.
¿Qué hicieron los atenienses al recibir la primera andanada de flechas? Fuese porque habían recibido esa orden de Milcíades o porque se trataba de la reacción más natural, arrancaron a correr. Según Heródoto, fueron los primeros entre los griegos que cargaron de este modo contra el enemigo. El historiador añade que la carrera fue de casi 1.500 metros: dejémosla en 200, y tengamos en cuenta que con los casi 30 kilos de impedimenta esa carrera debió de ser más bien un paso ligero.
Cuando los atenienses y sus bravos aliados de Platea llegaron al cuerpo a cuerpo con los persas, la batalla duró <(largo rato», según Heródoto (6, 113). En realidad, parece que al impacto con la masa de los hoplitas las alas del ejército de Datis no aguantaron demasiado tiempo, y no tardaron en darse a la fuga. En cambio, los atenienses del centro se llevaron la peor parte y retrocedieron. Al menos así lo cuenta el historiador. En mi opinión, si las líneas de la falange se hubieran roto por el centro habría costado mucho recomponerlas. Uno de los problemas de esta formación tan rígida era que, una vez desperdigada, no volvía a reorganizarse con facilidad y la retirada se convertía más bien en desbandada. Por eso sospecho que lo que se produjo en el centro fue más bien una especie de empate, con persas y atenienses trabados a lanzazos en el sitio.13
Pero las alas izquierda y derecha griegas, tras derrotar a los persas y ponerlos en fuga, se cerraron sobre el centro en un movimiento de tenaza. Allí embolsaron a miles de enemigos, a los que masacraron en un anticipo de la maniobra que tiempo después llevaría a cabo Aníbal, a mayor escala, en la batalla de Cannas. Los persas de los flancos huyeron. Muchos se ahogaron en el pantano -la natación no era el fuerte de los persas, gentes de interior-, pero otros consiguieron llegar a los barcos, botarlos y huir. La flota, parte de la cual ya debía de estar de camino, se dirigió hacia Atenas.
Los datos sobre los muertos de ambos bandos parecen increíbles: 192 hoplitas atenienses por más de 6.000 persas (Heródoto 6, 117). En cuanto a las bajas griegas, si el dato de Heródoto fuese mentira, cualquier ateniense que escuchara una de las lecturas públicas de su obra podría haberle puesto la cara colorada. Como ya hemos comentado en otro capítulo, durante la primera fase de una batalla no se producían demasiadas bajas.
El número de muertos persas parece desproporcionado. Sin embargo, hay un dato curioso: los atenienses prometieron sacrificar a la diosa Ártemis tantas cabras como enemigos abatieran. Pero los persas muertos resultaron tantos que hubo que repartir ese sacrificio a lo largo del tiempo, de modo que se instituyó un rito anual, en el mes de boedromión, en el que se mataban cientos de cabras en honor de Ártemis Agrotera.
Existe una tradición posterior, según la cual el corredor Fidípides recorrió a toda velocidad los 42 kilómetros que separan Maratón de Atenas, llegó al Ágora, anunció «¡hemos vencido!» y murió en el acto. Parece un embellecimiento posterior de los hechos. En realidad, fueron los propios hoplitas atenienses quienes, en un esfuerzo sobrehumano, regresaron a marchas forzadas a la ciudad el mismo día en que habían combatido y se convirtieron en emisarios de su propia victoria. Cuando la flota persa arribó al puerto de Atenas, Datis, que aún debía de tener casi 20.000 hombres, se encontró con que los soldados atenienses ya estaban allí esperándolo. Un desembarco en esas circunstancias habría resultado muy arriesgado, así que desistió de atacar Atenas y se retiró.
Al día siguiente de la batalla, un contingente de 2.000 espartanos se presentó en Atenas. Tarde, pero habían hecho un esfuerzo meritorio para llegar allí marchando a toda velocidad.Visitaron el campo de batalla, contemplaron a los persas muertos y estudiaron su equipo, tomando nota para futuras contiendas. Después felicitaron a los atenienses -seguro que con cierta condescendencia- y se marcharon.
Desde el punto de vista persa, Maratón debió de ser un revés relativamente menor. Incluso si las más de 6.000 bajas fueron reales, el imperio, con sus vastos recursos, podía permitirse esa sangría. A cambio, Datis había saqueado las Cícladas y destruido una de las dos ciudades que habían desafiado el poder real, y se llevaba abundante botín y un buen número de prisioneros.
Al menos, podemos imaginarnos a Datis diciéndole esto al Gran Rey para convencerle de que la expedición había sido prácticamente un éxito, con el mismo desparpajo con que un candidato derrotado se presenta ante los suyos en la noche electoral.Ya es más dudoso que alguien tan inteligente como Darío se dejara persuadir. De hecho, no debió quedar tan contento de las prestaciones de su vasallo cuando decidió preparar otra expedición más contundente para ajustarle las cuentas a Atenas de una vez por todas.A Datis, por cierto, no se le vuelve a mencionar en esta historia.
Pero, como suele ocurrir con los equipos de fútbol humildes cuando eliminan en la Copa del Rey al Real Madrid o al Barcelona, aunque éstos jueguen plagados de suplentes, la inyección de autoestima para los atenienses fue enorme. Un ejemplo: en su epitafio, el gran dramaturgo Esquilo no mencionó las tragedias que le hicieron ganar tantos premios en los festivales de Dioniso, sino su participación en la batalla de Maratón, de la que, desde el punto de vista ateniense, bien se podría haber aplicado la frase de otro ilustre literato que participó en «la más grande ocasión que vieron los siglos».
EL PERIODO DE ENTREGUERRAS
Darío no pudo insistir en la conquista de Grecia. Aunque sus planes de expansión seguían adelante, murió en el año 486. Le sucedió en el trono su hijo Jerjes (Xsayaársá), al que prefirió a otros candidatos probablemente no sólo por aptitudes personales, sino porque era nieto de Ciro, lo que le confería más legitimidad. Recordemos que ésta había sido una de las grandes preocupaciones de Darío durante su reinado.
Jerjes debía tener algo más de treinta años cuando llegó al trono, un hombre en la plenitud de la edad. El arte persa lo representa alto y apuesto, sea cierto o no. Desde luego, no tenía nada que ver con la caricatura de 300: llevaba una barba larga y rizada, y no parece que fuera aficionado a los piercings. En general, en la literatura y en el cine se le ha tratado con bastante desdén y se le ha representado o bien débil, o inepto, o cobarde, o malvado, o todo a la vez. El propio Heródoto lo presenta por un lado magnánimo y hasta compasivo, y por otro propenso a la soberbia y a arrebatos de cólera que lo llevan a cometer actos de crueldad.
Un ejemplo extraído de las Historias: cuando Jerjes salió de Sardes con su ejército, se presentó ante él Pitio, un noble lidio que había ofrecido casi cuatro millones de daricos para sufragar la campaña contra Grecia. Complacido, el Gran Rey lo honró con su amistad, en vez de aceptar su dinero le concedió nuevas riquezas y además le permitió que le solicitara un favor. Pitio, que tenía cinco hijos, todos ellos enrolados en la expedición, pidió que se eximiera de servicio sólo a uno, el mayor. Jerjes, que acudía a la guerra con toda su familia, montó en cólera y ordenó que cortaran en dos pedazos al primogénito de Pitio. Después hizo que pusieran una mitad a cada lado del camino, y el ejército desfiló en medio (Heródoto 7, 39).
¿Estamos ante un relato verídico o una calumnia contra Jerjes? Hay algo de real, puesto que desfilar entre los restos de una víctima sacrificada era un ritual propiciatorio y de expiación. Pero, sobre todo, la anécdota retrata psicológicamente al personaje tal como quiere Heródoto: un bárbaro sujeto a pasiones tempestuosas y contradictorias, muy lejos de la moderación y prudencia propias de los griegos.
Entre los pocos que tratan con justicia a Jerjes está el escritor norteamericano GoreVidal en su novela Creación.A cambio, muestra un gran desprecio por los griegos y, sobre todo, por Heródoto, al que por boca de sus personajes acusa constantemente de mentiroso. Aunque sea un ardid literario, no me parece del todo limpio considerando que Heródoto es prácticamente su única fuente para lo relativo al Imperio persa. Está bien ser revisionista, pero con todas las consecuencias.
Lo cierto es que el éxito ha justificado a muchos personajes ante la historia, y Jerjes no lo alcanzó. De haber triunfado, tal vez se lo consideraría una especie de Alejandro Magno, que realizó el trayecto a la inversa, cruzando de Asia a Europa, y que también se enfrentó con grandes desafios logísticos.
Jerjes tardó un tiempo en preparar la gran invasión de Grecia. Aunque las fuentes persas lo silencian, parece que entre la muerte de Darío y el ascenso al poder de Jerjes se rebelaron Egipto y Babilonia, las provincias más ricas del imperio. Ambas revueltas fueron aplastadas y, posiblemente, Jerjes tomó represalias en los dos casos. Sobre todo en el de Babilonia: ciertas fuentes afirman que destruyó la estatua de Marduk y también su templo y la mítica torre de Babel, Etemenanki. En el caso de la torre, quizá se limitó a causar algunos destrozos en ella. El estado de ruina en que tiempo más tarde la encontró Alejandro pudo deberse más al abandono que a otro motivo.
También es posible que Jerjes se tomase más en serio que su padre la religión monoteísta de Ahuramazda, y que por eso suprimiese ciertos privilegios de los cleros de Egipto y Babilonia. Si era así, estaría presagiando el celo religioso de los futuros monarcas Sasánidas.
En cualquier caso, una vez sofocadas las revueltas, Jerjes emprendió los preparativos para una nueva guerra; preparativos que quizá ya había puesto en marcha su padre. Algunos eran tan ambiciosos que desde el punto de vista griego debían parecer desaforados, y por eso los atribuían a la megalomanía de Jerjes.
Por ejemplo, para evitar que se repitiera el naufragio de la flota de Mardonio en el monte Atos, Jerjes ordenó que se excavara un canal al norte, en la parte más estrecha de la península. Por este cauce debían pasar los barcos, esquivando las tempestades del promontorio. Un proyecto que podríamos llamar faraónico, pero razonable: mejor anticipar esfuerzos antes que lamentar pérdidas de barcos después. Se han encontrado restos del canal, que tenía hasta 30 metros de anchura, y también daricos de oro que debieron servir para pagar a los trabajadores.
También se prepararon depósitos de alimentos para cuando llegara el grueso del ejército. En ellos habría grano, seguramente, y también cecina en abundancia. Según un fragmento de Teopompo, en una expedición posterior del emperador Artajerjes III las pilas de carne salada eran tan grandes que parecían colinas (citado en Burn, 1984, p. 319).Y la campaña de Jerjes no fue en nada inferior a la de Artajerjes.
Para cruzar el Helesponto, el estrecho de mar que separa Asia de Europa, Jerjes ordenó a sus súbditos egipcios y fenicios que tendieran dos puentes de barcos. El procedimiento era juntar éstos a lo largo -técnicamente, «abarloarlos»-, unirlos por medio de gruesos cables de papiro y de lino que iban de orilla a orilla, y tender por encima una larga pasarela de madera con suelo de ramaje y tierra. Emplearon más de 700 barcos, es de suponer que más viejos que los que formaban parte de la flota de combate.
Antes de que llegara el ejército, una tempestad rompió los cables y dispersó las naves. Heródoto cuenta que Jerjes hizo ejecutar a los ingenieros jefes y ordenó que azotaran al mar con 300 latigazos y arrojaran al agua un par de grilletes como símbolo de que hasta las aguas se sometían al Gran Rey (Heródoto 7, 35). Quizá lo que él consideró un gesto megalómano era una ceremonia religiosa que los griegos no supieran interpretar.
El caso es que los puentes se reconstruyeron y, llegado el momento, los persas cruzaron por ellos. Se trataba de un sistema muy bien pensado. Habría sido mucho más lento pasar de Asia a Europa embarcando contingentes una y otra vez que hacerlo en una columna continua, ya que esas costas no ofrecían grandes lugares de desembarco donde anclar a la vez más de 1.000 naves. Además, en la expedición había mulas, bueyes y camellos de carga, con lo que era mucho menos engorroso hacerlos marchar por aquella especie de carretera.
La cuestión más polémica de la expedición es la del número. Heródoto da unas cifras inverosímiles: 2.640.000 combatientes, más otros tantos entre asistentes y acompañantes (Heródoto 7, 60 y ss.). No creo que para sus oyentes y lectores ese número, para ellos inconcebible, sig nificara nada más que «innumerables». Como señaló hace ya mucho el escéptico historiador militar Hans Delbrück, la retaguardia de un ejército así aún estaría saliendo de Sardes cuando la vanguardia llegase a Atenas (Delbrück, 1990, p. 35). A partir de tamaña imposibilidad, los historiadores han barajado cifras diversas. 120.000 sería un número verosímil. Lo bastante grande para infundir espanto entre los griegos... y también para causar problemas logísticos y explicar que, tras unos meses de campaña, Jerjes y su general Mardonio decidieran reducir este contingente a la mitad.
Heródoto añade una descripción pormenorizada del vestuario y armamento de cada uno de los pueblos que formaban parte de la expedición. Entre los más llamativos están los etíopes, con lanzas rematadas con cuernos de gacela y la mitad del cuerpo pintada de blanco con yeso y la otra de rojo con minio. En su lista, el historiador enumera 61 pueblos diferentes. Si en la expedición había sólo 120.000 hombres, y el grueso eran tropas de confianza iranias persas, medos y sacas-, esos contingentes tan abigarrados que nos muestra Heródoto serían en parte testimoniales. Con ellos Jerjes pretendería demostrar que se trataba de una empresa de todo el imperio y a la vez apabullar a los griegos con la grandeza del enemigo que se les venía encima.
Aún habría una tercera razón que no suele tomarse en cuenta. Cuando el soberano estaba lejos, los súbditos del imperio tenían la molesta costumbre de rebelarse. Sospecho que entre todos esos contingentes viajaban muchos miembros de las familias de élite que gobernaban las provincias del imperio, y que si acudieron a Grecia fue como rehenes para garantizar que sus parientes se comportaban bien en casa.
En cuanto al número de barcos, Heródoto da 1.207 trirremes. Como J. E Lazenby señala, «es mucho más fácil contar barcos que hombres», así que tal vez aquí nuestro historiador no andaba tan descaminado (Lazenby, 1993, p. 94). Incluso así, se antoja un número excesivo de barcos de guerra, y habría concedido a Jerjes una superioridad aplastante sobre los griegos, que no llegaron a poner en el mar ni siquiera 400. Curiosamente, Heródoto habla de dos tormentas, una en Magnesia y otra en la costa este de Eubea, que destruyeron 600 naves. Según él, esas tempestades se debían a que los dioses querían igualar la contienda. Más razonable parece suponer que si había unos 1.200 barcos en la flota, cerca de la mitad fueran naves de transporte, y «tan sólo» hubiese 600 trirremes. Una cifra más que respetable, que sumada a la del ejército otorgaba a Jerjes una superioridad más que suficiente por tierra y por mar.
LA SITUACIÓN EN ATENAS
¿Qué se cocía en Atenas mientras tanto? Durante los diez años de entreguerras continuaron las tensiones y las reformas políticas que acercarían el régimen creado por Clístenes a la democracia radical de las décadas posteriores. En el año 487 los magistrados conocidos como arcontes empezaron a elegirse por sorteo, a la vez que se les despojó de bastantes atribuciones. Como ejemplo, el papel militar del polemarca, que quizá en Maratón todavía era importante, como hemos señalado al hablar de Calímaco, se redujo tanto que Heródoto ya no menciona más a este magistrado durante el resto de la guerra.
Durante esta década entre Maratón y la gran guerra, una figura se agigantó poco a poco en Atenas:Temístocles. Hijo del ciudadano Neocles y de una mujer extranjera, sus actuaciones demuestran que no debía pertenecer a la aristocracia más rancia de Atenas. El hecho de que volcara toda su política hacia la flota y los intereses que parecía tener en el Mediterráneo occidental -llamó a dos de sus hijas Síbaris e Italia, por ejemplo- nos habla de un hombre viajero, acaso con intereses personales en el comercio marítimo. Algo que estaba muy mal visto por los aristócratas.
En general, los historiadores actuales están de acuerdo en que las fuentes clásicas son bastante hostiles con Temístocles. Por ejemplo, Heródoto atribuye algunas de sus decisiones más importantes al consejo de otras personas, y muchas veces silencia sus actuaciones. Su biógrafo Plutarco, aunque demuestra cierta admiración por él, no se priva de incluir todas las calumnias que corrían en su contra y deja bien claro que prefiere a sus rivales, los aristócratas Arístides y Cimón.
Sin embargo, el papel de Temístocles en las Guerras Médicas debió de ser tan señalado que ni siquiera la historiografía posterior, en su mayo ría de tendencias más bien poco democráticas, se atrevió a ningunearlo del todo. El retrato más positivo es el que hace de él Tucídides en el libro 1 de su obra:
[...1 era el mejor para tomar decisiones instantáneas sin apenas tiempo para meditar, y a la vez quien preveía con más exactitud lo que iba a suceder en el futuro. Sabía explicar los asuntos que se traía entre manos, e incluso era capaz de jugar correctamente aquellos de los que no tenía experiencia [...1. En suma, por su talento natural y por lo poco que tardaba en aprender,Temístocles fue el mejor a la hora de improvisar lo necesario (Tucídides 1, 138).
Entre Maratón y la invasión de Jerjes, los principales cabecillas de la aristocracia fueron desapareciendo de la circulación poco a poco y dejaron el campo libre para que Temístocles pudiera llevar a cabo sus ambiciosas reformas navales. ¿Cómo se desembarazó de ellos?
Recurriendo al ostracismo.
Hoy, a la mayoría de la gente esta palabra le sugiere la situación de un jugador de fútbol que se enfrenta con su entrenador o su directiva y al que condenan al aislamiento y, en el mejor de los casos, a sentarse en el banquillo. Algo de aislamiento había en el auténtico ostracismo, pero más drástico. La persona castigada tenía que marcharse de Atenas en un destierro que no comportaba confiscación de bienes ni pérdida de otros derechos, pero que duraba diez años.
El ostracismo se denominaba así por el material que se utilizaba para votar: óstrakon, un trozo de cerámica rota, el material de escritura más abundante y barato en Atenas. Los atenienses raspaban el nombre de los «agraciados». Un procedimiento así supone un importante grado de alfabetización entre los ciudadanos. Pero no hay que exagerarlo. Se han encontrado numerosos ejemplares de óstraka, escritos con la misma caligrafia. Así que nos imaginamos a los partidarios de Temístocles en un extremo del Ágora, repartiendo óstraka con el nombre de su rival Arístides, mientras que los partidarios de Arístides y los nobles hacían lo mismo por el otro lado. ¿Les regalarían también un bocadillo?
Cuando se recontaban los óstraka, el ciudadano que recibía más votos tenía diez días de plazo para abandonar la ciudad. Todo ello, sin alegar ninguna razón, aunque sin duda la había. Los ciudadanos ostraquizados (pido disculpas por el palabro, pero resulta útil) eran líderes políticos influyentes y enfrentados con otros. Al quitarlos de en medio, se evitaban los conflictos entre ellos. Hablamos de algo más que palabras: cada líder tenía sus partidarios, y en la política antigua las facciones llegaban fácilmente a las manos y a las armas. En el caso de la isla de Corcira, por ejemplo, durante la Guerra del Peloponeso se llegó a un conflicto civil en el que se produjeron auténticas atrocidades.
En general, Atenas se había visto libre de estas guerras y siguió así (la Tiranía de los Treinta, a finales del siglo v, fue una excepción de la que hablaremos en su momento). Pero esta extraña institución del ostracismo evitó que los enfrentamientos entre líderes y partidarios se enzarzaran más, hasta llegar a la violencia. En aquel momento, con la amenaza persa en el horizonte, Atenas necesitaba unidad.
El primer ostraquizado, en el año 487,14 fue Hiparco, de la familia de los Pisistrátidas. Le siguieron un Alcmeónida, Megacles, y Jantipo, el padre de Pericles. La lucha más encarnizada debió de producirse en el 483, año en que se desterró a Arístides. Hay una anécdota de Plutarco que, sea o no cierta, resulta reveladora (Arístides 7). Un campesino analfabeto le dio su óstrakon a Arístides y le pidió que escribiera un nombre en él. «¿Cuál, buen hombre?». «Arístides, hijo de Lisímaco». Sorprendido, Arístides preguntó: «¿Qué te ha hecho ese tal Arístides?». «Nada. Ni siquiera lo conozco. Pero me repatea que todo el mundo ande llamándolo "el Justo"». Para que veamos que, pese a lo que dijo Gracián en el Criticón, la envidia no es monopolio de España.
Por cierto, Arístides, demostrando que se merecía el apodo, escribió su nombre en el óstrakon y se lo devolvió al campesino sin decir esta boca es mía.
Poco a poco, como vemos, Temístocles iba despejando de piezas el tablero.Ya en el año 493 había sido arconte epónimo, en una época en que éstos aún conservaban cierta influencia. Parece que fue entonces cuando propuso emprender obras de acondicionamiento en el Pireo. Los atenienses utilizaban la alargada playa de Falero, que resultaba cómoda, pero no se hallaba tan resguardado de los vientos ni podía fortificarse. En cambio, el Pireo, con sus tres ensenadas -Muniquia, Zea y Cántaro-, era un lugar más prometedor. A cambio, requería mucho trabajo y dinero.
En el año 483 se descubrieron nuevas vetas de plata en las minas de Laurión, situadas al sureste de Atenas. Allí llegaron a trabajar hasta 10.000 esclavos a la vez, en el destino más duro para ellos. Con un cinismo supongo que involuntario, Plutarco comenta que el general Nicias tenía arrendamientos en esas minas, y que era un negocio «no exento de riesgos», puesto que los esclavos morían con frecuencia. Los riesgos, por supuesto, eran para el explotador: Plutarco ve a los esclavos aquí como una simple inversión (Nicias 4).
El primer impulso de los atenienses fue repartirse la plata a razón de 10 dracmas por cabeza, como una especie de paga extra.Temístocles propuso que los ingresos extra se emplearan en modernizar la flota hasta alcanzar los 200 trirremes. No habló de la amenaza de Persia: los atenienses se habían vuelto algo bravucones después de Maratón y no acababan de creerse que Jerjes viniera a por ellos. Así que puso como excusa a Egina, la isla rival de Atenas que en los días de buena visibilidad se veía desde la ciudad y a la que denominaban «la legaña del Pireo». Egina era rival comercial de Atenas, y sus naves dominaban el mar, en particular las aguas del golfo Sarónico. El comercio naval de la época a veces se confundía con la piratería: podemos imaginarnos a barcos atenienses y eginetas haciendo campañas de corso unos contra otros.
Con el tiempo, Atenas se convertiría en una potencia naval, pero de momento las propuestas de Temístocles suscitaron bastante oposición. Entre los nobles existían prejuicios contra cualquier actividad económica que no fuera la agricultura -practicándola como terratenientes, claro-, y entre las clases medias y humildes había muchos que vivían en la zona del interior y a los que el mar no les interesaba. Sin embargo, las ideas de Temístocles acabaron prevaleciendo, y las naves se construyeron.
Esto no debió de ocurrir de la noche a la mañana, y es de suponer que mientras el ejército de Jerjes se acercaba, los astilleros de Atenas seguían fabricando flamantes trirremes. Había otro problema: adiestrar a las tripulaciones. Cada barco llevaba unos 200 hombres a bordo, de los cuales 170 eran remeros, y los demás se repartían entre marineros y hoplitas de cubierta o epibátai. Para equipar una flota de 200 barcos hacían falta 40.000 hombres, y a lo sumo había en Atenas 30.000 ciudadanos varones. Lo que significa que era imprescindible recurrir a esclavos y a extranjeros para empuñar el remo.
En cuanto al dominio de las tácticas navales, sólo se adquiría con el tiempo. Durante los dos o tres años anteriores a la invasión, los atenienses tuvieron que convertirse en marineros a toda prisa, pero los milagros son imposibles; como luego veremos, los fenicios y egipcios los superaban en pericia. Es posible que en esta época Temístocles mediara en un conflicto entre la isla de Corcira y Corinto, su antigua metrópolis, y que aprovechara esta ocasión para hacer prácticas con la nueva flota.
MOVIMIENTOS DIPLOMÁTICOS Y MILITARES
Estaba claro que una ciudad sola no podría enfrentarse al poderío de Jerjes. Ni siquiera la coalición de Esparta y Atenas: necesitaban más estados. Probablemente, los persas pensaban que la campaña iba a ser como en otros lugares del imperio, donde se luchaba aldea por aldea o ciudad por ciudad, y era raro que los pueblos que querían conquistar su uniesen en estructuras organizadas. Pero los griegos ya empezaban a crear entidades por encima del nivel de la polis, como la Anfictionía de Delfos o la Liga del Peloponeso.
No obstante, ninguna de estas dos organizaciones servía para la amenaza que se les venía encima. Delfos habría sido el lugar perfecto para aglutinar las voluntades de los griegos, pero tenía un pequeño problema: se había vendido al oráculo. Heródoto nunca lo llega a decir con esa brutalidad descarnada. Pero deja bien claro que a la hora de la verdad, cada vez que una ciudad consultaba a la Pitia qué debía hacer ante la invasión, la desanimaba con profecías casi apocalípticas.A los espartanos, por ejemplo, les contestó:
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En cuanto a los atenienses, los amenazaba con peligros aún peores:
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El oráculo, que luego intentó lavar su imagen, lo cierto era que estaba sembrando el desánimo. En cuanto a la Liga del Peloponeso, tampoco servía, para aglutinar a los griegos porque en realidad no era tal liga, sino una serie de pactos bilaterales firmados entre Esparta y cada uno de sus miembros por separado. Era necesario crear una nueva alianza, y se hizo en el istmo, en un santuario panhelénico consagrado al dios Poseidón.
Allí se reunieron unas treinta ciudades. Una cifra exigua si tenemos en cuenta la cantidad de polis que había en Grecia; pero ya muchos estados y pueblos tribales habían entregado a Jerjes la tierra y el agua, mientras que otros jugaban a dos bandas, esperando acontecimientos. Entre estos últimos estarían los tebanos. Cuando llegó el momento, Tebas se entregó de brazos abiertos a Jerjes, pero antes de eso envió un contingente a las Termópilas. Lo más seguro es que los propios tebanos estuvieran divididos: la facción oligárquica apoyaría la rendición y la democrática la resistencia. Debates de ese tipo debieron de reproducirse en muchas ciudades.
En cualquier caso, quienes estaban dispuestos a resistir renunciaron a todas sus guerras internas. El conflicto entre Atenas y Egina, que llevaba enconado largos años, se dejó en suspenso. También hicieron el voto solemne de que, si conseguían la victoria ante los persas, consagrarían al dios de Delfos la décima parte de los bienes de aquellas ciudades y pueblos que se habían rendido a Jerjes.1ó Tiene su gracia que el oráculo, que tan poco estaba haciendo por fomentar la resistencia, se llevara un potencial botín, pero tal era el prestigio de Delfos.
El mando supremo de la recién creada alianza recayó en Esparta, que hizo valer su supremacía en la Liga del Peloponeso. Ahora bien, desde el principio estaba claro que había que oponerse a Jerjes también por mar, ya que la invasión persa era anfibia. Lo lógico habría sido que Atenas comandara la flota aliada. Sin embargo, otros estados desconfiaban de los atenienses, de modo que Temístocles renunció al mando a favor del espartano Euribíades. Las relaciones entre ambos fueron muy tirantes: Euribíades era el almirante, pero Esparta tenía 10 tristes barcos, e incluso sumando todos los del Peloponeso no llegaba a 80. En cambio, Atenas llegó a poner en liza hasta 180 trirremes a la vez. Era obvio que Euribíades tenía que hacer más caso del que habría deseado a Temístocles.
La Liga de Corinto -es la forma convencional de llamarla- se llevó pronto sorpresas desagradables.Varios estados que habían prometido su apoyo se fueron retirando. Creta, aduciendo la excusa del oráculo, renunció a participar: sus trirremes y sus afamados arqueros, los únicos griegos que podían hacerles la competencia a los persas en ese campo, habrían venido muy bien a la causa. Corcira prometió nada menos que 60 barcos, pero igual podría haber prometido 600: jamás llegaron. Los argivos dijeron que si no compartían el mando con los espartanos, no había nada que hacer (habría que ver cuántos hoplitas habrían podido aportar: tardaron una generación entera en recuperarse tras la paliza que les habían dado los espartanos en Sepea).
El tirano de Siracusa, Gelón, les ofreció 200 trirremes, 20.000 hoplitas y tropas de apoyo, con la condición de que se le otorgara el mando supremo de las operaciones. Esparta se negó y es probable que Atenas hiciera lo mismo. Los espartanos desconfiaban de la tiranía por ser demasiado moderna; los atenienses, por ser demasiado antigua. Pero aunque hubiesen aceptado, jamás habrían recibido la ayuda prometida, pues Gelón se vio envuelto en una guerra con Cartago que acabó, como ya vimos, con la victoria del tirano en la batalla de Hímera. Sobre la supuesta colaboración entre Persia y Cartago, ya expresé mi opinión: es muy verosímil que se hubiesen puesto de acuerdo, porque no estamos hablando de coordinar operaciones día a día, sino tan sólo de lanzar una ofensiva el mismo año.
Una vez hechas las sumas y, sobre todo, las restas, los recursos de los aliados griegos eran más o menos éstos: entre 35.000 y 40.000 hoplitas para el ejército de tierra, más un número indeterminado de infantería li gera, y un máximo de 380 trirremes. Pero ambos recursos eran incompatibles. Para equipar todos los trirremes con remeros, marineros y combatientes de cubierta harían falta más de 70.000 hombres, que sólo se podían conseguir si una parte se sustraía del ejército terrestre.
Las reuniones de la Liga debieron sucederse durante todo el invierno de 481 y la primavera de 480. Para cuando empezó a mejorar el tiempo, el ejército de Jerjes se puso en marcha desde Sardes hacia los pontones de barcos preparados en el Helesponto. En ese momento, los aliados griegos enviaron un ejército de 10.000 hombres al norte, mandado porTemístocles y un general espartano llamado Evéneto. Su objetivo era el paso de Tempe, situado entre las laderas del monte Olimpo y el Egeo. Teóricamente, cuando Jerjes quisiera pasar de Macedonia -que era vasalla suya- aTesalia, tendría que atravesar ese lugar. Como era bastante angosto, su superioridad numérica no le serviría de mucho.
En realidad, no creo que llegaran a ser 10.000 hombres, pues por la forma en que actuó Temístocles parecía tratarse más bien de una fuerza de reconocimiento.Tempe no convenció a los griegos por varias razones. En primer lugar, aunque por tierra era estrecho, se hallaba junto a mar abierto, y allí la flota aliada corría el peligro de verse rodeada por la de Jerjes. En segundo lugar, lo que dejaban al sur no era exactamente territorio amigo: entre los tesalios existía división de opiniones sobre la guerra, y al final acabaron rindiéndose a los persas. Por último, al otro lado del monte Olimpo había más posibles pasos para el ejército de Jerjes. De hecho, la expedición persa se dividió en varias columnas de marcha desde el principio, y algunas de ellas entraron en Grecia por el interior, dejando el monte Olimpo al este.
De modo que, mientras Jerjes cruzaba su fastuoso puente de barcos en el Helesponto, los griegos se retiraron de Tempe y buscaron otra posición defendible. Durante el principio del verano, los persas avanzaron por Tracia, y Jerjes llevó a cabo una revista general de sus tropas en la ciudad de Dorisco. Después, el ejército y la flota volvieron a reagruparse en Macedonia, último lugar aliado antes de girar hacia el sur e internarse en Grecia.
Mientras, la Liga de Corinto había encontrado el lugar que buscaba, si es que no lo tenía decidido incluso antes de la fallida expedición al Olimpo. Para pasar de Tesalia a la Grecia central había que atravesar un desfiladero situado entre las escarpadas faldas del monte Eta y el mar. Allí había unas fuentes donde se contaba que Heracles, torturado por el veneno de la Hidra, se había bañado intentando refrescarse. Lo único que consiguió fue que el calor de su piel pasara al agua. Las fuentes todavía conservaban dicho calor, la característica que daba su nombre al lugar. Se trataba de las célebres Termópilas, las «Puertas Calientes».
Además, al este de las Termópilas se encontraba el extremo septentrional de la isla de Eubea.A unos 70 kilómetros de distancia había un estrecho llamado Artemisio por donde la flota persa tendría que pasar entre el continente y Eubea si quería seguir hacia el sur. En teoría, los barcos de Jerjes podían esquivar Artemisio, dejar la isla de Eubea a la derecha y circunnavegarla por su parte este. Pero aquella costa era más escarpada, apenas ofrecía puertos naturales y además los vientos típicos del verano, los etesios, tendían a empujar las naves contra los acantilados.
Heródoto cuenta que Jerjes envió 200 barcos por esta ruta y que se perdieron todos en una tempestad (Heródoto 8, 6). Me temo que aquí confundió algunos datos. Alguien le dijo: «Si Jerjes hubiese enviado sus barcos por aquí, podría haberlos perdido en una tormenta», y por otra parte el mismo Heródoto se dio cuenta de que los 1.200 trirremes que según él traían los persas nunca habían llegado a luchar en Salamina... porque en realidad eran más bien la mitad. Así que en su narración empiezan a aparecer tormentas, que tal vez se produjeron, pero que no debieron de tener efectos tan desastrosos sobre la flota persa como Heródoto asegura (es la opinión generalizada entre los historiadores).
Así pues, la flota griega, con algo menos de 300 barcos," se apostó en Artemisio, esperando a que los persas apareciesen. Mientras, Leónidas y sus hombres tomaron posiciones en las Termópilas.
LAS TERMÓPILAS
De niño vi El león de Esparta y me fascinó. ¡Qué final tan épico! Por aquel entonces, no estaba acostumbrado a ver películas en que los personajes morían y pensé que aquello era un marchamo de calidad. Por eso, cuan do escribí mi primera novela, que era de romanos, acabé con todos los protagonistas menos uno, que quedaba vivo para enterrar a los demás (tenía 10 años: con una novela tan sangrienta, en esos tiempos, me habrían llevado a un psicólogo y a mis padres a la cárcel).
La película se mantiene bien, pese a los años. El león de Esparta inspiró a Frank Miller para crear el cómic 300, y de éste salió la película que ha vuelto a poner de moda a los espartanos. Las Termópilas también han originado, entre otras novelas, Las puertas de fuego de Steven Pressfield. Magnífica como novela, pero en lo histórico hay que tomarla con cierta precaución, pues para reforzar el tono épico acepta prácticamente las inverosímiles cifras que ofrece Heródoto y da a los enfrentamientos que se produjeron en el desfiladero una magnitud que probablemente no tuvieron.
¿Cuántos hombres defendieron las Termópilas? Leónidas disponía en total de 7.000 soldados. De ellos, había 4.000 peloponesios, 1.100 beocios entre tespios y tebanos, unos 1.000 focidios y el resto locrios.Ahora bien, en el contingente del Peloponeso formaban unos 1.000 lacedemonios, de los cuales sólo 300 eran auténticos ciudadanos espartiatas. ¿Por qué tan pocos?
Ya hemos visto que Esparta era muy reacia a arriesgar a sus ciudadanos de primera clase fuera de su territorio. Su hegemonía en Laconia y Mesenia dependía de que su clase de élite se mantuviese dentro de cierto número, pero también sabemos ya que la reducción en la cantidad de ciudadanos era inexorable por causas económicas que los espartanos seguramente no conocían lo suficiente como para corregir. Los ilotas, sobre todo los de Mesenia, no vacilarían en rebelarse si un número sustancial de sus amos abandonaba el Peloponeso. Si eso significaba que toda Grecia caía en poder de los persas, ¿qué más les daba a ellos? El yugo de Jerjes no podía ser tan pesado como el de los espartanos.
El motivo que alegó Esparta para no enviar a más ciudadanos fue que estaban celebrando las Carneas en honor de Apolo. Es la segunda vez que mencionamos esta fiesta, después de Maratón. Pero, en realidad, Heródoto sólo dice que los espartanos no acudieron a tiempo a Maratón por razones religiosas relacionadas con el plenilunio; son los historiadores actuales quienes han deducido que en esa ocasión la causa de los escrúpulos espartanos fueron también las Carneas.
En teoría, no hay que subestimar la importancia de los festivales ni de la religiosidad griega. En ese mismo verano se estaban celebrando los juegos Olímpicos y había muchos griegos participando, como si la invasión que avanzaba por el norte no fuese con ellos. Pero el verano era también la temporada bélica, y la guerra representaba la auténtica profesión de los espartanos. Décadas más tarde, veremos a Esparta embarcada en campañas estivales contra Atenas durante la Guerra del Peloponeso, y las Carneas no se vuelven a mencionar. ¿Acaso decidieron cambiar estas fiestas a fechas más oportunas, tal vez al invierno?
Por otra parte, muchos historiadores piensan que esos 7.000 hombres, incluidos los 300 de Leónidas, eran suficientes para las Termópilas, y que los espartanos se habían implicado en serio en la defensa de Grecia. Ahora bien, en Artemisio tan sólo aportaban 10 barcos, y dudo siquiera de que las tripulaciones fuesen de auténticos espartanos.
Es cierto que Atenas no llevó hombres a las Termópilas, pero tenía 180 trirremes en la flota, y para equiparlos hacían falta casi 40.000 hombres.Todo su cuerpo ciudadano estaba en Artemisio, y seguramente parte de sus esclavos y de los metecos domiciliados en la ciudad. En mi opinión, eso sí que era implicarse. Además tuvieron la generosidad de ceder el mando a los mismos espartanos que tan timoratos se mostraban a la hora de arriesgar su capital humano.
¿Quiénes eran esos 300 espartanos, por cierto, y cómo es que con un contingente tan reducido la ciudad arriesgó nada menos que a uno de sus reyes? El número se parece sospechosamente al de los 300 hippcís o caballeros, la guardia personal de cada rey, así que parece verosímil que Leónidas eligiera a sus propios escoltas para acompañarlo. Por otra parte, se nos dice que seleccionó a hombres que tuvieran hijos vivos para que su pérdida no extinguiera ningún linaje espartano. No sé si ambas afirmaciones se pueden compatibilizar.
En cuanto al hecho de poner en peligro la vida de un rey, es posible que fuese una decisión personal de Leónidas.Ya que Esparta enviaba tan pocos hombres, la presencia del rey daba mucho más peso y prestigio a este pequeño contingente. Además, quizá Leónidas no estaba de acuerdo con la política de su ciudad: las disensiones entre ambos reyes, y entre éstos y los éforos, eran muy habituales en Esparta.
El desfiladero, donde el viajero puede encontrar una estatua levantada en honor de Leónidas, ha cambiado mucho desde entonces. Los sedimentos arrastrados por el río Esopo y los torrentes que bajan del Eta han hecho que la costa se aleje varios kilómetros, pero en el año 480 había puntos del desfiladero con menos de 30 metros de anchura, que se reducían a 15 en los lugares más angostos. El paso tenía unos cinco kilómetros de longitud y presentaba tres estrechamientos, conocidos como Puertas. Leónidas y sus hombres se apostaron en la segunda, mirando hacia el oeste, por donde debían llegar los persas. Esto parece antiintuitivo, pues nos imaginamos a Jerjes viniendo desde oriente. Pero hay que tener en cuenta que el golfo de Malla es un profundo entrante que, justo antes de las Termópilas, gira bruscamente hacia el este. En aquel punto había un antiguo muro construido por los focidios,18 que Leónidas hizo reparar.
Pero la posición tenía un punto débil.Antes de llegar al desfiladero, el río Asopo desembocaba en el golfo Malíaco. Remontando su curso por el barranco se llegaba a un camino en las alturas, la llamada senda Anopea, que rodeaba la posición griega por el sur en una larga vaguada entre dos líneas paralelas de sierras. Después volvía a girar hacia el mar hasta aparecer al otro lado del desfiladero, justo tras la espalda de los defensores.
Leónidas, al que informaron de ese punto débil, envió a cubrir la senda Anopea a 1.000 hombres, los focidios, y dejó a los otros 6.000 protegiendo la ruta principal. Si nos atenemos a parámetros griegos, eran tropas suficientes para ambas misiones, que habrían podido detener durante un tiempo indefinido a un ejército equivalente o superior.
Pero lo que se les venía encima no era un ejército convencional. Hacia mediados de agosto apareció ante las Termópilas la vanguardia de Jerjes. Una vez allí, los persas aguardaron durante cuatro días sin entrar en combate. Se han buscado diversas razones para explicar esa demora: que no se atrevían a atacar de frente una posición tan fuerte como la de Leónidas, que hacía mal tiempo y estaban esperando a su flota... El ejército persa era tan numeroso que por fuerza tenía que dividirse en varios cuerpos para marchar. Es probable que Jerjes en persona viajara en el centro del larguísimo convoy, y que este cuerpo central no llegara a la ciudad de Traquis, situada casi a la entrada del desfiladero, hasta el cuarto día. Si los hombres de la vanguardia sabían que tenían delante de ellos a los afamados espartanos, mandados por uno de sus reyes, era lógico que aguardasen la llegada de Jerjes para que éste gozase del honor y el prestigio debidos a un Aqueménida y ordenase el ataque. Hay que valorar la importancia que tenían para los persas las imágenes de realeza y poder. Todos los actos que rodeaban al Gran Rey, tanto propios como ajenos, debían estar a su altura (como ya comentaré, la dignidad real puede explicar por qué la batalla de Salamina se libró como se libró).
Una vez llegado Jerjes, empezó la ofensiva. Los primeros en atacar fueron los medos, tropas iranias de confianza. Según Heródoto, cayeron muchos. Pero dudo que se levantaran las inmensas pilas de cadáveres que la nueva tradición del siglo xx nos presenta.Ya hemos visto que en las batallas antiguas un ejército sólo sufría un número desproporcionado de bajas si se veía rodeado y sin posibilidad de escapatoria, mientras que los medos tenían detrás de ellos el camino libre para volver con los suyos. No obstante, 100 o 200 bajas en un primer asalto y en un espacio tan reducido habrían sido un inconveniente más que considerable, y podían demostrar a Jerjes y su general Mardonio que no iban a tenerlo fácil.
A continuación, tal vez por la tarde, Jerjes envió a sus Inmortales. Se trataba de un cuerpo de élite de 10.000 hombres, según Heródoto, llamados así porque cada vez que se producía una baja en sus filas se cubría con otro candidato en lista de espera. En los documentos persas no hay ninguna referencia a esos supuestos Inmortales, aunque parece que sí tendían a utilizar divisiones basadas en el sistema decimal, de modo que una unidad especial de 10.000 hombres no parece imposible. Se ha especulado con una confusión entre los términos persas anushiya, «compañeros reales» -una denominación para este cuerpo de élite que recordaría a los hétairoi o compañeros de Alejandro Magno-, y anausha, «inmortales» (Wiesehófer, 2004, p. 92). Hay que tener en cuenta que Heródoto se basaba normalmente en informaciones orales, y resulta evidente que no sabía persa. Básicamente, lo que consta es que Jerjes lanzó al ataque a tropas persas de confianza.
Los Inmortales -seguiremos llamándolos así por comodidad- se estrellaron contra la falange griega sin mejores resultados que los medos. La explicación que da Heródoto es que, aparte de que el espacio reduci do no les permitía aprovechar su superioridad numérica, sus lanzas eran más cortas. Un par de palmos en la longitud de la lanza podían representar la diferencia entre la vida y la muerte. Además, los escudos de los persas eran de mimbre y cuero. No se trataba de combatir protegiéndose con la tapa del cesto de la ropa, como bromeo a veces en clase, pero sin duda no eran tan sólidos como los aspídes griegos de madera y chapa metálica. ¿Llevaban blindaje corporal? Muchos persas debían de llevar cotas fabricadas con escamas de metal cosidas. Una armadura así protegería muy bien contra el golpe horizontal de un sable, arma típica de la caballería. Pero la punta de una lanza podía encontrar su camino entre las junturas de las escamas y llegar a la carne. Tan sólo podemos hacer conjeturas sobre lo que pasaba en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, pero lo cierto es que los persas llevaban sistemáticamente las de perder cuando combatían así contra hoplitas griegos.
No obstante, hay que desmentir ciertos mitos. Los soldados persas eran profesionales, tropas elegidas en un vasto imperio. No se trataba de una masa amorfa a la que había que mandar a la batalla a fuerza de latigazos. Los verdaderos amateurs estaban enfrente, en el bando griego, con la única excepción de los espartanos.19 Pero los griegos contaban con varias ventajas: su posición en las Termópilas era superior, muchos de ellos luchaban en un terreno conocido y estaban acostumbrados a la pelea cuerpo a cuerpo, fundamento de la táctica hoplítica. En cambio, los persas eran sobre todo arqueros y basaban su táctica en la combinación de varios cuerpos, con un papel muy importante de la caballería, que en las Termópilas no tenía nada que hacer.
Al final del día, los persas no habían logrado ganar un solo palmo de terreno y habían sufrido considerables bajas.
Al segundo día los ataques no fueron tan intensos. Es fácil suponer que el mando persa comprendió que embistiendo de frente como carneros no iban a conseguir nada (ya se lo había advertido el ex rey espartano Damarato, que viajaba con Jerjes), y se limitaba a poner a prueba a los espartanos y a los demás griegos.
Fue entonces cuando, según Heródoto, intervino un traidor llamado Efialtes que les informó de la existencia de la senda Anopea. La historia es verosímil, pero, aunque no hubiese aparecido el tal Efialtes, los persas ya habrían encontrado a cualquier otro lugareño. Cuando Alejandro Magno se topaba con desfiladeros aparentemente inexpugnables, rodeaba la posición enemiga recurriendo a guías locales. Por supuesto, en el caso de Alejandro consideramos esto una maniobra brillante; al tratarse de los persas, pensamos en traición.
Además, los iranios debían de estar acostumbrados a recorrer senderos montañosos. No es sólo que para llegar a Grecia hubiesen tenido que atravesar valles y desfiladeros en las faldas del monte Olimpo. En las fronteras de su tierra natal había montañas mucho más altas que las que se podían encontrar en Grecia, como los montes Elburz o los Zagros. Creo que habrían descubierto la senda Anopea más temprano que tarde.
En la noche del segundo día de batalla, los Inmortales, al mando del oficial Hidarnes, tomaron el camino y se internaron en el monte. No es necesario pensar que un contingente tan grande participó en una maniobra nocturna y entre la espesura: las dificultades de una operación así eran más que considerables, y se habrían agravado con casi 10.000 hombres. Pero, fueran una fracción o todo el regimiento, los persas avanzaron durante toda la noche, es de suponer que a la luz de la luna, llena o no, porque no podían marchar con antorchas, que los habrían delatado.
Cuando ya se acercaba el alba, los persas llegaron al collado donde estaban los 1.000 hoplitas focidios apostados por Leónidas. Según cuenta Heródoto, se dieron cuenta de la incursión por los crujidos de las hojas caídas de los árboles (Heródoto 7, 218). No estaban en otoño, sino en pleno verano, en el mes de agosto. O bien las hojas las había derribado un vendaval, o como sugiere Nic Fields (Fields, 2007, p. 88) eran hojas de roble del año anterior. No me convencía su teoría hasta que en el mes de julio de 2008 hice el camino de Santiago, y en zonas de altura inferior a la senda Anopea pisé hojas de roble que seguían cayendo todavía. En el roble se produce el fenómeno conocido como «marcescencia»: la hoja que se seca sigue en la rama hasta que brota otra verde que la tira. Eso debería ocurrir en primavera, pero la altura hace que el proceso se retrase, y además las hojas duran un tiempo en el suelo antes de pudrirse. Así que Fields podría tener razón y la hermosa ilustración que acompaña su explicación en el libro de Osprey tal vez sea sustancialmente correcta.
Con hojas o sin ellas, los focidios tomaron las deVilladiego, que en su caso eran las de Focidia, por las sendas montañosas que llevaban al sur. Pero algunos tuvieron la decencia de dirigirse hacia el paso de las Termópilas para avisar a Leónidas de lo que se le venía encima.
Cuando Leónidas se enteró de la maniobra envolvente, ya había amanecido. Tanto él como los demás se dieron cuenta de que la posición era ya indefendible, pues los iban a atacar por los dos lados. El rey espartano despachó a todas las tropas del Peloponeso y se quedó con sus 300 espartanos, los 700 tespios y los 400 tebanos (hablo de contingentes en números redondos, a los que habría que restar las bajas de dos días de combates). Se ha hablado de que permanecieron allí para cubrir la retirada de los demás, pero tal vez la explicación que nos parece más primitiva y menos razonable, el honor, sea la correcta.
Los espartiatas de pura sangre, como ya vimos, podían perder sus derechos de ciudadano si se convertían en trésantes o temblorosos. No era necesario huir, sino que bastaba con sobrevivir a una derrota para convertirse oficialmente en un cobarde. Esta norma tan rigurosa e irracional se suavizó durante la Guerra del Peloponeso, porque los espartanos no andaban tan sobrados de ciudadanos como para permitirse esos lujos. Pero aún faltaba mucho para llegar a esa situación. En cuanto a los tespios, sabían que su ciudad iba a ser destruida en breves días y prefirieron morir con los espartanos que presenciarlo. De los tebanos dice Heródoto que permanecieron allí a la fuerza, como rehenes de Leónidas, lo que indigna con bastante razón al beocio Plutarco en Sobre la malicia de Heródoto: el rey espartano no habría podido retener a la fuerza a tantos hombres. Es más fácil pensar que esos tebanos pertenecían a la facción antioligárquica y antipersa y que, al ver sus ideales derrotados y darse cuenta de que la victoria final era imposible, prefirieron terminar con una bella muerte que vivir deshonrados.
La batalla fue la más dura de los tres días, porque esta vez los espartanos y sus acompañantes, sabiendo que estaban perdidos, no se limitaron a mantener la posición, sino que salieron más allá de la muralla, al encuentro de las tropas de Jerjes.Allí, como cuenta Heródoto (7, 224), rompieron las lanzas y echaron mano a las espadas: es probable que ocurriera así, pero tampoco hay que tomarse esto como la Biblia, ya que es la típica retórica de estos textos. Leónidas cayó, y se desató una pugna por su cadáver y sus armas tan encarnizada como las que Homero describió en la Ilíada. Los espartanos lograron al fin hacerse con el cuerpo de su rey y se retiraron hacia un montículo, pues en esos momentos aparecían por otro lado del desfiladero los Inmortales de Hidarnes. En esa colina siguieron luchando, hasta que los persas renunciaron a matarlos cuerpo a cuerpo y recurrieron a las flechas. Los escudos de los griegos debían de estar hechos trizas, y además éstos eran tan pocos y los persas tantos que les resultaba imposible cubrirse todo el cuerpo.
Así murieron todos los que allí estaban, al menos en teoría. Porque Heródoto nos refiere con todo detalle quiénes fueron los más destacados de entre los espartanos y los tespios. ¿Quién se lo contó, si no quedaron supervivientes? Por otra parte, según nuestro historiador, los tebanos tiraron los escudos al suelo y se entregaron a los persas, que los recompensaron marcándoles con hierros candentes en la frente, como si fueran vacas. Sinceramente, aquí estoy de acuerdo con Plutarco y no me lo creo. Algunos tebanos se rendirían, como algunos tespios, pero creo que se trata de un prejuicio de Heródoto. Éste, además, suele mostrar antipatía a los mismos que, en el momento en que redactó su obra, eran enemigos de Atenas..., el lugar donde más éxito tenían sus lecturas.
Como fuere, los persas consiguieron superar aquel obstáculo, así que hay que reconocerles el mérito de obtener una victoria bastante rápida -en poco más de cuarenta y ocho horas- ante una posición dificil de asaltar y en un país desconocido. Leónidas y los suyos se convirtieron en héroes, y su ejemplo fue tan inspirador que dos mil quinientos años después todavía se recuerda en la cultura popular. Mucha gente conoce el epitafio compuesto por Simónides:
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Pero a mí me gustaría recordar además a los 700 tespios y a esos tebanos que seguramente murieron también en las Termópilas sin que la historia se lo reconozca.
LAS BATALLAS DE ARTEMISIO Y LA EVACUACIÓN DE ATENAS
Mientras todo esto ocurría, también se luchaba en Artemisio. El relato de Heródoto es bastante confuso, como ocurre en general con todas las batallas que narra: echamos de menos aquí los conocimientos militares de un Tucídides o un Jenofonte. En resumen, se produjeron tres días de combates sincronizados con los de las Termópilas, pero más por azar que por deliberación. Había 70 kilómetros de separación entre ambos escenarios, de modo que las operaciones no podían estar realmente coordinadas. Los griegos tenían unos 270 trirremes, a los que se sumaron en el segundo día otros 53 barcos atenienses que habían estado patrullando el sur de Eubea.
En los dos primeros días debieron de librarse escaramuzas entre el contingente griego y escuadras separadas de la flota persa, que se había dispersado por una tempestad. Parece que el balance fue favorable a los griegos, pero no se trató de enfrentamientos a gran escala. Por fin, el tercer día toda la flota persa se reunió en orden de batalla y atacó desplegada desde el norte: cerca de 600 barcos contra unos 320.
En la armada de Jerjes había sobre todo barcos fenicios y egipcios, pero también naves de Caria y de ciudades jonias que apoyaban, o más bien obedecían, a sus amos persas. Los trirremes de fenicios y egipcios tenían cubiertas completas y dotaciones de hasta 30 soldados. En cambio los barcos griegos eran más ligeros, pues en lugar de una cubierta cerrada iban equipados con dos pasarelas sin regalas -cualquier resbalón y ¡al agua!-, y en teoría llevaban menos hoplitas a bordo. Aun así, los marineros de Jerjes superaban en experiencia a los atenienses, que constituían el grueso de la flota griega, por lo que su pericia compensaba de sobra el mayor peso de sus naves.
Si hacemos caso a Heródoto (8, 15-17), el resultado de esta tercera batalla fue más o menos un empate, aunque los persas perdieron más naves que los griegos. Pero el historiador añade que los atenienses sufrieron averías en la mitad de sus naves, lo cual hace sospechar que no hubo tal empate y que la flota griega se llevó un buen repaso. Si tenemos en cuenta que Temístocles y Euribíades decidieron abandonar la posición y retirarse hacia el sur, todavía concebimos más dudas sobre esa supuesta victo ria, que sin embargo aparece como tal en muchos libros de historia. Me imagino que la noche de aquel día debió de ser bastante deprimente: mientras los griegos hacían recuento de bajas y trataban de reparar sus barcos, una nave correo les trajo la noticia de la derrota -heroica, sí, pero derrota- que habían sufrido en las Termópilas.
Por el momento, el balance era desalentador. Los griegos habían sido incapaces de detener el avance persa tanto por tierra como por mar. No había más cuellos de botella en los que intentar la resistencia, no había plan B para evitar que Jerjes y su ejército entraran en el corazón de la Hélade. Grecia central estaba condenada.
Al igual que Atenas.
Pero, en cierto modo, sí existía un plan B. Los atenienses habían previsto la contingencia de una derrota en las Termópilas y Artemisio, lo que demuestra que no debían confiar tanto en que los espartanos se comprometieran de verdad con la defensa de Grecia central. Durante el invierno y la primavera se habían celebrado debates en la asamblea. El oráculo recibido -«¡Huid al fin del mundo!»- era tan desalentador que la ciudad había pedido otro, recurriendo al rito sagrado de los suplicantes: sus enviados se arrodillaron ante el altar de Apolo con ramas de olivo, decididos a no moverse de allí, aunque murieran de hambre, hasta que el dios pronunciase otro oráculo. La Pitia volvió a hablar, y esta vez concedió a los atenienses una mínima esperanza: si se acogían a la protección de una muralla de madera, tal vez se salvarían.
En opinión de algunos, la profecía se refería a una vieja empalizada que protegía la Acrópolis en tiempos pretéritos. Pero la mayoría estuvo de acuerdo con Temístocles: la muralla de madera no podía ser otra cosa que la flamante flota recién construida. ¡No en vano se habían gastado allí la plata de Laurión! De modo que se decidió que, en caso de que los persas entraran en Grecia central, todos evacuarían el Ática y se jugarían su destino a una sola carta: la flota. También votaron un indulto para los desterrados por ostracismo, pues era momento de unidad y no de lucha de facciones... y de paso convenía tener cerca a antiguos generales que podrían haber asesorado al enemigo. Es imposible saber si todo se decidió en una sola asamblea o en varias, aunque esto último es lo que me inclino a creer.20
A finales de agosto, mientras las tropas de Jerjes penetraban en Grecia central y se dividían en varios cuerpos para «barrer» todos los caminos posibles por las comarcas de Lócride, Fócide y Beocia, los atenienses empezaron a evacuar la ciudad. A las mujeres y a los niños los mandaron a Trecén, donde se encontró el supuesto decreto, y también a las islas de Egina y de Salamina. Fue en esta última donde se congregó la flota que regresaba de Artemisio y donde acudieron los barcos de otras ciudades que no habían participado en esa primera batalla.
Cuando algunos historiadores tratan de reducir la magnitud de la expedición de Jerjes y, como Hans Delbrück, sostienen que los griegos vencieron siempre sus batallas en superioridad numérica, no dejo de acordarme de la evacuación de Atenas. A pesar de que no estaban solos en la lucha, sino apoyados por otras ciudades y -teóricamente- por la poderosa Liga del Peloponeso, decidieron abandonarlo todo. Se hallaban convencidos de que esta vez no era como en Maratón, y de que que no tenían la menor posibilidad de resistir a Jerjes si se enfrentaban en una batalla campal.
En realidad, los atenienses no evacuaron sólo la ciudad, sino toda el Ática. Abandonaron sus huertos, sus aldeas, sus casas, sus templos, las tumbas de sus antepasados y, casi más importantes para ellos, las de sus héroes. Sabían que todo iba a ser destruido, y que tal vez no pudiesen volver nunca, pero prefirieron un futuro incierto antes que perder la libertad conquistada una generación antes. Aunque suene retórico, para los griegos la eleuthería -«libertad»- era, más que un concepto, una forma de vida. Se trataba de la capacidad de no rendir cuentas más que a sus dioses, de no arrodillarse ante ningún otro ser humano, de obedecer tan sólo las leyes que consideraban justas y que ellos mismos se otorgaban. Cierto es que esa libertad no la hacían extensiva a todo el mundo y que la consideraban un patrimonio casi exclusivo de ellos, los griegos. Pero, en mi opinión, gracias a que los griegos, y entre ellos los atenienses, empezaron a creerse ciudadanos y no súbditos, libres y no esclavos, todos los demás hombres y mujeres podemos aspirar a lo mismo.
Así que aquél fue un momento terrible, pero también grandioso. Me pregunto cómo habría sido pasear por las calles de aquella ciudad desierta que aguardaba a los bárbaros.
DIVINAL SALAMINA
Así rezaban los últimos versos del segundo oráculo que concedió Apolo a los espartanos: «¡Oh, divinal Salamina! Tú aniquilarás a los hijos de las mu sea cuando se siembra Deméter, bien cuando se cosecha». Muchos han pensado que es una profecía post eventum, o sea, a toro pasado. Pero quizá no: el segundo vaticinio de la Pitia parece escrito al dictado de los atenienses, y en concreto de Temístocles, que podría estar pensando en refugiarse en Salamina si las cosas no iban bien en Artemisio. ¿Qué ventajas ofrecía la isla? Se hallaba a la vista de Atenas y separada del continente por un estrecho canal, que en general no superaba los 2 kilómetros y en ciertos puntos ni siquiera llegaba a 1.000 metros. Sin duda, al alcance de la flota de Jerjes, pero eso era lo que querían los atenienses. En Artemisio no les había ido demasiado bien, aunque habían sobrevivido. En el estrecho de Salamina estaban convencidos de que los persas no podrían aprovechar su superioridad numérica.
De modo que la flota entera se congregó en Salamina. La isla no llega a 100 kilómetros cuadrados, así que en aquel momento -principios de septiembre- debía hallarse bastante atestada, con cerca de 100.000 personas, sumando las dotaciones de las naves, muchos refugiados del Ática y probablemente de la vecina Mégara. La isla tenía agua potable, aunque apenas suficiente para tanta gente. En cuanto a las provisiones, ya había pasado el tiempo de cosecha, pero con las operaciones militares debió faltar mano de obra y seguramente los atenienses no habían conseguido segar ni trillar más que una parte del grano: según Heródoto, por culpa de la invasión perdieron dos cosechas (8, 142). De modo que, aunque llegaran barcos con agua y víveres del Peloponeso y dispusieran de reservas de grano de otros años -todas las ciudades solían tenerlas-, a la gente que estaba en Salamina no le quedó otro remedio que apretarse el cinturón.
Mientras, tanto el ejército del Peloponeso, al mando de Cléombroto, hermano de Leónidas, se puso por fin en marcha, una vez terminadas las Carneas y los juegos Olímpicos -la excusa oficial, ya sabemos-. Cleómbroto tomó posiciones en el istmo de Corinto y empezó a construir un muro, tal como se había hecho al final de la época micénica para contener una invasión desconocida. Debían de ser unos 30.000 hoplitas más tropas ligeras, pero no se atrevieron a pasar de allí, pues no había ningún lugar similar a las Termópilas en el Ática ni en Beocia para contener al enorme ejército persa.
Éste, entretanto, se dedicó a saquearlo todo a su paso. Milagrosamente, el oráculo de Delfos se salvó. Toda la gente del lugar se refugió en las alturas del Parnaso o al otro lado del golfo de Corinto, salvo sesenta personas que se quedaron para proteger el santuario. Cuando llegó el destacamento persa enviado por Jerjes, empezaron a caer rayos del cielo, y dos enormes rocas se desprendieron del Parnaso, rodaron ladera abajo y aplastaron a un buen número de persas. Los demás, al darse cuenta de que aquel lugar estaba protegido por algún dios -tal vez su propio Ahuramazda, divinidad solar, como Apolo-, huyeron del lugar.
Supongo que cuando los sacerdotes del oráculo de Delfos contaron la historia al resto de los griegos, éstos hicieron como que se lo creían. Era evidente que Jerjes y Mardonio respetaron el santuario porque había servido a sus planes, y pretendían que siguiera siéndoles útil.
Poco después, el ejército persa entró en el Ática, mientras su flota doblaba el cabo de Sunión para varar en la playa de Falero. La ciudad cayó en sus manos, aunque no sin lucha. Unos cuantos hombres, más fanáticos o más religiosos que los demás, se habían quedado en la Acrópolis, dispuestos a defenderla. Tras unos días de resistencia, la roca sagrada se rindió y los atenienses vieron desde la isla cómo de sus templos se levantaban columnas de humo.
Después de aquello, durante varios días se produjo una especie de guerra de nervios. Los persas permanecían en el Ática y patrullaban con sus barcos las cercanías de Falero y dispuestos a entablar batalla en aguas abiertas, pero no se atrevían a entrar en el estrecho de Salamina. Los griegos seguían encerrados en la isla, y todos los días equipaban las naves, o al menos un buen número de ellas, y las echaban al agua: de no haberlo hecho, los vigías persas se habrían dado cuenta y la flota habría intentado un desembarco para sorprender a los atenienses en tierra.
El tiempo corría para ambos bandos. Para los persas, porque se acercaba el otoño, que haría más dificil el regreso a Asia. Jerjes podía pensar que había cumplido sus objetivos: Atenas era un montón de escombros humeantes, así que el incendio de Sardes estaba más que vengado. Pero le faltaba una victoria espectacular cuyo relato pudiera grabar en la roca, imitando a su padre Darío. Necesitaba conseguirla rápido y regresar a su imperio antes de que el tiempo imopidiera la navegación -la ausencia del Gran Rey siempre era una tentación para los rebeldes-. Sus generales podían encargarse de organizar la provincia recién conquistada. Hay que tener en cuenta otro factor: los gastos de la expedición debían de ser exorbitantes. Una vez que Jerjes se marchara con su inmenso séquito y con parte del ejército, se reducirían a la mitad.
La mayoría de los autores opinan que Jerjes no se atrevía a avanzar hacia el Peloponeso sin hacer salir antes a la flota griega de Salamina, porque temía dejarla a su espalda. Fuera esto verdad o no, creo que a Jerjes no le bastaba con la destrucción física de Atenas: quería humillar también a sus habitantes para que sirvieran de escarmiento a los demás griegos e incluso al resto del imperio. Ésa sería la gran victoria que buscaba.
Por su parte, entre los griegos había división de opiniones. Los almirantes del Peloponeso, según Heródoto (8, 49), querían abandonar Salamina y refugiarse más allá del istmo. Temístocles insistía en que aquél era el lugar más apropiado para presentar batalla a Jerjes, aunque su flota casi los doblase en número. Adimanto de Corinto intentó acallarlo diciendo que un hombre que había perdido su ciudad no tenía derecho a hablar. Temístocles le respondió que su ciudad eran los 200 barcos' con sus respectivas dotaciones, y que no había otra en Grecia que se le pudiera comparar. La frase del ateniense representa bien el espíritu de la polis griega, que consistía más en el conjunto de sus ciudadanos que en la sede fisica. Sin embargo, si la pronunció en algún momento, no creo que fuera para increpar a Adimanto, porque es dudoso que éste realmente propusiera la retirada. Cuando Heródoto escribió su historia, sus fuentes de información eran tan anticorintias como antitebanas, pero lo cierto es que la actitud de Corinto durante las Guerras Médicas fue decidida y valiente.
Quien sí parecía oponerse a que se luchase en Salamina era Euribíades, con el que Temístocles tuvo alguna palabra más alta que otra. Desesperado ya de convencerlo, el ateniense recurrió a un ardid para obligar a griegos y persas a la batalla. Llamó de noche a un esclavo de confianza, un persa llamado Sicino (el nombre no parece realmente persa: o bien era un súbdito de algún otro país del Imperio persa, o los griegos pillaron el nombre de oídas y quedó irreconocible). A continuación, Temístocles le confió un mensaje destinado al mismísimo Jerjes y lo envió en una barca al otro lado del estrecho. Sicino logró llegar a su objetivo, burlando la vigilancia, que de noche no debía de ser precisamente de alta seguridad: los relatos de desertores que cruzan de unas líneas a otras son constantes en la historia de Grecia. Ante los generales de Jerjes, tal vez con el emperador escuchando en segundo plano, comunicó su mensaje. «Temístocles, general de los atenienses, que está de parte de la causa del Gran Rey, os hace saber que los griegos tienen tanto miedo que planean huir. Si los atacáis ahora, lograréis la mayor victoria de esta guerra. No os presentarán resistencia, porque veréis cómo vuestros partidarios se enfrentan a vuestros enemigos» (Heródoto 8, 75, ligeramente adaptado).
La mayoría de los historiadores ponen en duda esta historia tan novelesca. Pero Esquilo también la cuenta en su tragedia Los persas, escrita tan sólo ocho años después de los hechos.` Si se trata de una anécdota inventada, en esta ocasión las fuentes se dieron prisa en actuar. Al fin y al cabo, la inteligencia, el espionaje y el contraespionaje han funcionado siempre en la guerra, sólo que en la Antigüedad los procedimientos eran más primitivos: cualquier mensaje algo complejo había que llevarlo en persona, pues las hogueras y los reflejos permitían comunicar poco más que «sí» y «no» (en épocas posteriores se desarrollaron sistemas más refinados).
Todo lo que sucedió a continuación pudo concentrarse en una noche, pues las distancias no eran demasiado grandes. Pero es quizá más verosímil que amaneciera mientras los persas deliberaban qué hacer y que las auténticas operaciones empezaran a la noche siguiente.
Los persas tal vez se dejaron engañar por el mensaje. En 495 los trirremes de Samos y de Lesbos se habían pasado al enemigo en plena batalla de Lade, y la corte de Jerjes estaba llena de desertores y traidores griegos. ¿Por qué no uno más? O quizá Jerjes quería combatir fuera como fuera, y tenía planeado algún tipo de maniobra ofensiva. El caso es que reunió a sus generales. De entre ellos, tan sólo Artemisia, la tirana de Halicarnaso, le aconsejó no combatir en las aguas del estrecho (Heródoto 8, 68).'3 Artemisia era un personaje muy peculiar, que había heredado de su marido la tiranía de Halicarnaso. Es muy posible que Heródoto la conociera en persona, y confesó su admiración por ella porque «participó en la campaña aunque no tenía obligación de hacerlo, impulsada por su valentía y su intrepidez» (Heródoto 7, 98). Los misóginos atenienses habían ofrecido por ella una recompensa de 10.000 dracmas de plata, pues consideraban vejatorio que una mujer les hiciera la guerra. En su tradición, ya se habían enfrentado y vencido antes a otras amazonas como ella durante el reinado de Teseo.
Jerjes, o más bien Mardonio, que escuchaba las intervenciones de los oficiales para transmitírselas al rey siguiendo el protocolo, escuchó las palabras de Artemisia, pero no le hizo caso. Como decía antes, todo esto pudo llevarse a cabo precipitadamente en la misma noche en que recibieron el mensaje de Sicino, o poco antes del anochecer de un día intermedio.A continuación, el mando persa envió uno de los escuadrones de élite de su flota, el egipcio, para bloquear el canal de Mégara, que cerraba el paso entre Salamina y el continente por el oeste. Hasta entonces los griegos habían tenido abierta esa vía de escape, pero ahora iban a quedar encerrados.`
A los escuadrones restantes -fenicios, canos y jonios, con cerca de 450 naves- se les ordenó que patrullaran la salida oriental del estrecho de Salamina, a ambos lados de un islote conocido como Psitalea. Los persas emboscaron en éste a cientos de soldados. Si se producía una batalla y los náufragos griegos o incluso algunos barcos averiados llegaban a Psitalea, la infantería de Jerjes se encargaría de ellos.
En tales maniobras fue pasando la noche. Mientras el escuadrón egipcio rodeaba Salamina, los remeros de los demás contingentes aguardaban sentados en sus bancadas horas y horas, aburridos y sin dormir, manejando los remos para mantener la posición de los barcos contra el viento y las olas. Entretanto, los griegos seguían reunidos discutiendo. Llega a ser ya un tópico en Heródoto que los peloponesios tenían tanto miedo de la flota de Jerjes que querían huir y que Temístocles trataba de refrenarlos. Parece más verosímil que al menos los generales estuvieran al tanto de los planes del ateniense, porque luego todo funcionó de forma coordinada.
En ese momento apareció Arístides el Justo, el viejo rival de Temístocles, al que la ciudad había convocado de su destierro. Por una misión oficial o debido al motivo que fuese, Arístides venía en barco desde Egina, travesía que había realizado de noche. Al hacerlo, logró escapar de milagro de las naves egipcias que se dirigían hacia el canal de Mégara. «Estamos rodeados», contó, mientras Temístocles se frotaba las manos. ¡Tendrían que luchar!
Pero sólo podían hacerlo si los barcos de Jerjes entraban en el estrecho. Si se hubieran quedado fuera, patrullando habrían seguido en aguas más abiertas de lo que convenía a los griegos. Sin embargo, cuando empezó a clarear, la flota persa inició la maniobra de internarse en el estrecho, en una larga columna cercana a la costa del continente. ¿Por qué?
Algo tendría que ver el contenido del mensaje transmitido por el esclavo de Temístocles -o quien fuese-. Si era cierto que parte de los griegos iban a cambiar de bando durante la batalla, tal como había pasado en Lade, penetrar en el estrecho era una buena forma de ofrecerles la oportunidad de que consumaran su traición. Por otra parte, en mi novela Salamina especulé con la posibilidad de que los persas planearan la misma maniobra que se realizó en Egospótamos en 404: sorprender a la mayoría de los barcos en tierra con sus tripulaciones dispersas. No creo que Reguemos a conocer nunca la verdadera razón, pero estoy casi seguro de que la impaciencia y el deseo de gloria de Jerjes andaban detrás.
Mientras la flota persa tras haber velado y bogado toda la noche, empezaba a infiltrarse en el canal, los griegos congregaban a sus tripulaciones junto a los barcos y las arengaban. Había tres bahías donde se hallaban anclados los barcos: de sur a norte, Ambelaki, Paloukia y otra donde está situada ahora una base naval (los nombres son modernos).Ambelaki era el fondeadero de los barcos espartanos, los de Egina y los de Mégara. En Paloukia, protegidos de la vista del enemigo por el islote de San Jorge antaño una de las Farmacusas-, se encontraban varados los navíos atenienses. Por último, al norte, los de Corinto al mando de Adimanto.
Tras los rituales de rigor, los griegos botaron sus naves y se dirigieron contra el enemigo. Si hacemos caso a Esquilo, eran 310 trirremes. Considerando que en Artemisio se habían producido muchas averías, parece una cifra más razonable que los 380 de Heródoto, pues habría muchos que no estaban en condiciones de combatir. Los persas siguieron con su infiltración, y ya debía haber más de 200 naves en el canal cuando los griegos dieron la señal de ataque a golpe de trompeta.
Cuando la flota griega se lanzó a embestir, lo hizo en perpendicular a la persa, que le ofrecía sus costados de babor y entraba al menos en tres filas paralelas en el estrecho. Lógicamente, los barcos fenicios, que iban en vanguardia, debieron virar para enfrentarse a la amenaza. Pero no tuvieron demasiado tiempo.
La Olympias, el trirreme que llevó a cabo varias pruebas a finales del siglo xx, a pesar de que su diseño era mejorable y contaba con tripulaciones de voluntarios sin apenas entrenar, alcanzó picos de velocidad de 8,9 nudos, más de 16 kilómetros por hora (Morrison, 2000). Muchos expertos piensan que el límite superior de un trirreme era de 10 nudos a un compás de 50 paladas por minuto, velocidad que por otra parte era necesario alcanzar para causar daños reales en el maderamen enemigo al embestir con el espolón. A ese ritmo, y teniendo en cuenta la anchura del canal de Salamina y la distancia a la que estaban las naves de ambos bandos, los primeros impactos debieron producirse después de tres minutos de sonar la señal de ataque. Por supuesto, los barcos atacados podían maniobrar con bastante rapidez, pero hay que añadir el tiempo de reacción del capitán de cada trirreme, que en primer lugar debía darse cuenta de lo que estaba pasando y superar su estupor: ¡las supuestas víctimas aterrorizadas los estaban atacando! Después, tenía que transmitir las órdenes al timonel y los remeros. Unas naves actuarían antes que otras, pero sin duda no de forma coordinada, pues lo que estaba ocurriendo era inesperado.
Para desordenar más a la flota persa, los barcos que llegaban por detrás seguían empujando, pues la larga península de Cinosura les tapaba la vista del estrecho, y además aquellas naves no llevaban vigías sobre mástiles para otear lo que pasaba a lo lejos. Si hacemos caso a Plutarco (Temístodes 14), se levantó un viento que revolvió las aguas y estorbó todavía más las maniobras persas. De los diversos vientos posibles, el que más podía beneficiar a los griegos era un siroco del sureste, pues empujaría a los navíos persas unos contra otros, mientras que los trirremes helenos estarían protegidos de él por Cinosura.
Todo esto lo observaba Jerjes desde la costa del continente, ya que le habían instalado un trono con dosel para que presenciara su victoria definitiva sobre la flota griega. Allí estaba rodeado de secretarios que tomaban nota de todo lo que veían para más tarde conceder recompensas y adminis trar castigos. Es de suponer que no faltaban sirvientes como el portador del escabel real -el Gran Rey no podía mancharse los pies en el suelo-, el toallero que secaba el sudor a Jerjes, el que le sujetaba el arco, etc.A los griegos les hacía mucha gracia tanta parafernalia, pero el protocolo reflejaba la imagen de grandeza de los Aqueménidas.
Lo que veía el monarca debía desesperarle. Conforme llegaba el día, resultaba más evidente que las naves persas habían caído en una encerrona. Ahora sus líneas estaban comprimidas entre la costa del continente, bastante escarpada en algunos puntos, y los espolones de los griegos. Había aguas libres, pero por detrás de las líneas enemigas.
¿Cómo se combatió en Salamina? En el capítulo sobre tácticas griegas hablé del modo tradicional y el modo moderno. El primero consistía en abordarse mutuamente y combatir cuerpo a cuerpo sobre cubierta. El segundo, en embestir con el émbolon o ariete de la nave, abrir un boquete en la tablazón del enemigo y retroceder mientras el trirreme atacado hacía agua y zozobraba.
Creo que en Salamina se luchó al estilo moderno. La primera razón es que así lo cuenta Esquilo, quien, si no luchó a bordo de un trirreme, debió presenciar el combate desde la costa de Salamina. Es posible que en Artemisio los griegos imitaran a los enemigos y atestaran las cubiertas con cerca de 30 guerreros entre hoplitas y arqueros, pero allí no les fue demasiado bien. En Salamina, dice Heródoto, las naves griegas eran «más pesadas» (8, 60). No estaban construidas para serlo, de modo que hay que pensar que lo eran porque llevaban muchos días saliendo a la mar y la madera estaba empapada (los antiguos sacaban sus barcos de guerra a la playa para que se secaran y pesaran menos). Pero también puede querer decir «más lentas», porque los atenienses, casi dos tercios de la flota, no poseían todavía tanta experiencia marinera como sus enemigos. Para ganar velocidad, podrían haber reducido el número de soldados de a bordo, dejándolos en 18 como dice Plutarco o en 14, según el supuesto decreto de Trecén. Esto era arriesgado si se llegaba al combate cuerpo a cuerpo, pero las lanzas y los escudos griegos podían compensar la inferioridad numérica.
Para utilizar el modo moderno de combatir con el espolón se requería mucha pericia. Los atenienses no poseían tanta como sus rivales, ni como los de Egina o Mégara. Pero a cambio les pasaba lo mismo que a los equipos que juegan la Copa Davis en casa: habían elegido el terreno y la superficie, que conocían a la perfección.
De una manera o de otra, las cosas salieron a pedir de boca para los griegos. Incluso una maniobra que Heródoto, con su fobia hacia Corinto, interpreta como una huida hacia el norte de las naves de Adimanto, debió de ser en realidad una treta concebida para atraer a la vanguardia de la flota persa al interior del canal. Pues, llegado el momento, las naves corintias viraron en redondo y embistieron a las fenicias.
En el combate se produjeron muchas anécdotas individuales que Heródoto nos relata -por desgracia, olvidándose de la panorámica general-. Tan sólo comentaré la de Artemisia, que en plena batalla debió ver tan mal la situación que embistió a uno de los barcos de su propia flota. Eso engañó a los atenienses, que dejaron pasar y escapar a la tirana de Halicarnaso. El secretario que informó a Jerjes de lo que veía debió distinguir el trirreme de Artemisia, pero no la nave a la que hundía, y pensó que era griega. Jerjes comentó entonces: «¡Las mujeres se me vuelven hombres y los hombres se me vuelven mujeres!» (Heródoto 8, 88).
Pronto empezó a quedar claro que la flota griega llevaba las de ganar, y muchos barcos fenicios intentaron huir o alcanzar tierra bajo la elevación donde Jerjes lo observaba todo. Pero el propio apelotonamiento de la flota persa impedía cualquier maniobra. Mientras tanto,Arístides llevó a un grupo de hoplitas al islote de Psitalea, donde tras un combate encarnizado lograron acabar con las tropas persas que lo habían tomado. Sin duda, la toma de Psitalea tuvo un efecto simbólico: aunque fuese poco más que un peñasco pelado, era el primer territorio que reconquistaban los griegos después de varios meses de retirarse ante el enemigo. Las tornas habían cambiado.
DESPUÉS DE SALAMINA
Heródoto no dice cuántos barcos perdió Jerjes, como tampoco lo hace Esquilo. Según Diodoro (11, 19), fueron 200 entre hundidos y capturados. En las batallas navales raras veces se producían tantas pérdidas, a no ser que un bando cayese en una encerrona. Pero no parece una cifra tan des mesurada, porque el estrecho de Salamina se convirtió en una trampa en la que los barcos de retaguardia bloquearon la vía de escape natural de los de vanguardia.
Como ya he dicho, Jerjes ya debía tener planeado su regreso a Asia. El desastre de Salamina aceleró sus planes. Sospecho que no volvió de buen humor, pues probablemente fue él quien se empeñó en librar esa batalla innecesaria. No había perdido la guerra, por supuesto: le quedaban muchos barcos y, sobre todo, un ejército de tierra intacto. Mas en lugar de hundir definitivamente al enemigo, le había permitido recobrar la moral.
Al principio ni los propios griegos debieron darse cuenta de la magnitud de su victoria, pues creían que al día siguiente la flota persa volvería al ataque. Luego empezaron a comprender lo que había pasado y discutieron qué se debía hacer a continuación. Cuando se supo que Jerjes se retiraba hacia Asia con la mitad del ejército, se cuenta que Temístocles propuso enviar la flota al estrecho de los Dardanelos para destruir los dos puentes de barcos. Euribíades se opuso, diciéndole que «a enemigo que huye, puente de plata». Entonces, Temístocles habría enviado un nuevo mensaje a Jerjes, diciéndole que debía retirarse cuanto antes porque los griegos planeaban cortarle la retirada.
Toda la historia resulta un tanto inverosímil. Cualquier griego, y entre ellos Temístocles, se alegraría de ver cómo salían de Grecia cuantos más persas mejor. Por otra parte, hay autores que creen que los puentes no habían quedado montados, sino que tan sólo permanecía la estructura para volver a tenderlos con rapidez. En cuanto al segundo mensaje de Temístocles, parece una historia inventada a posteriori por sus enemigos, basada en que, llegado el momento, acabó refugiado en la corte persa.
En cualquier caso, Jerjes se retiró y, según Heródoto, llegó al Helesponto en sólo cuarenta y cinco días, perdiendo la mayor parte de su ejército por el camino (8, 115). Resulta dudoso: aquí parece que el historiador está haciendo pagar al emperador por todas las muestras anteriores de hybris, la soberbia que los dioses no perdonan.
Mientras tanto, la flota griega no se quedó inactiva, sino que hizo una incursión por las Cícladas para someter a las islas que estaban en el bando persa. De paso les sacaron dinero para continuar la guerra, de lo que también se acusó a Temístocles, como si hubiera extorsionado a los isleños en su propio beneficio. Que se quedara algo en los bolsillos es posible, pero la mayor parte de ese dinero o de esas provisiones debió destinarse a pagar la flota: los remeros, como los soldados, tenían la molesta costumbre de comer dos veces al día, y si se terciaba hasta tres.
En otoño, el ejército persa al mando de Mardonio se retiró al norte, a las tierras de Tesalia. El general persa conservaba con él entre 50.000 y 60.000 hombres, sobre todo tropas iranias de confianza: parece que los contingentes más vistosos y folclóricos habían regresado con Jerjes a Asia. El ejército de Mardonio seguía siendo una hueste formidable, y todavía no había sufrido ningún revés en tierra.
Los atenienses regresaron a su ciudad y se dedicaron a limpiar y desescombrar, una tarea deprimente que todo el que ha hecho obras en su casa se puede imaginar. Al mismo tiempo, empezaron las maniobras diplomáticas que duraron todo el invierno. Temístocles visitó Esparta y obtuvo grandes honores, pero no consiguió lo que quería: la Liga del Peloponeso se negó a cruzar el istmo para desplegarse entre el Ática y Beocia y evitar una segunda invasión de Atenas.
Aprovechando esta coyuntura, el rey Alejandro de Macedonia visitó Atenas e hizo una oferta a la ciudad de parte de Mardonio. Si se pasaban al bando de Jerjes, podrían mantener su autogobierno, al igual que ocurría con las ciudades fenicias. Los persas se comprometían a entregar a los atenienses los territorios que quisiesen, e incluso a reconstruir todo lo que habían destrozado.
Los atenienses contestaron que no, pero enviaron un mensaje a los espartanos diciéndoles que se lo estaban pensando. En Esparta debió cundir la alarma. Si el ejército de Mardonio se combinaba con la flota ateniense, nada podría impedir una invasión del Peloponeso. Aun así, siguieron sin dar una respuesta clara. De modo que al llegar el buen tiempo, los persas bajaron desde Tesalia como una nube de langostas y volvieron a caer sobre el Ática. Por segunda vez, a los atenienses no les quedó más remedio que huir a Salamina. Mientras tanto, los griegos enviaron 110 barcos al Egeo al mando del rey espartano Leotíquidas y el general ateniense Jantipo. Esta flota se quedó estacionada por el momento en Delos, casi en el centro de las Cícladas, donde tenía a su alcance la costa de Asia Menor. Así podría hostigar los dominios persas e incitar a la revuelta a las ciudades jonias o, si era necesario, acudir en auxilio de las costas griegas (oiremos hablar de esta flota en el capítulo siguiente).
En las elecciones de aquel año, los atenienses escogieron como generales a Arístides elJusto y Jantipo, el padre de Pericles. En cuanto a Temístocles, parece que no lo votaron: a menudo se le ha comparado con Winston Churchill, que después de hacer ganar a los ingleses la Segunda Guerra Mundial perdió las elecciones.
Hacia el mes de junio, una legación ateniense volvió a Esparta para insistir en que enviara sus tropas fuera del Peloponeso. Los embajadores amenazaron a los espartanos: si no salían al campo de batalla inmediatamente, Atenas se pasaría al enemigo. Aunque los atenienses no querían traicionar a la causa griega, insistieron los enviados, la Liga del Peloponeso no les estaba dejando otro remedio.
Por fin, las amenazas surtieron efecto y Esparta movilizó a sus tropas. En el ejército había 5.000 ciudadanos, casi dos tercios del total, el mayor contingente de espartanos que salió de la ciudad en toda su historia. Heródoto afirma que a cada hoplita lo acompañaban como asistentes siete ilotas. La cifra es desmesurada, pero creo que encubre un hecho real. Los espartanos no tenían más remedio que ir a la guerra por la presión ateniense, pero no se atrevían a dejar atrás la amenaza mesenia, de modo que debieron llevarse con ellos a un buen número de ilotas, no sólo como criados y tropas auxiliares, sino también como rehenes. El ejército lo mandaba Pausanias, como regente de su primo Plistarco, hijo de Leónidas, que era demasiado joven. A los 5.000 espartanos y sus ilotas se unieron las demás tropas de la Liga del Peloponeso: los periecos de Lacedemonia, arcadios, eleos, corintios... El ejército que cruzó el istmo tenía más de 30.000 hoplitas más un número indeterminado de infantería ligera, pero sin caballería.
Cuando Mardonio supo de la amenaza, se retiró de Atenas tras volver a quemarla. Las tierras del Ática no eran apropiadas para utilizar la caballería, salvo en la zona de Falero, donde ya en el pasado una tropa de jinetes tesalios había acabado con otra de espartanos. Pero si el ejército griego ocupaba los pasos del Citerón que conducían al norte, los persas se quedarían aislados en el Ática, sin flota. De modo que Mardonio optó por dirigirse a Beocia, donde tenía una base segura en la ciudad aliada de Tebas, y había llanuras adecuadas para desplegar su caballería.
Mientras los persas abandonaban el Ática, los hoplitas atenienses, unos 8.000 al mando de Arístides y otros generales, cruzaron de Salamina al continente y se unieron a las tropas de Pausanias junto a la ciudad sagrada de Eleusis.Allí los aliados pronunciaron un juramento solemne. Hay una inscripción del siglo iv con una versión de ese voto de la que extracto algunos pasajes:
Combatiré hasta la muerte, y no valoraré mi vida por encima de la libertad [...1. No retrocederé a menos que mis jefes me ordenen hacerlo, y cumpliré todas las órdenes de los generales. Enterraré los cadáveres de mis camaradas en el campo y no dejaré a ninguno insepulto. Cuando derrotemos a los bárbaros, diezmaré la ciudad de Tebas. Jamás destruiré Atenas, Esparta, Platea ni ciudad alguna que haya luchado entre nuestros aliados, ni consentiré que se les haga pasar hambre ni se les corte el agua, estemos en guerra o seamos amigos.21
Al igual que el supuesto decreto de Temístocles, este texto debe respetar el espíritu de lo que los aliados juraron. Lo recordaremos cuando llegue el momento de hablar de los acontecimientos del año 404, tras la batalla de Egospótamos.
Con unos 40.000 hoplitas y tal vez 30.000 soldados de infantería ligera, Pausanias se dirigió a los pasos del Citerón, el monte que separaba las tierras del Ática de Beocia.'6 Era el mayor ejército que habían reunido los griegos en toda su historia. Pero la hueste que tenían frente a ellos, con los refuerzos de Tebas y otras ciudades griegas, seguía superándolos ligeramente en número, y esta vez no había tropas de relleno con Mardonio.
LA BATALLA DE PLATEA
En agosto de 479 el ejército griego cruzó el paso de Eleuteras.27 Ante ellos se extendía la llanura de Beocia, que llegaba hacia el noroeste hasta las alturas de los montes Parnaso y Helicón, donde el poeta Hesíodo había recibido la visita de las Musas unos doscientos años atrás. A corta dis tancia del Citerón se hallaba el río Asopo, en cuyas orillas estaba el campamento de Mardonio, rodeado por una empalizada cuadrada de kilómetro y medio de lado.
Los griegos descendieron hacia la llanura, pero por el momento no salieron a ella. Al igual que habían hecho los atenienses en Maratón por temor a la caballería, se desplegaron justo al pie del Citerón, a unos tres kilómetros de las líneas persas. Estaban separados del enemigo por unas suaves colinas, y también por una zona de terreno que vista desde las alturas podía parecer llana, pero que en realidad se hallaba plagada de crestas, hondonadas y agujeros en el suelo.28
Al ver que los griegos no mostraban intenciones de avanzar más, Mardonio empezó a enviar escuadrones de caballería para que los hostigaran. La razón de que quisiera incitar a los griegos al combate cuanto antes era, al parecer, que tenía problemas de suministros: ya no disponía de una flota, y los convoyes que le llegaban desde Tesalia eran atacados por guerrilleros focidios en las montañas. Cuanto antes liquidara la resistencia griega y pudiera organizar la nueva satrapía persa en Europa, mejor.
El jefe de la caballería persa era un tal Masistio, un tipo de dos metros de estatura que vestía una lujosa túnica púrpura y montaba un gran caballo de Nisea, la mejor raza de corceles de guerra del mundo. Los jinetes de Masistio debieron avanzar con cierto cuidado por el terreno que hemos descrito antes, pero al fin y al cabo se trataba de gente que prácticamente había nacido a lomos de un caballo y supieron sortear los obstáculos. Su ataque cayó sobre la zona donde estaban desplegados los megarenses, ya que habían comprobado que se encontraban más expuestos que los demás. Los de Mégara pidieron refuerzos, y un grupo de 300 atenienses de élite -ignoramos qué tipo de élite, pues Heródoto no añade más- acudió en su ayuda (9, 21).
Al llegar a cierta distancia de los enemigos, los persas les disparaban sus flechas y los insultaban para provocarlos a salir al llano. Los griegos debieron sufrir bastantes daños, sobre todo en su moral. El calor apretaba conforme avanzaba el día, pero les era imposible despojarse de sus armaduras ni un minuto ante la amenaza de aquel adversario huidizo contra el que no podían lanzarse al othismós, el combate cuerpo a cuerpo en el que eran expertos.
Pero Masistio se dejó llevar por la adrenalina y en una de sus cargas se acercó demasiado. Una flecha abatió a su corcel y el gigante persa dio con sus macizos huesos en tierra.Varios atenienses se arrojaron sobre él y empezaron a golpearle con sus armas sin conseguir nada, hasta que uno de ellos le clavó la lanza en un ojo y lo mató. Fue entonces cuando descubrieron que por debajo de la túnica púrpura llevaba una armadura de láminas de oro que había detenido los golpes. El adjetivo que utiliza Heródoto, khryséa, podría referirse también a que se veían de color dorado, pero es raro que, si la coraza era de bronce, el historiador no usara el término khalkéa. No me extraña que un noble iranio llevase una armadura tan lujosa, pero sí que el oro resistiera tan bien los golpes. ¿Tal vez había láminas de oro y de bronce mezcladas, o simplemente informaron mal a Heródoto? El caso es que años más tarde los atenienses consagraron la armadura en el Erecteo de la Acrópolis como un objeto muy valioso.
La táctica de los jinetes persas era acercarse trazando círculos en el sentido de las agujas del reloj, disparar sus flechas y volver grupas para alejarse, en una forma de combatir que iba causando bajas entre los hoplitas y, sobre todo, minando su moral. En una de esas vueltas, los persas se dieron cuenta de que habían perdido a su jefe y volvieron al ataque para recuperar su cadáver. Esta vez no lo hicieron por escuadrones, sino en masa, y los atenienses que estaban despojando el cadáver tuvieron que ceder unos metros. Pero acudieron otros hoplitas y arqueros en su ayuda, y al final la caballería persa -es de suponer que se trataba de un grupo reducido que no llegaría a mil jinetes- se vio obligada a retirarse. La moral de los griegos subió mucho con esta escaramuza, y se dedicaron a exhibir el enorme cadáver de Masistio entre sus filas transportándolo con un carro como si fuera una especie de King Kong.
Después de esto, Pausanias adelantó sus líneas y las desplazó hacia la izquierda para acercarse a Platea, abandonada por sus moradores, salvo los 600 hoplitas que combatían al lado de los atenienses. La posición parecía más apropiada, pues en los alrededores de la ciudad disponían de mejor suministro de agua potable. Una vez llegados a la fuente Gargafia, sita en una pequeña elevación, Pausanias instaló allí su ala derecha, con 11.500 hombres entre espartanos, periecos y soldados de Tegea. Los demás contingentes se fueron desplegando hacia el oeste en un frente de varios ki lómetros. En el centro, en una zona más llana, se colocaron tropas del Peloponeso y otros lugares, hasta 20 ciudades; quienes más hombres aportaban eran los corintios, con 5.000 hoplitas. Por fin, en otra elevación situada en el extremo izquierdo se colocaron los 8.000 atenienses con los 600 plateos.
De esta manera, los griegos se habían separado algo de las laderas rocosas del Citerón. Sus alas se hallaban en una especie de cresta desigual donde la caballería probablemente no se atrevería a atacarlos, pero el centro era más vulnerable. Al otro lado del río Asopo, los persas habían seguido sus movimientos hacia el oeste y ahora se encontraban más cerca que antes, en una zona llana a la que los griegos tampoco se atrevían a salir. Salvando las diferencias topográficas, la situación se asemejaba a la de Maratón. Como había pasado allí, ambos ejércitos permanecieron una semana a la espera, cada uno a un lado del río.
Según Heródoto (9, 36), esa demora se debió a que los adivinos de los dos bandos no conseguían auspicios favorables al examinar las vísceras de las víctimas que sacrificaban todos los días. Pero también deja entrever que los griegos seguían recibiendo refuerzos por el mismo desfiladero por el que habían atravesado el monte Citerón, así que Pausanias tal vez estaba esperando a reunir más hombres, y no sería raro que el total del que hemos hablado -casi 40.000 hoplitas- no llegara a juntarse en realidad hasta la víspera de la batalla. Además, si los griegos cruzaban el Asopo se encontrarían con los flancos descubiertos ante los ataques de la caballería, mientras que la posición que ahora ocupaban tenía las alas algo más protegidas por el relieve del terreno.
Mardonio, por su parte, no se decidía a atacar de frente a los griegos. Tampoco lo había hecho Datis en Maratón, y quizá no debamos achacarlo todo al terreno más o menos inadecuado para la caballería. El sistema de combate de la falange griega se basaba en el choque frontal y brutal. Los persas luchaban de otro modo, con ataques de caballería, maniobras de desgaste y masivas andanadas de flechas. No era, por tanto, tan fácil que se decidieran a embestir contra la posición griega. En realidad, los dos generales jugaban a lo mismo: a que tarde o temprano uno de los dos no consiguiera mantener la suficiente disciplina y sus hombres se dejaran llevar por la impaciencia y cruzaran el río.
En la noche del octavo día, aconsejado por un tebano, Mardonio envió un nutrido destacamento de caballería al paso del Citerón, por donde seguían llegando refuerzos y provisiones a los griegos. De este modo interceptaron un convoy de 500 carros, mataron a los arrieros, a los escoltas y a las bestias de carga y volvieron con el botín. Era un golpe duro para los griegos, y de paso suponía provisiones extra para los persas.
Todavía transcurrieron unos días de inactividad, pero sólo por parte griega, pues los persas no dejaron de acosarlos con su caballería en ningún momento. Imaginemos la frustración de los hoplitas. No podían contestar los ataques de sus enemigos, que disparaban flechas y jabalinas desde lejos; era inútil que corrieran tras ellos, pues jamás los alcanzarían; y los proyectiles les obligaban a llevar todo el tiempo encima el escudo, el yelmo y la coraza bajo un sol de justicia.
Llegado el duodécimo día desde que cruzaron el Citerón, la situación era cada vez menos halagüeña para los griegos. Los convoyes ya no les llegaban, pues la caballería persa dominaba el paso del Citerón. Los jinetes se volvían más audaces a cada jornada que transcurría, y ahora su hostigamiento se extendía a todas las líneas, pero era especialmente dañino en la sección central del ejército griego, desplegada en un terreno más llano.
Aun así, Pausanias no lanzó a sus hombres al ataque. Mardonio ya casi no sabía qué hacer para conseguir que los griegos se decidieran de una vez a cruzar el Asopo y enfrentarse con él en la llanura. Decidido a apretarles las clavijas un poco más, envió a sus hombres a emponzoñar las aguas de la fuente Gargafia y cegarla con tierra y con piedras. Es llamativo que, hallándose tan cerca esta fuente de la posición espartana, sin embargo los hombres de Pausanias no hicieron nada por impedir la maniobra persa: la caballería les había comido la moral durante aquellos días.
Los griegos andaban cortos de provisiones, y ahora también les faltaba el agua, que en ningún momento había sido muy abundante (el hedor de su campamento debía llegar hasta las cumbres del Olimpo). Para quien quisiera beber, allí estaba el río Asopo, a unos cientos de metros: por desgracia, lo más probable era que quien lo intentase acabara convertido en un alfiletero, pues los jinetes persas lo patrullaban constantemente.
En ese mismo día 12, los generales griegos se reunieron con Pausamas para analizar la situación. La posición en la que se encontraban no podía mantenerse, aunque Heródoto nunca lo diga, había sido un error desde el primer momento. Sólo podían hacer dos cosas. O cruzaban el río y se arriesgaban a luchar en campo abierto contra un ejército algo superior en número y, sobre todo, contra la caballería que los estaba volviendo locos; o reconocían que se habían equivocado y retrocedían de nuevo hacia las faldas del Citerón. Allí volverían a tener agua y podrían reconquistar el desfiladero para recibir de nuevo convoyes de provisiones.
Fue esta última maniobra la que se decidió. Era lo que aconsejaba la prudencia, pero podía resultar muy dañino para la moral de los hombres: después de sufrir tantos días las flechas de los persas bajo el sol, los griegos no habían conseguido nada. Todo había sido en vano, y volvían a empezar de cero.
El plan era retirarse de noche, en el segundo turno de guardia, para que los persas no se percataran de la maniobra. Según Heródoto (9, 51), todos debían retroceder hasta una posición que los lugareños llamaban «la Isla», una pequeña elevación del terreno situada entre dos brazos del río Oéroe. Pero allí no había sitio para todos, así que el plan no debía de ser exactamente ése. Aunque resulta arriesgado reconstruirlo, lo más fácil es pensar que cada línea tenía que recular manteniendo la posición relativa, de tal modo que al amanecer los atenienses siguieran a la izquierda en la citada Isla-, los corintios, megarenses y demás tropas en el centro y los espartanos a la derecha, cerca del paso del Citerón. Una vez todos en sus nuevos puestos, se llevaría a cabo una operación para recuperar el desfiladero y rescatar a los servidores del ejército griego que habían tenido que subir a las alturas por temor a los jinetes persas.
Ése era el plan, como digo. Pero en la historia militar griega las operaciones de noche casi nunca salían como estaban previstas. Recuerdo mis tiempos de la mili («¡Oh, Dios mío!», exclamarán algunos lectores, «¡sabíamos que tarde o temprano soltaría alguna batallita de la mili!») y las maniobras nocturnas en los campos de la Academia de Infantería de Toledo. Las colinas, las rocas y los árboles tienden a parecer iguales incluso de día, lo que explica que unos cuantos compañeros y yo casi acabáramos tomando a tiros -de fogueo, claro- las alturas del Parador de Turismo. Para colmo, de noche todo resulta mucho más confuso y es muy fácil extraviar el camino.Y eso que nosotros contábamos con mapas, brújulas y linternas, aunque éstas había que utilizarlas guareciéndose bajo el poncho para que la luz no nos delatara ante «el enemigo». En particular, una noche determinada tuvimos que infiltrarnos en las posiciones del adversario en largas columnas de marcha (después de haber caminado 70 kilómetros aquel día, dicho sea de paso). Aquella noche comprobé que uno puede dormir andando: entraba en sueño REM sin dejar de caminar y me despertaba cada vez que mi compañero de delante se detenía y la visera de mi gorra chocaba contra su espalda. En mi compañía no éramos ni de lejos 40.000, como los griegos, sino poco más de 100, y sin embargo hubo grupos que se extraviaron. Perdón, que nos extraviamos.
Sospecho, por experiencia propia, lo que pudo pasar en Platea. En la segunda guardia, el centro del ejército griego se puso en marcha. Pero en vez de dirigirse adonde se les había indicado, «alegres de escapar de la caballería, huyeron hacia la ciudad de Platea. Su huida terminó junto al templo de Hera, que está delante de la ciudad, a 20 estadios de la fuente Gargafia, y allí se detuvieron y depositaron sus armas» (Heródoto 9, 52).
Expliquemos esto de la «huida». Cuando Heródoto compuso su obra, los atenienses y los corintios se llevaban a matar, y la mayoría de las fuentes orales que informaban al historiador eran de Atenas.Ya hemos visto cómo acusó a los corintios de querer desertar en Salamina, cuando en realidad habían llevado a cabo una maniobra de distracción. Ahora Heródoto vuelve a tildarlos de cobardes, pero es injusto decir que huyeron: salieron a la hora que se les había indicado y se plantaron en línea delante de Platea. Lo que sí se puede pensar es que en la oscuridad de la noche se fueron desviando hacia su derecha, pues la posición en la que acabaron estaba casi dos kilómetros al oeste de la que deberían haber ocupado. Además, en el centro no sólo había corintios y megarenses, sino contingentes de hasta veinte ciudades, cada uno con sus propios mandos: el caos total. Me imagino a los ampraciotas susurrándose unos a otros: «¿Dónde estamos? ¿Por dónde hay que tirar?», y alguno de ellos contestando: «Seguid detrás de los de Hermíone, que tienen pinta de saber adónde van», cuando los de Hermíone estaban tan desorientados como ellos. Esas cosas pasan ahora, y pasaban entonces.
El extravío del centro del ejército afectó también a la maniobra de los atenienses. Cuando les tocaba ponerse en marcha, se encontraron con que miles de hoplitas se habían cruzado en el camino que les correspondía seguir. Es de suponer que Arístides envió exploradores por delante y que éstos, en lugar de encontrarse una senda despejada, vieron cómo, unidad tras unidad, los griegos del centro desfilaban frente a ellos entre las sombras. A no ser que hubiesen instalado una especie de semáforos, ¿cómo iban a atravesar los atenienses por en medio de las filas corintias, megarenses, etcétera? De noche era fácil asustarse y tomar a los amigos por enemigos,29 así que lo mejor era quedarse quietos y esperar a que todo el centro hubiese pasado.
Mientras tanto, en el ala derecha también surgieron problemas. Según Heródoto (9, 53), un oficial llamado Amonfareto se negó a seguir las órdenes de Pausanias, pues era una deshonra retirarse ante el enemigo. Los expertos no suelen aceptar esta historia, pero con Amonfareto o no, cuando empezó a clarear los espartanos apenas se habían puesto en marcha. De modo que, al amanecer, la situación no era la que había previsto Pausanias. Más de 19.000 hoplitas se hallaban acampados delante de Platea, al oeste. Los 8.000 atenienses empezaban a bajar de la loma donde estaban, y los 11.000 lacedemonios y tegeatas hacían lo propio desde la colina del Asopo. El ejército griego se encontraba completamente roto y sus tres contingentes separados por distancias considerables.
Cuando el sol salió, Mardonio mandó a su caballería a hostigar a los griegos, como todos los días. Al descubrir que las posiciones de la víspera estaban desiertas, los jinetes se lanzaron en persecución del enemigo, tarea para la que la caballería antigua resultaba mucho más adecuada que para el choque frontal. Al parecer, el relieve no dejaba que Mardonio viera a los atenienses en retirada, tan sólo a los espartanos del ala derecha, así que se fue directo a por ellos, ya no sólo con su caballería, sino también con la infantería. Al darse cuenta de que parte del ejército persa cruzaba el río Asopo, todos los demás asiáticos los imitaron en una ofensiva generalizada.
Pausanias, al verse acosado por la caballería persa y comprobar que tras ella venían miles de infantes armados con arcos, envió un mensajero para pedir refuerzos a los atenienses. Pero éstos tenían ya sus propios problemas, pues tras ellos venía la caballería tesalia y, sobre todo, la infantería tebana. Como vecinos, atenienses y tebanos nunca se habían llevado demasiado bien: ahora tendrían ocasión de arreglar sus rencillas. En cuanto a los corintios y demás griegos que se habían desplegado delante de Platea, al percatarse de lo que ocurría se pusieron en marcha para socorrer a sus compatriotas; sobre ellos se lanzaron también contingentes persas al mando del general Artabazo. Así pues, la batalla de Platea se libró en tres frentes a la vez; aunque mi sospecha es que en el centro apenas se produjeron choques de consideración.
En la izquierda, atenienses y tebanos combatieron al viejo estilo de las falanges hoplitas «durante largo rato» (Heródoto 9, 67) aunque ya hemos visto que esto no puede significar varias horas, porque los hombres no aguantarían fisicamente. La lucha debió de estar muy equilibrada, pero en un momento dado los tebanos se retiraron, no ya hacia el campamento persa, sino hacia su ciudad. En el campo dejaron 300 muertos, una cifra apreciable, pero que no suponía ni de lejos un desastre. ¿Qué había ocurrido para que decidieran abandonar el combate?
En realidad, el destino de la batalla se decidió en el ala derecha, donde combatían los espartanos contra el grueso del ejército iranio, mandado por Mardonio. Éste siguió utilizando las tácticas persas: acoso de caballería y andanadas de flechas. Sus guerreros de a pie disparaban desde detrás de los sparas, escudos de mimbre y piel casi tan altos como un hombre, que sujetaban los soldados llamados sparabara para proteger a los arqueros. Contra aquellos hombres se habían enfrentado los atenienses en Maratón de la única forma posible: cargando contra ellos y buscando el combate cuerpo a cuerpo, donde los proyectiles ya no servían de nada.
Pero Pausanias no se decidía a ordenar la embestida, y sus hombres recibían miles de flechas mientras él sacrificaba una víctima tras otra buscando augurios favorables en sus entrañas. ¿Ocurrió así de verdad? No hay que tomarse a la ligera la religiosidad de los griegos, pero también puede ser que Pausanias estuviera esperando a que las filas persas frente a ellos se hicieran más tupidas conforme llegaban más y más enemigos desde el otro lado del río. Puestos en la tesitura de cargar, era mejor hacerlo contra un enemigo en formación compacta, ya que así los arqueros de las primeras filas no tendrían espacio para huir: los griegos estaban hartos de correr en vano detrás de enemigos que se retiraban.
Los hoplitas de Tegea que formaban junto a los espartanos, menos disciplinados que éstos, no aguantaron más y se lanzaron contra las líneas persas. Justo en ese momento, Pausanias acababa de levantar los brazos en dirección al templo de Hera, que debía verse a lo lejos, para rogar a la diosa: «¡Venerable señora, no frustres más las esperanzas de mis hombres!». La siguiente víctima cayó desangrada en el suelo, y sus entrañas dijeron a Pausanias: «OK».
Como once años antes habían hecho los atenienses, los lacedemonios cargaron. Eran 5.000 hombres, el mayor ejército espartano que se reunió en toda la historia, máquinas de matar fabricadas en la durísima y despiadada escuela de la agogé y educadas en el desprecio a la vida propia y a la ajena. Con ellos marcharon también los periecos, entrenados para ser casi tan duros como ellos, y todos juntos acudieron en auxilio de los bravos tegeatas.
Los espartanos y sus aliados chocaron como un tsunami contra la pared de escudos persas, que no debió aguantar demasiado tiempo. Los hombres de Mardonio dejaron sus arcos y recurrieron a sus lanzas y a sus sables, y se enzarzaron en el combate con tanto ardor que «los bárbaros aferraban las lanzas con las manos y las rompían» (Heródoto 9, 62), proeza nada desdeñable cuando hablamos de astiles de madera de cornejo y fresno de dos dedos de grosor. Pero, según Heródoto, aunque no cedían en valor ni en empuje ante los griegos, sus armas eran inferiores ya lo hemos visto al hablar de las Termópilas- y carecían de la destreza en el combate de sus adversarios. Para ser justos, la táctica más familiar para los persas no era la lucha cuerpo a cuerpo, y además se enfrentaban con los únicos guerreros profesionales de toda Grecia.
Aun así, la batalla debió de estar igualada durante un rato, pues los persas compensaban con su superioridad numérica la inferioridad en armamento. Pero les ocurrió lo mismo que a los mercenarios griegos ochenta años más tarde en la batalla de Cunaxa: perdieron a su jefe. Mardonio iba montado en un caballo blanco y debía de ser bien visible por su armadura, su túnica púrpura y los estandartes que lo rodeaban. Un espartano llamado Arimnesto, olvidándose de los prejuicios contra la lucha a distancia, tomó una piedra del suelo y se la lanzó con tal puntería que le abrió la cabeza y lo descabalgó (Plutarco, Arístides, 19).
En el momento en que perdieron a su general, el desánimo cundió entre las filas persas, que por fin cedieron y empezaron a huir (la noticia llegó minutos después a los tebanos, que por ese motivo decidieron abandonar el combate contra los atenienses). Había llegado el momento de la matanza, y los espartanos, que en otras circunstancias no perseguían demasiados metros a sus adversarios, se aplicaron con fervor: esta vez no luchaban contra griegos, sino contra invasores a los que había que borrar del mapa.
Los persas cruzaron el río Asopo y se retiraron a su empalizada, donde trataron de hacerse fuertes tras los muros de madera. Pero no tardaron en llegar también los atenienses, ya que después de la retirada de los tebanos el terreno les había quedado despejado. Allí, tras un largo asalto, abrieron brecha en un punto de la empalizada y los tegeatas en otro.A éstos les correspondió el honor de llegar los primeros a la espléndida tienda de Mardonio. Encerrados en su propia empalizada, sin jefe y sin posibilidad de huir, los persas murieron a millares. Según Heródoto (9, 70), perecieron más de 250.000. Dividamos entre 10 la cifra, porque al parecer muchos tuvieron la prudencia de escapar hacia el norte con el general Artabazo y no meterse en la ratonera que era su propia empalizada.
Aquel día, que había empezado de manera tan desastrosa, con los griegos diseminados entre el monte Citerón y el río Asopo, terminó con la victoria definitiva de aquella guerra. Los supervivientes persas, conducidos porArtabazo, atravesaronTesalia y llegaron a Bizancio, desde donde cruzaron a Asia. Ningún otro ejército persa volvería a pisar Grecia.
EPÍLOGO: EL BOTÍN
La invasión de Jerjes había provocado mucho sufrimiento y muchos daños materiales, pero la victoria de Platea ofreció compensaciones. La tienda de Mardonio, en la que un año antes se había alojado Jerjes, era de por sí espectacular, y décadas después los atenienses imitaron su forma en la construcción conocida como Odeón. Dentro había un enorme pesebre de bronce que les correspondió a los tegeatas. Pero también se encontraron muchos otros tesoros, tanto en esa tienda como en las demás. La pro pia tela de los pabellones estaba recamada con hilos de oro y plata, y dentro había todo tipo de copas, vasijas, calderos y ánforas de metales preciosos, así como divanes de madera bellamente tallados con incrustaciones de plata y de oro. Estos metales abundaban también en las armas de los muertos, hasta el punto de que los griegos, embriagados con el brillo del metal, apenas reparaban en la ropa, «a pesar de sus suntuosos bordados» (Heródoto 9, 80). No obstante, imagino que en una segunda pasada también desnudaron a los muertos.
Cuando reunieron todo, los vencedores consagraron la décima parte al Apolo de Delfos, como habían prometido: el oráculo, que tan poco había ayudado a la causa griega, al final salía ganando. En el istmo de Corinto se erigió una estatua de bronce de Poseidón de más de tres metros y en Olimpia otra de Zeus aún más grande. Los combatientes se repartieron entre ellos el resto del botín, en el que se incluían las concubinas de los oficiales persas. A Pausanias, como general en jefe, se le otorgó más porción del botín que a ningún otro, incluyendo mujeres, carros, caballos y camellos.
Es probable que, en aquel momento, el regente espartano -no olvidemos que gobernaba en nombre del hijo de Leónidas- se sintiera en la cima del Olimpo, como uno más de los inmortales. Quizá eso desató su soberbia y precipitó su posterior caída. Porque, como veremos en el siguiente capítulo, los grandes beneficiarios de la victoria griega no fueron ni los espartanos ni Pausanias, sino los atenienses. A partir de Platea, que había sido un triunfo sobre todo de Esparta, Atenas emprendería un despegue que la llevaría a construir su propio imperio en el Egeo.
  ' Hasta en la ropa se notaban esas diferencias. Para los griegos, llevar pantalones era un signo de afeminamiento. Paradójico, ¿verdad?
2 «Humanitario: que es solidario y benévolo con los demás». ¿Cómo se puede aplicar ese adjetivo a una catástrofe?
 en griego. Como algunos empleaban ese tiempo libre en actividades intelectuales, skholé ha dado en inglés términos como scholar, «erudito, estudioso», y en español «escuela». Así que la escuela proviene del tiempo libre... ¡Que me lo hubieran dicho a mí cuando iba al colegio de los frailes!
 su interés por descubrir nuevas rutas comerciales, Darío promovió diversas expediciones. Una de ellas, en la que viajaba el griego Escílax de Carianda, recorrió el Golfo Pérsico y las costas de Asia Central hasta llegar a la India.
s Décadas después, los atenienses obligaron a sus aliados de la Liga de Delos a aceptar un mismo patrón monetario y de pesos y medidas. Aunque impopular, sin duda aquella medida fue muy práctica, como sabemos los que vivimos en la Zona Euro y utilizamos el sistema métrico decimal.
6 Hay una pequeña dificultad en esta historia. Eran los éforos quienes decidían la política exterior de Esparta. Tal vez en el relato de Heródoto haya que entender que Aristágoras, a la vez que trataba con los éforos, se reunía en privado con Cleómenes para tratar de ganarse su influencia. Como fuere, la jugada no le salió bien.
 del otro Milcíades que mencionamos en relación con la tiranía de Pisístrato.
8 La isla era tan sagrada que, décadas después, durante la Guerra del Peloponeso, se decretó la curiosa prohibición de nacer o morir en ella para no mancillar su pureza.
9 Durante la Guerra del Peloponeso, cada vez que los espartanos y sus aliados invadían el Ática, toda o prácticamente toda su población se refugiaba tras las murallas. Pero hay que tener en cuenta que Pericles había hecho unir la ciudad con el Pireo mediante los llamados Muros Largos, lo que dejaba un amplio pasillo protegido de varios kilómetros de longitud en el que podían acampar los refugiados. En 490 no existía esa posibilidad.
10 En la tradición aparece también con el nombre de Filípides.
Otros historiadores la fechan en agosto.
12 Algunos tan posteriores como la Suda, una enciclopedia bizantina del siglo x d.C. Bien es cierto que el hecho de que esté más cerca de nuestra época que de las Guerras Médicas es un problema para tomar en serio lo que dice.
13 Si la caballería persa, o parte de ella, actuó, debió de ser en esta zona. El uso de la caballería en los flancos es de una época posterior. Quizá incluso la carga ateniense dejó sin espacios a los jinetes persas y anuló su ventaja táctica (Shrimpton, 1980).
'4 Suele atribuirse la creación del ostracismo a Clístenes. En tal caso, la ley habría dormido el sueño de los justos durante veinte años. Esto parece extraño, ya que los atenienses solían legislar ad hoc, para conseguir un fin concreto en un momento concreto. Es más fácil suponer que el ostracismo se introdujo después de Maratón y que más tarde, como solía suceder, se atribuyó su creación a un tiempo más antiguo y, por tanto, más prestigioso.
 en esta cita como en la siguiente he utilizado las traducciones reducidas que usé en Salamina. Las profecías, tal como aparecen en Heródoto, son algo más largas, y tienen referencias más confusas para los lectores actuales.
16 Un diezmo que le intentaron cobrar a Tebas después de la guerra, sin el menor éxito. El asunto aún coleaba en 371, poco antes de la batalla de Leuctra.
 se incorporaron otros 50 trirremes atenienses.
18 No hay que confundir a los focidios de la comarca de Grecia continental conocida como Fócide con los focenses de Focea, en la costa de Asia Menor.
" Quienes, según Heródoto (7, 211), llegaron a engañar a los persas con retiradas fingidas seguidas por contraataques. Muchos expertos actuales dudan de esta información: la falange era una formación eficaz, pero con muchas limitaciones, y una maniobra de ese tipo habría desordenado sus filas. Lo que está claro es que, si había soldados capaces de llevarla a cabo, eran los espartanos, que prácticamente no hacían otra cosa que instrucción militar.
20 En los años cincuenta se descubrió en Trecén, ciudad costera de la Argólida muy vinculada a Atenas, una estela de mármol blanco del Pentélico con una larga inscripción. Por el tipo de letra, se ha fechado en el siglo in o, como mucho, a finales del siglo iv. El texto es una supuesta copia del decreto de evacuación general propuesto por Temístocles ante la asamblea. En realidad, la transcripción no parece muy fiel, pues emplea a menudo vocabulario que no se corresponde con el del año 480.Ahora bien, más que una falsificación de los atenienses del siglo in, podríamos calificarla como una copia del «espíritu» del decreto. El texto puede consultarse en Cortés, 1999, p. 239 y ss.
2' Aunque después de Artemisio, muchos de esos trirremes no estaban en condiciones de combatir.
 Esquilo hace referencia a un desertor heleno, que comunicó a Jerjes que los griegos estaban dispuestos a huir al amparo de la noche.
23 Heródoto sitúa esta reunión del estado mayor persa en los días previos. Pero, puesto que la decisión final de combatir en Salamina queda en suspenso en su narrativa, creo que es más correcto colocarla aquí. Por no añadir que probablemente se celebrarían reuniones constantes, igual que en el campamento griego. ¿Qué hacen los que tienen autoridad en momentos de crisis sino reunirse una y otra vez? Gabinetes, comités, subcomités...
24 En todo lo que sigue combino la versión de Heródoto con la de Diodoro de Sicilia y la de Esquilo. Como señala el estudioso norteamericano Peter Green: «Paradójicamente, y pese a su trascendental importancia, Salamina debe considerarse como una de las batallas peor documentadas en toda la historia de la guerra naval» (Green, 1996, 186). Los relatos de la batalla son tantos como autores. De los incluidos en mi bibliografia, Burn, Hammond, Green y Munro (éste en AA.., Cambridge, 1930) están de acuerdo con Diodoro en que Jerjes envió a los barcos egipcios para bloquear la salida oeste de Salamina. Strauss, Hignett y Lazenby no lo creen, y piensan que los persas sólo cerraron las salidas orientales.
25 Adaptado de Burn, 1984, 513.
26 Allí se juntaban los pastores trashumantes del Ática y Beocia, pero también los de la comarca de Corinto. Por eso fue en el Citerón donde el infortunado Edipo, para que no cumpliera el aciago destino de matar a su padre y casarse con su madre, fue abandonado por un pastor de Tebas y recogido por otro de Corinto.
27 Los acontecimientos relativos a la campaña de Platea se cuentan en el libro 8 de las Historias de Heródoto, en la biografia de Arístides escrita por Plutarco y en Diodoro, 11, 27-39.
28 Green, 1996, 244. Aunque es evidente que el terreno puede haber cambiado muchísimo desde entonces.
29 Como les pasó a los atenienses en el año 413 en Sicilia, en un desgraciado ataque nocturno contra la ciudad de Siracusa.

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