viernes, 12 de enero de 2018

Javier Negrete:La Gran Aventura De Los griegos VI. INNOVACIONES DE LA ÉPOCA ARCAICA

EL ORIGEN DEL ALFABETO
En el siglo vüi a.C., en algún lugar del Egeo se produjo un hecho revolucionario. A alguien, quizá un comerciante de gran iniciativa que tenía tratos con mercaderes del Levante, se le ocurrió una feliz idea. ¿Por qué no adaptar los 22 signos del abyad1 fenicio para representar los sonidos de su propio idioma? Pero no podía hacerlo de forma automática. En el consonantario fenicio había signos para sonidos que no existían en griego, así que aparentemente sobraban. Por otra parte, en las lenguas semíticas como el propio fenicio, el hebreo o el arameo no era necesario escribir las vocales, pues podían deducirse del contexto. Pero en las lenguas indoeuropeas, y en griego en concreto, las vocales eran básicas, así que se necesitaba algún signo para representarlas.
¿Qué hizo nuestro avispado comerciante? Tomó las letras fenicias que le sobraban, como la aleto la yod, y se las asignó a las vocales del griego -en este caso, a la «a» y la «i»-. Así se creó el primer alfabeto auténtico de la historia, en el que cada fonema de la lengua griega se representaba con un signo diferente.
Acabo de contar una versión muy abreviada sobre el origen del alfabeto, pero las cosas no debieron de ser tan sencillas. Ni la fecha ni el lugar de su creación están claras, aunque existe cierto consenso en que el alfabeto empezó a extenderse por el mundo griego a partir del año 750.
En cuanto al creador, he hablado de un comerciante griego. ¿Por qué no fenicio? Aquí nos traiciona nuestro punto de vista eurocentrista. Sin duda había muchos navegantes y mercaderes semitas que conocían varios idiomas. Es más natural pensar en un fenicio con conocimientos de escritura transcribiendo lo que le dictaba un mercader griego, que no había escrito en su vida, y luego enseñándole cómo lo había hecho. Pero, claro, los fenicios nunca han tenido tan buena prensa como los griegos. ¿Hay profesor de fenicio en mi instituto? No.
Se puede objetar que los fenicios no escribían las vocales y que, por tanto, no pudieron inventarlas.
Pero en los alfabetos semíticos de esta época -no sólo existía el fenicio- se utilizaban cada vez más las llamadas matres lectionis. Estas «madres de lectura» son signos que sirven de guía para señalar dónde está una vocal. Los fenicios utilizaron como matres lectionis la alef la waw y la yod. Las mismas letras que los griegos usaron para representar la «a», la «u» y la «i». ¿Casualidad?
Los propios griegos reconocían su deuda con los fenicios, pues llamaban a sus letras grámmata phoinikeía, o sea, «fenicias». Hay versiones míticas en las que se atribuye su invención al fenicio Cadmo, que vino a Grecia buscando a Europa, la princesa raptada por Zeus -la del toro fueraborda-, y que acabó instalándose en Tebas.
En realidad, también se duda de si el alfabeto griego fue una invención única, debida a un individuo concreto, o si se adaptó simultáneamente en varios sitios.
No obstante, la hipótesis de un único creador es verosímil, ya que existen otros ejemplos históricos. En el siglo iv d.C., el obispo Ulfilas inventó el alfabeto gótico para traducir la Biblia a este idioma. En el ix, san Cirilo creó el alfabeto cirílico para las lenguas eslavas. Por cierto, san Cirilo era bizantino y se basó en su alfabeto, el griego, para inventarle uno a un pueblo que no lo tenía. Exactamente el mismo favor que podría haber hecho nuestro anónimo creador fenicio a los griegos de la Época Arcaica.
Al principio la escritura griega era torpe y vacilante. No es sólo que muchos se torcieran, como los niños cuando se les quitan los renglones, sino que ni siquiera tenían muy claro qué dirección seguir. Se empezó escribiendo de derecha a izquierda, como los semitas, pero también en bustrófedon, que significa «el camino del buey al arar». Del mismo modo que al llegar al extremo del campo el agricultor y su buey daban la vuelta y araban un nuevo surco en sentido contrario -actuar de otro modo habría sido una pérdida de tiempo-, los primeros amanuenses llegaban al margen izquierdo de la página, giraban las letras, escribían hasta el de recho, volvían a girarlas, seguían de nuevo hasta el margen izquierdo... Leerlo debía de ser una juerga. Evidentemente, los textos primitivos eran bastante breves.
LOS POEMAS DE HOMERO Y LA ESCRITURA
En algún momento se creyó que Homero era autor de una serie de Himnos en honor de los dioses, y también de la Batracomiomaquia (si lo han leído de un tirón y sin trabucarse, enhorabuena), una parodia épica protagonizada por ratones y ranas. Pero ni siquiera en la Antigüedad se tomaron demasiado en serio estas atribuciones. De modo que nos conformaremos con hablar de la Ilíada y la Odisea.
La primera de ambas obras es un poema de unos 15.600 versos, divididos en 24 cantos. Su núcleo es la cólera de Aquiles, de la que ya hemos hablado en el apartado dedicado a la Grecia micénica. En cuanto a la Odisea, cuenta en unos 12.000 versos el azaroso regreso a su casa del héroe Ulises -variante latinizada del nombre original Odiseo- tras la guerra de Troya.
Recomiendo a quienes no conozcan la obra homérica que empiecen por la Odisea. En griego su estilo no posee la tensión dramática de la Ilíada, pero su estructura es superior, con recursos narrativos que parecen propios de una novela moderna. Por ejemplo, las célebres aventuras de Ulises con Polifemo, con las Sirenas o con la maga Circe, que convertía a los hombres en cerdos -sí, sé que hay mujeres que opinan que los hombres ya somos unos cerdos de entrada- se nos cuentan en flashback y en primera persona. A Ulises tardamos varios capítulos en encontrarlo, pero al oír hablar a diversos personajes sobre él, cada uno con su propio punto de vista, nuestra curiosidad por conocerlo va creciendo.Y el desenlace, la lucha contra los pretendientes, es espectacular, aunque no apto para estómagos delicados. (Hay una escena espeluznante en la que al traidor Melantio le cortan la nariz, las orejas y los genitales, y se los tiran a los perros para que se los coman).
En la Antigüedad, estos poemas eran para los griegos como la Biblia para algunos estadounidenses hoy: en ellos lo encontraban todo, y ya en la Epoca Clásica se enseñaba a leer a los niños con ellos. Así, se podía afirmar con razón que Homero era el educador de Grecia.
¿Qué se sabe de Homero? Ciertas tradiciones contaban de él que era ciego, y en la isla de Quíos existía una especie de gremio, el de los llamados «homéridas», que se decían descendientes de él y se dedicaban a recitar sus poemas. Se tardaría al menos veinticuatro horas en interpretar cada poema, pero no creo que esto fuera demasiado problema en una época sin televisión ni otros entretenimientos. Del mismo modo que nos plantamos ante la tele a cierta hora para ver nuestra serie favorita, los antiguos griegos se sentarían en el ágora de su ciudad delante de un rapsoda o un aedo para escuchar el tercer o cuarto episodio de las aventuras de Ulises.
Existe cierto consenso para fechar los poemas a mediados del siglo viii, entre el año 750 y, como muy tarde, el 700. Como se trata de la misma época en que se empezó a difundir el alfabeto, se ha llegado a la siguiente solución de compromiso: los poemas homéricos se compusieron de forma oral, pero con el apoyo de la escritura.
¿Qué quiere decir esto? Que se compusieron oralmente es algo que admite poca discusión. Los poemas están llenos de repeticiones a todos los niveles, un recurso típico de la poesía oral, pues favorece la memorización primero y la reproducción después. Tenemos, por ejemplo, los epítetos constantes para los personajes divinos o humanos: «Aquiles el de los pies ligeros», «Zeus el amontonador de nubes», «Atenea la de ojos de lechuza», etc. Sin entrar en la función métrica, es evidente que cuando el rapsoda soltaba una retahíla de éstas conseguía algo de tiempo para pensar en el verso siguiente. A menudo las repeticiones afectan a varios versos. Si Zeus le da a su hijo Hermes, mensajero de los dioses, un largo recado para que se lo lleve a alguien, no pensemos que Homero resume luego: «Y Hermes se lo dijo». No: volvemos a escuchar el mismo mensaje, palabra por palabra.
Todo esto, como digo, es propio de la poesía oral. El americano Milman Parry comprobó en los años treinta que los guslari, una especie de rapsodas serbios, utilizaban los mismos trucos para componer e incluso improvisar sus larguísimos poemas épicos, acompañados por un violín de una sola cuerda (sospecho que para nuestros oídos no acostumbrados debía sonar como si alguien pisara un gato).
Pero la Ilíada y la Odisea siguen siendo obras muy largas y de estructura demasiado compleja como para guardarlas todas en la memoria RAM del cerebro. Así que muchos estudiosos creen que Homero necesitó el apoyo de la escritura a modo de disco duro. O bien él mismo escribía sus versos después de componerlos o se los dictaba a alguien.
Ahora bien, ya he dicho que los primeros textos escritos demuestran cierta torpeza técnica, y además son siempre muy breves. En aquella época se utilizaba la llamada scriptio continua: no había comas ni puntos ni separación entre palabras. No por ponerle las cosas dificiles al lector, sino porque a nadie se le había ocurrido la brillante idea de hacerlo de otro modo. Los textos, más que leerse, se descifraban. De hecho, la palabra latina para «leer» es lego, la misma que en griego significa «decir, hablar»: sabemos que los antiguos leían en voz alta, y con cierto esfuerzo.
Resulta dificil de creer que allá por el año 700 se escribieran los casi 16.000 versos de la Ilíada y los 12.000 de la Odisea. Con una escritura en pañales de recién nacido, habría supuesto una labor titánica. ¿Y para qué? Nadie habría sido capaz de leer aún un texto tan largo, y todavía no existían talleres de copistas. Sin embargo, se sabe que siglo y medio después, hacia 540, Pisístrato ordenó que se hicieran copias unificadas y «oficiales» de los poemas homéricos. Para el filólogo español Signes Codoñer, éste pudo ser el momento en que se pusieron por escrito por primera vez y adquirieron la forma que ahora conocemos. Los poemas homéricos representan una vasta corriente de tiempo, que se extiende casi mil años. En ellos hay elementos genuinos de la época micénica que ya debieron componerse en verso por aquel entonces, como el «Catálogo de las naves». A ese núcleo original se le fue añadiendo más y más material a lo largo de la Edad Oscura y a principios de la Edad Arcaica, y por eso en la Ilíada y la Odisea conviven en alegre camaradería costumbres y objetos de épocas diversas, como incineraciones y enterramientos, falanges y carros de combate, o armas de hierro y armas de bronce. Es posible que hacia el año 700 los poemas homéricos tuvieran una forma similar a la que conocemos ahora, pero hasta su plasmación por escrito en la época de Pisístrato seguían abiertos a las «aportaciones» de los rapsodas y aedos que seguían recitándolos.
Entonces, ¿qué pasa con Homero? ¿Existió o no existió? Me temo que hubo muchos Homeros, desde la época micénica hasta la Atenas de Pisístrato. Entre ellos, los principales, los de mayor talento, serían quienes estructuraron el material épico para convertirlo en dos larguísimos relatos unitarios, la Ilíada y la Odisea. Dicho esto, por comodidad seguiremos hablando de «poemas homéricos» y de «Romero». ¿Para qué vamos a cambiarle el nombre si no tenemos otro mejor?
Cerrando el capítulo de Homero y de la escritura, aunque haya puesto en duda que el alfabeto sea obra exclusiva de los griegos, lo que no se puede subestimar es la importancia de esta creación. La escritura, una vez que se extendió por todo el mundo griego, supuso una auténtica revolución intelectual.
Después de varios siglos de tradición oral, gracias al alfabeto por fin había algo que quedaba grabado y no se transformaba. El relato que se transmite sólo de forma oral, mientras no se está reproduciendo, permanece en una especie de limbo, flotando entre las conexiones de las neuronas de aquellos que lo conocen, pero sin llegar a concretarse. Es como si en los largos intermedios entre las sesiones narrativas al calor de la lumbre, esa información existiera sólo de forma virtual... y en el momento en que se plasmaba de nuevo por boca de alguien era muy fácil que sufriese alteraciones. Incluso los rígidos hexámetros de la poesía épica admitían improvisaciones o cambios.
Sin embargo, un texto escrito puede permanecer escondido, enterrado durante miles de años sin que nadie lo altere. Así, en el año 1890 apareció de la nada en Egipto la Constitución de Atenas de Aristóteles, obra que había estado perdida hasta entonces.
No es casual que, poco después de extenderse una escritura que ya no es monopolio de una casta de escribas, apareciera en las ciudades jonias el pensamiento crítico y racional. En la Antigüedad solía leerse en grupo, principalmente por economía de tiempo y dinero: las copias eran muy caras, y ya que alguien se tomaba la molestia de leer en voz alta, era lógico que otras personas se aprovecharan de su esfuerzo. Pero, aun así, y a diferencia de la tradición oral, la escritura permitía encerrarse a solas con la información que transmitía. En esa soledad el pensamiento podía convertirse en individual y volar con libertad, sin las trabas de la tradición establecida. No es exagerado decir que la escritura permitió el nacimiento de la ciencia, la filosofia e incluso la democracia.
LAAPARICIÓN DE LA MONEDA
Otra de las grandes innovaciones de la Época Arcaica es la acuñación de moneda. Creada hacia el año 600, su uso se extendió durante las siguientes décadas por todo el mundo griego. En aquel tiempo se estaban alcanzando de nuevo los niveles de prosperidad a los que se había llegado en la casi olvidada época micénica.
Según la tradición, las primeras monedas se acuñaron en Lidia. Dicho reino estaba situado en la zona occidental de Asia Menor, limitado al oeste por las ciudades griegas de la costa y al este por Frigia. A los lidios se les atribuía una gran riqueza, y con razón. El río Pactolo, afluente del que atravesaba Sardes, la capital de Lidia, arrastraba entre sus arenas pepitas de electro,' una aleación natural de oro y plata. El mito explicaba la razón de esta riqueza natural: en el vecino país de Frigia gobernaba el codicioso rey Midas. Por ciertos servicios prestados, Dioniso le prometió otorgarle el don que quisiera, algo que siempre da mal resultado en mitos y cuentos. Midas pidió que todo aquello que tocase se convirtiera en oro. Como es bien sabido, no tardó en arrepentirse, pues descubrió que el oro no se puede comer. (Algunos restaurantes ofrecen platos decorados con minúsculas láminas de oro, pero me temo que es poco alimenticio. Excepto para el dueño del local, claro).Tratando de purificarse, Midas se lavó en las aguas del río Pactolo, que desde entonces quedaron cargadas de oro.
Esta vez, la arqueología da la razón a la tradición. No me refiero a la proverbial historia del rey Midas, por supuesto, sino a que se han encontrado monedas lidias fabricadas en torno al año 600. ¿Por qué motivo se acuñaron? Los metales preciosos llevaban usándose mucho tiempo como bien de intercambio o de almacenamiento de riquezas. Pero cuando el rey lidio Giges ordenaba troquelar las imágenes de un toro y un león sobre un disco de electro o de oro quería decir algo así como: «No hace falta que le deis un bocado a esta moneda para ver si se dobla ni que la frotéis contra una piedra de toque. Mi sello y mi autoridad garantizan que es auténtica».
¿Para qué querría un rey fabricar tantos pequeños trozos de oro exactamente del mismo peso? No para grandes transacciones: de haber querido hacer un solo pago por, supongamos, una entrega de marfil procedente de Egipto, le habría sido más cómodo hacerlo en lingotes de varios kilos. Pero ¿y si tenía que hacer muchos pagos a la vez y asegurarse de que todos los que le habían prestado servicios recibían la misma cantidad, y en un material que fuese pequeño y fácil de transportar? Además, como hemos dicho, se trataba de una paga garantizada: esos trabajadores no eran cualquier cosa y podían tomarse muy a mal que alguien intentara timarlos. Estamos hablando de mercenarios.
Sabemos que había mercenarios en Asia Menor desde mucho antes de la aparición de la moneda: en la primera mitad del siglo vii el poeta Arquíloco ya se ganaba el pan con su lanza, como él mismo afirma en uno de su poemas. Si hubiera vivido un poco más tarde, seguro que le habría dedicado unos versos ingeniosos al brillo ambarino del electro.
No debía de ser fácil convencer a los mercenarios de que el electro era de ley, pues muchas monedas primitivas presentan perforaciones de punzón practicadas para examinar el material de su interior. No obstante, aquel nuevo invento tuvo éxito y se extendió primero a las ciudades jonias de Asia Menor. Las primeras monedas griegas eran normalmente de plata. El oro era un lujo que no todas las ciudades se podían permitir, salvo algunas excepciones, como Mitilene, la principal ciudad de la isla de Lesbos, o Focea.
Allá por el año 550, varias ciudades griegas del continente imitaron el ejemplo de los lidios y acuñaron su propia moneda.Así lo hizo Corinto, polis que había logrado prosperar gracias a su situación estratégica: todo viajero que quisiera entrar en el Peloponeso o salir de él debía atravesar territorio de Corinto, y la ciudad disponía además de puertos en ambos lados del istmo. También la isla de Egina, rival comercial de Atenas, acuñó su propio dinero.
En Atenas, a finales del siglo vi se empezaron a acuñar monedas en las que aparecía representada el ave asociada a la diosa Atenea: la lechuza, que le dio su nombre también a la moneda. Junto a ella, grababan las iniciales AOE por Athenai, el nombre de la ciudad (debería ser AOH, con la letra «eta», que representa una «e» larga, pero todavía no se diferenciaban en la escritura la breve de la larga).
EL SISTEMA MONETARIO ATENIENSE

En realidad, el sistema de monedas era equivalente al de pesos, reglamentado, según la tradición, por el sabio Solón.
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El término óbolo se refería a un espetón de bronce o de cobre, pues originalmente se utilizaban brochetas como bien de intercambio. La mina y el talento se utilizaban más como unidades de cálculo, aunque también podían fundirse lingotes de plata de ese peso y, en ocasiones, estamparlos con un sello.
Es muy dificil calcular el poder adquisitivo de estas monedas comparándolo con el que podrían tener hoy. Pero, básicamente, una dracma suponía el salario diario de un artesano especializado.
En cierto modo, la moneda, como la escritura, influyó en el desarrollo de la democracia. El dinero facilitaba la acumulación de riquezas para aquellos cuyos ingresos no dependían de la tierra, es decir, la clase de mercaderes y artesanos prósperos que le disputaban el poder a la aristocracia terrateniente y tradicional. Más adelante, durante la segunda mitad del siglo v y todo el siglo iv, la moneda suponía una forma cómoda de pagar a los ciudadanos humildes -a todos, en realidad, pero los pobres eran los que más se beneficiaban- por formar parte de los jurados populares, por asistir a la asamblea o por participar de alguna otra forma en el gobierno de la ciudad.
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO CIENTÍFICO
Los grandes logros de la ciencia griega no llegarían hasta la Época Helenística, pero las semillas de lo que algunos autores han denominado la «revolución científica» de los griegos se sembraron en siglos anteriores, du rante la Época Arcaica. Curiosamente, estas semillas aparecieron en las márgenes del mundo griego, primero en Asia Menor y después en Italia.
Oficialmente, el primer filósofo es Tales de Mileto, a quien le corresponde el honor de aparecer en todas las listas de los Siete Sabios. No podemos contar nada demasiado fiable de él, como tampoco de los demás filósofos de estos tiempos. Las fuentes para estos primeros científicos son normalmente otros autores muy posteriores, como el biógrafo, o más bien anecdotista, Diógenes Laercio. De las obras de los pensadores sólo conservamos fragmentos, tan breves y dispersos que en muchas ocasiones resultan muy dificiles de interpretar.
Tales «floreció»3 en Mileto, la ciudad más boyante de Jonia, una polis cuya tradición griega venía ya de muy antiguo: en los textos hititas aparece mencionada como Milawanda, una posesión de los micénicos. Durante la Época Arcaica, Mileto prosperó como otras ciudades jonias gracias al comercio y a la navegación, y se convirtió en lo que ahora, y ruego se me perdone el tópico, podríamos llamar «crisol de culturas». Como ya he señalado en otro pasaje, durante estos años la influencia de Oriente en Grecia fue enorme, algo que se aprecia especialmente en las artes plásticas.
Tales, como los demás pioneros de la ciencia griega, se apartó de la simple explicación mítica del mundo para buscar la arkhé. Esta arkhé era a la vez la materia prima del universo y la fuerza rectora que lo domina, el principio de todas las cosas: algo similar a la partícula única que los fisicos llevan buscando desde principios del siglo xx, o a la superfuerza que se espera que algún día unifique las cuatro fuerzas fundamentales de la fisica.
Pero arkhé también significa «origen». Tales y los demás pensadores querían comprender de dónde viene el universo que nos rodea, de dónde procedemos nosotros los humanos y cómo nos relacionamos con el resto de la realidad. ¿Dónde encontró Tales la arkhé y qué tiene que ver con Oriente? Las llamadas civilizaciones hidráulicas basaban su prosperidad en los grandes ríos, el Tigris y el Éufrates en Mesopotamia, y el Nilo en Egipto. Tales, influido tal vez por ellas, o llevado por su pura lógica, pensó que el agua era la arkhé. Los demás estados de la materia no serían sino transformaciones del agua, lo cual tiene cierta lógica: es fácil comprobar que el agua puede adquirir el estado sólido y el gaseoso. Se trataba de una materia plástica y versátil, imprescindible para la vida de plan tas y animales, y además llenaba todo el horizonte que contemplaba Tales cuando se asomaba al oeste y veía las aguas del Egeo. ¿Qué mejor candidato?
Su discípulo Anaximandro, que floreció en torno al año 570, siguió los pasos de su maestro Tales, pero llevó un paso más lejos la abstracción y llamó a la arkhé del universo tó ápeiron, «lo indeterminado». Es como decir que la materia prima de la cerámica es el barro amorfo, que tiene la posibilidad de convertirse en formas concretas bajo la mano del alfarero. Fue Anaximandro el primero en componer un tratado en prosa titulado Acerca de la naturaleza, y también dibujó un mapa de las tierras conocidas. Este pensador se imaginaba la Tierra como un cilindro aplanado, una especie de tarta gruesa en cuya parte superior nos encontramos nosotros como muñequitos de boda. Pero en vez de afirmar que dicho cilindro se sostenía sobre el lomo de una tortuga gigante o algo similar, intentó racionalizar, buscar causas internas y coherentes que no necesitasen recurrir a fuerzas ni divinidades externas a la naturaleza.
Anaxímenes, discípulo a su vez de Anaximandro, volvió a concretar más la arkhé al postular que el elemento primario era el aire. Es un poco más complicado defender que el aire puede convertirse en objetos sólidos, pues los griegos no disponían de temperaturas ni presiones para solidificar gases, pero Anaxímenes lo hizo. Agua, ápeiron, aire: así nos aprendíamos la lista estudiando filosofia en bachillerato, y así se sigue haciendo.
Hemos hablado de maestros y discípulos, y se suele agrupar a estos tres pensadores en la llamada escuela milesia. Seguramente se conocieron, pues por cosmopolita que fuera Mileto no hablamos de una urbe con millones de habitantes como NuevaYork. Pero no debemos fiarnos mucho cuando los biógrafos griegos nos hablan de este tipo de vínculos -maestro y discípulo, amigo y enemigo, amante y amado-, sobre todo si son muy posteriores a los hechos que narran, pues tienden a inventarse relaciones y además se centran casi exclusivamente en las anécdotas.
Por ejemplo, se nos cuenta que Tales era el típico sabio despistado que, por andar con la mirada puesta en el cielo para contemplar las estrellas, se cayó en un pozo. La esclava que lo sacó de allí se burló de él preguntándole para qué le servía ser tan inteligente si no sabía ni dónde pisaba; lo cual me recuerda a un número genial de Faemino y Cansado sobre la muerte de un supuesto Fary, fisico nuclear: «Tantos estudios y cruza la calle sin mirar. ¡Será gili... !». Para desquitarse, Tales demostró las aplicaciones de la ciencia estudiando las estrellas y deduciendo que iba a haber una buena cosecha de aceitunas, por lo que invirtió parte de su fortuna en prensas de aceite y se forró especulando. Por su parte, Anaximandro fue capaz de predecir un terremoto. ¿Tendría un sismógrafo casero?
Se ve que en la Antigüedad la gente les exigía a los científicos los mismos imposibles que ahora: predecir sequías y terremotos mirando las constelaciones o vaya uno a saber cómo. En cualquier caso, si cuento estas anécdotas es para demostrar lo poco fiables que son las tradiciones sobre los primeros filósofos.
En la segunda mitad del siglo vi, tras la conquista persa, Jonia entró en decadencia, algunos filósofos emigraron al oeste y esparcieron en Italia y Sicilia las semillas del pensamiento. Fue el caso de Jenófanes de Colofón, crítico de Homero y Hesíodo, que visitó la ciudad de Elea. Allí, en el siglo v, escribió Parménides el poema filosófico sobre el ser que tantos quebraderos de cabeza sigue dando a sus intérpretes. También Pitágoras emigró desde Samos para instalarse en la ciudad italiana de Crotona, donde fundó su secta. Durante un tiempo, el centro de gravedad de la filosofia se situó en Italia. Después, ya en la Época Clásica, el auge de Atenas como centro cultural (y económico, que primum vivere deinde philosopharí) atrajo a muchos pensadores, incluidos los sabios profesionales conocidos como «sofistas».
Por aquel entonces, se habían ido separando ciertas tendencias en el pensamiento griego. Algunos filósofos mezclaban rasgos de místicos y de científicos, como Pitágoras, Parménides y Empédocles. Otros prosiguieron por la vertiente puramente científica, como Anaxágoras, amigo personal de Pericles.Y hubo quienes se centraron sobre todo en el estudio del hombre: es el caso de Sócrates, quien confesaba que en su juventud se había dedicado a estudiar los fenómenos fisicos y los astros, pero que en su madurez apenas salía fuera de las murallas de Atenas porque nada le enseñaban los árboles ni las piedras en el campo, sino los hombres en la ciudad. Todavía Platón y Aristóteles combinaron los intereses científicos con los morales y metafísicos, pero después de ellos los caminos se apartaron cada vez más.
Por desgracia, cuando se estudia a los sabios griegos en nuestros planes de filosofía prácticamente se deja de lado a los verdaderos sucesores de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, es decir, a los científicos de la Época Helenística. Así, se quedan fuera de los manuales o, como mucho, se convierten en una mera nota a pie de página nombres como Eratóstenes, Eudoxo, Hiparco, Aristarco (creador de la primera teoría heliocéntrica), o incluso, el gran Arquímedes, un genio que merece un sitio de honor al lado de Newton, Gauss, Darwin o Einstein. La separación artificial y absurda entre las culturas humanística y científica tiene buena parte de culpa de ello. Es esa misma separación por la que mucha gente con una gran formación en lo que se consideran «letras» presume casi con orgullo de su ignorancia científica.

Esta actitud habría extrañado a los primeros pensadores de Mileto. No hablaban latín, pero estoy seguro de que habrían dicho algo parecido a aquel verso de Terencio que cité al principio de este libro: Homo sum, humani nil a me alienum puto. «Hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno».
' También escrito abjad. Término que se refiere a un consonantario, una especie de alfabeto en que sólo se escriben las consonantes.
2 El mismo nombre de élektron le daban los griegos al ámbar, de donde, por la propiedad que tiene de magnetizar pequeños materiales, proviene el término «electricidad». El ámbar y el electro tenían en común el brillo entre amarillento y rojizo -parece que el electro usado en Lidia tenía parte de que es dificil saber si el ámbar le prestó el nombre a la aleación o viceversa. Probablemente ambos provengan de la raíz *(h)él-, la misma que la de hélios, «sol». Observando el brillo del sol cuando se acerca el crepúsculo puede comprenderse la razón.
s Para situar cronológicamente a estos primeros filósofos se suele utilizar el término latino floruit, «floreció», o el griego akmé (no, no se trata de la fábrica que suministra productos al Coyote para que acabe con el Correcaminos). Ese florecimiento o plenitud lo atribuían los antiguos a los cuarenta años, y nos sirve de eje para situar en el tiempo a estos personajes.

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