lunes, 8 de enero de 2018

VALERIO MASSIMO MANFREDI LA TUMBA DE Alejandro EL ENIGMA:3 Las causas de la muerte

Los correos partieron de Babilonia en todas las di­recciones y muy pronto el mundo se quedó atónito ante la noticia de la muerte de Alejandro. Un aconteci­miento que nadie esperaba y para el que nadie estaba preparado. Alejandro no había cumplido aún los trein­ta y tres años y ni siquiera él esperaba morir. Prueba de ello es el hecho de que hasta el final siguió reuniendo al Estado Mayor y preparando la expedición a Arabia. Corno hemos adelantado, solamente un año antes du­rante el asalto a la fortaleza de los malios, una pobla­ción del actual Pakistán, había sido herido gravemente en un pulmón y su vida pendió de un hilo durante tres meses. También entonces el ejército había pretendido verlo porque no creía ya en las palabras de sus compa­ñeros, que aseguraban que seguía con vida. Alejandro tuvo que pasarles revista a caballo sosteniéndose a du­ras penas sobre la silla.
            Por desgracia para él, y cabría decir que para el mundo, esta vez su físico no aguantó y su gigantesca obra quedó incompleta. Ya desde entonces la gente se preguntó sobre las causas de la muerte de un joven que parecía inmortal, que había sobrevivido a muchas y graves heridas, que había afrontado esfuerzos inmensos y excesos no menos perjudiciales para su organismo. En diez años de campañas ininterrumpidas había recorri­do a pie y a caballo diecisiete mil kilómetros, atravesado cadenas montañosas consideradas infranqueables, afron­tado situaciones climáticas extremas: las arenas ardien­tes de los desiertos africanos, las estepas de Oriente Me­dio, las cimas nevadas del Hindu Kush, las interminables lluvias monzónicas de la India. Había caído enfermo varias veces, pero siempre se había recuperado. Parecía que nada pudiera doblegarle. Por tanto, enseguida se pensó en el veneno.
            Diodoro, cuyas fuentes son múltiples y no siempre identificables, refiere que, según algunos, Alejandro ha­bría sido envenenado por orden de Antípatro, su lugar­teniente en Europa.1 El rey, en efecto, había encargado a Crátero traer de vuelta a la patria a los soldados li­cenciados y transmitirle a Antípatro la orden de reunir­se con él en Babilonia con un nuevo ejército reclutado en Macedonia y en Grecia. La orden podía sonar ex­traña. ¿Por qué no confiar a su virrey en Macedonia un encargo tan banal como un simple traslado de tropas? Antípatro sabía muy bien que la reina madre Olimpia-de lo odiaba y escribía continuamente cartas al hijo para quejarse de las humillaciones que recibía de él. No cabía, pues, excluir que el rey quisiera contentar a su madre sacrificando al viejo y siempre fiel general. El veneno habría viajado oculto en el casco de un mulo, el único receptáculo adecuado para aquella sustancia corrosiva, y habría sido llevado por Yolas, el hijo de Antípatro, o por su otro hijo, Casandro. Se trataría de un veneno de acción lenta para no despertar sospechas. Una fuente muy tardía, Paulo Orosio, acepta incluso la hipótesis del veneno atribuyendo la muerte de Alejan­do a la acción de la sustancia tóxica.2 Alejandro, dándo­se cuenta de ello, habría tratado de vomitar y uno de sus compañeros, para ayudarle, le habría hecho cosqui­llas en la garganta con una pluma impregnada también de veneno. Tal habladuría identificaba incluso a Aristó­teles como la persona que había aconsejado esta acción a Yolas. El móvil habría sido la intención de castigar a Alejandro por haber hecho dar muerte a su sobrino Calístenes.
            En realidad, la mayoría de las fuentes antiguas, in­cluidas las más fiables, rechazan la hipótesis como im­probable, aunque no están en condiciones de explicar las causas de la muerte de Alejandro. Nosotros los mo­dernos, pudiendo contar con el informe médico de la corte que es presumiblemente exacto, podemos por el contrario intentar un diagnóstico, porque nuestros co­nocimientos científicos son inmensamente más avanza­dos que los de los médicos de Alejandro.
            Los modernos, al igual que los antiguos, están divi­didos entre quienes (pocos) creen en el veneno y quie­nes (los más) piensan en una causa natural. Hace más de veinte años, una biografía de Alejandro de Mario Attilio Levi incluía en el apéndice el análisis del profesor Antonio Pecile, el cual ilustraba las características toxicológicas del anhídrido arsénico, un compuesto de arsénico conocido en la Antigüedad.3 El arsénico, en contacto con la humedad del aire, puede dar origen al anhídrido arsénico, que tiene el aspecto de un polvo blanco impalpable, de hecho inodoro y casi insípido, fácil por tanto de confundirse en los alimentos y en las bebidas de sabor más intenso. En pequeñas dosis, entre los cuarenta y los sesenta miligramos, produce síntomas no muy evidentes. En dosis más elevadas, entre los se­senta y los ciento veinte miligramos, produce reaccio­nes más violentas con vómitos y diarrea y conduce en un tiempo bastante breve a la muerte. Por lo que se re­fiere a nuestro caso, se trataría de un suministro reitera­do que habría provocado un «efecto de caída», es decir, de acumulación progresiva.
            El profesor Pecile no afirma que Alejandro murie­ra envenenado con arsénico, pero es evidente que considera la posibilidad a partir de los síntomas referi­dos por las fuentes. En particular, le parece que la apa­rición de fiebre alta es propia del envenenamiento con arsénico, a menudo confundido con una infec­ción. Además, considera que una cierta remisión de los síntomas entre el tercer y el cuarto día de la apari­ción del primer malestar es propia de ese tipo de en­venenamiento. Los vómitos y la diarrea pueden, en efecto, expeler buena parte del veneno y dar la impre­sión de que el paciente está mejor. A veces se produ­cen incluso manifestaciones de una cierta euforia. El suministro de otras dosis lleva, sin embargo, a agravarse la patología también con episodios de delirio y lue­go a la muerte.
            En el caso en cuestión, esta hipótesis parece poco convincente. En primer lugar, es necesario tener en cuenta que Alejandro había descubierto ya al menos dos conjuras y por tanto el riesgo mortal de un inten­to posterior debía disuadir a cualquiera: ¿para qué afrontar el riesgo de ser descubiertos y torturados has­ta la muerte cuando en el fondo la vida con Alejandro deparaba a sus compañeros más ventajas que desventa­jas? Sin contar que muchos de sus amigos le querían y le eran sinceramente fieles. Nuestras fuentes, además, no hacen referencia a vómitos ni a diarrea alguna y tam­poco hablan de delirio, sino simplemente de un dolor imprevisto y tan agudo como para hacer gritar a Ale­jandro, después una fiebre cada vez más alta hasta el coma y, finalmente, la muerte.
            Existe también otra hipótesis de envenenamiento debida, se supone, a la ingesta en dosis excesivas de eléboro, una sustancia usada en la Antigüedad contra muchos males, que resulta tóxica si se toma en dosis excesivas. La hipótesis es puramente especulativa y de hecho infundada, poco más que un hallazgo periodís­tico.
            Pero entonces, ¿qué mató a Alejandro? Hay más de una hipótesis.
            Según algunos, habría contraído un tipo de malaria perniciosa mientras navegaba por las zonas pantanosas del sur. Pero ¿cómo es que ningún otro de sus compa­ñeros que le siguieron contrajo la enfermedad? Otros piensan también que Alejandro habría contraído la in­fección años antes en Asia Central y que la última re­caída habría sido fatal para él, debilitado como estaba tanto por las fatigas soportadas en diez años de campa­ñas como por los desórdenes a los que se había entre­gado en Babilonia. Se trata de teorías verosímiles, pero no demostrables.
            Otra hipótesis fue recientemente aventurada por Philip A. Mackowiak, director del Departamento de Medicina del Baltimore Veterans Affairs Medical Cen­ter, en el marco de una curiosa investigación4 que em­prendió para tratar de desvelar las causas de la muer­te de personajes famosos del pasado: desde Herodes el Grande hasta Mozart, pasando por Pericles, Alejandro o Napoleón. En particular, lo que habría causado la muer­te del caudillo macedonio habría sido una fiebre tifoi­dea. También en este caso el tifus habría provocado una fuerte diarrea y vómitos, mientras que estos síntomas no resultan de las fuentes. El diario de la corte refiere unas comidas ligeras tomadas por Alejandro, pero no dice nada más. La única alusión al vómito es la ya men­cionada que habría sido provocado por una pluma y que no hace al caso.5
            El doctor J. S. Marr del Departamento de Cardiolo­gía de Richmond, Virginia, señaló un testimonio de Plutarco6 que cuenta otro presagio de infortunio: mien­tras Alejandro se encontraba en las cercanías de Babilo­nia, vio a un grupo de cuervos agredirse unos a otros y algunos caer muertos a sus pies. Un fenómeno también este totalmente natural y que el doctor Marr interpreta como una infección aviar del virus West Nile, transmiti­do por los mosquitos a los pájaros y de estos, quizá, a los humanos. Aunque confinado en un área al oeste del Nilo, el virus se difundió también a otras zonas y el doctor Marr tuvo ocasión de observarlo también en Esta­dos Unidos. El comportamiento de los pájaros infecta­dos era como el descrito por Plutarco, pero en caso de transmisión del virus a seres humanos, provoca una fie­bre altísima que a su vez produce encefalitis, que con­duce en algunos días a la pérdida de la vista y el habla, luego al coma y, finalmente, a la muerte.
            Las observaciones del doctor Marr son bastante convincentes y coinciden en parte con la sintomatología descrita por nuestras fuentes. Además, el detalle de los cuervos que caen muertos a los pies de Alejandro es muy sugestivo, pero también aquí nos encontramos ante una grave enfermedad infecciosa que habría teni­do que contagiar a otros, hecho del que no hay ningún indicio en el testimonio de los textos antiguos. El pro­pio doctor Charles Calisher, que se ha dedicado a la in­vestigación junto con Marr, declara que este diagnósti­co no puede hacerse con precisión y que la encefalitis es una hipótesis como otra cualquiera.
            Lo que provocó la muerte de Alejandro, en suma, tiene que ver con él y nada más que con él.
            Volvamos entonces a la descripción de Diodoro.
            Alejandro pasó una jornada de intensos festejos co­miendo y bebiendo sin medida, y cuando se dispone a retirarse exhausto, llega un enviado de parte de su ami­go Medio que le invita a otra fiesta en su casa: Alejandro acepta y continúa con la francachela incluso du­rante la noche siguiente. En un momento dado se toma de un trago la «copa de Heracles», o sea, una enorme jarra de vino sin mezcla de agua. Inmediatamente des­pués grita como si hubiese recibido un golpe fortísimo y es llevado en volandas por los amigos a sus habitacio­nes, donde lo ponen sobre el lecho; pero el dolor más que disminuir va en aumento, y se decide llamar a los médicos.
            Es a partir de este episodio, en nuestra opinión, y no de otro cuando se inicia el decurso de la enfermedad mortal de Alejandro. Es muy interesante lo que cuenta Plutarco al respecto. En el intento de refutar ese testi­monio, lo cita de modo aún más preciso de lo que lo hace Diodoro: «Y empezó a sentir calentura. No es cierto que hubiera tomado la copa de Heracles, ni que le hubiera entrado repentinamente un gran dolor en la espalda (u£iá9p£VOv), como si le hubieran traspasado con una lanza, porque estas son circunstancias que cre­yeron algunos que deben añadir, inventando este de­senlace trágico y patético, como si fuera el de un in­menso drama. Aristóbulo dice sencillamente que le dio una fuerte fiebre, y que teniendo una gran sed bebió vino y que por eso entró en delirio y murió».
            La fuente que Plutarco pretende refutar probable­mente sea la misma que Diodoro en cambio acepta y que habla de un dolor semejante a una lanzada. Para nosotros, en cualquier caso, el testimonio de Aristóbu­lo citado por él como fiable no tiene sentido. Para él la causa de la muerte es el hecho de que Alejandro bebe vino para aplacar la sed que le produce la fiebre, pero no se pregunta por qué tenía fiebre. Por otra parte, Aristóbulo era ingeniero y no médico.
            Así pues, si en cambio damos por bueno el hecho del dolor imprevisto y fortísimo como una lanzada en la espalda, hay que pensar en un suceso acaecido y traumático extremadamente doloroso que posterior­mente habría producido la fiebre alta. Este síntoma, es decir, la sensación de sentirse traspasado por una hoja, ha sido descrito exactamente de ese modo por los pa­cientes que sufren una pancreatitis aguda. Con toda probabilidad fue esta la patología que llevó a la muerte al soberano macedonio y la hipótesis ha sido sostenida por diferentes autores, entre ellos, recientemente, C. N. Sbarounis7 del Hippokration Hospital de Salónica. Vea­mos cómo.
            Durante los festejos del primer día, Alejandro come y bebe sin medida, se podría decir que hasta el límite de lo que es posible aguantar; tanto es así que se siente exhausto y quiere acostarse, pero llega la invitación de Medio y es incapaz de resistirse a ella. Continúa, por tanto, ingiriendo comida en cantidades exageradas y toma vino sin mezcla de agua en abundancia, y al final la última bravata: la copa de Heracles. Ya estimulado en exceso en la actividad enzimática en ese momento, el páncreas se licúa y el jugo pancreático, más que verter­se en el duodeno, se expande por la cavidad peritoneal y la agrede. He aquí el dolor desgarrador como una punta de lanza que penetra en la carne. La percepción del dolor en la espalda se explica por el hecho de que el páncreas tiene una ubicación retroperitoneal y, por consiguiente, el dolor se percibe más hacia la espalda que hacia la pared anterior del abdomen. La consecuen­cia casi inmediata es la de una peritonitis aguda, pero luego, con el paso de los días, las enzimas del páncreas atacan también el intestino perforándolo, de modo que su contenido se derrama en la cavidad abdominal pro­vocando una infección devastadora, de ahí la fiebre al­tísima que no le da tregua. Al final se produce la pérdi­da del habla, el coma y la muerte.
            Otra hipótesis verosímil podría ser la rotura de la vesícula biliar, que coincide con el fortísimo dolor en el costado derecho, y una ictericia evidente. Sin em­bargo, no se ha encontrado rastro de ello en las fuentes; es más, su colorido siempre se describe como rosado e inmutable incluso después de la muerte. Puede ser un detalle hagiográfico, pero puede ser también una ob­servación realista.
            Un investigador inglés, W.W.Tarn, ha dicho de Ale­jandro: «Al final murió de una enfermedad que habría podido perdonarle si él hubiese sabido perdonarse al­guna vez a sí mismo».8 Nada más cierto si considera­mos que la causa de su muerte fue la que acabamos de describir. El caudillo macedonio se venía entregando desde los dieciséis años a desórdenes inauditos, esfuer­zos sobrehumanos, heridas y traumas de todo tipo, no solo físicos sino también psicológicos. Un comporta­miento más mesurado le habría evitado probablemen­te la muerte. Al menos ese tipo de muerte.
            Por lo que sabemos, durante las campañas militares Alejandro era de hecho muy austero, en el comer, en el beber y quizá también en el sexo. La tensión emocio­nal y el estrés le mantenían concentrado solamente en el objetivo. Esa tensión debía de ser tan espasmódica que, cuando cesaba, todos los frenos inhibidores desa­parecían y perdía de hecho el control de sí mismo.
            Es famosa la anécdota presente en la mayor parte de las fuentes, y por tanto presumiblemente verídica, que refiere sus últimas palabras. Siendo evidente que ya no se recuperaría, Pérdicas le habría preguntado: «¿A quién dejas tu reino?». Alejandro le habría entregado su anillo ron el sello real respondiendo: tw kratistw, que signi­fica «al mejor» pero también «al más fuerte».
            Una respuesta ambigua como quien la había pro­nunciado.


1.           Diodoro, XVII, 118: «Así, por medio de su propio hijo que era el copero del rey, envenenó a este». El Pseudo Calístenes, III, 31, se remite proba­blemente a la misma fuente con una variante: el hijo de Antípatro entrega el veneno a Yolas, copero de Alejandro.
2.     Orosio, III, 20, 4, atribuye sin embargo el enve­nenamiento de Alejandro «a un ministro suyo cuya avi­dez él no había sabido castigar adecuadamente».
3.     Levi, 1994, pp. 415-417.
4.           Mackowiak, 2007.
5.           Pseudo Calístenes, op. cit.
6.     Marr, Calisher, 2003, mencionan escrupulosa­mente todas las hipótesis anteriores confrontándolas con los síntomas descritos por las fuentes, optando al final por una infección de West Nile encephalitis virus. En par­ticular, basándose en Plutarco, Alejandro, 73,2: «Cuando ya tocaba las murallas vio muchos cuervos que peleaban y se herían unos a otros, de los cuales algunos cayeron donde estaba», por cuanto el virus pudo infectar a los pájaros y estos a los hombres por medio de la picadura de los mosquitos.
7.     Sbarounis, 1997.

8.           Tarn, 1970.

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