sábado, 20 de enero de 2018

Paris y Helena

La boda de Tetis, la diosa marina, y de Peleo, rey de Tesalia, iba a ser celebrada pronto en el Olimpo.
—¡Organicemos un banquete suntuoso! —declaró Zeus.
—¡Invitemos a todos los dioses! —agregó Hera, su esposa.
—¿A todos? Ah, no. No hay que invitar a la Discordia.
La Discordia, también llamada Éride, no era una divinidad amable: allí donde estaba presente, no sabía más que sembrar peleas, perturbaciones y conflictos. Zeus y Hera pocas veces se ponían de acuerdo. Pero en esta oportunidad, compartieron la opinión: ¡Discordia no sería invitada a la boda!
La fiesta fue alegre: todo un éxito. Afrodita, Atenea y todas las divinidades del Olimpo conversaban alegremente mientras el be­llo Apolo cantaba, acompañado por el coro de las musas.
Ahora bien, la Discordia rondaba cerca del palacio. Ofendida por haber sido dejada aparte, pensaba en la manera de vengarse. Aprovechando un momento de distracción de los convidados, se deslizó hacia la sala del banquete y dejó sobre la mesa una magnífi­ca manzana de oro en la que había escrito: PARA LA MÁS BELLA.
En cuanto hubo desaparecido, Hera vio la manzana.
—¡Qué maravilla! —exclamó—. ¿Quién me ha traído este regalo?
—¿Me permites? —dijo Afrodita apoderándose de la fruta—. Es claro que me está destinada: ¿acaso no soy la diosa de la belleza?
—Despacio —se interpuso Atenea—. Pretendo que me corres­ponde con todo derecho. ¿Tú no has afirmado siempre, padre, que yo era la más bella? —concluyó volviéndose hacia Zeus.
El rey de los dioses se encontró en un aprieto: por cierto, Atenea era su hija preferida. Pero, al elegirla, tenía miedo de irritar su esposa. Y no quería que se enojara Afrodita.
—Bueno, ¿qué piensan nuestros invitados?
¡Era la pregunta que no debía hacerse! Se expresaron las opiniones más diversas. Cada uno eligió, para halagarla, a la diosa cuya protección o amistad deseaba obtener. Nadie estaba de acuerdo. Escondida no lejos de allí, la Discordia se frotaba las manos.
—¡Dejen de pelear! —tronó Zeus reclamando silencio—. Aquí nadie puede ser juez con objetividad. Irán, por tanto, las tres al monte Ida. Hermes las acompañará con la manzana. Se la confiará a un pastor que se la dará a quien juzgue más bella. ¡Y su opinión será ley!
Había hablado Zeus. Su decisión, además, convenía a las tres diosas: ¡cada una estaba muy segura de que ganaría!



Aquel día, en el monte Ida, el que estaba haciendo pastar a su rebaño era el joven y seductor Paris. Ahora bien, Paris no era un pastor como los demás... Justo antes de dar a luz, su madre, Hécuba, soñó que paría una roca incendiada que destruía la ciudad de Troya, de la cual su esposo, Príamo, era el rey.
—¡Ay, este presagio es claro! —exclamó este—. Nuestro hijo provocará la destrucción de nuestro reino. ¡En cuanto nazca, lo mataremos!
La futura madre simuló aceptar. Pero le encargó a un sirvien­te la triste tarea de abandonar al bebé en el monte Ida, y traer consigo el cadáver de otro niño. Príamo no se enteró de nada: creyó que su orden había sido ejecutada. Hécuba, por su parte, rogaba a los dioses para que su hijo fuera descubierto y salvado.
Y eso ocurrió: el bebé fue hallado por una osa que, en vez de devorarlo, lo amamantó. Más tarde, un buen pastor lo encontró, lo adoptó y lo llamó Paris.
Un día, ya adulto, Paris se dirigió a Troya para participar en unos juegos a los cuales asistieron Príamo, su esposa Hécuba y si hija, la joven Casandra. El valor de ese muchacho los deslumbró.
—¡Ese desconocido saca ventaja a todos sus adversarios! -exclamó Príamo—. ¿Es posible que sea el hijo de un simple pastor?
Ahora bien, Casandra poseía el don de la adivinación. En cuanto vio al joven, supo enseguida de quién se trataba:
—No —afirmó palideciendo—. ¡Es tu hijo... y mi hermano!
Príamo llamó a Paris y convocó al que lo había educado. Su investigación fue rápida, ¡la verdad se manifestó! Y el rey estaba tan contento de haber encontrado a su hijo que se olvidó de la profecía del sueño de su esposa.
Una vez convertido de nuevo en príncipe, Paris eligió pasar la mayor parte de su tiempo cuidando los rebaños de su padre en los alrededores de la ciudad de Troya...



Hermes, con la manzana en la mano, ubicó rápidamente a Paris en las laderas del monte Ida. Surgió ante él, con sus sandalias aladas; como el pastor sintió miedo, el dios lo tranquilizó:
—¡No temas, Paris! Soy enviado por Zeus para que hagas desempatar a tres diosas. Debes elegir a la más bella. He aquí una manzana. Entrégala a la que sea de tu preferencia.
Estupefacto, Paris dejó que le diera la magnífica manzana de oro y cuando alzó la cabeza, vio ante sí a tres mujeres cuya belleza lo deslumbró... ¡tres diosas! Su mirada iba de una a otra y, por supuesto, era incapaz de decidirse. Atenea se adelantó, tomó la mano del pastor y le murmuró al oído:
—Si me eliges, Paris, ¡te convertirás en un rey poderoso! Yo, diosa de la guerra, te enseñaré el arte de los combates y haré de ti un soberano invencible.
—¡Espera! —interrumpió Hera, acercándose a su vez—. ¿Me has reconocido, Paris? ¡Soy la esposa de Zeus! ¿Combatir? ¡Con mi protección, no necesitarás hacerlo! Y te prometo que reinarás so­bre Asia Menor.
Durante ese tiempo, Afrodita se había desabrochado la túnica para aparecer en todo su esplendor.
—Yo —dijo—, te ofrezco aún más. Si tu elección recae sobre mí, obtendrás el amor de aquella cuya belleza es igual a la mía... hija que la humana Leda tuvo con Zeus: Helena.
Helena era cortejada por todos los soberanos de Grecia. Era tan bella que Teseo la había secuestrado para intentar desposarla cuando ella tenía apenas doce años. Paris no vaciló: para gran pesar de Hera y de Atenea, se inclinó ante Afrodita y le dio manzana. Nadie vio, escondida en los bosquecillos cerca de allí, a una diosa encantada por el giro que daba la historia. Claro, era la Discordia; su manzana seguía surtiendo efecto.



En el momento en que transcurría esta escena en el monte Ida, la famosa Helena se encontraba en Esparta. Rodeada de sus pretendientes, estaba confrontada a una elección difícil:
—Esta vez —le decía su padre adoptivo, Tíndaro—, ¡debes decidirte! Todos los reyes de las ciudades de Grecia están aquí, ¿a cuál eliges?
—Ah, padre, sea cual fuere mi decisión, sé que acarreará catástrofes. Tantas amigas mías se quejan de su fealdad... Yo las envidio, pues mi belleza me resulta un peso...
Era cierto que Helena ya había desencadenado numerosos conflictos: varios soberanos se habían peleado por ella.
—¡Al tomar un marido —dijo— suscitaré nuevas pasiones ¡Aquellos que hayan quedado descartados querrán matar a mi esposo o secuestrarme!
—Entonces —exclamó Ulises1, que era rey de Ítaca—, aquellos que no seamos elegidos deberemos unirnos en torno a una promesa: juremos perseguir al que intente separar a Helena de su esposo...
El rey de Esparta, Menelao, lo aprobó. Se volvió hacia Agamenón, su hermano, rey de Argos, y hacia los demás pretendiente allí reunidos.
—Esta solución me parece razonable. ¿Qué dicen?
Los griegos aceptaron.

—Sí —dijeron en una sola voz—, juramos combatir al que atreva a secuestrar a Helena hasta que sea devuelta a su marido.
—Y ahora, Helena —la apuró Tíndaro—, ¡decídete!
—Elijo a Menelao, rey de Esparta —dijo, después de vacilar.



Que Helena se hubiera convertido en la esposa de Menelao no impidió a Afrodita cumplir con su promesa: hizo nacer en el corazón de Paris tal pasión por Helena, que este, aunque nunca había visto hasta el momento a la mujer de la que estaba enamorado, fue enseguida en busca de su padre Príamo.
—Justamente, ¡quería verte! —le dijo—. Tienes que casarte y garantizar tu descendencia. Tengo una muchacha para presentarte: se llama Enone.
Enone dejó a Paris indiferente; como su padre insistía, se casó. Pero cesó de prestarle atención rápidamente, pues no pensaba más que en Helena.
Una mañana, Príamo convocó a su hijo al palacio:
—Paris —le dijo—, tengo una misión para confiarte: debo enviar un embajador al rey Menelao, de Esparta. He pensado que...
¡Esparta! La ciudad donde se encontraba la bella Helena. Paris exclamó:
—Ah, padre, ¡parto ya mismo!
Paris ni siquiera se despidió de Enone. Aquella misma noche dejó la ciudad de Troya para zarpar hacia Grecia. Cuando se presentó en el palacio de la ciudad, los guardias le dijeron:
—¡Qué lástima! El rey Menelao acaba justamente de partir hacia Creta. Debe asistir allí a un importante funeral.
—¡No importa! —exclamó una voz femenina detrás de ellos—. En su ausencia, recibo yo a los embajadores. Entra, extranjero ¿Quién eres?
En cuanto la esposa de Menelao vio a Paris, su corazón dio un vuelco. Por su parte, el enviado de Troya creyó desfallecer de pasión. Con la voz alterada por la emoción, contestó:
—Soy Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, y descendiente del gran Zeus...
Helena no tenía dudas: ¡Paris era bello como un dios!
En cuanto los guardias dejaron a los jóvenes a solas, se preci­pitaron uno en brazos del otro.
—¡Ah, Helena, huyamos! —murmuró Paris—. Aprovechemos la ausencia de tu marido. Vayamos juntos a la buena ciudad de Troya.
—Iré adonde tú vayas. Pero no quiero partir con las manos vacías.
Helena hizo acumular en cofres las riquezas del palacio y, du­rante la noche, se dirigió a escondidas a la nave de Paris. Cuan­do amaneció, los guardias tuvieron que entregarse a la evidencia: la reina no sólo había saqueado los bienes de su esposo, ¡sino que lo dejaba para partir con un extranjero!
En el navío que regresaba a Troya, Paris y Helena disfrutaron de las alegrías de un amor recíproco. Y arriba, en el Olimpo, Afrodita, satisfecha, observaba sonriendo a los amantes que ella había reunido.
Cuando Menelao volvió de Creta, dejó estallar su cólera:
—¡Traidores! ¡Incapaces! —les gritó a los guardias de su palacio—. Rápido, convoquen a los reyes de todas las ciudades de Grecia.
Acudieron. Menelao les anunció la noticia:
—¡Paris ha secuestrado a Helena, mi esposa! ¡En este momen­to está navegando con ella hacia Troya! ¿Recuerdan su promesa?
—Sí, hermano —respondió Agamenón con voz tenebrosa—. Y la respetaremos. Juntaremos nuestros ejércitos. Partiremos hacia Troya. Si es necesario, sitiaremos la ciudad y pelearemos. ¡Pero traeremos de regreso a Helena!
Se había declarado la guerra de Troya...



En el Olimpo, Afrodita comprendió que la situación empezaba a superarla. Fastidiada por la vana agitación de los hombres, regresó a su palacio y decidió poner un poco de orden. Tenía demasiadas cosas y decidió deshacerse de algunos objetos inútiles.
—Acumulo... acumulo... —farfullaba—. ¿Eh, quién pudo haberme hecho un regalo tan vulgar?
Dio vuelta una y otra vez el objeto brillante entre sus manos antes de estallar de risa.
—¡Ya está, me acuerdo! Qué tonta... Y qué objeto de mal gusto
Lo tiró. Era una fruta. Una fruta de oro: la manzana de Discordia.

























Los cuatro relatos que integran esta sección han sido tomados de las epopeyas de Homero, La Ilíada y La Odisea.


1 El nombre griego de Ulises es, en realidad, Odiseo. Hemos adoptado el latino por ser más conocido.

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