viernes, 12 de enero de 2018

Javier Negrete:La Gran Aventura De Los griegos IIL LA CATÁSTROFE FINAL DE LA EDAD DE BRONCE: UN MISTERIO SIN RESOLVER

  on cierta libertad, transcribo aquí un relato de Hesíodo, autor beocio que vivió en el siglo vii antes de Cristo. Pertenece a su poema didáctico Trabajos y días:
Al principio los dioses inmortales que moran en el Olimpo crearon una raza de hombres de oro. En aquel entonces Cronos reinaba en el cielo. Aquellos hombres vivían como dioses, sin preocupaciones ni trabajos.Vivían entre fiestas, sin sufrir la enojosa vejez. La tierra fértil les brindaba por sí sola sus frutos. Eran hombres ricos en rebaños y queridos por los dioses. Cuando desaparecieron, se convirtieron en espíritus benignos de la tierra, protectores de los mortales.
Tras ellos vino una segunda raza: los hombres de plata, inferiores a los de oro en inteligencia y aspecto. Se quedaban cien años con sus madres sin llegar a madurar,' y cuando se hacían hombres vivían poco tiempo por culpa de su ignorancia. Enojado porque no hacían los sacrificios debidos a los dioses, Zeus los sepultó bajo tierra.
Después Zeus creó una tercera raza: los hombres de bronce, nacidos de los fresnos, vigorosos y temibles. Sólo les interesaba la guerra. Sus armas y sus casas eran de bronce, y con el bronce trabajaban, pues no existía todavía el oscuro hierro. Acabaron matándose entre ellos y se hundieron en la inmensa mansión de Hades.
Tras esta raza creó Zeus a una cuarta, más justa: la de los héroes llamados semidioses, la misma que nos precedió sobre la tierra. Pero unos murieron víctimas de la aciaga guerra en Tebas, la ciudad de las siete puertas, o bien tras cruzar el mar hacia Troya por culpa de Helena, la de hermosos cabellos.
¡Ojalá yo hubiera muerto antes o hubiese nacido después! Pues ahora existe la raza de los hombres de hierro. El padre no se parece a sus hijos, ni los hijos a su padre. El anfitrión no respeta al huésped ni el amigo al amigo. Estos hombres de hierro desprecian a sus padres en la vejez. No reconocen al que cumple sus promesas ni al justo ni al hombre honrado. La justicia se cobra por la fuerza de las manos.
En esta era, lo único que tendrán los mortales serán penosos dolores, y sus males no conocerán remedio.
Esta historia rezuma pesimismo. Hesíodo, hay que decirlo, era un cascarrabias. No le faltaban razones: su hermano Perses, al que dedicó Trabajos y días sin demasiado cariño, se había quedado con la herencia de su padre sobornando a los jueces, aristócratas «devoradores de regalos». Además, nuestro poeta trabajaba en el campo, una existencia muy dura que acaba infundiendo en la gente una filosofia fatalista de la vida. Para Hesíodo, Ascra, la aldea de Beocia donde vivía, era «mala en invierno, insoportable en verano y buena jamás».
Con un estado de ánimo así, no es raro que el tópico de «cualquier tiempo pasado fue mejor» salga a relucir constantemente en sus versos. Pero el mito de las edades encierra algo más que un simple tópico. Habitualmente se considera que las de oro y plata son metáforas para referirse a una especie de paraíso terrenal que se fue perdiendo poco a poco. Pero detrás de las de bronce y hierro puede esconderse una realidad arqueológica. «No existía aún el oscuro hierro», afirma Hesíodo de la tercera raza de hombres. Creo que aquí nos encontramos con una tradición genuina, la del paso de la Edad de Bronce a la Edad de Hierro.A Hesíodo debió de llegarle el recuerdo de una época más esplendorosa que la suya, la de la civilización micénica, que se correspondía con una metalurgia basada todavía en el bronce. Aunque la tecnología del hierro fuese más avanzada,' los primeros siglos que siguieron al final de la Grecia micénica supusieron un retroceso general en las condiciones de vida.
Los hombres de bronce, según Hesíodo, a los que sólo les interesaba la guerra, se mataron combatiendo entre sí. Curiosamente, el poeta intercaló después de ellos la edad de los héroes. Aunque en realidad estos héroes, los protagonistas de las principales sagas mitológicas, pertenecían a la Edad de Bronce, su prestigio era tanto que Hesíodo no podía despacharlos sin más bajo tierra como a los demás hombres broncíneos.
No es casualidad que la guerra de Troya, en la que perecieron tantos héroes, fuese una campaña de las postrimerías de la civilización micénica. Como ya hemos adelantado, aquélla fue una época de caos y destrucción.
,De verdad fue tan traumático el final de la Edad de Bronce? El registro arqueológico indica que sí. Hasta tal punto lo fue que, como ya he comentado, algunos autores hablan de la «Catástrofe» con mayúscula, y hay muchos libros dedicados a elucidar esta misteriosa cuestión. Sabemos más o menos lo que ocurrió, pero existen muchas dudas sobre las causas. Una oleada de destrucción sacudió como un tsunami todo el Mediterráneo oriental, y acabó de forma devastadora con aquel mundo próspero y refinado y con las redes de comercio y relaciones diplomáticas que se habían tejido entre Egipto, Siria, el imperio hitita y la Grecia micénica. Los hechos son éstos:
En Anatolia, sede del imperio hitita, los principales asentamientos sufrieron una serie de ataques y destrucciones hacia el año 1200. En la capital imperial, Hattusas, se ha encontrado una gran capa de cenizas, madera carbonizada y restos de ladrillos de adobe fundidos por las altísimas temperaturas que debió alcanzar el incendio.
En Chipre, las ciudades principales, como Citión y Sinda, resultaron destruidas hasta dos veces en unas pocas décadas. Otros poblados menores fueron abandonados por sus habitantes.
En Siria, la ciudad de Ugarit, que había llegado a convertirse en un emporio comercial y que incluso tenía un barrio griego, fue arrasada por las llamas y nunca volvió a ser rehabilitada: la destrucción llevada al grado extremo.
En cuanto a Egipto, en torno al año 1200, los faraones Merneptah y Ramsés III tuvieron que luchar en repetidas ocasiones contra ejércitos de invasores que amenazaban con destruir su reino. En sus inscripciones los enemigos aparecen mencionados como «pueblos del mar», una denominación que ha alcanzado cierta popularidad -dentro de lo popular que pueda llegar a ser la historia antigua-. Egipto logró sobrevivir, pero no sin sufrir daños.Apenas unas décadas después del esplendor conocido durante el reinado de Ramsés II, el país del Nilo fue entrando en una larga decadencia de la que nunca se recuperó.
¿Qué ocurrió en Grecia, el lugar que más nos interesa? Casi todos los grandes centros del continente fueron devastados por las llamas, y algunos de ellos quedaron despoblados para siempre. En el norte, las huellas de destrucción llegan hastaYolco, cuna del mito de Jasón y los Argonautas. Descendiendo hacia el sur, Tebas fue saqueada hasta dos veces, y tardó mucho tiempo en recuperarse. Al llegar al istmo de Corinto, que separa el Peloponeso del resto de Grecia, encontramos los restos de un muro de fortificación que pretendía atravesarlo de mar a mar, pero que no debió completarse. Resulta curioso que setecientos años más tarde los griegos volvieran a construir otra muralla en el mismo punto, en esta ocasión para defenderse de la invasión de Jerjes. ¿Temían en el año 1200 una amenaza tan terrible como la de los persas?
Micenas sufrió ataques que al principio sólo afectaron a las casas situadas fuera de las murallas de la ciudadela. Pero en una segunda oleada, ni siquiera la Puerta de los Leones pudo resistir, y la dorada Micenas fue saqueada e incendiada. Lo mismo sucedió con Tirinto, Dendra y Midea. Hay huellas de destrucción en las cercanías de Esparta. El llamado «palacio de Néstor» de Pilos también sucumbió a las llamas, y la mayoría de las poblaciones de las cercanías fueron abandonadas por sus moradores.
Todavía faltan por excavar muchos lugares en Grecia. Aun así, podemos hacernos una idea de los resultados de esta destrucción: de 500 asentamientos localizados por los arqueólogos en la Grecia continental durante el periodo micénico, la mitad desaparecieron en este convulso final de época.Algunos autores -los más extremistas, cierto es- calculan que hacia el año 1100 el número de habitantes se había reducido a la décima parte de los que poblaban Grecia en 1200.
Después de la llamada Catástrofe, Grecia entró en una larga y silenciosa edad oscura de la que no saldría hasta el siglo vüi. ¿Qué pudo motivar esta catástrofe que acabó con los estados micénicos y provocó un retraso de varios siglos en la civilización de todo el Mediterráneo oriental?
CAUSAS NATURALES
Según algunos autores, no fueron causas humanas las que provocaron toda esta destrucción, sino la furia de la naturaleza. Existen varias de estas hipó tesis que podríamos llamar genuinamente «catastrofistas», algunas más verosímiles y otras menos.
Varios arqueólogos proponen que una serie de terremotos devastadores arrasó estas culturas de la Edad de Bronce. En principio, no se trata de una teoría descabellada.
Tanto Grecia como Turquía se encuentran muy cerca de la zona de contacto entre dos grandes placas tectónicas: la africana y la euroasiática. La primera se desplaza en sentido contrario a las agujas del reloj y se hunde bajo la europea en una zona de subducción. Lo hace a razón de tres centímetros anuales: un ritmo que no puede calificarse de vertiginoso, pero suficiente para acumular tensiones que, cuando se liberan, lo hacen de forma brutal. Algo así como dos esposos que llevan años sin hablarse y que, cuando por fin discuten, dan tales voces que retiembla todo el bloque. Se calcula que en esta zona del Egeo se libera el cinco por ciento de toda la energía sísmica del mundo. Por eso los terremotos son tan frecuentes en Grecia, así como en Anatolia. Sin apenas remontarnos en el tiempo, en agosto de 1999, un seísmo en el noroeste de Turquía provocó 17.000 muertes. No muchos días después, en septiembre, 138 personas murieron en Grecia por otro temblor de tierra.'
Sin embargo, por muy aterrador y destructivo que pueda resultar un terremoto, no hay ejemplos del pasado en que haya acabado con toda una civilización. En la historia de Grecia se da algún caso extremo, como el destino que sufrió la ciudad de Hélice, situada al norte del Peloponeso. En una noche del año 373 a.C. sufrió un seísmo que, según los cálculos de los expertos actuales, superó los 7 grados Richter. Los habitantes de las ciudades cercanas que acudieron al rescate al día siguiente no encontraron cadáveres ni edificios ni nada: Hélice había desaparecido literalmente del mapa junto con sus moradores. Aunque estaba situada a unos dos kilómetros del mar, las aguas del golfo de Corinto la habían engullido. Es de suponer que se produjo un tsunami, pero eso no bastaría para explicar lo sucedido. Debió abrirse una falla al sur de la ciudad, y todo el terreno que había entre dicha fractura y el golfo cayó de golpe varios metros hasta quedar bajo el nivel del mar.
Después de aquello, los pescadores procuraban evitar aquel sitio, pues las redes que arrojaban al agua se enganchaban con la punta del tridente de una estatua de Poseidón, que antes se alzaba en la ciudad y ahora estaba sumergida. Irónicamente, Hélice era conocida por ese santuario de Poseidón, dios... de los terremotos.
Exceptuando este ejemplo tan dramático, lo habitual era que los supervivientes enterraran a sus muertos, reconstruyeran las casas y las murallas y siguieran con sus vidas. En el año 464 a.C., Esparta, por ejemplo, sufrió un terremoto que, según el historiador Diodoro, mató a 20.000 personas. La sacudida provocó además una revuelta de los ilotas, los siervos sometidos por Esparta, de modo que la ciudad tuvo que enfrentarse a dos calamidades juntas.Y sin embargo, sobrevivió y siguió siendo lo bastante poderosa como para enfrentarse a Atenas en una larga guerra no muchos años después.
Hay más objeciones a esta teoría. La primera parece de sentido común: ¿una oleada de terremotos devastadores y prácticamente simultáneos en lugares tan alejados? No parece demasiado verosímil. Una segunda: ¿dónde están los cadáveres? Cuando se produce una catástrofe de este tipo, se encuentran cuerpos in situ. Ocurre así incluso con los volcanes, que avisan antes que los terremotos: los cuerpos hallados en Pompeya y Herculano lo demuestran.También resulta llamativo que las grandes tumbas de thólos salieran intactas de sacudidas tan fuertes. En mi opinión, podemos descartar los terremotos.
Una teoría que a primera vista parece más creíble, y que podría gozar de más aprecio en una época como la nuestra, tan preocupada por el clima, es la de la sequía. En el año 1966 el arqueólogo estadounidense Rhys Carpenter propuso la hipótesis de que la Grecia micénica había sucumbido a los efectos catastróficos de una larga e intensa sequía que afectó también a Grecia y Anatolia.
En España, un país con zonas muy secas, somos conscientes en las ciudades, vagamente conscientes- de que el campo sufre cuando no llueve; pero en general, una sequía significa para nosotros incomodidades y cortes de agua en verano. En cambio, para los antiguos griegos la lluvia podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte. En buena parte de Grecia las precipitaciones son muy escasas, como también lo eran en la Antigüedad. Si las lluvias no superaban los 300 milímetros anuales (equivalentes a 300 litros por metro cuadrado), la cosecha de trigo se perdía. La de cebada todavía podía salvarse, pero por debajo de los 200 milímetros también quedaba arruinada. Peter Garnsey, especialista en este campo, calcula que en Atenas se perdía la cosecha de trigo uno de cada cuatro años, y la de cebada uno de cada veinte (Garnsey, 1999). En otros lugares de Grecia las cifras variaban, pero no demasiado. Por suerte, las sequías no solían afectar a todo el Egeo, de modo que en la Época Clásica una ciudad como Atenas podía importar grano de la isla de Eubea o, más lejos, del mar Negro o de Egipto.
Supongamos que se desató una sequía más prolongada. Las reservas de cereales almacenados se habrían agotado al segundo o como mucho al tercer año. Los pastos, secos, no habrían podido alimentar al ganado. Si la sequía afectó tanto a Grecia como a Anatolia, los micénicos debieron tenerlo muy dificil para encontrar cereal en otros lugares. La escasez se convirtió en hambruna, y los habitantes del campo atacaron las ciudades para saquear los almacenes de la aristocracia gobernante. De modo que, según Carpenter, no fueron invasores del exterior quienes destruyeron las fortalezas micénicas o las hititas, sino la propia gente de dentro.
¿Existen pruebas de una sequía tan larga? Se cree que el clima de Grecia en la Antigüedad era muy parecido al de ahora, así que algunos científicos han intentado encontrar paralelos actuales de aquella supuesta sequía. Tres climatólogos descubrieron que entre noviembre de 1954 y marzo de 1955 se produjeron en el Peloponeso unas condiciones inusitadas y muy similares a las propuestas por Carpenter: una reducción de las lluvias de un cuarenta por ciento en una tierra ya de por sí bastante seca (Fagan, 2005). La escasez de precipitaciones afectó también a Turquía, donde estaba centrado el anticiclón invernal causante de la situación anómala, pero no tanto a Atenas ni al noroeste de Grecia. Curiosamente, Atenas no sufrió los efectos de la Catástrofe.
Lo que los tres climatólogos sugieren es que existe un modelo anticiclónico que podría producir las condiciones precisas para causar sequía en la Grecia micénica y a la vez en el imperio hitita. De haberse repetido ese modelo varios años seguidos, habría provocado una hambruna. ¿Cómo se explicarían las destrucciones en Siria o los ataques a Egipto, que no sufrieron la sequía? Muchos habitantes de Grecia o de Anatolia, en lugar de resignarse a morir de hambre, se habrían reunido en hordas de saqueadores o piratas para dirigirse al sur y atacar otras ciudades más lejanas, cuyos graneros debían de estar llenos de trigo y cebada.
En su libro Collapse of the Bronze Age, el erudito independiente Manuel Robbins añade una siniestra guinda a la teoría de la sequía. «Para empeorar las cosas, a la sequía y la hambruna pudo seguirlas un azote aún peor: la peste. Ningún otro hecho natural tiene el poder de devastar poblaciones, romper los vínculos sociales y evitar la recuperación» (Robbins, 2001, p. 141).
Las grandes epidemias son relativamente recientes, pues requieren que haya aglomeraciones humanas muy concentradas para que los microbios causantes puedan «saltar» vivos de una persona a otra.
¿Podría haber llegado la peste a Europa hacia el año 1200 a.C.? Es posible, pero también hay otras enfermedades infecciosas que podrían haber diezmado a la población de la Edad de Bronce. Sin abandonar la Antigüedad, en el año 430 a.C. una epidemia cayó sobre la ciudad de Atenas, que en aquel momento se hallaba abarrotada por culpa del asedio al que la sometían los espartanos. Muchos autores calculan que mató a la tercera parte de la población, y aunque durante mucho tiempo se pensó que se trataba de la peste, en los últimos años se han propuesto otras enfermedades infecciosas, como la fiebre tifoidea, la gripe, la viruela, el ántrax o una forma de Ébola.
Los efectos de una epidemia devastadora, bien fuera peste o cualquier otra, habrían agravado los de la sequía propuesta por Carpenter. El historiador Tucídides, testigo y sufridor en su propia carne de lo que pasó en Atenas en 430, cuenta cómo la plaga supuso una revolución moral, pues la gente, convencida de que podía morir al día siguiente, no reparaba en las consecuencias de sus actos y vivía «el momento», como diríamos ahora, sin respetar las leyes.
Multipliquemos esos efectos por muchas más ciudades, o comparemos con lo que ocurrió en la Peste Negra de 1348. El Decamerón es una recopilación de relatos contados por nobles que han abandonado la ciudad de Florencia para escapar de la epidemia. Igual que estos nobles, muchos habitantes de las ciudades micénicas huirían de ellas, en algunos casos para no regresar jamás. Alguien podría preguntar a qué se debieron los incendios. La respuesta sería: algaradas populares y ataques de hordas de refugiados que huían, a su vez, de otros lugares infectados.
La hipótesis de la sequía combinada con una epidemia es tentadora. Pero la Europa del siglo xiv consiguió recuperarse de la Peste Negra,' y no hay constancia de ataques generalizados contra las grandes ciudades, ni por parte de invasores externos ni de descontentos internos. Lo mismo podríamos decir de Atenas en 430 a.C. Hay ejemplos históricos de multitudes hambrientas organizando motines, pero no destruyendo ciudades. De nuevo, estamos ante una teoría que explica algunos hechos, pero no todos.
Existe una fuerza natural que no es de esta tierra, y que puede resultar más destructiva que volcanes, terremotos o sequías. Me refiero al impacto de asteroides o meteoritos. Los astrónomosVictor Clube y Bill Napier presentan esta hipótesis en un libro que los aficionados al catastrofismo no pueden perderse: El invierno cósmico. Recurriendo a la vez a la arqueología y a la mitología comparada, afirman que los incendios del final de la Edad de Bronce se debieron a lluvias de meteoros, resultado de la desintegración paulatina en su órbita del gran cometa Encke.
El libro de Clube y Napier es apasionante y está muy bien documentado. Es cierto que la Tierra ha recibido fuertes impactos de meteoritos en el pasado. El más reciente fue el de 1908 en Tunguska, Siberia, que devastó el bosque en 60 kilómetros a la redonda. De haber caído sobre una ciudad, la habría aniquilado. Pero ¿es posible imaginar un meteorito individual apuntando a todas y cada una de las ciudades de la Edad de Bronce que acabaron incendiadas? Además, aparte de los cráteres, los impactos de este tipo dejan unos residuos característicos, como el iridio que llevó a los Álvarez a postular la teoría del asteroide que cayó enYucatán y exterminó a los dinosaurios. No parece que se hayan encontrado restos de ese tipo en estratos correspondientes a 1200 a.C.
CAUSAS HUMANAS
La explicación más extendida para la Catástrofe de finales del Bronce tiene que ver con lo que los políticos actuales llamarían «flujos migratorios masivos». Estos flujos se relacionan en parte con causas discutidas en el apartado anterior, ya que de haberse producido una sequía prolongada con su consiguiente hambruna, o incluso una epidemia, habría provocado una auténtica marca humana, como sabemos que ocurre hoy día en numerosos lugares de África.
Ya comentamos antes que hay una denominación que se ha hecho popular para esta migración en masa: los pueblos del mar. Este nombre aparece en dos inscripciones egipcias, una del reinado de Merneptah y otra del de Ramsés III.
El primero de los dos faraones se enfrentó en el año 1208 contra un tal rey Merire de Libia, que invadió la parte occidental del delta del Nilo con un ejército en el que había aliados o mercenarios de tierras del norte. Entre dichos aliados estaban los ekwesh, los tursha, los shekelesh y los shardana. Los egiptólogos han tratado de identificar estos nombres. Los ekwesh serían los aqueos, nuestros ya conocidos ahhiyawa de las fuentes hititas; los tursha los tirsenos o tirrenos, naturales del oeste de Italia; los shekeles provendrían de Sicilia; y los shardana de Sardinia, nombre antiguo de Cerdeña.'
Conocemos sus nombres por la minuciosa lista de bajas que nos ofrecen los escribas de Merneptah. Un detalle escabroso: para contar el número de enemigos muertos, los egipcios les cortaban el miembro viril y la mano derecha. Al imaginarse a un bravo soldado egipcio presentándose ante su oficial con un manojo de penes para recibir su recompensa, a uno se le tambalea un poco la imagen de la avanzada civilización egipcia.
(Por alguna razón, sólo valían los penes con prepucio. Si estaban circuncidados, no les convencían. Se ve que estos egipcios eran unos remilgados).
En cuanto a Ramsés III, tuvo que enfrentarse nada menos que con tres invasiones. En su inscripción aparece el siguiente párrafo, en el que se basa la teoría de la migración masiva de los pueblos del mar:
Las naciones extranjeras tramaron una conspiración en sus islas.' Todos los pueblos fueron desalojados y dispersados de sus tierras al mismo tiempo por la batalla. Ningún país podía resistir a sus armas, desde Hatti, Kode, Karkemish,Yereth yYeres [...].Avanzaban, precedidos por el fuego, hacia Egipto.
Estaban aliados los peleset, los theker, los shekelesh, los denye y los weshesh. Estos pueblos estaban unidos, y pusieron sus manos sobre los territorios hasta el círculo de la tierra. En sus corazones confiaban en el éxito de sus planes.
Este texto está grabado en el templo de Medina Habu, junto con el relato de las batallas. En los relieves que lo ilustran aparecen los invasores acompañados por carretas en las que viajan sus mujeres y sus hijos, lo que demuestra que no se trataba de una incursión de saqueo al estilo de los vikingos, sino de una migración con todas las de la ley. Los guerreros llevan en la cabeza unos tocados que deben ser de plumas, pero que vistos de lejos parecen más bien crestas al estilo punki.
Ramsés logró derrotar a esta confederación de pueblos y salvó a Egipto de la destrucción que habían sufrido otros lugares, como Hatti -el imperio hitita- o la importante ciudad siria de Karkemish. Pero a cambio perdió sus enclaves en el Levante, donde se asentaron los peleset. Sobre este pueblo, y por una vez, hay bastante consenso entre los expertos: se trataría de los filisteos, que se instalaron en la tierra que por ellos recibió el nombre de Palestina. Estos peleset tendrían poco que ver con los actuales palestinos: probablemente procedían de la Creta minoica.
En otros detalles hay mucho menos consenso. Para algunos historiadores, los pueblos del mar fueron los responsables de toda la oleada de saqueos y destrucciones de la Catástrofe. Para otros, los cinco pueblos mencionados eran en realidad víctimas del conflicto: otros atacantes -entre ellos nuestros micénicos-, habrían destruido sus asentamientos en Anatolia, Chipre y Siria. Sin hogar, los peleset y el resto de la troupe se pusieron en camino hacia el sur, repitiendo con otros pueblos las mismas atrocidades que les habían hecho a ellos.
Esto último no es en absoluto inverosímil, pues existen paralelos históricos. Los pueblos germánicos que atacaron el Imperio romano y precipitaron la caída de su mitad occidental habían sido expulsados de sus tierras por otro pueblo aún más bruto y pendenciero que ellos: los tristemente célebres hunos. Pero que la hipótesis sea verosímil no significa que también sea cierta. Sobre todo, en lo que afecta a nuestra historia, no parece que los pueblos del mar fueran los responsables de la destrucción de la civilización micénica. Al contrario, los micénicos serían los villanos de esta historia. Aunque hubieran actuado como matones con otros pueblos, todavía queda por saber: ¿quién los atacó a ellos en su propio suelo?
Durante algún tiempo se pensó que los micénicos podrían haber sufrido la invasión de los dorios, otra etnia helénica. Según las propias tradiciones griegas, los dorios fueron los últimos en llegar a Grecia, y su entrada en la península se identificaba con el mito del retorno de los Heráclidas. Heracles era un héroe de todos los griegos, ciertamente, pero sobre todo de los dorios, que se jactaban de ser sus descendientes. De modo que el mito en cuestión sería una justificación a posteriori para disfrazar como regreso lo que en realidad habría sido una invasión.
Pero la mayoría de los expertos creen que la entrada de los dorios se produjo al menos un siglo después de la Catástrofe: más que crear un vacío de poder, los dorios se aprovecharon de él.
Otra posibilidad es que, mientras los micénicos se dedicaban a incordiar a los vecinos de Anatolia -y en este contexto podría tal vez situarse la guerra de Troya-, estallara una revuelta popular en los reinos de Grecia. ¿El motivo? Una crisis económica. Ésta se pudo desencadenar o bien por la sequía de la que ya hemos hablado, o bien por problemas en las redes comerciales internacionales de las que dependía cada vez más una economía tan compleja y especializada como la de los reinos micénicos (la globalización de la época).
También pudiera ser que, como decía Hesíodo, los hombres de bronce se mataran entre ellos: las impresionantes fortificaciones micénicas, levantadas sobre todo en la época inmediatamente anterior a la Catástrofe, representarían una especie de carrera de armamentos entre los estados micénicos, cuyas relaciones se habrían vuelto cada vez más hostiles. Aquí tampoco faltan ejemplos posteriores: durante el siglo iv Atenas, Esparta y Tebas se enfrentaron en constantes guerras por el control de Grecia. El desgaste que sufrieron las tres ciudades fue tan grande que al final Grecia cayó en manos de Filipo y su hijo Alejandro Magno como una fruta madura. Del mismo modo, los micénicos podrían haber agotado sus fuerzas en estériles luchas internas.
El historiador americano Robert Drews, al que ya mencionamos al hablar de la procedencia del pueblo micénico, sostiene otra hipótesis in teresante. Drews es aficionado a explicar este tipo de crisis mediante cambios en las tácticas militares. Para él, los micénicos eran una élite indoeuropea que se asentó en Grecia y la conquistó gracias a sus carros de combate. Durante los siglos de su dominio, quienes hicieron la guerra fueron especialistas, y prácticamente nunca se recurrió a reclutamientos en masa. Pero al final de la Edad de Bronce, según Drews, apareció una nueva táctica que dejó obsoleto al carro: grandes contingentes de infantería, armados con lanzas y espadas y expertos en el combate cuerpo a cuerpo (Drews, 1993).Así combatían los pueblos del mar que atacaron Egipto y que fueron derrotados. Pero otras bandas de saqueadores y mercenarios tuvieron más éxito contra los hititas o las ciudades del Levante.
¿Qué les ocurrió en concreto a los micénicos? ¿Quién los atacó? Para Drews, los invasores también serían griegos, pero que habitaban en las montañas situadas al norte y al oeste del país. Mientras que los micénicos se habían civilizado y refinado por el contacto con los minoicos, estos griegos de las montañas serían más bárbaros y belicosos. Además combatían a pie y, lo que es más importante, lo hacían todos, no sólo los miembros de la élite guerrera. Eso les habría dado la superioridad militar necesaria para derrotar a los señores de la guerra micénicos con sus carros.
Hoy día están apareciendo otras explicaciones más complejas que no recurren a una única causa y que podríamos llamar «multifactoriales». Gómez Espelosín lo resume muy bien:
El grado de sofisticación alcanzado por la civilización micénica dependía para su correcto funcionamiento de una serie de factores que guardaban una estrecha relación de dependencia mutua. Nos referimos a factores como la agricultura y el mantenimiento de nivel de producción de alimentos, la metalurgia y la obtención de las materias primas adecuadas, la especialización artesanal y el consumo de una élite en estrecha dependencia del mantenimiento de las rutas y circuitos comerciales con Oriente [...1.
La buena marcha del sistema exigía una armonía interna entre todos ellos y su adecuación a las condiciones del medio ambiente. Un fallo o un imprevisto en uno de ellos acarrearía, sin duda, una serie de reacciones en cadena que iría incidiendo en el desarrollo de todos los demás (Espelosín, 2001, p. 49).
Estas reacciones en cadena provocarían una crisis cuyo origen apenas comprenderían los propios afectados. Pensemos en las actuales, tan dificiles de explicar y de resolver en una época en la que precisamente no nos faltan economistas. La crisis mencionada habría provocado desórdenes sociales y una situación perfecta para que invasores del exterior -tal vez ayudados por descontentos del interior- atacaran las ciudades micénicas, las saquearan y las incendiaran. Ahora bien, en lugar de conquistar los reinos micénicos y sustituir a los antiguos gobernantes, estos invasores sembraron el caos en toda Grecia y la sumieron en un atrasado letargo del que tardaría varios siglos en despertar.

   1 Muchas madres de hoy día se quejan de lo mismo y de que no hay manera de que los hijos se larguen de casa. ¿Viviremos en la edad de plata sin saberlo?
2 Para obtener hierro hace falta una temperatura mucho más alta que para forjar bronce. La ventaja es que los minerales ricos en hierro son mucho más abundantes.Ya hemos visto que minoicos y micénicos tenían que buscar el cobre en Chipre y el estaño en lugares remotos. El hierro, una vez dominada su tecnología, se podía obtener prácticamente en cualquier lugar.
3 La tragedia tuvo al menos una consecuencia positiva. La ayuda que prestó Grecia a Turquía tras el primer terremoto, que fue luego correspondida, sirvió para aliviar las tensiones que siempre han reinado entre ambos países.
a En la novela ucrónica Tiempos de arroz y sal, de Kim Stanley Robinson, la civilización occidental sucumbe a la plaga, y son la china y la árabe las que dominan el mundo.
 autores piensan que no provenían de Sicilia ni Cerdeña, sino que «después» de esta guerra se instalaron en esas islas y les dieron su nombre. Robert Drews defiende la opinión contraria (Drews, 1993).
 autores que proponen la traducción «tierras costeras» mejor que «islas».

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