viernes, 12 de enero de 2018

José Alberto Pérez Martínez Esparta Las batallas que forjaron la leyenda Batalla de Anfípolis 422 a.C.

   Fue la batalla que sostuvo y venció el ejército espartano del general Brásidas frente al ejército ateniense de Cleón. Más allá de los acontecimientos estrictamente bélicos, tanto en su origen como en su desarrollo y sus consecuencias, esta batalla fue de enorme repercusión en todo el mundo griego debido al cambio de tendencia que supuso para la ya iniciada Guerra del Peloponeso, en la que los atenienses parecían sacar cierta ventaja a sus homólogos lacedemonios. Antes de pasar a ver los detalles de tan encarnizada lucha, será mejor pasar a analizar con detenimiento una serie de cuestiones sin las cuales tal victoria sería imposible de comprender.

 

  

 Antecedentes

   La derrota de Esfacteria.

   Hacia el año 425 a.C. comenzada ya la guerra, Demóstenes, strategos ateniense, tomó algunos barcos y hombres y marchó hacia el Peloponeso con intención de asediarlo. Aunque no está claro si ya tenía previsto su plan antes de partir, lo que sí está claro es que gestionó a la perfección su desembarco en el promontorio de Pilos, al suroeste del Peloponeso en la región de Mesenia. Los espartanos, que a la sazón se encontraban en el Ática saqueando sus campos y cosechas como era habitual desde el comienzo de la guerra, abandonaron aquella región y retornaron al Peloponeso haciendo un llamamiento generalizado a sus aliados para que acudieran en socorro de Pilos. El joven general Brásidas fue el primero en llegar a la costa mesenia con algunos barcos dispuesto a atacar. Pero su ímpetu o quizá su temeridad, le jugaron una mala pasada y antes de que pudiera desembarcar en la playa, las numerosas flechas atenienses lo hirieron y su cuerpo cayó al mar aparentemente sin vida. Mientras esto ocurría, el resto de sus hombres trató de hacer lo propio con idéntico resultado: los espartanos fueron incapaces de tomar la playa y recuperar el promontorio de Pilos. De esta manera, los atenienses se hacían ahora con el control de un importante enclave situado en el Peloponeso y a apenas 70 km de Esparta. Además su situación en Mesenia, tradicionalmente hostil a los espartanos, no hizo sino avivar la inquietud de las autoridades lacedemonias. Sin embargo y aunque la situación era desesperada, lo peor estaba aún por llegar. Cuando el resto de los barcos peloponesios y atenienses llegaron al lugar, se entabló una encarnizada lucha por retener el control de la bahía de Navarino situada entre la tierra continental y la isla de Esfacteria, a donde se había dirigido una pequeña guarnición de espartanos para cerrar la escapatoria de los atenienses. Pero el plan no funcionó, y los lacedemonios terminaron por perder no solo la batalla sino también buena parte de sus trirremes. Con el agua a la altura de las rodillas, los soldados lacedemonios se introdujeron en la bahía a fin de que los atenienses no les arrebataran sus naves, tirando de éstas hacia tierra firme. Pero todo fue inútil. De esta manera tan sorprendente, las aguas de la bahía y el promontorio de Pilos cayeron en manos atenienses contra todo pronóstico, separando a los espartanos que habían quedado en el campamento de los que ahora quedaron aislados en la isla de Esfacteria.

 

    Cuando la situación se tornó irreversible, desde Esparta se dio la orden de solicitar un armisticio y negociar una tregua con Atenas. Sin embargo, ésta no llegó a ninguna parte y los atenienses culminaron su gesta de la mano del ateniense Cleón, quien prometió a sus conciudadanos atrapar a los espartanos de la isla en menos de veinte días. Cuando se percató de que las flechas no eran suficientes para doblegar a los aguerridos lacedemonios, decidió poner punto y final provocando un devastador incendio que asoló toda la isla y obligó a huir, presas de la confusión, a los valerosos soldados. De esta manera tan “singular”, Cleón consiguió hacerlos prisioneros y trasladarlos a Atenas exhibiéndolos como símbolo de su gesta. Aquella victoria significó un nuevo amanecer para Atenas.

 

   Para Esparta, la derrota de Esfacteria no supuso más que la confirmación de los peores temores que el rey Arquidamo ya imaginaba antes de comenzar la guerra. El miedo a que las expectativas acerca de su poderío superaran con creces a la realidad, tuvo  una dolorosa pero evidente confirmación en aquella batalla. Por primera vez en mucho tiempo, Esparta tenía que enfrentarse al amargo sabor de la derrota y, lo que era peor, a la asunción de que los métodos tradicionales que le habían servido para seguir siendo considerada la potencia militar más fuerte de toda Grecia se habían desmoronado. Por si la derrota no era suficiente, Esparta tuvo que asumir también la pérdida de 400 de sus mejores soldados, unos muertos y otros retenidos en Atenas. El problema no era menor a decir por el continuo descenso de espartiatas que la ciudad había venido experimentando desde hacía años. De hecho, esta fue una de las claves por las que posteriormente Esparta, deseosa de recuperar a sus hombres, terminaría asumiendo unos términos inaceptables en la posterior Paz de Nicias de 421 a.C.

 

   En Esfacteria quedó patente el anquilosamiento e inmovilismo de una potencia otrora dinámica y vencedora que se había resistido lo más posible a cambiar la esencia de su propia existencia. A partir de este momento y hasta el final de la guerra, solo la aparición de nuevas figuras abanderadas del cambio, merced a la fragmentación y división política interna, como Brásidas o Lisandro, lograrán reconducir la situación hasta revertirla completamente.

 

   Con una Atenas en posición de fuerza, a Esparta no le quedaba ahora más remedio que enfrentar sus fantasmas e ingeniarse algo que lograra equilibrar de nuevo el desarrollo de la guerra. Y así lo hizo de la mano del general Brásidas.

 

   El ascenso de Brásidas

 

   A pesar de su efímera y malograda participación en la batalla de Pilos-Esfacteria, Brásidas no era neófito en esto de las artes militares. Las primeras noticias que tenemos acerca de él, se remontan a los primeros años de la contienda allá por 431 a.C. En aquel año, logró defender con éxito un ataque por sorpresa llevado a cabo por los atenienses contra la ciudad de Metone. Con una inferioridad numérica apabullante, Brásidas fue capaz de abrirse paso entre las filas del enemigo junto a sus hombres, resistir el ataque y poner en fuga a los atenienses. Sus gestas no pasaron desapercibidas en Esparta, donde pronto sería recompensado con el eforado epónimo. Hacia el año 429 a.C. una nueva distinción recaería sobre sus hombros al ser nombrado symboulos de Alcidas durante la guerra civil de Corcira. Su cometido principal sería asesorar a Cnemo, jefe de la expedición naval contra Formión durante la batalla de Patras. A pesar de todos estos éxitos iniciales en su carrera, las cosas no fueron como se podría esperar y no obstante el buen comienzo de la batalla, los espartanos se relajaron y permitieron a Formión rehacerse desde su inferioridad numérica y conseguir vencer finalmente, a la flota peloponesia. El varapalo debió de ser terrible, aunque esperado. Los espartanos tenían escasa tradición a la hora de plantear luchas en el mar y la victoria inicial de la batalla les habría emborrachado de optimismo. Pero con el viraje de los acontecimientos, pronto el pesimismo se adueñó de las filas peloponesias y la aparente victoria en la que parecía que desembocaría tal conflicto, terminó convirtiéndose en una dolorosa derrota. Tras esta acción y solo un año después con objeto de evitar que  el pesimismo se extendiera entre sus tropas, Brásidas diseñó la toma del puerto del Pireo, el centro neurálgico de la flota ateniense. El resultado concluyó con otro estrepitoso fracaso. Los espartanos aún no atesoraban la experiencia de los atenienses en el   mar, así como tampoco los pertrechos logísticos como para encarar dicho plan con garantías. A pesar de que Brasidas y Cnemo regresaron de vacío a Esparta, la experiencia sirvió a los atenienses para reforzar mucho más la seguridad del Pireo. En el fondo debían pensar que nadie sería tan osado como para atacarles por mar en su propio terreno.

 

   Sin saber con exactitud quién fue el artífice de la campaña de Anfípolis, lo que sí sabemos es que el encargo de su ejecución se le concedió a Brásidas. Después de pasar los primeros años de guerra granjeándose una reputación y un nombre en el ejército desde un discreto segundo plano, Brásidas consigue tras la derrota de Esfacteria aquello que había estado tanto tiempo anhelando: comandar una expedición, esta vez contra Tracia. De esta manera, la campaña dio comienzo y Brásidas comenzó a disponer los preparativos para la marcha. Si alguien había pensado que Brásidas se convertiría en un títere mecido por los vaivenes de la casta política, se equivocaba. Desde el comienzo el inveterado general tuvo las ideas claras y unos objetivos concretos. La cuestión era sencilla de plantear: si los atenienses les habían traído la guerra hasta el Peloponeso, ellos la devolverían a su territorio, pero esta vez no a Atenas, sino allí donde podían hacer daño de verdad, en Tracia. Brásidas pensaba que si hacía caer por sorpresa un contingente sobre una de las colonias más preciadas por los atenienses (Anfípolis) por sus minas de oro, sus astilleros y su posición estratégica, éstos se verían obligados a abandonar su cómoda posición y desplazarse para defender sus territorios. Lo que conseguirían de esta manera sería mantener el territorio peloponesio y la ciudad de Esparta fuera de peligro merced al alejamiento de tropas enemigas hasta el otro extremo de Grecia.

 

    La idea era así de sencilla. Sin embargo la práctica, no fue ni mucho menos un camino tan fácil. Esparta nunca había emprendido un proyecto semejante. Odiaba salir del Peloponeso por tiempo indefinido y tenía poca confianza en que aquel ambicioso plan triunfara. Aunque finalmente el plan de Brásidas fue aprobado, los obstáculos a los que tuvo que hacer frente no fueron pocos. Para empezar, no movilizó a las tropas regulares, y se vio obligado a componer un ejército de esclavos y mercenarios traídos al efecto desde todos los rincones del Peloponeso. Desde el punto de vista político, la medida adoptada guardaba una cierta coherencia. Aquel plan, que de nuevo parecía convertirse en otra medida desesperada por parte de los espartanos por derrotar a Atenas, podía terminar por arruinar los ya de por sí escasos recursos humanos de Esparta. Por tanto, no podía correrse ningún riesgo. Y por otro lado, los hilotas, que superaban en número a los espartiatas, eran un enemigo potencial capaz de aprovechar cualquier ausencia de tropas para alzarse contra sus amos. Por ello, la idea de sacar de la ciudad a unos cuantos de ellos y alejarlos por un tiempo no disgustaba en absoluto. Así, entre estos hilotas y otros mercenarios venidos de todas partes del Peloponeso, Brásidas consiguió reunir una fuerza de 1700 hombres. Sin embargo, la falta de auténticos soldados no fue el único problema. La maltrecha economía espartana, hizo que la financiación de la campaña corriera serio peligro. Hasta tal punto que el dinero finalmente no salió de las arcas lacedemonias sino del rey Pérdicas de Macedonia, quien habría pedido apoyo militar a los espartanos a causa de la actitud cada vez más despótica del gobierno ateniense con el asunto de los impuestos para la Liga de Delos.

 

   Una vez resueltos los problemas logísticos ya en 424 a.C. Brásidas se puso en marcha. Antes de partir hacia Tracia, todavía tuvo que rendir la ciudad de Mégara, pretendida por los atenienses. A pesar de disponer a su ejército para la batalla, los atenienses finalmente decidieron retirarse y los megareos abrieron sus puertas a Brásidas por considerarle vencedor en aquella batalla sin armas. Este esperanzador comienzo no fue sino el preludio de una exitosa campaña que, sin embargo, no estuvo exenta de peligros desde el comienzo. La ruta que conducía hasta el norte de Grecia obligaba a atravesar una de las regiones más hostiles e inhóspitas de la tierra: la llanura tesalia. Los tesalios eran gentes aguerridas desde la guerra de Troya. Jasón, hijo de Licofrón llegó a reunir un ejército de 16.000 hombres entre infantes y caballeros. Su unidad de caballería era probablemente una de las mejores de Grecia. Su carácter áspero y poco sociable hizo que la región nunca llegara a decantarse totalmente por un bando u otro al comienzo de la guerra del Peloponeso, aunque también es cierto que muchas de sus ciudades simpatizaban con Atenas. Esa ambigüedad fue la que mantuvo la incertidumbre entre las tropas de Brásidas a su llegada a Tesalia. Realmente Brásidas desconocía si serían bienvenidos o si, por el contrario, serían rechazados a su llegada. Cuando las tropas de Brásidas se adentraron en Tesalia, aproximándose al río Enipeo, desde el horizonte se aproximaron varias unidades de la caballería tesalia que, probablemente, ya les habrían visto. Asumiendo que una lucha tan temprana mermaría sus fuerzas aun en caso de victoria, Brásidas según Tucidides contactó a varios amigos suyos, habitantes de esas tierras, que le sirvieron de mediadores a fin de poder cruzar la región sin problemas. En un encuentro con los tesalios, Brásidas desplegó sus dotes de orador y convenció a éstos de que nada tenía contra ellos ni contra sus gentes. Más o menos convincentes, sus palabras debieron de producir el efecto deseado y los tesalios permitieron a las tropas peloponesias continuar su marcha hasta la frontera con Macedonia sin ningún incidente. Una vez superado el trance, recaló en Macedonia, y se entrevistó con el rey Pérdicas a fin de tratar los asuntos que tenían pendientes y que habían motivado su presencia allí. Recordemos que Pérdicas solicitaba el apoyo espartano para protestar contra los atenienses y sus subidas de impuestos, mientras que Brásidas, por su parte, solicitaba cooperación suministrando a sus tropas todo lo necesario durante su estancia hasta la toma de Anfípolis, que era el verdadero objetivo de los peloponesios. A cambio de estos suministros, Pérdicas pidió también al jefe de aquella expedición su apoyo en sendas campañas contra algunos pueblos como los acantios que no terminaban de reconocer su poder. A pesar de que la exitosa colaboración parecía fluir con normalidad, no todo lo acontecido había sido del agrado del rey macedonio. La benevolencia con la que presumiblemente habría tratado Brásidas a estos pueblos, habría irritado profundamente a Pérdicas quien consideraba semejante acto como una intromisión innecesaria en sus asuntos por parte de los peloponesios. Aunque en principio, el asunto no fue a más, aquella herida acabaría por enquistarse y distanciar a ambos mandatarios, hasta el punto de que Pérdicas decidió reducir la ayuda monetaria que prestaba al ejército peloponesio.

 

   Con esas fricciones de fondo, Brásidas decidió acelerar sus planes de capturar Anfípolis por si las cosas con Pérdicas se torcían. Puesto que la ciudad de Calcídica se hallaba más o menos desprotegida de atenienses, sus gentes tenían diversas procedencias y Tucídides que, a la sazón era el encargado de su gobierno, se hallaba fuera, Brásidas creyó que lo más conveniente sería buscar apoyos dentro de la misma ciudad de manera que, una vez que sus tropas se acantonaran a las puertas de la misma, alguien se las abriera desde dentro. Y así fue como ocurrió.

 

   Con pocos efectivos y unos recursos muy limitados, decidió asaltar la ciudad de noche. Aunque no era algo habitual, la posibilidad de alcanzar el objetivo sin ser visto y no sufrir bajas, se hacía realmente interesante. Así pues, al abrigo de la oscuridad de aquella gélida noche de invierno, las tropas de Brásidas marcharon hasta la ciudad de Anfípolis. Con un espeso manto de nieve cayendo sobre sus hombros, los soldados del general espartano aguantaron estoicamente el frío que calaba sus huesos y recorrieron 65 km hasta su  destino en menos de 24 horas. Puesto que Brasidas era consciente de sus limitaciones, no arriesgó más de lo necesario y no parece que se le pasara por la cabeza sitiar la ciudad. Al contrario, como dijimos, echó mano de las múltiples facciones políticas existentes dentro de Anfípolis, y logró que unos cuantos políticos cercanos a la causa lacedemonia abrieran las puertas de la ciudad a su llegada. Una de las primeras consecuencias que esta captura tuvo para la posteridad, fue el hecho de que el historiador Tucídides fuera castigado en Atenas con el destierro por hallarse fuera de la ciudad en aquel momento. Durante ese paréntesis fuera de Atenas, escribió su obra magna “Historia de la Guerra del Peloponeso”, gracias a la cual podemos dar cuenta de todos estos hechos.

 

   En lo estrictamente militar, los anfipolitas, abandonados por Tucídides y a cientos de kilómetros de Atenas, se encontraron en una situación de total desamparo en la que, por un lado, Brásidas les brindaba, espada en mano, rendirse a la causa peloponesia a cambio de ser respetados tantos ellos como sus familias, o resistirse y enfrentarse a un asedio que habría sido largo y con pocas probabilidades de éxito. Por este motivo, decidieron no prolongar su agonía y entregar la ciudad a Brásidas y a la causa peloponesia, en lo que podría ser calificado como un gran éxito estratégico de éste. Al mismo tiempo que el hecho significaba un gran avance para Esparta por haber rendido una de las colonias más importantes de Atenas sin sufrir bajas, el equilibrio de poderes en Grecia quedaba restablecido nuevamente. Para Atenas, aquella pérdida suponía un duro golpe, además de perder la iniciativa que había conseguido merced a su presión sobre el Peloponeso y su victoria en Esfacteria. Ahora, sin embargo, se vería obligada a movilizarse, no para presionar o arrebatar territorios, sino para defender a los suyos. Como dijimos, Anfípolis era lo suficientemente importante como para no dejarla en manos enemigas sin luchar. Aparte de las minas de oro del río Estrimón, su posición al norte de Grecia servía de puerto comercial y zona franca en su ruta marítima del norte, en la que el mercadeo del grano también tenía una importancia determinante. Nadie podía dificultar allí el trasiego de barcos que iban y venían cargados de mercancías.

 

   Teniendo en cuenta estos detalles no es de extrañar que, una vez más, el ateniense Cleón, el héroe de Esfacteria, se convirtiera en la voz altisonante a favor de movilizar las tropas y rendir Anfípolis por la fuerza.

 

   Antes de que eso sucediera, mientras estos y otros asuntos eran debatidos en Atenas, en Tracia, Brásidas se dispuso a seguir rindiendo ciudades de los atenienses y minando sus apoyos en la zona. Este fue el caso de las ciudades de Torone, Mende y Escíone, esta última en donde sus habitantes llegaron a colocar una corona de oro sobre sus sienes. Estaba claro que la campaña ideada por Brásidas estaba siendo exitosa. Pocos habrían afirmado lo que ahora estaba ocurriendo. El norte de Grecia comenzaba poco a poco a sentir la influencia espartana y la fuerza con la que Atenas salió de la victoria de Esfacteria se fue diluyendo por momentos. Tanto fue así que durante estos sucesos las clases dirigentes de ambas ciudades, a iniciativa de Atenas, acordaron un armisticio. Los atenienses querían ganar tiempo para frenar la ultraofensiva a la que Brásidas los estaba sometiendo. Las condiciones que se vieron obligados a aceptar los atenienses, por supuesto, fueron mucho más discretas que las que hubieran logrado de haber atendido a las peticiones espartanas un año antes tras la victoria en Pilos.

 

     Aunque no era de su agrado, Brásidas fue informado del acuerdo y se vio obligado a frenar su expansión, a pesar de contar con la gran mayoría del apoyo de las ciudades conquistadas. Sin embargo Cleón, que nunca aceptó estos términos y se opuso a la tregua negociada, terminó, como dijimos, por imponer sus criterios a la asamblea y aprobar una marcha militar sobre Anfípolis y los territorios perdidos. A resultas de unos pequeños detalles, los espartanos empezando por Brásidas, también terminaron rompiendo ese principio de acuerdo y reanudaron las hostilidades.

 

   Debido a la obstinación de tan antagónicos personajes, la lucha que se avecinaba entre ambas ciudades se antojaba legendaria y de mayores dimensiones que las precedentes. Por primera vez, Esparta y Atenas “se tenían ganas” y al frente de ellas había dos personajes decididamente inclinados a la guerra. En 456 a.C. en Tanagra, la lucha se había producido casi por necesidad y con un ejército ateniense dividido; en 425 a.C. en Pilos, la sorpresa de los atenienses guarecidos en un promontorio, había desequilibrado la lucha; pero ahora la situación ofrecía una posibilidad única de medirse frente a frente y casi de igual a igual. Ambas ciudades se jugaban demasiado y ninguna quería resultar derrotada.

 

  

 La batalla

   Antes de que se produjera el enfrentamiento, el rey Pérdicas volvió a solicitar la presencia de Brásidas para otra de sus contiendas. Aunque de mala gana, el lacedemonio no pudo negarse y acudió a la llamada. Cuando levantaron el campamento aquella noche para descansar, las tropas de ambos mandatarios se separaron por ciertos desacuerdos sobre la ruta a elegir en el camino de vuelta. Al amanecer del día siguiente, Brásidas se encontró con que lo único que quedaba del ejército de Pérdicas, era su recuerdo. Los macedonios le abandonaron a él y a los suyos en una tierra desconocida y hostil con un número de tropas lo suficientemente escaso como para sentirse inquieto ante un hipotético ataque. Y esto no era una remota posibilidad. La marcha de Pérdicas del campamento no fue sin motivo aparente. La noche antes, alguien avisó al rey macedonio de la traición de los ilirios, un pueblo bárbaro del norte realmente agresivo y su inminente llegada junto a Arrabeo. Refiere Tucídides que su fama de guerreros sanguinarios y desalmados era lo suficientemente grande como para que los mismos soldados de Pérdicas le obligaran a marcharse de allí. Por el motivo que fuere, Pérdicas utilizó este hecho para tomarse cierta venganza por la intromisión de Brásidas en sus asuntos y decidió abandonar a los peloponesios a su suerte. Nunca sabremos cuál fue la cara de Brásidas al percatarse del hecho, pero lo que sí es cierto es que no perdió el tiempo en lamentarse. Tan pronto como se despertó, pudo contemplar en el horizonte el resplandor del temido ejército y por si esto no fuera suficiente, además se dio cuenta de que aquellos bárbaros efectivamente no venían solos, sino acompañados de Arrabeo y sus soldados, aquel al que habían derrotado días antes. Y a juzgar por la situación, venía buscando revancha.

 

      Cuando los ilirios ya estaban peligrosamente cerca, en rápida retirada, Brásidas decidió colocar a sus soldados en “cuadro”, una especie de dibujo rectangular que acogía a las tropas ligeras en el centro, mientras que la retaguardia estaría cubierta por él y 300 de sus mejores hombres. De esta manera podrían asegurar una huida lo más segura posible. Con muy pocas bajas, los peloponesios alcanzaron un cerro donde se hicieron fuertes y evitaron más ataques enemigos. Desde allí, al día siguiente llegaron a Arnisa que, aun siendo territorio de Pérdicas, estaba fuera de peligro. La principal consecuencia de este suceso fue que la enemistad entre ambos dirigentes ya fue manifiesta y el macedonio fue, de nuevo, solicitando la protección de los atenienses.

 

      Al mismo tiempo que tenían lugar estos hechos, Cleón llegó con sus tropas compuestas por unos 1200 hoplitas, 300 jinetes y unos 30 barcos. Poco a poco, había ido recuperando los territorios que Brásidas había ido ganando para su causa. Pero para él y para los atenienses lo más importante, sin duda, era recuperar Anfípolis. Aquella ciudad era el motivo por el que Cleón se había embarcado en el proyecto y no volvería de vacío. Por su parte, Brásidas entendió que los atenienses ya estarían cerca de su objetivo y por ello, tras un intento fallido de tomar Potidea y defender Torone, marchó  directo a Anfípolis.

 

   Con el ejército de Cleón en los alrededores de Anfípolis, Brásidas se dio cuenta de que no tendría más remedio que luchar en ese momento. Se dio cuenta de que entre las tropas de los atenienses estaba la flor y nata de su ejército y por eso tomó la decisión de mandar una guarnición para que se instalara dentro de la ciudad y la guardara desde allí. En principio, él quedó en la villa de Cerdilión que está en tierras de los argilios. Por ser un terreno alto, permitía observar los movimientos de los enemigos. Por su parte, Cleón se vio obligado a actuar cuando sus soldados presionaron para salir de allí, en lugar de estar parados sin hacer nada. Cleón decidió acercarse aún más a Anfípolis y se instaló en un cerro por donde se estrecha el rio Estrimón y existe una buena vista de la ciudad. Como respuesta a este movimiento, Brásidas desalojó la villa de Cerdilión y con la tropa que le quedaba, entró en Anfípolis. Su intención, como antes dijimos, no fue sino la de resistir intramuros todo lo que pudiera, ya que la calidad y experiencia de sus hombres no era la suficiente para enfrentarse a los atenienses. Por eso, mientras aguardaba en el interior de la ciudad, envió mensajes a Esparta para que le enviaran tropas de refuerzo. Pero éstas, nunca llegaron.

 

    Mientras que sus ciudades clamaban por un cese de las hostilidades, Brásidas y Cleón se habían convertido en los auténticos enemigos de la paz. Este hecho y el éxito en general de Brásidas en su carrera como militar, le había granjeado algunos enemigos en Esparta que, ahora estarían encantados de que su empresa fracasara, por lo que existen motivos para pensar que las autoridades espartanas no fueron todo lo diligentes que pudieron ser en el envío de nuevas tropas y de hecho, aunque se sabe que una guarnición al mando de Ranfias y Autorcáridas salió de Esparta, ésta nunca alcanzó a tiempo su objetivo. A pesar de que su campaña había logrado algo inimaginable solo un año antes como era forzar a los atenienses a una negociación, ahora su propia ciudad le daba la espalda y lo abandonaba a su suerte, planificando secretamente un acuerdo de paz con Atenas.

 

    A sabiendas de que los atenienses estaban esperando más apoyos de su ciudad, Brásidas resolvió que había llegado el momento de salir a luchar. La precisión en el relato que hace Tucídides de aquella batalla merece que no se añada ni una sola coma al mismo:

 

   “Viendo que se marchaban los enemigos, dijo a los suyos: «Esta gente no nos aguardará, porque bien veo cómo sus lanzas y celadas se menean, y nunca jamás hicieron esto hombres que tuviesen gana de combatir; por tanto, abrid las puertas, y salgamos todos con buen ánimo a dar sobre ellos con toda diligencia.» Abiertas las puertas por la parte que Brásidas había ordenado, así las de la ciudad como las de los reparos, y las del muro largo, salió con su gente a buen trote por la senda estrecha donde ahora se ve un trofeo puesto, y dio en medio del escuadrón de los enemigos, que halló confusos por el desorden que tenían, y espantados por la osadía de sus enemigos; inmediatamente volvieron las espaldas y se pusieron en fuga. Al poco rato salió Cleáridas por la puerta de Tracia, como le habían mandado, y vino por la otra parte a dar sobre los enemigos. Los atenienses, viéndose acometer súbitamente por donde no pensaban, y atajados de todas partes, se asustaron más que antes, de tal manera que los del ala izquierda que habían tomado el camino de Eón diéronse a huir en desorden. En este medio Brásidas, que había entrado por el ala derecha de los enemigos, fue gravemente herido, cayendo a tierra, mas antes que los atenienses lo advirtiesen fue levantado por los suyos que estaban cerca, y aunque los soldados del ala derecha de los atenienses se afirmaron más que los otros en su plaza, Cleón, viendo que no era tiempo de esperar más, dio a huir, y cuando iba huyendo le encontró un soldado micinio que le mató. Mas no por eso los que con él estaban dejaron de defenderse contra Cleáridas a la subida del cerro, y allí pelearon muy valientemente hasta tanto que los de a caballo y los de a pie armados a la ligera, así micinios como calcídeos, sobrevinieron, y a fuerza de venablos obligaron a que abandonaran su puesto, y se pusiesen en huida. De esta suerte todo el ejército de los atenienses fue desbaratado, huyendo unos por una parte y los otros por otra, cada cual cómo podía hacia la montaña, y los que de ellos se pudieron salvar acogiéronse a Eón.

 

     Después que Brásidas fue llevado herido a la ciudad, antes de perder la vida supo que había alcanzado la victoria, y al poco rato falleció. Cleáridas siguió al alcance de los enemigos cuanto pudo con lo restante del ejército, y después se volvió al lugar donde había sido la batalla. Cuando hubo despojado los muertos, levantó un trofeo en el mismo lugar en señal de victoria. Pasado esto, todos acompañaron al cuerpo de Brásidas armados, y le sepultaron dentro de la ciudad delante del actual mercado, donde los de Anfípolís le hicieron sepulcro muy suntuoso, y un templo como a héroe, dedicándole sacrificios y otras fiestas, y honras anuales, dándole el título y nombre de fundador y poblador de la ciudad, y todas las memorias que se hallaron en escrito, pintura o talla de Hagnón, su primer fundador, las quitaron y rayaron, teniendo y reputando a Brásidas por fundador y autor de su libertad. Recobrados los muertos, los atenienses volvieron por mar a Atenas, y Cleáridas con su gente se quedó en la ciudad de Anfípolis para ordenar el gobierno de ella”

 

  

 Consecuencias

   La consecuencia más importante que tuvo esta batalla fue que, por primera vez en muchos años, tanto espartanos como atenienses parecían proclives a la paz. Ambas potencias se sentían desgastadas y una vez muertos aquellos que tan contrarios se mostraban al proceso negociador, todo parecía apuntar en la dirección del cese definitivo de las hostilidades. Las fuerzas se habían equilibrado de nuevo. Atenas no había sabido sacar provecho de su ventajosa situación cuando venció en Esfacteria y Esparta, por su parte, había logrado mitigar su posición de debilidad merced a la conquista de Anfípolis. Sin embargo, tampoco aprovechó la situación para obtener rédito político de aquella victoria que bien podríamos decir que la dejaba ligeramente mejor que a Atenas. Al contrario, la paz impulsada por Nicias en 421 a.C. pareció ser la de la concordia y aunque se llegó a varios acuerdos de devolución de territorios, éstos nunca llegaron a producirse, lo que terminó convirtiendo a aquel tratado, una vez más, en papel mojado.

 

   El testigo de la opción beligerante contra Esparta en los años siguientes en Atenas, lo tomó un jovencísimo e insolente Alcibíades quien desde el principio se dedicó a azuzar a los atenienses para que destruyeran a los espartanos marchando sobre el mismo Peloponeso y aliándose a sus tradicionales enemigos. Y a punto estuvo de conseguirlo, de no ser porque la certera intervención espartana lo evitó en otra gloriosa batalla que seguidamente veremos en tierras de Mantinea.

 



   Mapa de la Batalla de Anfípolis.
Detalle de la batalla de Anfípolis.

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