sábado, 20 de enero de 2018

Antígona

Al acercarme a Tebas, me sorprendió la cantidad de soldados extranjeros que bullían alrededor de la ciudad. Cuando me diri­gía hacia una de las siete puertas de la ciudad, noté que estaban todas cerradas. Un capitán me increpó, burlándose:
—¿Quién eres, joven extranjera? ¿No ves que estamos sitiando Tebas? ¡Si entras, ya no podrás volver a salir!
—Me llamo Antígona. Soy la hija de Edipo, que fue rey de esta ciudad. Regreso a mi patria, que es gobernada por Creonte, mi tío.
—¿Antígona? —dijo el otro inclinándose con respeto.
Entonces, de una de las tiendas que rodeaban la ciudad, una muchacha envuelta en llantos salió, me vio y se lanzó hacia mí. La abracé.
—¡Ismene! Ismene, mi hermana querida... ¿Por qué lloras así?
—Ay, Antígona —me dijo sollozando—, ¡estoy tan contenta de que hayas regresado! ¿Cómo está nuestro padre Edipo?
—Ha muerto. Las euménides finalmente se apiadaron de él.
Esta triste noticia hizo recrudecer el llanto de mi hermana.
—¡La desdicha nos persigue, Antígona! —me confesó—. La muerte de nuestros padres no ha calmado la ira de los dioses... Desde el exilio de Edipo, ¡nuestros hermanos no han dejado de tratar de destruirse entre sí!
¡Eteocles y Polinices! Los quería tanto como Ismene. Mi hermana contuvo sus lágrimas para explicarme:
—Después de tu partida, fue Creonte, nuestro tío, quien asu­mió el trono. Muy rápidamente, Eteocles y Polinices exigieron el poder: los hijos de Edipo no hacían más que reclamar su derecho.
—¡Que así sea! —les respondió Creonte—. ¿Pero cuál de ustedes dos será rey?
Me imaginaba sin dificultad la continuación de los hechos que Ismene me confirmó:
—Ninguno quiso renunciar. Sabes, Antígona, ¡qué orgullosos e intransigentes son! Hicieron un trato: gobernaría uno cada año. El azar designó primero a Eteocles...
—La solución no era mala —murmuré.
—Ay, aquel que conoce el poder no tiene sino un deseo: ¡con­servarlo! Polinices se había instalado lejos del palacio. Cuando regresó, Eteocles nunca quiso entregarle el trono.
—¡Qué perjurio! ¿Por qué cometió esa traición?
—Eteocles argumentaba que, en un año, había aprendido a go­bernar. ¡Oh, todos los pretextos fueron buenos! Eteocles no cedió.
—¿Y Polinices? ¿Cómo reaccionó?
—¡Muy mal! —respondió una voz familiar detrás de mí.
Polinices estaba allí, feliz, orgulloso, rutilante, armado. Me abrazó.
—¡Fui a pedir ayuda para hacer valer mi derecho! —refunfuñó, señalando el ejército que rodeaba a la ciudad—. El rey de Argos tuvo a bien ofrecerme estos refuerzos: me ha confiado miles de hombres. ¡En este momento, siete capitanes y sus guarniciones vigilan las siete puertas de Tebas! La ciudad se rendirá pronto.
No pude impedir responderle, como quien reta a un niño caprichoso:
—Polinices... ¿sabes bien lo que haces? ¡Estás desafiando a ti propio hermano, estás reclutando a un ejército extranjero!
—¿Apoyarías a Eteocles? ¡Faltó a su palabra!
—Ambos se equivocan, incluso si fue él quien ha comenzado...
Polinices bajó los ojos. Apenas de regreso en mi patria, me obligaban a volver a ser la hermana mayor, encargada de apaciguar las peleas y de arbitrar en los conflictos. Yo ya estaba pensando en la desazón de los tebanos hambrientos.
—¡Cuántos muertos va a provocar este sitio! —murmuré espantada.
—Antígona —me respondió mi hermano—, sabes cuánto te queremos. Tu dedicación a nuestro padre en el exilio ha suscita­do el respeto y la admiración general. Pero si apoyas la actitud de Eteocles...
—¡La condeno tanto como a la tuya! ¿Has pensado, Polinices, en las víctimas que esta guerra fratricida acarreará? No sólo entre los nuestros, sino también entre los soldados de Argos, que van a mo­rir en un conflicto que no concierne más que a tu hermano y a ti.
—Lo sé —masculló él—. Por eso, Antígona, te pido que vayas a convencer a Eteocles. Si me niega el trono, somételo a un trato: que acepte enfrentarme en un combate singular1. Si pierde, ¡ob­tendré para siempre el trono! Si gana, se lo quedará.
—¡No! Me niego a que se maten entre ustedes...
—En ese caso —exclamó señalando el ejército de Argos—, no evitaremos la matanza. Que gane el más fuerte.
Estaba consternada. Necesitaba ganar tiempo, además de intentar hacer entrar en razón a Eteocles. Muy rápidamente, respondí:
—¡De acuerdo, Polinices! Voy a plantearle tu propuesta.
Lo abracé durante un largo rato.
—Te quiero, hermanita, ¿sabes? —me murmuró Polinices.
Yo también te quería, Polinices. Pero no había nacido sino para ver morir a todos aquellos que más amaba.



Una vez dentro de Tebas, las puertas se cerraron detrás de mí. Fui inmediatamente admitida en el palacio. Creonte me recibió sin alegría. Me condujo ante el trono donde se encontraba mi hermano. Grité:
—Nuestro padre ha muerto. Regreso. ¡Y me entero de esta odiosa pelea entre hermanos! Eteocles, mantén tu palabra: cede el trono por un año a Polinices.
—¿¡Qué!? —se indignó él—. ¿Capitular ahora ante ese traidor que ha ido a buscar refuerzos entre nuestros antiguos enemigos?!
Durante un largo tiempo lo confronté con distintos argumen­tos para convencerlo. Mi hermano no se engañaba a propósito de su propia mala fe. Pero su orgullo haría que no se aviniera a ce­der en su posición. Creonte, atento, escuchaba. Murmuré:
—Si existiera una manera cruel de desempatar...
Expliqué el trato que proponía Polinices; Creonte reaccionó:
—¡La solución es honesta, Eteocles! Escucha: la población de Tebas está hambrienta. Cuando Argos nos asalte, estaremos de­masiado débiles para combatir, deberemos capitular, ¡lo sabes! ¿Cómo... dudas? ¿Temes enfrentar a tu hermano?
—De acuerdo. Salvemos vidas. ¡Antígona, dile a Polinices que acepto!


Al día siguiente, al alba, asistí al combate desde los muros de la ciudad. Con el corazón estrujado, esperaba que uno de mis hermanos fuera ligeramente herido, admitiera su derrota y abandonara el trono. No ocurrió nada de eso. La llanura don­de los dos adversarios se enfrentaban resonaba ante el choque violento de sus espadas. Las estocadas eran a matar. La sangre brotaba de un lado y de otro. Y como sus voces agresivas se en­tremezclaban, yo no sabía cuál lanzaba gruñidos de cólera y cuál gritos de dolor.
Por fin, tras una hora de enfrentamiento sin piedad, los vi tambalearse y caer al mismo tiempo, uno encima del otro. Grité:
—¡Eteocles! ¡Polinices! ¡Rápido, vayan a socorrerlos!
Creonte hizo abrir las puertas y llegó a la planicie con una pe­queña guarnición. Cuando regresó, su escolta transportaba un cadáver ensangrentado. Fuera quien fuese, estaría desconsolada.
Reconocí el cuerpo de Eteocles; me precipité sobre él, lo inundé con mi llanto. Antes de exhalar su último suspiro, me reconoció, sonrió y murmuró:
—Te quiero, hermanita, ¿sabes?
En la llanura, los soldados de Argos se replegaban. Ya no entendía nada: Polinices había ganado, ¿por qué sus aliados no entraban vencedores a Tebas?
—¡Polinices también ha muerto! —me anunció Ismene viniendo por mí—. Su cuerpo yace en la planicie. Sin más motivos para combatir, la gente de Argos regresa a su patria.
Así los dioses continuaban ensañándose con nuestra familia: la estúpida rivalidad de mis hermanos los había perdido. Mientras me lanzaba hacia los despojos de Polinices, abandonados en la arena, oí lo que Creonte decretaba para los tebanos reunidos:
—¡Que se hagan al soberano Eteocles funerales dignos del gran rey que era!
Rápidamente, di media vuelta hacia mi tío:
—¿Y Polinices? —le dije, señalando, a lo lejos, su cuerpo muerto.
—Ese traidor no merece sepultura alguna. ¡Que su cadáver sirva de alimento a los buitres! Quienquiera que se aproxime a él e intente infringir mis órdenes será condenado a muerte. ¡Que se haga como he dicho!
—¡Es imposible! Tío...
Creonte me fulminó con la mirada, pues lo estaba desafiando en público.
—¡Te imploro clemencia! —grité arrojándome a sus pies.
—No daré un paso atrás con la orden dada, Antígona. No olvides que de nuevo soy el rey.
En efecto, una vez desaparecidos mis hermanos, ¡Creonte volvía a subir al trono!
Esperé encontrarme sola con él dentro del palacio. Sabía que mi tío era obstinado, pero no cruel.
—Si dejas el cuerpo de Polinices sin sepultura, su alma errará para siempre, ¡no podrá llegar al reino de los muertos!
—Es cierto. Pero ignoras, Antígona, lo que es la razón de Estado. El pueblo exige que haya buenos y malos, vencedores y vencidos. No comprendería que tus hermanos fueran tratados de la misma manera. Eteocles era el rey en ejercicio.
—¡Había violado su acuerdo y usurpado el trono!
—No importa: era el rey de Tebas y Polinices estaba del lado equivocado de los muros. Además, es demasiado tarde para que yo modifique mi decreto.
—¡Pero es una injusticia!
—Más vale una injusticia que un desorden. En mi lugar, harías lo mismo. Castigarías con la muerte a aquel que infringe la ley.
—Existen otras leyes, tío, no escritas: leyes dictadas por amor, el respeto de los hombres y el temor de los dioses, ley más justas y más fuertes que tus pequeños decretos.
—Cuidado, Antígona, no me desafíes. Si te atrevieras a desobedecer, me vería obligado a condenarte.
Éramos iguales a mis hermanos que se habían matado entre sí: ninguno de los dos quería ni podía retroceder. Pero si Creonte no hacía más que cumplir con su trabajo, a mí me incumbía cumplir con mi deber.
Aquella misma noche estaba con Ismene en su habitación. Su tristeza parecía infinita. Le acaricié el cabello y le murmuré:
—Ismene, debes saber que perderás también a tu hermana.
—¿Cómo? —preguntó levantando rápidamente la cabeza—. ¿No me digas que tienes la intención de ir a dar sepultura a Polinices?
—Debo hacerlo. Luego, Creonte hará de mí lo que quiera.
—¡Antígona —me suplicó— no me abandones! ¡En vez ocuparte de los muertos, cuida más bien de los vivos!
—No soy más que una sombra, Ismene. Tengo prisa por reunirme con quienes nos han dejado.
Alguien entró en la habitación: por su andar encorvado, reco­nocí a Tiresias, el adivino. ¿Qué venía a hacer a esa hora?
—Vas a cometer lo irreparable, Antígona...

—¡Creonte te condenará! —exclamó Ismene—. Sí: leo tu muerte en la mirada del adivino, Antígona... ¿por qué obstinarte? ¿Nuestro interés no es ponernos del lado del más fuerte?
—Lo más fuerte no es la ley de Creonte. Lo más fuerte es deber. Luego, una vez cumplido el deber, se cumple el destino.



Es de noche. Ismene está durmiendo. Me inclino sobre ella para besarla. Luego, con los pies descalzos, dejo la habitación y me deslizo fuera del palacio. Las calles de Tebas están desiertas. Y las siete puertas de Tebas están abiertas. Ya no nos acecha enemigo alguno. A pesar de todo, hay soldados montando guardia y, cuando paso, me interpelan:
—¡Antígona! ¿Tú, aquí, a esta hora? ¡Espera, no te alejes!
—¡Creonte ha prohibido que salgamos de la ciudad!
Los soldados van bien armados, pero soy mucho más ágil que ellos. Me escapo sin dificultad y me lanzo hacia la planicie.
—¡Antígona, regresa! —me gritan—, ¡Oh, no, por favor, no lo hagas!
Dudan en perseguirme. Soy yo quien les grita de lejos:
—Sólo voy a cumplir con mi deber. ¡Ustedes, soldados, cum­plan con el suyo!
La noche es bella, y la arena está caliente bajo mis pasos. Co­rro hasta esa forma humana que, sangrienta y despedazada, yace bajo la luna. Asustadas, algunas aves rapaces se echan a volar con pesadez ante mí. Polinices... por fin, mi hermano está aquí. No me tomo tiempo para honrar su memoria. Junto tierra y arena con mis pies y arrojo todo sobre el cuerpo difunto. Oh, es inútil cubrirlo completamente para los dioses, que sólo juzgan la intención, algunos puñados bastan.
—Ve, Polinices, ¡descansa en paz ahora!
Por la bocanada de felicidad que me invade, sé que el alma de mi hermano deja finalmente su cuerpo muerto. En ese momento, Polinices ha llegado a la laguna Estigia, y Caronte lo ha admitido en su barca.
Oigo ya detrás de mí los pasos de los soldados que acuden. La alerta fue dada. Suena una trompeta. Tebas se despierta.
El alba se levanta sobre el cuerpo de Polinices. Ya nadie puede ignorar mi acto de rebeldía y de amor.
Frente al trono de Creonte, ante el cual los soldados me han conducido, debo confesar mi delito. Mi tío se inclina hacia mí, me susurra:
—Todavía puedo indultarte. Confiesa que lamentas ese acto insensato.
—¡Sí, Creonte! —digo lo bastante fuerte como para que todos me escuchen—. Sí, confieso: ¡si tuviera que hacerlo de nuevo, lo repetiría!
Tiresias trata en vano de tomar mi defensa. Creonte suspira:
—¿Qué clase de obstinada eres como para haberte atrevido a infringir mi ley?
—¿Y tú, Creonte, qué clase de rey eres para ponerte en el lugar de los dioses y negarle la sepultura a aquel cuyo único crimen era reclamar lo que se le debía?
Como a todos los reyes, a Creonte no le gusta que lo desafíen.
—¡Joven terca! Me veo obligado a condenarte a muerte...
—Prefiero morir en paz antes que vivir sin haber cumplido con mi deber. Cuídate, tío: ¡has violado otras leyes, teme la cólera de quienes las han dictado!
Cuando atravieso las calles de Tebas, encadenada, sorprendo a mi alrededor murmullos de admiración y de piedad. Para mi gran asombro, soy más una heroína que una condenada.
Mi prisión se encuentra un poco apartada de la ciudad; es una gruta en el acantilado. Antes de entrar, abrazo a Ismene.
—Antígona —me afirma—, no voy a sobrevivir a tu muerte.
Por orden de Creonte, los soldados hacen rodar ante la entrada de la caverna una enorme roca que la obstruye. Estoy sumergida en la oscuridad. Así es, aquí voy a morir.
No esperaré que la sed y el hambre vengan a torturarme. Pondré fin a mis días como lo hizo mi madre. Hades tendrá piedad de mí, lo sé. Mi sacrificio servirá tal vez de ejemplo...
Espero que en el futuro haya otros como yo que sepan desafiar a los reyes y comprender que su deber, a veces, es infringir la ley de los hombres.



































Sófocles es quien recoge este mito y lo hace tema de su tragedia homónima. También Eurípides toma como asunto de algunas de sus tragedias la descendencia del infortunado Edipo.

1 El combate singular era el enfrentamiento entre los dos líderes de cada ejército. Cada uno representaba a su ciudad y el que ganaba se consideraba vencedor.

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