lunes, 8 de enero de 2018

VALERIO MASSIMO MANFREDI LA TUMBA DE Alejandro EL ENIGMA:12 El faraón desaparecido

En 1822, Jean François Champollion publicó el des­ciframiento de la escritura jeroglífica, empresa que resultó posible por la conciencia de que el copto no era otra cosa que la transcripción griega del antiguo demótico, que a su vez era una forma simplificada de la escritura hierática (el jeroglífico), un paradigma que pudo ser verificado plenamente con el descubrimiento de la inscripción de la piedra de Rosetta (también con­fiada al Museo Británico) redactada en tres lenguas di­ferentes: la jeroglífica, la griega y el demótico. Nacía así la egiptología científica, que al cabo de pocos años co­noció un desarrollo extraordinario gracias también al gran número de especialistas y de estudiosos que ha­bían seguido a Napoleón en su expedición egipcia.
            Así fue posible traducir el texto grabado en el sar­cófago de la mezquita Atarina y descubrir que se trataba del sepulcro de Nectabeo II, el último faraón autócto­no de Egipto, derrotado por los persas de Artajerjes III Oco en 343 a.C. y desaparecido misteriosamente. Su nombre estaba de algún modo ligado a la saga de Ale­jandro a través de un mito elaborado y extendido en el área alejandrina y que encontramos en las páginas del Pseudo Calístenes, que narraba los acontecimientos milagrosos relacionados con el nacimiento de Alejan­dro. El faraón, como hemos contado ya, bajo la falsa apariencia del dios Amón, se había unido carnalmente con la reina Olimpíade, que había concebido al con­quistador del mundo.
            La identificación del sarcófago provocó asombro porque por las fuentes resultaba que el faraón derrota­do antes había huido a Menfis, luego se había refugia­do en el Alto Egipto y, por tanto, en Nubia, donde se había perdido definitivamente su rastro.1
            El mismo Fraser2 consideró el problema de inter­pretación creado por un sarcófago de esa importancia y de esas dimensiones en Alejandría y, por añadidura, mandado realizar por un faraón que, según las fuentes, nunca había sido enterrado en él,3 y vinculado además al mito, aunque fuese tardío, del nacimiento de Alejan­dro. ¿Podía haber sido quizá utilizado para enterrar en él al propio Alejandro? Esto es algo que Wace llegó a considerar,4 pues pensaba que Rajotis, la ciudad que ya existía antes que Alejandría y que se convirtió pos­teriormente en un barrio egipcio, era lo bastante im­portante como para albergar la sepultura de Nectanebo II, y que cuando el faraón se perdió en el Alto Egipto y en Nubia habría podido ser utilizada para la sepultura de Alejandro, hecho del que derivaría la tra­dición ligada a la mezquita Atarina. Fraser, sin embargo, rechazó tanto una como otra posibilidad: no había ninguna razón para que Nectanebo II fuese enterrado en Rajotis y menos aún para que un sarcófago se­mejante hubiese podido ser usado para albergar los restos de Alejandro. Por otra parte, la grandiosidad y belleza del objeto y su imponente tamaño, precisa­mente para las premisas establecidas por Fraser, exclu­yen ante todo que se encontrara todavía donde lo vio Clarke y antes de él también otros viajeros. Lo cual, como se ha afirmado justamente,5 habría comportado, antes incluso de la fundación de Alejandría, la existen­cia de una necrópolis real en un centro periférico co­mo Rajotis.
            Dado que esto era claramente imposible, el sarcófa­go de Nectanebo debía de haber sido llevado expresa­mente a Alejandría y con un traslado de no poca en­vergadura dado el peso exorbitante del objeto. Pero ¿para qué y por qué?
            Como ya hemos recordado, Chugg6 no considera imposible que a fin de cuentas el sarcófago, nunca uti­lizado para el faraón para el que se construyó, fuese empleado en efecto para el cuerpo de Alejandro en su estancia temporal en Menfis. La presencia en la zona del Serapeo de estatuas griegas y de dos leones esculpi­dos a la manera griega (símbolos de realeza) parecería confirmar esta hipótesis, y el sarcófago podría haber encontrado cabida en una cámara lateral del santuario fúnebre de Nectanebo, excavado por Auguste-Edouard Mariette, el fundador del Museo Egipcio de El Cairo y del Departamento de Antigüedades. Aparte de esta aproximación, habría podido inspirar la fábula de la pa­ternidad egipcia de Alejandro.
            En consecuencia, se supone que el cuerpo de Ale­jandro, de Menfis donde había estado sepultado dos o tres años, posteriormente habría llegado hasta Alejan­dría dentro de un ataúd que pesaba siete toneladas, cuya extracción del primitivo mausoleo habría sido una operación decididamente dificultosa.
            Aparte de lo poco práctico de un simple transpor­te, queda el hecho de que debemos olvidar lo que dice Estrabón, a saber: que en tiempos de Ptolomeo XI Kokke el cuerpo del soberano macedonio descansaba todavía en el mismo sarcófago de oro macizo en el que había viajado de Babilonia, y que solo entonces fue de­positado en un sarcófago menos suntuoso de alabastro. Una cosa es cierta: un traslado tan complejo no se hizo sin una razón de peso y seguramente fue utilizado o para una sepultura real o para cualquier otro fin de no menor importancia.
            Por otra parte, el sarcófago de breccia verde estaba desde hacía tiempo fuera de su contexto original cuan­do fue recuperado por Clarke, por lo que habría podi­do llegar de lugares y ubicaciones que solo podemos circunscribir, con una cierta aproximación, a la necró­polis real del Lochias. La única vinculación con la le­yenda de Nectanebo y Olimpíade y una habladuría local de origen islámico, de dos o tres siglos de anti­güedad, no es suficiente para una atribución de tal im­portancia. Una primera posibilidad es, en nuestra opi­nión, que el sarcófago fuera transportado a Alejandría para servir de sepultura a algún personaje importante, pero difícilmente para un rey que habría visto menos­cabado por ello su prestigio. Más probablemente, para servir de lo que era en realidad: un cenotafio en me­moria del último soberano dinástico de la tierra del Nilo, del último faraón que se había batido con todas las fuerzas contra el enemigo invasor y merecía ser re­cordado. Transferir su sepulcro a Alejandría habría po­dido ser otro modo para la nueva dinastía venida de un país lejano de legitimar su poder y ligar para siempre el propio destino a la tierra del Nilo.
            Con el inicio de la egiptología y de las primeras ex­ploraciones científicas se desencadenó una auténtica caza del tesoro en todos los rincones del país. Eran po­cos los científicos, mientras que pululaban personajes pintorescos: depredadores, médiums, apasionados de la magia, saqueadores de tumbas y buscadores de tesoros, que se movían a lo largo y ancho por encargo de los museos europeos y posteriormente de los estadouni­denses, y también de particulares ansiosos de enriquecer sus colecciones de antigüedades. Hombres como Gio­vanni Battista Belzoni, un gigante italiano que se exhi­bía en los circos en pruebas de fuerza, llegado a Egipto para vender una bomba hidráulica de su invención al jedive de El Cairo y convertido en cambio en el más grande explorador de antigüedades de su tiempo, esti­mulaban la fantasía popular. Entonces no existían re­glas, ni estructuras públicas de protección del patrimo­nio arqueológico y cada uno podía hacer más o menos lo que quisiera. En los primeros años del siglo xix, lord Elgin había conseguido desmontar todo el friso de la escuela de Fidias de la cella del Partenón con la proce­sión de las panateneas y llevarlo a Londres. Se trató in­cluso de desmantelar el Erecteion para volver a mon­tarlo también en la capital inglesa, y poco faltó para que corriera la misma suerte el bajorrelieve de los leones en la puerta norte de Micenas. El imperialismo europeo podía permitirse casi todo y, en efecto, monumentos enteros fueron desmontados y transportados a miles de kilómetros de distancia para ser expuestos en los mu­seos: basta pensar en el Altar de Pérgamo y en la Puer­ta de Ishtar de Babilonia vuelta a montar en el Museo de Pérgamo en Berlín, o en los frisos y los relieves fron­tales del templo de Atenea Aphaia de Egina, actual­mente en el Museo de Munich. Cometieron robos y dieron muestra de abusos inconcebibles para nuestros días, pero en muchos casos salvaron la memoria de mo­mentos irrepetibles de nuestra civilización que de lo contrario se habrían perdido.
            Gran parte de esta pasión se focalizaba al Egipto fa­raónico, por lo que Alejandría permaneció en cierto sentido en la sombra, pero no así el mito de su funda­dor. El interés por su tumba se concentró en ese mo­mento en la mezquita de Nabi Daniel, distante desde allí de la Atarina unos quinientos o seiscientos metros y en dirección al sudeste y situada en el lado oeste de la altura de Kom el Demás (posteriormente Kom el Dick): «la colina de los cuerpos» o «de las sepulturas», un to­pónimo indudablemente sugestivo (figs. 11,13).
            Nabi Daniel significa «profeta Daniel» y, por consiguiente, uno espontáneamente lo vincula con el cono­cido personaje bíblico que vivió con su pueblo en Me­sopotamia durante el exilio babilónico seguido de la destrucción de Jerusalén por parte de Nabucodonosor en 578 a.C. En realidad las empresas atribuidas por la tradición al personaje enterrado en la mezquita en una especie de cámara hipogea son tales que no puede co­rresponder al profeta del exilio de Israel. Las vicisitudes del supuesto Nabi Daniel han llegado hasta nosotros a través del relato de dos astrónomos árabes del siglo ix d.C., al-Farghani7 y Abu Mashar. Según ellos, Nabi Da­niel había conquistado Asia y fundado Alejandría, lo que lo haría indudablemente coincidir con Alejandro, tanto más cuanto que el relato tiene que ver con su se­pultura y parece otra contaminación del pasaje de Es-trabón sobre Ptolomeo XI. Nabi Daniel, al igual que Alejandro, habría sido enterrado en un sarcófago de oro que luego los judíos habrían sustituido por otro de piedra a fin de utilizar el metal para fabricar mone­das. También Ptolomeo XI utilizó el sarcófago para acuñar monedas de oro con las que pagar a los merce­narios y, a excepción del detalle de los hebreos, tradi­cional blanco de la xenofobia en Alejandría, en cualquier época el relato parece coincidir muy aproximadamen­te con el de Estrabón, así como también, por otra par­te, el relato de al-Massoudi que ya hemos mencionado. Es evidente que no se puede pensar que una simple tradición oral se perpetuara durante tantos siglos y el carácter único de la noticia de Estrabón excluye que mediaran otras fuentes conocidas para nosotros. No queda más que considerar con Saunders8 que, en la Edad Media, Estrabón ya era conocido en Oriente mu­cho antes que en Occidente, donde pudo ser leído solo en el Renacimiento junto con otros importantes tex­tos del clasicismo griego.
            No son muchos, en efecto, los elementos que rela­cionan la mezquita de Nabi Daniel con Alejandro, aparte de la posición algo separada del centro de la ciu­dad y el recuerdo de una «iglesia de Alejandro» pree­xistente; vista la imposibilidad absoluta para el profeta Daniel de haber estado nunca en Alejandría, que en su tiempo no existía, parecería más probable que se trata­se de un santo varón de ese nombre oriundo de Mo­sul, que fundó una escuela coránica en aquel lugar donde luego sería enterrado y donde todavía puede verse su sarcófago cubierto por un paño verde. Ade­más, el topónimo de Kom el Demás («colina de los cuerpos») fue relacionado con el soma (cuerpo) de Ale­jandro, pero también aquí la conexión es demasiado endeble y vaga. De hecho, el equívoco podría haberse originado por lo que atestiguaba León el Africano, que recordaba los muchos peregrinos que se dirigían a la tumba del gran conquistador que se alzaba en las cer­canías de la iglesia de San Marcos. Las interpretaciones decimonónicas de este testimonio tenían en cuenta, por tanto, la presencia de una iglesia copta de San Mar­cos a escasa distancia de Kom el Dick y de la mezquita del lugar, que, por otra parte, topográficamente tampo­co coincide con el antiguo gran cruce entre la vía Canópica y la Rl y con la figura de Alejandro, es decir, es todo pura invención, incluso la afirmación de que tan­to el profeta Daniel como el soberano macedonio mu­rieron ambos en Alejandría.
            Y, sin embargo, pese a la confusión de los indicios, lo vago de las conexiones, la imprecisión topográfica, la hipótesis arraigó hasta el punto de convencer a estu­diosos serios y reputados para considerar Nabi Daniel como el lugar de la tumba de Alejandro incluso en el siglo xx. Entre ellos, el arqueólogo italiano Annibale Evaristo Breccia, director del Museo Greco-romano de Alejandría de Egipto desde 1904 y académico de los Lincei, y el ingeniero y topógrafo egipcio Mahmud Bey el Falaki, autor por cuenta del emperador Napoleón III de un mapa de la antigua Alejandría que gozó de gran consideración.
            Con más razón podemos imaginarnos cuánto se dejaron sugestionar los ingenuos por charlatanes y aventureros. Es famoso el episodio de Ambrose Schilizzi,9 dragomán del consulado ruso de Alejandría, que al parecer hizo de guía a los visitantes de la ciudad en sus ratos libres. La palabra «dragomán» viene del turco targiuman, que significa «intérprete», y con ella se indicaba a las personas extranjeras que prestaban servicio en las distintas embajadas haciendo de intermediarios con las autoridades locales en virtud de su conocimiento de la lengua árabe. Ahora bien, hacia 1850 el tal Schilizzi (o Skilitzi) declaró a determinados visitantes europeos que había bajado a los subterráneos de la mezquita de Nabi Daniel y se había encontrado en un determinado momento ante una puerta carcomida y había atisbado en su interior. Lo que vio le dejó literalmente paraliza­do por la maravilla: delante de él estaba el cuerpo de un hombre sentado en el trono dentro de un relicario de cristal. Llevaba una diadema en la cabeza y a su al­rededor estaba lleno de rollos de papiro.
            Schilizzi hubiera querido llevar a cabo su explora­ción, pero los frailes que custodiaban la mezquita se lo impidieron.
            Se trata de un cuento mucho menos extravagante de lo que parece: Chugg10 ha hecho observar justa­mente que el hombre era claramente culto y su visión se basaba en la contaminación de Estrabón (la vitrina de cristal, y aliñé), de Suetonio (la corona colocada por Augusto sobre la cabeza de la momia de Alejandro) y de Dión Casio para el episodio de Septimio Severo que encerró (si así se quiere interpretarlo) todos los li­bros prohibidos y de magia dentro de la tumba de Ale­jandro.
            Hay que reconocer que el dragomán quiso al me­nos vender una historia culturalmente aceptable y casi creíble para quien hubiera leído las fuentes. En realidad la mezquita estaba demasiado al sur y demasiado al oes­te para poder pretender ser un punto de referencia para el soma de Alejandro. Pero los mitos se resisten a morir, y aunque este fuese como mucho de origen medie-val-renacentista, durante muchos años siguió habiendo aventureros, pero también hombres de ciencia y un buen número de académicos que se pusieron a buscar la tumba perdida entre Nabi Daniel y Kon el Dick. Hasta el gran Schliemann, el descubridor de la civiliza­ción micénica y de la fortaleza de Ilion, desembarcó en el puerto grande en 1889 con la inequívoca intención de encontrar la tumba de Alejandro. Por desgracia, las primeras pruebas fueron decepcionantes: la piqueta de Schliemann se topó con restos nada más que de época romana, y como los permisos para las concesiones de excavación de otros yacimientos iban para largo, lo dejó todo y se marchó. Al año siguiente moriría en Nápoles víctima de una grave dolencia mientras anda­ba por la calle pensando en sus próximas excavaciones. Los éxitos clamorosos a los se había habituado o quizá el presagio de un final inminente debían de haberlo vuelto impaciente y cada obstáculo debía de parecerle una pérdida de tiempo insoportable.
            Aquellos fueron años irrepetibles para Alejandría. En tiempos del desembarco de Napoleón, la ciudad es­taba reducida a un poblacho de pescadores de cinco mil a seis mil habitantes, casi todos reagrupados junto al istmo que se había creado con los sedimentos que había englobado el Heptastadion. El resto de la ciudad sería posible excavarlo sin problemas por encontrarse en estado de total abandono; en particular, la zona del promontorio de Lochias y de los palacios aparece casi totalmente despejada en el mapa napoleónico de 1798 (fig. 10). En realidad, algo se hizo, pero a pequeña esca­la y sin resultados particularmente brillantes. En las dé­cadas siguientes no faltaron en cambio las polémicas entre los arqueólogos y particularmente entre los topó­grafos: en 1895, David George Hogarth y Edward Frederick Benson, de la Escuela Arqueológica británica de Atenas,11 establecieron que el mapa de Alejandría traza­do por Mahmud Bey no era de fiar y discutieron la ubicación y el trazado de la vía Canópica, que en cam­bio fue confirmada por las sucesivas prospecciones de Friedrich Noack en la zona oriental de la antigua ciu­dad.12

            Las cosas cambiarían (pero solo hasta un cierto punto) con la creación del Museo Greco-romano de la ciudad, en la que desempeñaron un papel importante los arqueólogos italianos. Lamentablemente, en aquel tiempo —estamos ya a principios del siglo xx— la ciudad había aumentado diez veces respecto a sus di­mensiones en la época napoleónica. Muchas informa­ciones y testimonios fundamentales se habían perdido para siempre.

1.           La peripecia la cuenta Diodoro, XVI, 51.
2.     Fraser, 1972, vol. II, p. 39, nota 86 al cap. I.
3.     Diodoro, ibid.
4.     Wace, 1948, pp. 1-11.
5.           Chugg, 2006, p. 140.
6.     Chugg, 2006, pp. 144-145.
7.           Ahmad ibn Musammad al-Farghani fue tradu­cido por primera vez al latín en 1669 por J. Golius: Ja­cobus Golius, Muhammedis FU. Ketiri Ferganensis, qui vulgo Afrahanus dicitur. Elementa astronómica. Arabice et Latine.
8.           Saunders, 2006, p. 126.
9.         Citado en Fraser, 1972, vol. II, p. 41, nota 87 al
        cap.
I.
10.     Chugg, 2006, p. 147.
11.     Hogarth-Benson, 1895, pp. 1-33.
12.     Noack, 1900, pp. 215-279.

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