sábado, 13 de enero de 2018

Augusto Prego de Lis GRECIA FRENTE A ROMA HISTORIA DE LA LIGA AQUEA  LIBRO I ARATO DE SICIÓN 1. REYES Y TIRANOS

1.
 REYES Y TIRANOS
 Una noche del verano de 264 antes de Cristo un niño de siete años corría despavorido por las calles de la ciudad griega de Sición. En el transcurso de un golpe de estado su casa había sido asaltada y su padre, Clinias, el principal magistrado de la ciudad, asesinado. El pequeño, llamado Arato, había conseguido huir, y en su aturdimiento sólo acertó a dirigirse a otra casa que conocía bien, la de su tía Soso, hermana del dirigente de la revuelta, Abántidas. La mujer se compadeció de su sobrino y decidió, anteponiendo los lazos familiares a los políticos, ponerlo a salvo. Esa misma noche, y amparada en su relación con el nuevo tirano, sustrajo a Arato de las violencias de los nuevos dirigentes y lo sacó subrepticiamente de la ciudad, para enviarlo a la cercana Argos.
 Sición era por entonces un núcleo urbano de primer orden, importante desde época arcaica, reconocido por ser en el periodo clásico un foco cultural y artístico de gran renombre, del que salieron talentos como Polícleto, Lisipo y Apeles. En la época que tratamos estaba considerada como el principal centro pictórico de Grecia. Con la disolución del imperio de Alejandro Magno, tras su muerte en 323, Sición sufrió las conmociones de las guerras que entablaron sus sucesores, los Diácodos. Fue saqueada y destruida por Demetrio Poliorcetes en 303. La ciudad fue reconstruida a poca distancia, pero las luchas internas se agravaron desde entonces, y las principales familias comenzaron a competir violentamente por el acceso al poder. Tras la muerte hacia 270 del tirano Cleón, fueron nombrados magistrados supremos Timóclides y Clinias, el padre de Arato. Muerto Timóclides, Clinias quedó como magistrado principal, quizás tirano él mismo, con el apoyo del rey de Egipto Ptolomeo II Filadelfo, enfrentado a los reyes de Macedonia por la hegemonía en Grecia. Fue en ese marco de luchas en el que Abántidas dio su golpe de estado en 264, probablemente con el apoyo activo del rey Antígono Gonatas desde Macedonia.
 En Argos Arato fue puesto bajo la tutela de unos amigos de su padre. Se educó en un círculo aristocrático de exiliados de distintas procedencias, ocupados en rocambolescas conspiraciones para lograr el retorno a sus ciudades. Heredero de una de las principales familias de Sición pasó a ser, apenas un adolescente, el líder de la oposición a la tiranía, el jefe de una facción, en un mundo donde el linaje familiar era el elemento esencial del destino de un hombre. Plutarco en su biografía lo caracteriza como demasiado interesado en los ejercicios atléticos.
 Recibió en Argos de los huéspedes y amigos de su padre una educación liberal, y viendo él mismo que su cuerpo adquiría altura y fuerza, se dedicó al deporte, y así, compitiendo en el pentatlón, alcanzó las cinco coronas. Se le ve en sus retratos un aire atlético, y lo perspicaz y majestuoso de su semblante no oculta cierta tosquedad y corpulencia. Quizás por eso dedicó al estudio de la elocuencia menos de lo que convenía a un hombre de estado. Plutarco, Arato 3
 Hay que decir, contradiciendo la opinión de Plutarco, –en cuyo mundo, tres siglos posterior, la guerra no era ya una actividad cotidiana–, que eran precisamente el coraje y la presencia física las cualidades necesarias para un exiliado, líder de un partido dispuesto a recuperar por la fuerza el poder en su ciudad. Además el deporte había alcanzado en el mundo griego un papel primordial. El antiguo espíritu de sacrificio por la patria, la polis, había sido sustituido por la búsqueda del éxito individual, en el campo político, intelectual o económico. Y el deporte fue uno de esos campos. Atrajo a las multitudes a los estadios, hacia un espectáculo cada vez más profesionalizado, y daba a los individuos una forma de alcanzar el reconocimiento público, el éxito. Los grandes juegos atléticos, como los Olímpicos, los Nemeos, los Píticos o los Ístmicos, a los que luego se sumaron otros fundados por los monarcas helenísticos, adquirieron una enorme relevancia pública que sobrepasó sus valores competitivos o religiosos, como en nuestros días las grandes competiciones deportivas televisadas a todo el mundo. Cuando Arato se dedicó al deporte, por tanto, no hacía más que seguir la tendencia de su época.
 Pronto se fue aglutinando a su alrededor un grupo variopinto de personajes –exiliados, aventureros o mercenarios– dispuestos a colaborar con él. Conocemos a Aristómaco y Xenocles, sicionios exiliados como él, a Ecdelo, un megapolitano dedicado a la filosofía que volveremos a encontrar, a Eufranor, un artesano, a Xenófilo, el jefe de una cuadrilla de bandoleros. Se formó así una partida, reducida y heterogénea pero fiel, dispuesta a actuar para devolver a Arato su posición en Sición.

 Antes de iniciar su aventura, Arato trató de buscar apoyos allí donde otros pretendientes lo habían hecho antes. Sabemos que intentó contactar con Antígono Gonatas, el rey de Macedonia, y con Ptolomeo II Filadelfo, el rey macedonio de Egipto. En ninguna de las dos cortes encontró algo más que una amable simpatía. Podía despertar compasión o curiosidad, como joven jefe de una familia en desgracia, pero los reyes tenían sus propios peones en la partida política griega. Antígono quizás le dio esperanzas, pero luego, en buenas relaciones con Abántidas, el tirano que había ocupado el poder en Sición, le fue dando largas. Arato decidió entonces actuar por su cuenta, fiado de su ardor y confianza juvenil.

 El Peloponeso
 La oportunidad se le presentó en 251. Abántidas, tras 13 años de dominio en Sición, se confió en su poder, y mientras asistía a unas clases de filosofía fue víctima de una conspiración urdida por sus propios maestros, contrarios a la tiranía. Paseas, el padre de Abántidas, se hizo cargo del poder, pero fue a su vez asesinado al poco tiempo por Niocles, que impuso una violenta dictadura durante cuatro meses. Sición se encontró inmersa en una guerra civil, que a punto estuvo de costarle ser ocupada por los etolios. Arato, con apenas veinte años de edad, vio la posibilidad de actuar. Informado por un huido de la existencia de un tramo de muralla accesible desde el exterior armó su partida, preparó unas escalas, y sin mucho más preparativo se encaminó hacia su ciudad natal tras burlar a los espías de Niocles.
 La aventura estuvo a punto de fracasar antes de ser iniciada. Llegados a las murallas de la ciudad en medio de la noche, los perros de un campesino, que vivía en el punto escogido para saltar el muro, comenzaron a ladrar estrepitosamente. Tras unos instantes de angustia la guardia de la muralla pasó de largo, e ignorando los ladridos los conjurados comenzaron a subir. La operación fue lenta y Arato, impaciente ante la cercanía del alba, decidió subir y, acompañado de unos pocos, dirigirse directamente al palacio de Niocles. Tomada la guardia de éste por sorpresa se extendió el rumor por la ciudad, y muy pronto empezaron a llegar ciudadanos dispuestos a derrocar al tirano. Al fin, cuando tomó cuerpo la noticia de que Arato, el hijo de Clínias, estaba en Sición, una muchedumbre se encaminó a la casa de Niocles y le prendió fuego. Éste pudo huir a duras penas por unas galerías ocultas.
 Dueño ahora del poder, Arato convocó a la patria a los desterrados, dispersos por toda Grecia. Algunos de ellos habían sufrido casi cincuenta años de exilio, desde la reconstrucción de la ciudad en el año 300. Arato creyó que podía con su gesto dejar atrás varias décadas de luchas internas, pero su impulsividad juvenil le traicionó. No sólo los enfrentamientos personales entre las diferentes facciones eran muy exaltados. Los desterrados, al llegar, exigieron la restitución de sus propiedades, algo que los poseedores no estaban en absoluto dispuestos a aceptar. Había conseguido vengar a su padre y recuperar el poder para su familia, pero se encontró enfrentado, con una absoluta inexperiencia política, al incontrolable recrudecimiento de los conflictos por el poder dentro de su ciudad.
 Arato necesitaba, urgentemente, un apoyo exterior que le diera más firmeza a su frágil autoridad en Sición. Además, debía enfrentarse a la amenaza de Antígono Gonatas, el rey macedonio, nada dispuesto a perder influencia sobre una ciudad importante. El joven Arato, impetuoso y poco experimentado, no parecía ser un líder capaz de afrontar las violentas pasiones desatadas por el retorno de los exiliados. En ese entorno tan delicado tomó entonces una resolución que en ese momento debió parecer extravagante: solicitar el ingreso de Sición en la Liga Aquea, una pequeña federación de ciudades que estaba creciendo en el norte del Peloponeso. Esto nos obliga a remontarnos hacia atrás en el tiempo para referirnos a sus orígenes y desarrollo.

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