La religión era, en cierto modo, el alma de la ciudad antigua, pues determinaba toda la vida política, social y privada. Los dioses y los héroes ayudaban en caso de apuro, eran consejeros, testigos cuando se prestaba juramento, vengadores, justicieros, garantes; dicho brevemente, se ocupaban tanto de la comunidad como del individuo. La religión se manifestaba de muy diversas formas en todos los ámbitos de la vida. El firmamento de los dioses griegos unía a los griegos tanto como la lengua común. Algunos cargos, como la realeza en Esparta, estaban reservados a familias cuyos orígenes se remontaban a determinadas divinidades especialmente veneradas. Dioses y héroes justificaban reivindicaciones de tierras y regiones codiciadas, así como el dominio sobre los otros. Con este fin, las divinidades locales podían ser «desnaturalizadas» de una ciudad sometida a otra dominadora, para así aplacar su esperada ira y familiarizarlas con su nuevo hogar. Otro medio de dominio consistía en combinar o variar los cultos de los dioses locales; la creación de puntos religiosos comunes entre dominadores y sometidos tenía una poderosa fuerza integradora.
Los cultos de cada ciudad en honor a los dioses estaban ligados a las necesidades concretas y a la evolución histórica de esa ciudad. No se puede hacer una descripción del mundo espartano sin abordar esos cultos y su sentido. Platón, por ejemplo, pensaba en Esparta cuando reclamaba, como ley fundamental necesaria para todas las ciudades, la buena práctica de la veneración de los dioses en Esparta. Venerar bien a los dioses significaba dotarlos de cultos acordes con su rango. El máximo rango lo ostentaban los dioses olímpicos, a los que seguían los dioses específicos de cada ciudad, los dioses del averno, los demonios, los héroes y, finalmente, los dioses domésticos. La religiosidad era, podemos decir, la verdadera fuente del orden espartano. La existencia entera de Esparta, sus particularidades, tales como la apropiación de tierras, la diarquía, la educación (agoge) o la política exterior, eran legitimadas mediante la veneración de los dioses y los héroes, los mitos, los oráculos o incluso la veneración de las reliquias. Sería, sin embargo, erróneo querer contemplar la religión de Esparta únicamente como un instrumento para tomar determinadas decisiones políticas. Antes bien, la religiosidad y la política iban siempre de la mano y eran dos caras de una misma moneda llamada Esparta. Nuestras noticias acerca de la religión de los espartanos proceden de diversas fuentes. Las excavaciones realizadas en Laconia y en la propia Esparta han sacado a la luz muchos santuarios que fueron construidos para dioses y héroes, y que han podido ser identificados y datados gracias a las ofrendas y a las inscripciones halladas en ellos. A esto hay que añadir las noticias procedentes de las fuentes escritas, entre las que destaca el narrador de viajes Pausanias, que recorrió Laconia en el siglo II a. C. y describió sus templos y lugares de culto. De ahí que estemos en condiciones de hablar sobre los principales héroes y divinidades.
El dios supremo del Olimpo, Zeus, fue venerado en Esparta con esa función y, sobre todo, como padre de Heracles, el cual, como dijo Tirteo en el siglo VII a. C., «dio esta ciudad a los Heraclidas». De Heracles y, por lo tanto, de Zeus hacían derivar los reyes su origen; y de ahí que también hicieran las veces de sacerdotes de un culto a Zeus específicamente espartano. Los dorios de Esparta expresaban así que debían su posesión de Laconia a una alianza con los Heraclidas, de cuya estirpe procedían los reyes.
La relación de los espartanos con los Dióscuros, Cástor y Polideikes (Pólux), fue tan importante para Esparta como la veneración al padre de los dioses. Su nombre, traducido, significa «hijos de Zeus». Su hermana era Helena, la esposa del rey homérico de Esparta Menelao. Los Dióscuros representaban las virtudes de los espartiatas: Cástor era domesticador de caballos, y Polideikes era luchador. Ellos eran los patronos de Esparta.
A los Dióscuros como domesticadores de caballos podemos relacionarlos con Artemisa Orthia, en cuyo templo, al sur de Esparta, fueron halladas muchas representaciones de caballos. Artemisa era, junto con su hermano Apolo, una de las diosas más veneradas en el ámbito griego. Numerosos festejos, rituales y ofrendas en honor a Artemisa Orthia dan noticia de su función pública en el marco del nacimiento y de la educación de la juventud. En su honor había en Esparta una competición en la que los muchachos tenían que robar queso; otro ritual famoso del templo de Artemisa, la flagelación de los adolescentes, seguía atrayendo siglos más tarde turistas a Esparta. Su templo fue primero construido en torno al 700 a. C., cuando Esparta venció en la I Guerra Mesenia; su reconstrucción se hizo necesaria tras una inundación que tuvo lugar hacia el 600-580 a. C.
El hermano de Artemisa, Apolo, fue venerado por todos los griegos como el dios de la luz, capaz de iluminar la oscuridad del futuro, así como de la curación y de la música. Pero, como ya hemos visto en el caso de Artemisa, también el culto de Apolo en Esparta tuvo que ser adaptado a las necesidades de la ciudad. Como dios de Delfos, cuyo oráculo poseía una autoridad eminente, se convirtió en la fuente de todo el orden estatal espartano, ya que la Retra de Licurgo era atribuida a Apolo. Por eso Esparta se esforzó siempre tanto por conseguir el favor de Delfos y por influir en él.
Tres de las fiestas espartanas más importantes estaban vinculadas a este dios: las Karnias, las Hiakintias y las Gymnopaides. El Apolo de Karnos, un dios dotado de cuernos, es una mezcla de Apolo y del dios local Karnos. La fiesta en su honor, de nueve días en el mes de agosto, tal y como se desarrolló en la época clásica es un reflejo del cosmos espartano: una fiesta de la vendimia y, al mismo tiempo, una fiesta de la convivencia entre los soldados, lo que simboliza la dependencia de Esparta de la cosecha y, al mismo tiempo, de sus hazañas bélicas. Las Karnias, además, desempeñaban un papel importante como recuerdo de la inmigración de los dorios junto a los Heraclidas. En algún sentido era comparable a la fiesta judía de los Tabernáculos.
Las Gymnopaides, los «juegos desnudos» guardaban relación con los efebos espartanos. Se trataba de certámenes de coros en los que participaban, a finales de julio, tres grupos de hombres de distintas edades (adolescentes, jóvenes y hombres maduros) y que constituían una prueba de resistencia, al parecer, enormemente fatigosa. La tercera fiesta en honor a Apolo eran las Hiakintias. Esta fiesta recordaba anualmente (a finales de mayo y principios de junio), durante más de tres días, la trágica muerte del bello adolescente Hiakintos (Jacinto), que había sido amado por el dios y luego muerto por él en trágicas circunstancias.
Otra divinidad principal de los espartanos era Atenea, una diosa de la guerra llamada en Esparta «guardiana de la ciudad» y, por lo tanto, muy venerada como tal. Por eso los éforos, en su calidad de guardianes de la constitución, mantenían una especial relación con Atenea, a la que ofrecían sacrificios en el templo de Atenea Calciocos (es decir, «de la casa de bronce»).
Fueron además venerados como dioses, y no solo como héroes, Menelao y Helena, la pareja real de la Esparta pre-doria en las epopeyas homéricas. A ellos fue consagrado, al sudeste de Esparta, el templo Menelaion, arqueológicamente identificado. Licurgo, el supuesto fundador del orden espartano, era venerado como héroe. En esta sinopsis hemos descrito no todos, pero sí los principales dioses y héroes, así como sus fiestas en Esparta. La religiosidad de Esparta, más allá de los templos, los festejos y los cultos, estaba muy arraigada en la vida pública. Como ya se ha dicho, las reivindicaciones jurídicas sobre otros territorios eran justificadas mediante mitos, del mismo modo que la propia existencia del estado espartano era atribuida a una resolución de Zeus. El mito del regreso de los Heraclidas servía para explicar cómo fue realizada esta pretensión legítima.
Antes de cada partida del ejército, antes de cruzar cualquier frontera y antes de cada batalla, se ofrecían sacrificios y se buscaban presagios enviados por los dioses. Debido al papel que desempeñaba la religión en la vida pública de la ciudad, se sobrentiende que los sacerdotes y las sacerdotisas, los profetas y las profetisas figuraban entre las personalidades más respetadas de Esparta, por lo que les correspondían asientos y raciones de honor, así como entierros especiales. Estos honores les eran dispensados por su labor destacada a favor del Estado, del mismo modo que los héroes de la guerra y las madres contribuían a la conservación del Estado y, por lo tanto, eran contemplados como merecedores de numerosos honores. Lo privado, en cambio, ocupaba un segundo plano también en lo religioso; de ahí que los cultos domésticos quedaran relegados tras el culto estatal. Así, por ejemplo, los costosísimos funerales particulares estaban sujetos a regulaciones legales.
La inclusión de la religión en la vida pública de Esparta se manifiesta, no en último lugar, en el ordenamiento jurídico. También Platón debía de pensar así, pues, según él, donde se venera a los dioses también se respetan los derechos de los congéneres: «La justicia sigue siempre las huellas de Dios como vengadora de aquellos que no se atienen a la ley divina» (Leyes, 716 a), Si se está convencido de la conexión entre el derecho y el temor de Dios, entonces la división de poderes, es decir, la separación entre el poder legislativo, ejecutivo y judicial en el Estado, no tiene ningún sentido. Porque esta división parte de la base de que no son los dioses o un dios los que regulan la convivencia y castigan los quebrantamientos de las leyes, sino los propios hombres, por lo que estos, dada la imperfección de sus atribuciones, han de ser limitados y controlados. No era este el caso de una ciudad temerosa de Dios como Esparta. No obstante, tenemos escasas noticias acerca del sistema jurídico y procesual espartano.
La administración de justicia, puesto que no había una división de poderes en el sentido moderno de la palabra, estaba en manos de las instituciones políticamente más importantes: los reyes, la gerusia y los éforos. La Asamblea Popular no tenía competencias judiciales, y además —a diferencia de Atenas— tampoco había tribunales especiales. Generalizando, se puede decir que las competencias judiciales estaban divididas entre las siguientes instituciones políticas: el tribunal supremo era la gerusia, que se ocupaba de procesos capitales y podía fallar sentencias de muerte. Los éforos, como guardianes de las leyes, tenían a su cargo todas las cuestiones relacionadas con el Estado, como los crímenes de alta traición, la prevaricación o la violación de la ley. Al mismo tiempo, en su calidad de representantes del pueblo, fallaban en procesos privados, de lo que se ocupaban a diario y no de forma colectiva, es decir, que cada éforo podía entender en una causa sin contar con el conjunto de la corporación. Los reyes, finalmente, tenían competencias judiciales, sobre todo en el campo de batalla, pero también «en la elección de un esposo para las hijas herederas que el padre ya no pudiera desposar, así como en las vías públicas», como escribe Herodoto (6, 57, 4). Aquí vemos cómo la antigua función de los reyes en la guerra y en la adjudicación de tierras se refleja también en el derecho.
Además del asesinato, se consideraba crimen merecedor de la muerte el delito contra los intereses del Estado, pues estos, según el sentir de los espartanos, eran al mismo tiempo los intereses de los dioses. Quien no obedecía al orden estatal legitimado por los dioses, merecía la muerte. Junto a la pena de muerte figuraba entre el repertorio de castigos el destierro, multas muy elevadas, así como la proscripción social y la pérdida de los derechos civiles.
El ordenamiento jurídico funcionaba conforme a las líneas directrices del orden estatal espartano. Los malhechores eran expulsados de la sociedad porque con sus actos infringían el orden divino.
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sábado, 23 de diciembre de 2017
viernes, 22 de diciembre de 2017
Cartledge Paul:Los Espartanos V: Mujeres y religión
Las
mujeres son, y siempre han sido, más o menos la mitad de la especie humana,
pero, por lo común, en las fuentes y los relatos históricos no han recibido ni
mucho menos la mitad de la atención que sus papeles y funciones en la sociedad
y la historia realmente merecen y exigen. Una gran excepción a esta regla
—siempre hay excepciones— fueron las mujeres de la antigua Esparta, quienes,
lejos de estar calladas o silenciadas, tenían mucho que decir: en textos
antiguos hay incluso dichos atribuidos a ellas por el nombre. No olvidemos la
réplica verdaderamente lacónica al parecer de Gorgo, hija y esposa de reyes
espartanos, a la mujer no espartana que, maravillándose del aparente control de
las mujeres espartanas sobre sus hombres, le preguntó por qué aquéllas eran las
únicas mujeres que dominaban a los hombres: «¡Porque somos las únicas mujeres
que parimos [verdaderos] hombres!». Lo que confería a esta réplica, sin duda
apócrifa, su carga especial era que incluso los más agudos y sensatos
observadores externos del mundo espartano podían creer en serio la verdad
literal objetiva del poder, o más bien dominación, de las mujeres en Esparta.
Uno
de los más agudos y sensatos de estos observadores fue Aristóteles. Procedía de
una familia de élite del norte de Grecia (su padre era médico de la corte del
rey Amintas III de Macedonia, padre de Filipo II), pero pasó la mayor parte de
su vida adulta en Atenas. Allí fue en su día el alumno estrella en la Academia
de Platón, donde llegó a la edad de diecisiete años, en 367, unos veinte
después de su fundación; y más adelante fundó su propia escuela de aprendizaje
superior, el Liceo, que inauguró a mediados de la década de 330. Él y sus
alumnos recopilaron, entre otras cosas, versiones de las leyes y los
principales cambios constitucionales de 158 entidades políticas, sobre todo
ciudades griegas, entre ellas naturalmente Esparta. Éstas, a su vez, inspiraron
la obra más brillante de análisis político que nos ha llegado del mundo
antiguo, la Política, o «Asuntos concernientes a la polis», de Aristóteles, que
en el segundo libro de esta obra realizó una labor ciertamente demoledora al
señalar los principales puntos débiles, tal como él los veía, de la sociedad y
del sistema político espartanos.
En
cierto modo, esto no era muy dificil de hacer, pues cuando fue escrita la obra,
en las décadas de 330 y 320, Esparta hacía tiempo que había dejado de ser una
potencia griega importante, si bien continuaba siendo algo así como un icono
para aquellos que, por razones políticas o filosóficas, estaban insatisfechos
con la organización social o política de sus ciudades y aún esperaban que
Esparta procurara alguna alternativa ideal. Mi actual interés en el pasaje
pertinente de la Política deriva del hecho de que aquí Aristóteles suscribe
explícitamente la idea de que en Esparta las mujeres dominaban a los hombres, y
que esta ginecocracia (gobierno de las mujeres) fue, a su juicio, un elemento
clave para explicar el fracaso político —y moral— de Esparta. Aquello no podía
acabar bien.
La
base de la postura de Aristóteles tenía dos partes: una ligada al intelecto, y
la otra — casi equivalente— al puro prejuicio. Veamos primero el prejuicio.
Aristóteles compartía del todo la idea griega típicamente machista de que las
mujeres eran inferiores a los hombres, aunque a esta actitud convencional
añadía una buena dosis de «ciencia» aristotélica. Creía poder demostrar
científicamente que el cuerpo y la mente («alma», como él la llamaba) de las
mujeres eran, de manera categórica, natural, es decir, inalterable, inferiores
a los de los hombres. En otras palabras, las mujeres constituían el segundo
sexo en el sentido más amplio: físicamente eran hombres deformados, e
intelectualmente carecían de capacidad para hacer convincente su razonamiento,
si se le podía llamar así. Esta «teoría» era aplicable genéricamente a todas
las mujeres, desde luego, no sólo a las mujeres griegas, y a todas en general,
no sólo a algunas. En lo que a esto se refiere, Aristóteles fue más allá que su
maestro Platón, quien estaba dispuesto a admitir que algunas mujeres, pocas,
podían ser los iguales intelectuales, los interlocutores legítimos de los
filósofos-gobernantes de élite de su Estado ideal.
Así
pues, pese a estos defectos femeninos intrínsecos, ¿cómo fueron capaces las
mujeres espartanas de dominar a los hombres, de colocarse en una posición que
se lo permitiera? Esto seguramente sería, como Aristóteles más que nadie
debería haber captado, una contradicción o, en el mejor de los casos, una
paradoja. Sin embargo, estaba convencido de ello, tanto que dedicó mucho tiempo
a intentar comprenderlo. Al final se le ocurrió una especie de explicación
teórica del modo que sigue. Para Aristóteles, el defecto principal de las
mujeres espartanas era el vicio típicamente femenino de la falta de
autodisciplina y de dominio de sí mismas. Daba cuentas de ello suponiendo que,
mientras que los hombres espartanos habían llegado a ser disciplinados
sometiéndose voluntariamente a las férreas leyes de Licurgo y al consiguiente
régimen litúrgico, las mujeres se habían negado a someterse y desde entonces
nadie había sido capaz de controlarlas, con el resultado de que se deleitaban
en toda clase de lujos y excesos, instigadas y secundadas por sus sumisos y
dominados esposos. No obstante, esto parece algo difícil de aceptar como
explicación histórica adecuada. Pues, de hecho, también las niñas espartanas,
aunque no vivían en caserones comunitarios desde los siete años como sus
hermanos, sí recibían cierta instrucción educativa pública, con resultados
reveladoramente fuera de lo común según los criterios griegos generales de la
conducta femenina, como veremos.
Por
otro lado, es más fácil ver por qué el estatus y los derechos de las mujeres
espartanas indujeron a Aristóteles a imaginar que Esparta era una ginecocracia.
Por encima de todo, dos hechos sociolegales —además de su educación formal— las
diferenciaba de las mujeres de los otros Estados griegos. En primer lugar,
tenían derecho a poseer y administrar bienes, incluyendo tierras, probablemente
sin la intervención legal de un tutor varón. En Esparta, las herederas —es
decir, hijas sin hermanos legítimos del mismo padre— recibían el nombre de
patrouchoi, que significa literalmente «titulares del patrimonio», mientras que
en Atenas las llamaban epiklêroi, que significa «en (o sea, que va con) el
klêros (adjudicación, lote, porción)». Por tanto, las epiklêroi atenienses
servían sólo de vehículo para transmitir la herencia paterna al siguiente
heredero y propietario varón, esto es, al hijo varón de más edad, el nieto de
su padre, mientras que las patrouchoi espartanas heredaban por derecho propio.
En Esparta, estas herederas eran muy preciadas, estaban muy buscadas por
hombres espartanos cotizados, pues podían casarse con cualquiera, no sólo con
el pariente más cercano por parte de padre.
El
segundo punto de diferenciación sociolegal era que las esposas espartanas
podían tener relaciones sexuales con un hombre distinto de su esposo sin
infringir ninguna ley del adulterio —porque en Esparta, a diferencia del resto
de Grecia, por lo visto no existían esas leyes—. De hecho, sus esposos podían
«prestarlas» a otro hombre con la finalidad específica de procrear descendencia
legítima —para la familia y el linaje de ese otro hombre—. En cuanto a las
esposas, en estos casos, se decía que aceptaban de buen grado un acuerdo así,
tal como asegura Jenofonte en su ensayo del siglo IV sobre la sociedad
espartana y sus costumbres, pues les daba la oportunidad de llevar más de una
casa. Esto nos recuerda que todas las esposas espartanas, como sólo las esposas
de los hombres ricos de otras partes de Grecia, estaban liberadas de la carga
de las tareas domésticas, de las que se ocupaba la mano de obra servil (los
ilotas). No tenían que preparar comida ni cocinar, confeccionar ropa o limpiar
la casa: esto lo hacían las mujeres ilotas. Seguramente ni siquiera amamantaban
a sus propios bebés; en todo caso, las amas de cría espartanas, es de suponer
que mujeres ilotas, gozaban de buena fama fuera de Esparta, tanta que
Alcibíades de Atenas, por ejemplo, fue criado por una nodriza ilota espartana.
En
estas circunstancias, era fácil desvirtuar el hecho de que las mujeres
espartanas poseían tierras y otros bienes, así como su aparentemente fácil
unión sexual con hombres distintos de sus esposos, y convertirlo en una imagen
de depravación inmoral, de un mundo vuelto del revés. «Cuando la mujer domina
al hombre...», así empieza el oráculo délfico, en el sentido de cuando todo
todo está hecho un lío y no funciona nada. «En Esparta la mujer domina al
hombre...», o eso creían muchos hombres no espartanos, entre ellos Aristóteles,
quien en el mismo Libro II de la Política escribió que:
En la época de la dominación [arché] de los
espartanos, las mujeres consiguieron muchas cosas.1Lo que parece
estar afirmando es que, en cualquier caso, a principios del siglo IV las
mujeres espartanas no sólo controlaban a sus hombres dentro de la casa sino
que, de algún modo, ejercían también una influencia decisiva en asuntos del
Estado. No obstante, el único ejemplo real de intervención femenina en la
esfera pública durante el período de su elección parece decimos exactamente lo contrario.
Cuando en 370-369 las mujeres espartanas vieron un poderoso ejército invasor
liderado por Tebas ocupando realmente territorio espartano y devastando la
tierra a la vista de la propia Esparta, por lo visto provocaron más
consternación y alboroto que el propio enemigo mediante su reacción alocada y
llena de pánico. Otra vez esto parece un puro y desagradable prejuicio
masculino, pues se consideraba que, en la guerra, el valor era típicamente
masculino como cualidad y virtud. Asimismo, el pánico de las mujeres sería, en
todo caso, totalmente comprensible, pues ver la tierra espartana, incluida la
que ellas mismas poseían, destruida ante sus propios ojos no era precisamente
algo sobre lo que les hubieran instruido en el plan de estudios nacional.
En
resumen, lo que Aristóteles y otros no espartanos de mentalidad tradicional
temían inconscientemente, y acaso a veces conscientemente, era el poder
femenino. Una manifestación de este miedo griego masculino fue la invención de
la raza mítica de las amazonas, pero al menos las amazonas tenían la decencia
de vivir separadas de los hombres, mientras que las viragos espartanas al
parecer ejercían su poder desde dentro de la comunidad. Paralizadas por un
miedo así, las fuentes masculinas a menudo tergiversaron los hechos a los que
tenían acceso, generalmente sólo de segunda mano en el mejor de los casos,
sobre las mujeres espartanas. Nosotros, en cambio, intentaremos restablecer el
equilibrio y pintar un cuadro de lo que pudo ser la vida, o mejor un ciclo
vital, para la niña y la mujer espartanas corrientes, desde la cuna hasta la
sepultura.
1 Aristóteles, Política, Libro II,
p. 1.270.Tanto las leyes como las costumbres sociales espartanas privilegiaban
la reproducción, «la producción de niños» (teknopoiia). Aparte del deseo
habitual de los individuos espartanos de tener un hijo varón y heredero que
diera continuidad a la estirpe familiar, había una abrumadora presión para que
el Estado mantuviera la fortaleza de la comunidad de ciudadanos espartanos
varones adultos, una comunidad de guerreros tanto para defenderse del enemigo
interno, los ilotas, como para atacar a los enemigos exteriores. De ahí que, a
otros griegos, diversos rasgos de la sociedad espartana les parecieran
realmente extraños, como los castigos públicos, entre ellos la humillación
ritual por mujeres en una festividad religiosa, impuesta a hombres adultos por
casarse demasiado tarde, y, a la inversa, los beneficios públicos para los
padres de tres o más hijos varones, el hecho de que a las mujeres fallecidas en
el parto no se les aplicara la prohibición general de que en las lápidas
figuraran los nombres de hombres o mujeres, y, como ya hemos visto, la ausencia
de leyes contra el adulterio.
De
todos modos, aunque el adulterio no estaba castigado o ni siquiera legalmente
reconocido, se consideraba que el matrimonio era una condición sine qua non
para la legitimidad de la descendencia, siendo aceptable sólo el matrimonio
entre dos espartanos. El cortejo se producía al modo griego habitual; es decir,
potenciales maridos interesados o sus representantes se dirigían a padres de
chicas núbiles. Las herederas a quienes sus padres no habían dejado nada para
el matrimonio antes de morir contaban con los reyes para que se ocuparan de sus
intereses, señal inequívoca de su enorme importancia social. No obstante, la
ceremonia del matrimonio propiamente dicha no era en absoluto normal con
arreglo a los criterios griegos habituales.
En
primer lugar, comenzaba con una violación —en principio, una violación
puramente simbólica y ritualizada, sin duda, aunque el simbolismo en sí mismo
era revelador de las posibilidades de la violencia y la violación masculinas—.
En un caso famoso, hemos sabido de un futuro rey espartano, Demarato, que
ejecutó su violación, por así decirlo, llevándose a una chica ya comprometida
con otro hombre, su primo lejano, y futuro sustituto como rey, Leotíquidas . A continuación, después de que la novia hubiera sido aprehendida
y de algún modo trasladada a la casa marital del esposo, su sirvienta nupcial
la preparaba para recibir al esposo la noche de bodas. La preparación comenzaba
con el afeitado de la cabeza de la novia; a partir de entonces, como mujer
casada, debería llevarlo siempre muy corto, y acaso también se viera obligada a
ponerse velo en público. Llevaba un sencillo vestido recto abrochado con un
cinturón, que el esposo desabrocharía antes de desflorarla. Si al casarse, el
hombre tenía menos de treinta años, como ocurría normalmente, tenía que seguir
viviendo en barracones bajo una estricta disciplina militar y sólo podía
visitar a su esposa escabulléndose de noche amparado en la oscuridad. ¡Se decía
que un esposo espartano podía engendrar varios hijos antes de ver a su esposa a
la luz del día!
En
Esparta, el resultado ideal del sexo conyugal era (por utilizar el lenguaje de
El padrino, de Mario Puzo) un varón. Este ideal se basaba, en parte, en la
tradicional idea patriarcal campesina de la superioridad del hombre y en el
deseo del padre de reproducirse tan fielmente como fuera posible, pero también
era un tributo al primordial imperativo militar en las peculiares condiciones
de la antigua sociedad espartana. En una época posterior, los habitantes de
Mani (el diente central meridional del Peloponeso) se referirían a sus hijos como
«armas» por la misma razón, de modo que los maniotas varones eran literalmente
hijos de un arma. En otras partes de la Grecia antigua, hay motivos para
sospechar un índice bastante elevado de infanticidios femeninos, pero no
podemos generalizar automáticamente esta hipótesis a Esparta. En todo caso,
sabemos que fue criada una niña muy poco agraciada —aunque lo sabemos porque
llegó a ser muy hermosa y a la larga fue la madre del rey Demarato—. Por otro
lado, no sería de extrañar que sus padres hubieran rogado con fervor a Helena
que su hija llegara a ser tan hermosa como ella.
A
diferencia de sus hermanos, como hemos señalado, las niñas espartanas no iban a
un internado a partir de los siete años. Eran educadas en casa, por sus madres
e ilotas domésticas, pero de ningún modo quedaba ahí la cosa. Pues, caso
excepcional en Grecia, también pasaban por una especie de programa educativo
público, que —como el de los chicos— se centraba mucho en la dimensión física.
Corrían, saltaban, lanzaban y luchaban, supuestamente masculina no desnudas y
con los chicos, aunque espartana que la realidad. También esto pudo cantaban
ser más una fantasía y bailaban, de forma característica y competitiva. Se da
fe de competiciones de danza para chicas también en otras partes de Grecia,
pero los espartanos dirigían hábilmente el baile de ellas a fines políticos.
Por ejemplo, niñas seleccionadas eran enviadas a bailar para Artemisa, en
Caria, una ciudad peneca situada en la frontera nordeste de Esparta.
En
Esparta, los coros de niñas competidoras condujeron a la invención de un nuevo
género de poesía griega, el partheneion o canto de doncella. Su creador fue
Alcmán (c. 600 a.C.), poeta de profunda sensibilidad lírica y con un surtido
extraordinariamente amplio de referencias geográficas (sus menciones a Lidia
indujeron a los mal informados a conjeturar que había nacido en Sardes). El
fragmento más largo de partheneion que tenemos de Alcmán fue hallado en Egipto,
escrito en papiro. En él, los cantantes compiten cantando las alabanzas a sus
dirigentes, Hagesicora (que significa simplemente «jefe del coro»), y Agido
(nombre que hace pensar en un miembro femenino de la familia real de los
agíadas):
Nuestras
galas púrpura no son
el tesoro que nos defiende,
ni la pulsera-serpiente enroscada de oro macizo, ni la espléndida cinta lidia que lucen las chicas de grandes ojos oscuros,
ni el cabello de Nano, no, tampoco Areta, semejante a una ninfa, ni Tylacis, ni Clesitera... No, es Hagesicora,
ella es el deseo de mi corazón.
Pues la belleza de los tobillos no está aquí en la danza: ella aguarda junto a Agido, alaba
nuestro ceremonial.2
el tesoro que nos defiende,
ni la pulsera-serpiente enroscada de oro macizo, ni la espléndida cinta lidia que lucen las chicas de grandes ojos oscuros,
ni el cabello de Nano, no, tampoco Areta, semejante a una ninfa, ni Tylacis, ni Clesitera... No, es Hagesicora,
ella es el deseo de mi corazón.
Pues la belleza de los tobillos no está aquí en la danza: ella aguarda junto a Agido, alaba
nuestro ceremonial.2
Cabe
suponer que una canción así se cantaba originariamente en alguna festividad
religiosa, en honor de una diosa determinada; aunque la identidad precisa de la
diosa en cuestión sigue siendo incierta, probablemente era alguna versión de
Artemisa, quizá la variante local denominada Ortia, pues parthenoi eran
vírgenes a las puertas del matrimonio, y Artemisa era la diosa que supervisaba
la crucial transición desde la juventud y la virginidad hasta el matrimonio y
la maternidad. Después del matrimonio, una parthenos se convertía primero en
una numphê («novia») y luego en una gunê. Gunê puede traducirse como «esposa»,
pero, como el francés femme, también significa «mujer»: la cuestión es que se
esperaba que todas las chicas espartanas se convirtieran en esposas — y
madres—. La condición de esposa y madre era un destino tanto social como
anatómico de todas las mujeres griegas —y en ningún sitio se ponía tanto de
relieve como en Esparta—. La destinataria divina de la adoración en relación
con el embarazo y el nacimiento era Ilitia, estrechamente asociada, tanto en
Esparta como en otros lugares, a Artemisa (Ortia).
Así
pues, ¿a qué se debe el ciclo educativo público con su énfasis en lo físico?
Seguramente había dos razones fundamentales. Una era pragmática y secular: se
creía que las madres más aptas eran, bueno, las madres más aptas —en otras
palabras, que la salud física conducía directamente a la salud eugenésica—. La
otra razón era sociológica y simbólica: las mujeres espartanas no eran
consideradas categóricamente inferiores en el sentido que habrían deseado con
fervor varones forasteros como Aristóteles. A las niñas se les daban raciones
de comida comparables a las de los niños, las adolescentes pasaban por un
proceso de educación pública y socialización que les inculcaba los ideales de
la sociedad y les hacía comprender que su conducta adulta era absolutamente
decisiva, y las mujeres podían heredar, poseer y administrar bienes por derecho
propio. Es incluso posible que tuvieran voz y voto en la elección de esposo por
parte de su padre o tutor, como sin duda lo tenían en el gobierno de su casa —o
sus casas.
En
muchas sociedades, las mujeres desempeñan un papel religioso. Las espartanas no
eran una excepción, pero, como sociedad, Esparta era, en varios aspectos, una
excepción en lo referente a prácticas y actitudes religiosas griegas. Los
espartanos tenían fama de ser extraordinariamente piadosos, incluso para los
estándares de la Grecia antigua, y se esforzaban mucho por conservarla. Eran lo
que nosotros —o hasta un ateniense antiguo— podríamos llamar enormemente
supersticiosos. Así, Heródoto nos dice por dos veces que honraban mucho más las
cosas de los dioses que las de los hombres: como esto se cumplía en todos los
griegos, lo que él quería decir era que los espartanos llevaban su piedad y su
devoción religiosa a extremos excepcionales. Lo que le movió a hacer
repetidamente esta observación fue el hecho de que los espartanos ni siquiera
aparecieron en la batalla de Maratón de 490 porque consideraron que la fase de
la luna era poco propicia, y no enviaron una fuerza completa a las Termópilas
en 480 al parecer porque estaban celebrando la festividad de la Carneia.
2 Alcmán, Partheneion, frag. 1.
Véase también West, ed., 1993.Una vez más, cuando Jenofonte describía a los
espartanos como «artesanos de la guerra», estaba refiriéndose a manifestaciones
militares de su fervor religioso, como los sacrificios de animales que realizaban
al cruzar un río-frontera o incluso en el campo de batalla, cuando estaba a
punto de iniciarse el combate. Los espartanos eran especialmente aficionados a
esa clase de adivinación militar. Si los signos de las entrañas de un animal
sacrificado no eran «correctos», incluso una acción militar imprescindible se
podía retrasar, suspender o evitar del todo. Jenofonte deja constancia del caso
de un comandante espartano que recabó los augurios no menos de cuatro veces
antes de que salieran los signos «correctos».
Además
de su religiosidad o devoción excepcional, el perfil de la observancia
religiosa de los espartanos era considerablemente sesgado sobre todo en dos
aspectos clave, en comparación con lo que habría sido considerado la práctica
habitual en otros lugares. Las mujeres espartanas, como las de otras partes de
Grecia, desempeñaban un papel destacado en la religión, o las manifestaciones
cuasirreligiosas, privadas y públicas, espartanas. Sin embargo, al parecer en
Esparta no había festividades sólo de mujeres ciudadanas, ni siquiera la
Tesmoforia, en honor de Deméter, la diosa de la madre tierra que da fertilidad.
Aunque Deméter tenía en efecto su propio santuario, un Eleusinion, en
territorio espartano, no estaba situado en la misma ciudad de Esparta, ni
siquiera en Amiclas, sino a cierta distancia en dirección al sur. La festividad
local más parecida a la Tesmoforia quizás era la Titenidia, en la que se
celebraba el amamantamiento y la nutrición de los niños, si bien no se trataba
de una fiesta restringida a las mujeres espartanas. Una posible explicación de
este menor énfasis en el culto a Deméter en Esparta es que la fertilidad de las
cosechas y los animales estaba en manos de los ilotas, no de los espartanos. Se
podría proponer una solución similar para la segunda anomalía religiosa
llamativa, la curiosa falta de importancia del culto dionisíaco en Esparta —un
ingrediente básico de expresión religiosa en otras partes de Grecia, tanto para
los hombres como para las mujeres—. Una vez más, esta ausencia era
probablemente algo relacionado con el hecho de que el fruto de la vid era
producido por fuerza de trabajo ilota.
No
obstante, como hemos visto, las jóvenes espartanas a las puertas del matrimonio
cantaban y bailaban en coros competitivos, y como mujeres casadas adultas
interpretaban canciones de desdén en torno a un altar para avergonzar a
solteros espartanos reticentes, de tal manera que al final obedecieran las
leyes y tomaran esposa. Por lo visto, las mujeres también ocupaban un lugar
especialmente importante en la festividad anual de las Jacintias, en honor de
Apolo y Jacinto. En su biografía del rey Agesilao II, Jenofonte dice que
Agesilao insistió en enviar a sus hijas al festival, que se celebraba en
Aniclas, a varios kilómetros al sur de Esparta, en el habitual carruaje público
utilizado por las hijas de ciudadanos corrientes con el fin de reducir al
mínimo la distancia social entre su familia y el resto de ciudadanos. La
importancia de un gesto así en esa importante festividad residía en el mensaje
subyacente.
Sin
embargo, no era por la devoción por lo que eran más conocidas las mujeres
espartanas fuera de su tierra. Aparte de su vergonzosa —o, mejor dicho,
desvergonzada— sexualidad, lo que más anonadaba a la gente de fuera era el
hecho de que no asumían el papel femenino griego tan habitual de llorar y gemir
cuando se producía una muerte en la familia. En 371, en circunstancias que
describiremos en otro capítulo, Esparta sufrió por fin una derrota en una
batalla campal, una derrota catastrófica, en Leuctra, Beocia. Así informó
Jenofonte, que acaso estuvo presente, del modo en que los espartanos que se
habían quedado en casa reaccionaron ante la noticia:
Fue
el último día de la Gimnopedia cuando llegó a Esparta el mensajero enviado para
informar de la catástrofe. En aquel momento, estaba en el teatro el coro de los
hombres. Cuando los éforos se enteraron de lo que había pasado, se sintieron
profundamente afligidos, como de hecho cabía esperar. Sin embargo, en vez de
interrumpir la actuación, dejaron que el coro continuara hasta el final. Cuando
dieron los nombres
de los muertos a los parientes respectivos, ordenaron a las mujeres que
cargaran con su sufrimiento en silencio y reprimieran los gritos y lamentos. Al
día siguiente, aquellas mujeres cuyos parientes habían muerto iban y venían con
aire alegre y lleno de vida, mientras que a aquellos con parientes aún vivos no
se les veía demasiado, y los pocos que andaban por ahí tenían un aspecto triste
y abatido.3
En
otras palabras, no lloraban ni se quejaban ni se daban golpes de pecho en señal
de lamento, no se ponían el hábito de penitencia, y tampoco iniciaban un
período de duelo retirándose a los lugares más recónditos de su casa. Al revés.
El espectáculo debe continuar. Así es como tenían que comportarse las mujeres
espartanas, y como seguramente se habían comportado, sin necesidad de que nadie
se lo dijera, durante muchos años, quizás incluso siglos, antes del episodio
señalado.
No
hace falta extenderse sobre la incoherencia, o contradicción, entre esta imagen
de Jenofonte de la conducta de las mujeres espartanas y la imagen negativa de
Aristóteles de la no conformidad de aquéllas. Es incluso tentador seguir al
novelista Steven Pressfield en su aplicación del criterio jenofóntico a la
situación en la época de las Termópilas (480). Pressfield tuvo la idea
absolutamente original —y por desgracia sin ninguna base en absoluto— de que
una de las principales consideraciones que orientaron la elección del grupo
especial de 300 de Leónidas fue el conocido carácter de sus esposas. Los
hombres fueron escogidos entre aquellos de cuyas esposas se podía dar por
descontado que no sólo pondrían al mal tiempo buena cara al conocer la muerte
inevitable del esposo, sino que reirían y cantarían una canción alegre y
bailarían.
Terminaremos
este capítulo con el paradigmático ejemplo de la madre de un espartano. Entre
los denominados apotegmas adscritos a mujeres espartanas, en una recopilación
con este título que nos ha llegado en las obras de Plutarco, el primero se
atribuye a Argileonis («león-brillante»), madre de Brásidas. En él se hace
precisamente la misma observación sobre la obediente sumisión de las mujeres
espartanas a las normas de su sociedad, aunque de un modo bastante distinto:
Cuando
el hijo de Argileonis, Brásidas, hubo muerto y algunos ciudadanos de Anfípolis
acudieron a Esparta a visitarla, le preguntaron si su hijo había muerto con
grandeza, como correspondía a un espartano. Cuando lo pusieron por las nubes y
le dijeron a ella que era el mejor de todos los espartanos en tales hazañas de
valor, ella replicó: «Amigos, es verdad que mi hijo era un hombre bueno y
admirable, pero Esparta tiene muchos hombres mejores que él».4
3 Jenofonte, Hellenica [Historia de
Grecia], Libro VI, capítulo 4, sección 16.La fuerza de este supuesto comentario
deriva del hecho de que, a diferencia de la abnegada madre, los anfipolitanos
adoraron literalmente a Brásidas como su héroefundador tras su muerte, como
algo más que un simple hombre mortal.
Por
desgracia, no hay suficientes datos para escribir una biografía de Argileonis
(a diferencia de Gorgo, véase el capítulo 3, y de Cinisca, véase el capítulo
7), pues aparte de esta anécdota no sabemos nada de ella salvo que estaba
casada con un tal Telis. Dado que formaba parte de la delegación espartana
oficial enviada a Atenas en 421 que primero llegó a un acuerdo de paz general y
luego firmó un tratado por separado con Atenas, Telis pudo muy bien haber sido
miembro de la Gerusía y, por tanto, hombre perteneciente a una familia
aristocrática distinguida. No obstante, Argileonis, como el rey Agiselao cuando
insistía en que sus hijas viajaran a una importante festividad religiosa en el
carruaje público regular, tenía interés más bien en restarle valor a cualquier
diferencia o distinción especial que sin duda su familia podía exhibir. En
consecuencia, Argileonis puede figurar como un símbolo de las mujeres
espartanas.
Otros
apotegmas desarrollan la antigua imagen de las madres espartanas,
atribuyéndoles un lenguaje pintoresco y unos gestos igualmente vistosos. Por
tanto, podemos imaginar fácilmente a Argileonis instando a Brásidas, cuando
éste partía para Anfípolis en 422, a que regresara de la batalla «con tu
escudo, ¡o en él!». O, suponiendo que Brásidas hubiera demostrado per
impossibile ser un cobarde y hubiera vuelto a casa vivo pero derrotado, podemos
imaginar preguntando a su hijo de forma
pública a Argileonis señalándose el
vientre y y humillante si quería entrar ahí dentro arrastrándose. Las madres
espartanas estaban hechas de esta pasta impresionantemente severa.
4 Plutarco, «Dichos de mujeres
espartanas», Argileonis (Moralia, 240c). 6
La guerra ateniense, 432-404 a.C.
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