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sábado, 23 de diciembre de 2017

Baltrusch Ernst Esparta.-Las mujeres en Esparta

En la Antigüedad, como en cualquier otra época, la ciudadanía estaba formada por un número casi igual de hombres que de mujeres; la esposa y el esposo formaban una familia, la cual a su vez fundaba un oikos, De una multitud de oikos se componía la polis, que por su parte incluía también a personas que no pertenecían a una oikos: metecos, desposeídos, jornaleros y extranjeros. Para que una polis «funcionara», es decir, para que representara una auténtica comunidad, debían ser repartidas entre los ciudadanos las diferentes tareas, tales como el cultivo del suelo, la cría de ganado, el comercio, el servicio militar, la política, los asuntos religiosos, el gobierno de la casa, las labores domésticas, la educación de los niños y muchas cosas más. Así imaginan Platón y Aristóteles el origen de la ciudad. Estas tareas se las repartían entre hombres y mujeres. En la Grecia antigua lo hacían de tal modo que el hombre trabajaba «fuera», es decir, fuera de la casa, en el campo o en la guerra y en la política, mientras la mujer llevaba el gobierno de la casa. En principio, esta división de las actividades carecía en sí misma de valoración, pues en origen el trabajo de las mujeres no era en absoluto menos apreciado que el de los hombres. Tal relación entre los sexos basada en la igualdad la encontramos también en las epopeyas de Homero. Pero no duró mucho. La actividad del hombre fuera de casa, como «alimentador» y defensor de la familia, fue adquiriendo paulatinamente en la conciencia social un rango superior a la actividad doméstica de las mujeres. La teoría del Estado de la Antigüedad, con su punto culminante en Aristóteles, elaboró teóricamente e interiorizó esta evolución hacia la depreciación de las mujeres, deduciendo incluso de ella una superioridad física e intelectual de los hombres. Bajo este supuesto de la inferioridad femenina, dicha teoría argumentaba que el hombre era el sexo capacitado por naturaleza para dominar y que, por lo tanto, debía encargarse él solo de gobernar el oikos y de ser políticamente activo. El trabajo de la mujer debía quedar reducido a los servicios domésticos y al papel de madre y, dado que en general se las consideraba inferiores, las mujeres tampoco debían meterse en terrenos políticos o de liderazgo.

  Esta construcción teórica de Aristóteles es radical, y no es nada seguro que reflejara la situación real de su época. Sin embargo, en la mayoría de las ciudades de Grecia, efectivamente, solo tenían derechos políticos los hombres, por ejemplo, en la Asamblea Popular, en el Consejo de Ancianos o como magistrados y, además, por regla general, también eran ellos los encargados del sustento económico de sus familias. Peor aún era la situación de las mujeres allí donde la casa había perdido su papel tanto de centro de la vida familiar como de proveedora de los medios de subsistencia.

  Esta evolución puede observarse en la Atenas democrática de los siglos V y IV. Allí, en efecto, trabajaban cada vez más ciudadanos varones en las instituciones de la polis, ganaban en la ciudad el dinero para ellos y sus familiares, aprovechaban cada vez más ampliamente la «oferta del tiempo libre» de la ciudad y, por lo tanto, necesitaban cada vez menos la oikos. Y como las mujeres, por una parte, estaban excluidas de la política y, por otra, su labor doméstica, a los ojos de la sociedad (masculina), contribuía cada vez menos al sustento familiar, su actividad se fue depreciando cada vez más en comparación con la de los hombres. Las máximas que nos han llegado de los políticos atenienses y las opiniones de algunos escritores, según las cuales la mujer únicamente ha de tener hijos y estar sentada junto al telar, por no hablar de otras muchas, expresan una actitud posiblemente muy difundida entre los hombres con respecto al sexo femenino en ciudades como Atenas.

  En Esparta, en cambio, los sexos mantenían entre sí una relación bastante equilibrada y complementaria. Esto era tan inusual para Grecia, que muchos observadores coetáneos (y modernos) se burlaban maliciosamente de que las mujeres encarnaran el cosmos de Esparta en igualdad de condiciones que los hombres. Dado que el capítulo anterior trataba sobre la vida de los hombres, me ocuparé ahora del currículo de las mujeres pertenecientes al estrato social de los espartiatas, así como de su situación en la familia y en el Estado, no sin antes advertir que su descripción resulta aún más complicada que la de los hombres porque disponemos de muy pocas pruebas al respecto.

  En primer lugar, hay que destacar que las niñas, después de su nacimiento, eran sometidas al mismo «examen de aptitudes» que los muchachos recién nacidos, y que recibían una educación igual de esmerada que estos. Esto era ya de por sí asombroso para Grecia, hasta el punto de que observadores como Jenofonte o Plutarco buscaron las causas por las que Esparta pusiera el mismo esmero en educar a las chicas que a los chicos. Y la causa de esta práctica educativa equilibrada resultó fácil de hallar en la futura función de la mujer como madre. «Al principio», escribe Jenofonte, «Licurgo dispuso que el sexo femenino no fuera menos entrenado físicamente que el masculino. Luego introdujo competiciones y concursos de fuerza tanto para mujeres como para hombres, pues creía que si ambos padres eran fuertes, también lo serían los descendientes». De ahí que las chicas tuvieran que ejercitarse como los chicos en luchas, carreras y lanzamiento de disco y de jabalina. Debido a esa formación, la fuerza y los cuerpos entrenados de las mujeres espartanas eran famosos en toda Grecia. A diferencia de los muchachos, es probable que las chicas pasaran su juventud en casa de sus padres, pues no tenemos noticias de «internados» para chicas; algunas alusiones a relaciones especialmente íntimas entre alumnas y profesoras permiten, sin embargo, suponer alguna forma de educación pública.

  Una educación que hacía tanto hincapié en el fortalecimiento físico de las muchachas espartanas requería manifestaciones deportivas en las que poder mostrar sus méritos ante un público interesado, compitiendo con compañeras de su misma edad. Tales competiciones para chicas y para mujeres se insertaron en Esparta en el marco de los festejos religiosos. Sin embargo, las mujeres espartanas estaban en desventaja con respecto a sus conciudadanos masculinos en un aspecto: no podían participar en los Juegos Olímpicos, pues todavía no había competiciones femeninas. No sabemos si en Esparta hubo intentos por eliminar esta discriminación, pero sí conocemos el deseo de las mujeres espartanas por participar en Olimpia. En torno al 400 a. C., Ciniska, hija del rey Arquídamo, fue la primera campeona olímpica. Su especialidad era la carrera de carros. Naturalmente, Ciniska solo pudo conseguir la victoria porque practicaba la cría caballar y no porque guiara a los caballos en la carrera (que solo podía guiarlos un hombre); lo que la hizo ser aclamada vencedora olímpica fue haber criado a los caballos ganadores y ser propietaria del tiro. Este éxito de Ciniska en Olimpia significó una pica en Flandes para el deporte femenino, pues tras ella hubo varias campeonas olímpicas más, la mayor parte de las cuales procedían de Esparta.

  La educación hizo de las chicas mujeres conscientes de sí mismas. Esta autoconciencia determinó también su vida en el matrimonio y en la familia. La mujer espartana, al casarse (casi siempre con 19 o 20 años), era cinco o seis años mayor que una mujer de Atenas o Creta. Pero las esposas espartanas no solo eran más maduras que las de otras ciudades, pues dado que los hombres estaban obligados a casarse entre los 20 y 30 años, también la diferencia de edad con sus cónyuges era menor que en otras partes. Así, la mujer, desde un principio, podía ser para el marido una compañera equiparable a él en el matrimonio. Observadores de otras ciudades aplaudieron esta regulación, pero no porque diera lugar a una vida matrimonial más armoniosa, sino pensando que así los hijos de ese matrimonio nacerían más fuertes. Ambos sexos estaban legalmente obligados a casarse; permanecer soltero estaba penalizado.

  También el proceso de la boda y la consiguiente vida de esposa apuntan a una posición de igualdad de las mujeres en Esparta. Aunque las fuentes no nos proporcionan una imagen unitaria, hay tres cosas claras y significativas al respecto: 1) Los padres desempeñan en la boda un papel secundario; lo decisivo para contraer matrimonio era la voluntad de la pareja de novios. 2) No parece haber existido en Esparta una dote en el sentido tradicional (es decir, un regalo de la familia de la mujer para el futuro yerno): lo que se aportaba al matrimonio era más la parte de la herencia de la mujer que sus propias posesiones. 3) La mujer era en el matrimonio una persona independiente; fuentes de la Antigüedad nos hablan de que solo Esparta conocía la poliandria, o de que las mujeres también podían tener amantes. Todas estas libertades de las mujeres espartanas eran miradas con recelo por los foráneos de la época, y si la indignación general que despertaban las espartanas no era mayor fue por la urgencia que había de proles numerosas. En cualquier caso, las mujeres espartanas eran independientes. A diferencia de Roma, aquí no estaban sometidas a la fuerza (manus) de su marido. De ahí que pudieran adquirir con toda naturalidad grandes fortunas y disponer libremente de ellas. Aristóteles habla incluso de que 2/5 de la tierra estaba en posesión de las mujeres, y aproximadamente 100 años más tarde (a mediados del siglo III a. C.), son dos mujeres, Aegistrata y Arquidamia, las que poseían la mayor riqueza de toda la ciudad y disponían de sus propios clientes y deudores. Esta riqueza en manos de las mujeres se debía sobre todo al derecho sucesorio espartano, que permitía heredar también a las mujeres; además, no conocía —o solo la conocía con una forma distinta— la institución de la hija heredera, propia de otras ciudades como Atenas. Esta institución consistía en lo siguiente: si en una familia no hay hijos varones, sino solo una hija, esta «hereda», por así decirlo, provisionalmente, es decir, solo puede mantener la posesión de la herencia hasta que contraiga matrimonio y tenga hijos varones. En Esparta, por el contrario, la hija podía conservar una parte de la herencia y disponer libremente de ella aunque tuviera hermanos. Otra vía de las mujeres para acceder a la posesión y a la riqueza era tener hijos de varios hombres. Existen testimonios expresos de mujeres que de este modo llegaron a gobernar dos o incluso más oikoi.

  Dado que los hombres estaban ocupados con los entrenamientos, los banquetes, la política y la guerra, las mujeres forzosamente tenían que hacerse cargo del aprovisionamiento económico de sus familias, es decir, del gobierno de la casa. Así pues, el marido necesitaba que su mujer no solo fuera capaz de vigilar a los ilotas y a los esclavos, sino que además tuviera conocimientos económicos, pues del rendimiento de sus tierras dependía esencialmente su propio estatus en la sociedad. De ahí que la expresión «administrar bien una oikos» haya quedado acuñada para definir a una buena espartana. De acuerdo con su importancia, la espartana recibía el tratamiento de «señora», lo cual, junto con las numerosas historias y anécdotas que nos han llegado, da testimonio del respeto que infundía entre los espartiatas y de la autoridad que poseía.

  Las noticias que llegaban a Atenas y a otras partes sobre esta posición tan destacada de las mujeres espartanas, sobre sus derechos y sus libertades, crearon allí una gran confusión, La independencia de las espartanas fue interpretada como desenfreno; su autonomía con respecto al marido y al padre, como libertinaje; su papel en el Estado, como el «gobierno de las faldas», Aristóteles se vio incluso en la obligación de censurar a Licurgo en la cuestión de las mujeres, por haberse ocupado de las costumbres de los hombres y haber dejado a las mujeres a su aire. Nada más lejos de la realidad. En ningún otro estado griego estaban tan integradas las mujeres en el orden público, ni era tan imprescindible su colaboración para el funcionamiento del Estado. De ahí también que fueran igual de veneradas que los hombres después de su muerte. Solo a las mujeres y los hombres que hubieran dado la vida sirviendo al Estado les correspondía un epitafio: es decir, a las mujeres que hubieran muerto de parto y a los hombres caídos en la guerra.

  Desde el punto de vista social, pues, la mujer espartana estaba equiparada a los hombres. ¿Cómo hay que valorar la influencia política de las mujeres? Para responder a esta pregunta no debemos olvidar que la principal tarea estatal de las mujeres residía en el mantenimiento del ámbito doméstico, mientras que a los hombres se les encomendaba la guerra y la política. En esto Esparta se diferenciaba mucho de otras ciudades en cuanto a la relación entre los sexos; sin embargo, las mujeres espartanas tampoco estaban representadas en instituciones políticas como el Consejo o la magistratura. Aun así, nuestros corresponsales Platón, Aristóteles o Plutarco dicen que las mujeres en Esparta ejercían una influencia política extraordinaria y que deliberaban en los asuntos más importantes. Estas declaraciones debemos interpretarlas como una prueba de que las mujeres, aunque formalmente no fueran miembros de las instituciones, podían asistir a las deliberaciones cuando se trataba de tomar decisiones importantes, y, como tenían libertad de expresión, podían influir en las decisiones. Es posible que el autor de comedias ateniense Aristófanes, en una de sus comedias que lleva por título Mujeres participantes en una Asamblea Popular, esté haciendo alusión al papel de las mujeres en Esparta. Esta obra fue representada cuando, en la fase final de la gran Guerra del Peloponeso, la lucha (el agon) entre Atenas y Esparta había llegado a su punto culminante, Aristófanes presenta al espectador mujeres que «se hacen cargo» de la Asamblea Popular, que ejercen el mando; además, hace numerosas alusiones, seguramente familiares para los contemporáneos, al orden espartano: menciona, por ejemplo, la estatalización de la propiedad, la moneda de cobre (como paralelismo de la moneda de hierro), los esclavos del Estado, las comidas y las sisitias, el apego a lo antiguo y, no en último lugar, las libertades de la mujer. La grotesca descripción que hace el autor de un gobierno de mujeres y las alusiones a Esparta posiblemente persiguieran mostrar al público teatral ateniense, en forma de comedia, que su temido enemigo de la guerra, Esparta, estaba dominado por mujeres. En un plano particular, Aristófanes, en su Lisístrata, pretende asustar a los hombres atenienses con la visión de un régimen de mujeres.

  Las mujeres espartanas también estaban integradas en el culto. Esta esfera de acción pública estaba abierta a las mujeres también en otras ciudades griegas. Ya en Homero, las amas de casa y las sacerdotisas eran quienes cultivaban las relaciones con determinados dioses u organizaban festejos en honor a esos dioses. Hay testimonios de que las mujeres de Esparta asumieron este tipo de tareas. Especialmente eran responsables de preparar el culto a las diosas Deméter y Artemisa.

  Hay una leyenda muy peculiar que es otro indicio de la significativa posición política de las mujeres en Esparta. Se trata de la leyenda sobre la fundación de Tarento, la única colonia espartana en Italia. Cuando la I Guerra Mesenia estaba en pleno apogeo y había condenado a los espartiatas a una larga ausencia de su ciudad natal, dice la leyenda que las mujeres se rebelaron en casa y auguraron el fin de Esparta por la falta de nacimientos. Inmediatamente después, los espartiatas enviaron a casa a los jóvenes luchadores —que no estaban obligados por juramento a permanecer en Mesenia hasta el final de la guerra— para que se encargaran de asegurar la descendencia. Los hijos de estas uniones que habían tenido lugar en época de guerra —y que fueron denominados partheniai, es decir, hijos de vírgenes—, cuando se hicieron adultos, urdieron, según la leyenda, una conspiración contra su ciudad natal con motivo de la fiesta de las Hiakintias en Amidas; pero finalmente, al mando de un fundador de colonias, emigraron a Italia y fundaron allí Tarento. Las piezas del mosaico de nuestras noticias acerca de las mujeres espartanas encajan formando una imagen clara. Al igual que los hombres, también las mujeres tenían que cumplir en Esparta un cometido fijado de antemano y estaban muy vinculadas al cosmos de la ciudad. De modo que, desde el punto de vista histórico, no se justifica escribir una historia de Esparta sin mencionar a las mujeres y su participación en el Estado, pese a que tal sea el caso en la mayoría de las descripciones modernas.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Cartledge Paul:Los Espartanos V: Mujeres y religión

Las mujeres son, y siempre han sido, más o menos la mitad de la especie humana, pero, por lo común, en las fuentes y los relatos históricos no han recibido ni mucho menos la mitad de la atención que sus papeles y funciones en la sociedad y la historia realmente merecen y exigen. Una gran excepción a esta regla —siempre hay excepciones— fueron las mujeres de la antigua Esparta, quienes, lejos de estar calladas o silenciadas, tenían mucho que decir: en textos antiguos hay incluso dichos atribuidos a ellas por el nombre. No olvidemos la réplica verdaderamente lacónica al parecer de Gorgo, hija y esposa de reyes espartanos, a la mujer no espartana que, maravillándose del aparente control de las mujeres espartanas sobre sus hombres, le preguntó por qué aquéllas eran las únicas mujeres que dominaban a los hombres: «¡Porque somos las únicas mujeres que parimos [verdaderos] hombres!». Lo que confería a esta réplica, sin duda apócrifa, su carga especial era que incluso los más agudos y sensatos observadores externos del mundo espartano podían creer en serio la verdad literal objetiva del poder, o más bien dominación, de las mujeres en Esparta.
Uno de los más agudos y sensatos de estos observadores fue Aristóteles. Procedía de una familia de élite del norte de Grecia (su padre era médico de la corte del rey Amintas III de Macedonia, padre de Filipo II), pero pasó la mayor parte de su vida adulta en Atenas. Allí fue en su día el alumno estrella en la Academia de Platón, donde llegó a la edad de diecisiete años, en 367, unos veinte después de su fundación; y más adelante fundó su propia escuela de aprendizaje superior, el Liceo, que inauguró a mediados de la década de 330. Él y sus alumnos recopilaron, entre otras cosas, versiones de las leyes y los principales cambios constitucionales de 158 entidades políticas, sobre todo ciudades griegas, entre ellas naturalmente Esparta. Éstas, a su vez, inspiraron la obra más brillante de análisis político que nos ha llegado del mundo antiguo, la Política, o «Asuntos concernientes a la polis», de Aristóteles, que en el segundo libro de esta obra realizó una labor ciertamente demoledora al señalar los principales puntos débiles, tal como él los veía, de la sociedad y del sistema político espartanos.
En cierto modo, esto no era muy dificil de hacer, pues cuando fue escrita la obra, en las décadas de 330 y 320, Esparta hacía tiempo que había dejado de ser una potencia griega importante, si bien continuaba siendo algo así como un icono para aquellos que, por razones políticas o filosóficas, estaban insatisfechos con la organización social o política de sus ciudades y aún esperaban que Esparta procurara alguna alternativa ideal. Mi actual interés en el pasaje pertinente de la Política deriva del hecho de que aquí Aristóteles suscribe explícitamente la idea de que en Esparta las mujeres dominaban a los hombres, y que esta ginecocracia (gobierno de las mujeres) fue, a su juicio, un elemento clave para explicar el fracaso político —y moral— de Esparta. Aquello no podía acabar bien.
La base de la postura de Aristóteles tenía dos partes: una ligada al intelecto, y la otra — casi equivalente— al puro prejuicio. Veamos primero el prejuicio. Aristóteles compartía del todo la idea griega típicamente machista de que las mujeres eran inferiores a los hombres, aunque a esta actitud convencional añadía una buena dosis de «ciencia» aristotélica. Creía poder demostrar científicamente que el cuerpo y la mente («alma», como él la llamaba) de las mujeres eran, de manera categórica, natural, es decir, inalterable, inferiores a los de los hombres. En otras palabras, las mujeres constituían el segundo sexo en el sentido más amplio: físicamente eran hombres deformados, e intelectualmente carecían de capacidad para hacer convincente su razonamiento, si se le podía llamar así. Esta «teoría» era aplicable genéricamente a todas las mujeres, desde luego, no sólo a las mujeres griegas, y a todas en general, no sólo a algunas. En lo que a esto se refiere, Aristóteles fue más allá que su maestro Platón, quien estaba dispuesto a admitir que algunas mujeres, pocas, podían ser los iguales intelectuales, los interlocutores legítimos de los filósofos-gobernantes de élite de su Estado ideal.
Así pues, pese a estos defectos femeninos intrínsecos, ¿cómo fueron capaces las mujeres espartanas de dominar a los hombres, de colocarse en una posición que se lo permitiera? Esto seguramente sería, como Aristóteles más que nadie debería haber captado, una contradicción o, en el mejor de los casos, una paradoja. Sin embargo, estaba convencido de ello, tanto que dedicó mucho tiempo a intentar comprenderlo. Al final se le ocurrió una especie de explicación teórica del modo que sigue. Para Aristóteles, el defecto principal de las mujeres espartanas era el vicio típicamente femenino de la falta de autodisciplina y de dominio de sí mismas. Daba cuentas de ello suponiendo que, mientras que los hombres espartanos habían llegado a ser disciplinados sometiéndose voluntariamente a las férreas leyes de Licurgo y al consiguiente régimen litúrgico, las mujeres se habían negado a someterse y desde entonces nadie había sido capaz de controlarlas, con el resultado de que se deleitaban en toda clase de lujos y excesos, instigadas y secundadas por sus sumisos y dominados esposos. No obstante, esto parece algo difícil de aceptar como explicación histórica adecuada. Pues, de hecho, también las niñas espartanas, aunque no vivían en caserones comunitarios desde los siete años como sus hermanos, sí recibían cierta instrucción educativa pública, con resultados reveladoramente fuera de lo común según los criterios griegos generales de la conducta femenina, como veremos.
Por otro lado, es más fácil ver por qué el estatus y los derechos de las mujeres espartanas indujeron a Aristóteles a imaginar que Esparta era una ginecocracia. Por encima de todo, dos hechos sociolegales —además de su educación formal— las diferenciaba de las mujeres de los otros Estados griegos. En primer lugar, tenían derecho a poseer y administrar bienes, incluyendo tierras, probablemente sin la intervención legal de un tutor varón. En Esparta, las herederas —es decir, hijas sin hermanos legítimos del mismo padre— recibían el nombre de patrouchoi, que significa literalmente «titulares del patrimonio», mientras que en Atenas las llamaban epiklêroi, que significa «en (o sea, que va con) el klêros (adjudicación, lote, porción)». Por tanto, las epiklêroi atenienses servían sólo de vehículo para transmitir la herencia paterna al siguiente heredero y propietario varón, esto es, al hijo varón de más edad, el nieto de su padre, mientras que las patrouchoi espartanas heredaban por derecho propio. En Esparta, estas herederas eran muy preciadas, estaban muy buscadas por hombres espartanos cotizados, pues podían casarse con cualquiera, no sólo con el pariente más cercano por parte de padre.
El segundo punto de diferenciación sociolegal era que las esposas espartanas podían tener relaciones sexuales con un hombre distinto de su esposo sin infringir ninguna ley del adulterio —porque en Esparta, a diferencia del resto de Grecia, por lo visto no existían esas leyes—. De hecho, sus esposos podían «prestarlas» a otro hombre con la finalidad específica de procrear descendencia legítima —para la familia y el linaje de ese otro hombre—. En cuanto a las esposas, en estos casos, se decía que aceptaban de buen grado un acuerdo así, tal como asegura Jenofonte en su ensayo del siglo IV sobre la sociedad espartana y sus costumbres, pues les daba la oportunidad de llevar más de una casa. Esto nos recuerda que todas las esposas espartanas, como sólo las esposas de los hombres ricos de otras partes de Grecia, estaban liberadas de la carga de las tareas domésticas, de las que se ocupaba la mano de obra servil (los ilotas). No tenían que preparar comida ni cocinar, confeccionar ropa o limpiar la casa: esto lo hacían las mujeres ilotas. Seguramente ni siquiera amamantaban a sus propios bebés; en todo caso, las amas de cría espartanas, es de suponer que mujeres ilotas, gozaban de buena fama fuera de Esparta, tanta que Alcibíades de Atenas, por ejemplo, fue criado por una nodriza ilota espartana.
En estas circunstancias, era fácil desvirtuar el hecho de que las mujeres espartanas poseían tierras y otros bienes, así como su aparentemente fácil unión sexual con hombres distintos de sus esposos, y convertirlo en una imagen de depravación inmoral, de un mundo vuelto del revés. «Cuando la mujer domina al hombre...», así empieza el oráculo délfico, en el sentido de cuando todo todo está hecho un lío y no funciona nada. «En Esparta la mujer domina al hombre...», o eso creían muchos hombres no espartanos, entre ellos Aristóteles, quien en el mismo Libro II de la Política escribió que:
 En la época de la dominación [arché] de los espartanos, las mujeres consiguieron muchas cosas.1Lo que parece estar afirmando es que, en cualquier caso, a principios del siglo IV las mujeres espartanas no sólo controlaban a sus hombres dentro de la casa sino que, de algún modo, ejercían también una influencia decisiva en asuntos del Estado. No obstante, el único ejemplo real de intervención femenina en la esfera pública durante el período de su elección parece decimos exactamente lo contrario. Cuando en 370-369 las mujeres espartanas vieron un poderoso ejército invasor liderado por Tebas ocupando realmente territorio espartano y devastando la tierra a la vista de la propia Esparta, por lo visto provocaron más consternación y alboroto que el propio enemigo mediante su reacción alocada y llena de pánico. Otra vez esto parece un puro y desagradable prejuicio masculino, pues se consideraba que, en la guerra, el valor era típicamente masculino como cualidad y virtud. Asimismo, el pánico de las mujeres sería, en todo caso, totalmente comprensible, pues ver la tierra espartana, incluida la que ellas mismas poseían, destruida ante sus propios ojos no era precisamente algo sobre lo que les hubieran instruido en el plan de estudios nacional.
En resumen, lo que Aristóteles y otros no espartanos de mentalidad tradicional temían inconscientemente, y acaso a veces conscientemente, era el poder femenino. Una manifestación de este miedo griego masculino fue la invención de la raza mítica de las amazonas, pero al menos las amazonas tenían la decencia de vivir separadas de los hombres, mientras que las viragos espartanas al parecer ejercían su poder desde dentro de la comunidad. Paralizadas por un miedo así, las fuentes masculinas a menudo tergiversaron los hechos a los que tenían acceso, generalmente sólo de segunda mano en el mejor de los casos, sobre las mujeres espartanas. Nosotros, en cambio, intentaremos restablecer el equilibrio y pintar un cuadro de lo que pudo ser la vida, o mejor un ciclo vital, para la niña y la mujer espartanas corrientes, desde la cuna hasta la sepultura.
 1 Aristóteles, Política, Libro II, p. 1.270.Tanto las leyes como las costumbres sociales espartanas privilegiaban la reproducción, «la producción de niños» (teknopoiia). Aparte del deseo habitual de los individuos espartanos de tener un hijo varón y heredero que diera continuidad a la estirpe familiar, había una abrumadora presión para que el Estado mantuviera la fortaleza de la comunidad de ciudadanos espartanos varones adultos, una comunidad de guerreros tanto para defenderse del enemigo interno, los ilotas, como para atacar a los enemigos exteriores. De ahí que, a otros griegos, diversos rasgos de la sociedad espartana les parecieran realmente extraños, como los castigos públicos, entre ellos la humillación ritual por mujeres en una festividad religiosa, impuesta a hombres adultos por casarse demasiado tarde, y, a la inversa, los beneficios públicos para los padres de tres o más hijos varones, el hecho de que a las mujeres fallecidas en el parto no se les aplicara la prohibición general de que en las lápidas figuraran los nombres de hombres o mujeres, y, como ya hemos visto, la ausencia de leyes contra el adulterio.
De todos modos, aunque el adulterio no estaba castigado o ni siquiera legalmente reconocido, se consideraba que el matrimonio era una condición sine qua non para la legitimidad de la descendencia, siendo aceptable sólo el matrimonio entre dos espartanos. El cortejo se producía al modo griego habitual; es decir, potenciales maridos interesados o sus representantes se dirigían a padres de chicas núbiles. Las herederas a quienes sus padres no habían dejado nada para el matrimonio antes de morir contaban con los reyes para que se ocuparan de sus intereses, señal inequívoca de su enorme importancia social. No obstante, la ceremonia del matrimonio propiamente dicha no era en absoluto normal con arreglo a los criterios griegos habituales.
En primer lugar, comenzaba con una violación —en principio, una violación puramente simbólica y ritualizada, sin duda, aunque el simbolismo en sí mismo era revelador de las posibilidades de la violencia y la violación masculinas—. En un caso famoso, hemos sabido de un futuro rey espartano, Demarato, que ejecutó su violación, por así decirlo, llevándose a una chica ya comprometida con otro hombre, su primo lejano, y futuro sustituto como rey, Leotíquidas . A continuación, después de que la novia hubiera sido aprehendida y de algún modo trasladada a la casa marital del esposo, su sirvienta nupcial la preparaba para recibir al esposo la noche de bodas. La preparación comenzaba con el afeitado de la cabeza de la novia; a partir de entonces, como mujer casada, debería llevarlo siempre muy corto, y acaso también se viera obligada a ponerse velo en público. Llevaba un sencillo vestido recto abrochado con un cinturón, que el esposo desabrocharía antes de desflorarla. Si al casarse, el hombre tenía menos de treinta años, como ocurría normalmente, tenía que seguir viviendo en barracones bajo una estricta disciplina militar y sólo podía visitar a su esposa escabulléndose de noche amparado en la oscuridad. ¡Se decía que un esposo espartano podía engendrar varios hijos antes de ver a su esposa a la luz del día!
En Esparta, el resultado ideal del sexo conyugal era (por utilizar el lenguaje de El padrino, de Mario Puzo) un varón. Este ideal se basaba, en parte, en la tradicional idea patriarcal campesina de la superioridad del hombre y en el deseo del padre de reproducirse tan fielmente como fuera posible, pero también era un tributo al primordial imperativo militar en las peculiares condiciones de la antigua sociedad espartana. En una época posterior, los habitantes de Mani (el diente central meridional del Peloponeso) se referirían a sus hijos como «armas» por la misma razón, de modo que los maniotas varones eran literalmente hijos de un arma. En otras partes de la Grecia antigua, hay motivos para sospechar un índice bastante elevado de infanticidios femeninos, pero no podemos generalizar automáticamente esta hipótesis a Esparta. En todo caso, sabemos que fue criada una niña muy poco agraciada —aunque lo sabemos porque llegó a ser muy hermosa y a la larga fue la madre del rey Demarato—. Por otro lado, no sería de extrañar que sus padres hubieran rogado con fervor a Helena que su hija llegara a ser tan hermosa como ella.
A diferencia de sus hermanos, como hemos señalado, las niñas espartanas no iban a un internado a partir de los siete años. Eran educadas en casa, por sus madres e ilotas domésticas, pero de ningún modo quedaba ahí la cosa. Pues, caso excepcional en Grecia, también pasaban por una especie de programa educativo público, que —como el de los chicos— se centraba mucho en la dimensión física. Corrían, saltaban, lanzaban y luchaban, supuestamente masculina no desnudas y con los chicos, aunque espartana que la realidad. También esto pudo cantaban ser más una fantasía y bailaban, de forma característica y competitiva. Se da fe de competiciones de danza para chicas también en otras partes de Grecia, pero los espartanos dirigían hábilmente el baile de ellas a fines políticos. Por ejemplo, niñas seleccionadas eran enviadas a bailar para Artemisa, en Caria, una ciudad peneca situada en la frontera nordeste de Esparta.
En Esparta, los coros de niñas competidoras condujeron a la invención de un nuevo género de poesía griega, el partheneion o canto de doncella. Su creador fue Alcmán (c. 600 a.C.), poeta de profunda sensibilidad lírica y con un surtido extraordinariamente amplio de referencias geográficas (sus menciones a Lidia indujeron a los mal informados a conjeturar que había nacido en Sardes). El fragmento más largo de partheneion que tenemos de Alcmán fue hallado en Egipto, escrito en papiro. En él, los cantantes compiten cantando las alabanzas a sus dirigentes, Hagesicora (que significa simplemente «jefe del coro»), y Agido (nombre que hace pensar en un miembro femenino de la familia real de los agíadas):
Nuestras galas púrpura no son
 el tesoro que nos defiende,
 ni la pulsera-serpiente enroscada de oro macizo, ni la espléndida cinta lidia que lucen las chicas de grandes ojos oscuros,
 ni el cabello de Nano, no, tampoco Areta, semejante a una ninfa, ni Tylacis, ni Clesitera... No, es Hagesicora,
 ella es el deseo de mi corazón.
 Pues la belleza de los tobillos no está aquí en la danza: ella aguarda junto a Agido, alaba
 nuestro ceremonial.2
Cabe suponer que una canción así se cantaba originariamente en alguna festividad religiosa, en honor de una diosa determinada; aunque la identidad precisa de la diosa en cuestión sigue siendo incierta, probablemente era alguna versión de Artemisa, quizá la variante local denominada Ortia, pues parthenoi eran vírgenes a las puertas del matrimonio, y Artemisa era la diosa que supervisaba la crucial transición desde la juventud y la virginidad hasta el matrimonio y la maternidad. Después del matrimonio, una parthenos se convertía primero en una numphê («novia») y luego en una gunê. Gunê puede traducirse como «esposa», pero, como el francés femme, también significa «mujer»: la cuestión es que se esperaba que todas las chicas espartanas se convirtieran en esposas — y madres—. La condición de esposa y madre era un destino tanto social como anatómico de todas las mujeres griegas —y en ningún sitio se ponía tanto de relieve como en Esparta—. La destinataria divina de la adoración en relación con el embarazo y el nacimiento era Ilitia, estrechamente asociada, tanto en Esparta como en otros lugares, a Artemisa (Ortia).
Así pues, ¿a qué se debe el ciclo educativo público con su énfasis en lo físico? Seguramente había dos razones fundamentales. Una era pragmática y secular: se creía que las madres más aptas eran, bueno, las madres más aptas —en otras palabras, que la salud física conducía directamente a la salud eugenésica—. La otra razón era sociológica y simbólica: las mujeres espartanas no eran consideradas categóricamente inferiores en el sentido que habrían deseado con fervor varones forasteros como Aristóteles. A las niñas se les daban raciones de comida comparables a las de los niños, las adolescentes pasaban por un proceso de educación pública y socialización que les inculcaba los ideales de la sociedad y les hacía comprender que su conducta adulta era absolutamente decisiva, y las mujeres podían heredar, poseer y administrar bienes por derecho propio. Es incluso posible que tuvieran voz y voto en la elección de esposo por parte de su padre o tutor, como sin duda lo tenían en el gobierno de su casa —o sus casas.
En muchas sociedades, las mujeres desempeñan un papel religioso. Las espartanas no eran una excepción, pero, como sociedad, Esparta era, en varios aspectos, una excepción en lo referente a prácticas y actitudes religiosas griegas. Los espartanos tenían fama de ser extraordinariamente piadosos, incluso para los estándares de la Grecia antigua, y se esforzaban mucho por conservarla. Eran lo que nosotros —o hasta un ateniense antiguo— podríamos llamar enormemente supersticiosos. Así, Heródoto nos dice por dos veces que honraban mucho más las cosas de los dioses que las de los hombres: como esto se cumplía en todos los griegos, lo que él quería decir era que los espartanos llevaban su piedad y su devoción religiosa a extremos excepcionales. Lo que le movió a hacer repetidamente esta observación fue el hecho de que los espartanos ni siquiera aparecieron en la batalla de Maratón de 490 porque consideraron que la fase de la luna era poco propicia, y no enviaron una fuerza completa a las Termópilas en 480 al parecer porque estaban celebrando la festividad de la Carneia.
 2 Alcmán, Partheneion, frag. 1. Véase también West, ed., 1993.Una vez más, cuando Jenofonte describía a los espartanos como «artesanos de la guerra», estaba refiriéndose a manifestaciones militares de su fervor religioso, como los sacrificios de animales que realizaban al cruzar un río-frontera o incluso en el campo de batalla, cuando estaba a punto de iniciarse el combate. Los espartanos eran especialmente aficionados a esa clase de adivinación militar. Si los signos de las entrañas de un animal sacrificado no eran «correctos», incluso una acción militar imprescindible se podía retrasar, suspender o evitar del todo. Jenofonte deja constancia del caso de un comandante espartano que recabó los augurios no menos de cuatro veces antes de que salieran los signos «correctos».
Además de su religiosidad o devoción excepcional, el perfil de la observancia religiosa de los espartanos era considerablemente sesgado sobre todo en dos aspectos clave, en comparación con lo que habría sido considerado la práctica habitual en otros lugares. Las mujeres espartanas, como las de otras partes de Grecia, desempeñaban un papel destacado en la religión, o las manifestaciones cuasirreligiosas, privadas y públicas, espartanas. Sin embargo, al parecer en Esparta no había festividades sólo de mujeres ciudadanas, ni siquiera la Tesmoforia, en honor de Deméter, la diosa de la madre tierra que da fertilidad. Aunque Deméter tenía en efecto su propio santuario, un Eleusinion, en territorio espartano, no estaba situado en la misma ciudad de Esparta, ni siquiera en Amiclas, sino a cierta distancia en dirección al sur. La festividad local más parecida a la Tesmoforia quizás era la Titenidia, en la que se celebraba el amamantamiento y la nutrición de los niños, si bien no se trataba de una fiesta restringida a las mujeres espartanas. Una posible explicación de este menor énfasis en el culto a Deméter en Esparta es que la fertilidad de las cosechas y los animales estaba en manos de los ilotas, no de los espartanos. Se podría proponer una solución similar para la segunda anomalía religiosa llamativa, la curiosa falta de importancia del culto dionisíaco en Esparta —un ingrediente básico de expresión religiosa en otras partes de Grecia, tanto para los hombres como para las mujeres—. Una vez más, esta ausencia era probablemente algo relacionado con el hecho de que el fruto de la vid era producido por fuerza de trabajo ilota.
No obstante, como hemos visto, las jóvenes espartanas a las puertas del matrimonio cantaban y bailaban en coros competitivos, y como mujeres casadas adultas interpretaban canciones de desdén en torno a un altar para avergonzar a solteros espartanos reticentes, de tal manera que al final obedecieran las leyes y tomaran esposa. Por lo visto, las mujeres también ocupaban un lugar especialmente importante en la festividad anual de las Jacintias, en honor de Apolo y Jacinto. En su biografía del rey Agesilao II, Jenofonte dice que Agesilao insistió en enviar a sus hijas al festival, que se celebraba en Aniclas, a varios kilómetros al sur de Esparta, en el habitual carruaje público utilizado por las hijas de ciudadanos corrientes con el fin de reducir al mínimo la distancia social entre su familia y el resto de ciudadanos. La importancia de un gesto así en esa importante festividad residía en el mensaje subyacente.
Sin embargo, no era por la devoción por lo que eran más conocidas las mujeres espartanas fuera de su tierra. Aparte de su vergonzosa —o, mejor dicho, desvergonzada— sexualidad, lo que más anonadaba a la gente de fuera era el hecho de que no asumían el papel femenino griego tan habitual de llorar y gemir cuando se producía una muerte en la familia. En 371, en circunstancias que describiremos en otro capítulo, Esparta sufrió por fin una derrota en una batalla campal, una derrota catastrófica, en Leuctra, Beocia. Así informó Jenofonte, que acaso estuvo presente, del modo en que los espartanos que se habían quedado en casa reaccionaron ante la noticia:
Fue el último día de la Gimnopedia cuando llegó a Esparta el mensajero enviado para informar de la catástrofe. En aquel momento, estaba en el teatro el coro de los hombres. Cuando los éforos se enteraron de lo que había pasado, se sintieron profundamente afligidos, como de hecho cabía esperar. Sin embargo, en vez de interrumpir la actuación, dejaron que el coro continuara hasta el final. Cuando dieron los nombres de los muertos a los parientes respectivos, ordenaron a las mujeres que cargaran con su sufrimiento en silencio y reprimieran los gritos y lamentos. Al día siguiente, aquellas mujeres cuyos parientes habían muerto iban y venían con aire alegre y lleno de vida, mientras que a aquellos con parientes aún vivos no se les veía demasiado, y los pocos que andaban por ahí tenían un aspecto triste y abatido.3
En otras palabras, no lloraban ni se quejaban ni se daban golpes de pecho en señal de lamento, no se ponían el hábito de penitencia, y tampoco iniciaban un período de duelo retirándose a los lugares más recónditos de su casa. Al revés. El espectáculo debe continuar. Así es como tenían que comportarse las mujeres espartanas, y como seguramente se habían comportado, sin necesidad de que nadie se lo dijera, durante muchos años, quizás incluso siglos, antes del episodio señalado.
No hace falta extenderse sobre la incoherencia, o contradicción, entre esta imagen de Jenofonte de la conducta de las mujeres espartanas y la imagen negativa de Aristóteles de la no conformidad de aquéllas. Es incluso tentador seguir al novelista Steven Pressfield en su aplicación del criterio jenofóntico a la situación en la época de las Termópilas (480). Pressfield tuvo la idea absolutamente original —y por desgracia sin ninguna base en absoluto— de que una de las principales consideraciones que orientaron la elección del grupo especial de 300 de Leónidas fue el conocido carácter de sus esposas. Los hombres fueron escogidos entre aquellos de cuyas esposas se podía dar por descontado que no sólo pondrían al mal tiempo buena cara al conocer la muerte inevitable del esposo, sino que reirían y cantarían una canción alegre y bailarían.
Terminaremos este capítulo con el paradigmático ejemplo de la madre de un espartano. Entre los denominados apotegmas adscritos a mujeres espartanas, en una recopilación con este título que nos ha llegado en las obras de Plutarco, el primero se atribuye a Argileonis («león-brillante»), madre de Brásidas. En él se hace precisamente la misma observación sobre la obediente sumisión de las mujeres espartanas a las normas de su sociedad, aunque de un modo bastante distinto:
Cuando el hijo de Argileonis, Brásidas, hubo muerto y algunos ciudadanos de Anfípolis acudieron a Esparta a visitarla, le preguntaron si su hijo había muerto con grandeza, como correspondía a un espartano. Cuando lo pusieron por las nubes y le dijeron a ella que era el mejor de todos los espartanos en tales hazañas de valor, ella replicó: «Amigos, es verdad que mi hijo era un hombre bueno y admirable, pero Esparta tiene muchos hombres mejores que él».4
 3 Jenofonte, Hellenica [Historia de Grecia], Libro VI, capítulo 4, sección 16.La fuerza de este supuesto comentario deriva del hecho de que, a diferencia de la abnegada madre, los anfipolitanos adoraron literalmente a Brásidas como su héroefundador tras su muerte, como algo más que un simple hombre mortal.
Por desgracia, no hay suficientes datos para escribir una biografía de Argileonis (a diferencia de Gorgo, véase el capítulo 3, y de Cinisca, véase el capítulo 7), pues aparte de esta anécdota no sabemos nada de ella salvo que estaba casada con un tal Telis. Dado que formaba parte de la delegación espartana oficial enviada a Atenas en 421 que primero llegó a un acuerdo de paz general y luego firmó un tratado por separado con Atenas, Telis pudo muy bien haber sido miembro de la Gerusía y, por tanto, hombre perteneciente a una familia aristocrática distinguida. No obstante, Argileonis, como el rey Agiselao cuando insistía en que sus hijas viajaran a una importante festividad religiosa en el carruaje público regular, tenía interés más bien en restarle valor a cualquier diferencia o distinción especial que sin duda su familia podía exhibir. En consecuencia, Argileonis puede figurar como un símbolo de las mujeres espartanas.
Otros apotegmas desarrollan la antigua imagen de las madres espartanas, atribuyéndoles un lenguaje pintoresco y unos gestos igualmente vistosos. Por tanto, podemos imaginar fácilmente a Argileonis instando a Brásidas, cuando éste partía para Anfípolis en 422, a que regresara de la batalla «con tu escudo, ¡o en él!». O, suponiendo que Brásidas hubiera demostrado per impossibile ser un cobarde y hubiera vuelto a casa vivo pero derrotado, podemos imaginar  preguntando a su hijo de forma pública  a Argileonis señalándose el vientre y y humillante si quería entrar ahí dentro arrastrándose. Las madres espartanas estaban hechas de esta pasta impresionantemente severa.

 4 Plutarco, «Dichos de mujeres espartanas», Argileonis (Moralia, 240c). 6
 La guerra ateniense, 432-404 a.C.