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sábado, 23 de diciembre de 2017

Canfora Luciano.-El mundo de Atenas: XXXV. EPÍLOGO. DE LA DEMOCRACIA A LA UTOPÍA


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La democracia y el imperio habían nacido conjuntamente. Tesmístocles, que en Salamina lleva a Atenas a la victoria, engendra a ambas a la vez; su intuición de proveer inmediatamente a la ciudad de un poderoso sistema de murallas, superando con engaños la resistencia y la oposición espartana, sella, con el necesario instrumento defensivo, la victoria conseguida y sienta las bases para el futuro conflicto con Esparta. Esas murallas constituyen el baluarte tanto de la democracia como del imperio, y formalizan la ruptura de los equilibrios centrados hasta entonces en la indiscutida hegemonía espartana sobre el conjunto del mundo griego. Por otra parte, la pretensión espartana de impedir a una ciudad, Atenas, proveerse de murallas denota de por sí que de facto el predominio de Esparta interfería incluso en la vida interna de las otras comunidades. El conflicto duraba desde el principio. Es una mera formalidad limitar el periodo de guerra a los últimos treinta años del siglo V: en un crescendo, ese conflicto tiene inicio con el nacimiento mismo de las murallas. Las murallas serán, en el momento de la capitulación de Atenas (404), el principal objetivo de los vencedores y el objeto de una desesperada y vana defensa por parte de los vencidos. El renacimiento de esas murallas en 394 signará el nuevo principio de una segunda aventura imperial, menos duradera aunque no poco fecunda.
Imperio y democracia, por tanto, actúan conjuntamente: es el imperio el que permite al demo participar de sustanciales beneficios materiales. El pueblo —deplora Platón— ya ha «bebido vino no mezclado» (República, 562c-d) y por eso, ya liberado y sin frenos, «salta a Eubea y se lanza a las islas» según la dura denuncia de un cómico que podría ser Teléclides.[1111] Critias, en la Athenaion Politeia, lo dice claramente, y por eso, cuando estuvo en el poder, hizo girar el bema, la rudimentaria tribuna desde la que los oradores hablaban al pueblo reunido sobre la Pnyx, «para que no miraran el mar» mientras hablaban al pueblo.[1112] La democracia funciona porque «se reparte el botín», es decir, las ganancias imperiales. Terminado el imperio, los conflictos sociales se vuelven endémicos, y se perfila en el horizonte —en las escuelas de filosofía tanto como en la escena teatral— la utopía social.

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Podría afirmarse que toda la obra de Platón, allí donde se enfrenta directamente con el problema político (la República es el documento más importante pero en absoluto el único), presupone que el imperio ya no existe y que el conflicto social no conoce techo y alcanza cimas de aspereza; allí la necesidad de encontrar una solución completamente nueva, más profunda, del problema político se anuda inextricablemente con la conflictividad social. Llevando al extremo la cuestión, Aristóteles, en los libros III y IV de la Política, llega a la completa identificación entre formas políticas y grupos sociales y formula la identificación completa democracia = dominio (gobierno) de los pobres versus oligarquía = dominio (gobierno) de los ricos, con independencia de la consistencia numérica de los dos grupos contrapuestos.[1113]
En la República, frente a un cuadro de conflictos políticos-sociales irresolubles y violentos, Platón propone un gobierno confiado a una élite seleccionada mediante la experiencia filosófica de la búsqueda del sumo bien y desvinculada de la empírica búsqueda de la riqueza; ello mediante la solución comunista de la abolición de la propiedad (es decir, de la herencia de los bienes y de la plutocracia). Tal es la respuesta al problema insoluble de una convivencia constantemente amenazada por el conflicto. No se nos escapa que tal construcción, cuando se ha puesto en práctica, ha terminado siempre por parecerse inevitablemente a la estructura piramidal del modelo espartano. Pero el punto fuerte y el elemento de radical novedad de esta utopía radica precisamente en la compleja característica de los «filósofos-gobernantes», que no puede reducirse a una variante intelectualizada de la gerusía espartana.
Resulta vano polemizar acerca de la fiabilidad de los datos, a favor o en contra de la hipótesis de que existe un nexo entre la República de Platón (que contempla el hecho de que las mujeres sean comunes —es decir, que ninguna mujer habitará permanentemente con un hombre en particular— como una de las características «comunistas» de la élite dirigente) y La asamblea de las mujeres de Aristófanes (392 a. C.), donde ese motivo es insistente y obsesivamente llevado hasta la burla. Imaginar que Aristófanes pretendiera burlarse de la propuesta platónica implicaría aceptar una cronología muy —incluso demasiado— alta de la República (o al menos de parte de ella). La hipótesis opuesta, es decir, que Platón se inspirara en la comedia de Aristófanes, suscitó el rechazo indignado de Wilamowitz («me avergüenzo de tener que desperdiciar una palabra acerca de esta locura, etc.»).[1114] Es preferible pensar que los motivos de la utopía social, los motivos comunistas, tenían su propia circulación. Así, por un lado no es osado pensar que, junto a tantos otros elementos, constituyan el trasfondo de la visión platónica, tal como viene propuesta en la República; y, por otra parte, es necesario pensar que sólo la circulación de motivos de este tipo explica la decisión de Aristófanes de hacer de ella el objeto de una sátira feroz. Esta comedia sólo pudo plasmarse y ser eventualmente apreciada por el público si las propuestas y «programas» de este tipo eran ya conocidos, es decir, si habían entrado en circulación; gracias, también —se puede suponer—, a actitudes filosófico-políticas determinadas por la diáspora del socratismo.
Programas «utópicos» y empobrecimiento de las clases más desfavorecidas suelen ir de la mano. Es de por sí significativo que el último Aristófanes que conocemos —La asamblea de las mujeres y Pluto— tenga que ver, de una u otra manera, con el problema de la justicia social, ya sea en la forma grotesca de La asamblea de las mujeres (escarnio de las instancias de igualdad coactivas) o en la forma, esta vez no escarnecedora sino comprensiva, que Pluto (388 a. C.) pone en escena, otorgándole el lugar central, precisamente, al problema de la pobreza. Una se cierra sin posible salvación, con la vulgaridad extrema de la escena de la comida común a la que acuden toda clase de oportunistas (incluso los menos persuadidos por la nueva moral social) al grito de «¡La república nos llama!»; la otra concluye en cambio con la recuperación de la vista por parte del Plutos (la riqueza) y con el retorno de una precaria prosperidad.[1115]

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Aproximadamente por los mismos años, Falea de Calcedonia formulaba sus programas igualitarios de saneamiento de la vida ciudadana como «único remedio posible a las revoluciones», suscitadas precisamente por la desigualdad de las fortunas. Lo único que sabemos de él se lo debemos a una paráfrasis nada ecuánime que Aristóteles hace de su pensamiento.[1116] No es fácil, por ejemplo, comprender a quién se dirigía Falea y si pretendía proponer una fórmula válida para todas las comunidades. Sin duda su escrito político debió tener resonancia dado que Aristóteles le dedica una tan minuciosa confutación.
La expresión adoptada por Aristóteles (τοῦτ᾿εἰσήνεγκε) puede significar tanto que hizo tales propuestas como que introdujo tales reformas. Los intérpretes discrepan acerca de este punto,[1117] pero parece más razonable la segunda interpretación: probablemente Falea escribió una Politeia en la que proponía «que la propiedad fuera equitativa entre los ciudadanos» y, teniendo en cuenta la dificultad de la igualación de las riquezas en una comunidad ya estructurada, con inspiración gradualista, propuso diversas fórmulas (por ejemplo, en relación con el mecanismo de la «dote» en caso de matrimonio entre ricos y pobres) y sobre todo lanzó la idea de «nacionalizar» a los artesanos reduciéndolos a la condición de «funcionarios públicos».[1118] Se ha discutido acerca de estas informaciones. También aquí Aristóteles constituye la única fuente, y tiene en este caso (mucho más que cuando se esfuerza en demoler las teorías políticas de Platón) la mala costumbre de aplastar con sus propias críticas el pensamiento que está criticando. Por eso se vuelve arduo el esfuerzo de comprender qué es lo que efectivamente Falea pretendía decir con demosioi, en caso de que en verdad haya utilizado ese término.
De modo que la interpretación prevaleciente («esclavos públicos»)[1119] no resulta satisfactoria. En rigor, demosios significa «que se debe al Estado» (público dependiente).[1120] Es preferible pensar que Falea sugiriera una «estatización» de todas las actividades artesanales: en sustancia, el monopolio estatal de la producción de los bienes y la regulación oficial de este sector.
Un brillante polígrafo francés, que a principios de los años treinta publicó un laborioso ensayo sobre los «orígenes» judíos, cristianos y clásicos del comunismo, Gérard Walter, aportó buenos argumentos para sostener la interpretación, que parece la más precisa,[1121] de un «monopolio estatal de la industria». Más allá de todo, no se ha dicho que la frase completa con que Aristóteles resume el proyecto reformador de Falea («y que los artesanos no constituyeran un complemento [πλήρωμα] de la ciudad») signifique la exclusión de los artesanos del cuerpo cívico: podría significar todo lo contrario.[1122] Walter recurre a una analogía histórica sugestiva. Se puede pensar —observa— que Falea proyectase un «poder ilimitado del Estado sobre todos aquellos que practicaban los oficios manuales»: éstos no se beneficiarían del nuevo orden como sí lo harían en cambio los pequeños propietarios (beneficiarios de la prevista igualación de la propiedad). «La situación imaginada por Falea», comenta Walter, «recuerda mucho los resultados obtenidos en Rusia en 1917 por la política agraria del gobierno; ésta aportó beneficios efectivos a los campesinos pobres pero no modificó en nada la penosa situación de la clase obrera urbana, sometida a jornadas de trabajo sobrehumanas.»[1123]
Una lectura del todo distinta de las reformas proyectadas por Falea ve en él un exponente de la reacción aristocrático-dórica frente al regreso de la democracia de tipo ateniense, primero en Bizancio y más tarde en la propia Calcedonia, tras el colapso de la flota espartana en Cnido (394 a. C.). Teopompo se refiere a ello en las Filípicas con un arresto de espanto.[1124] La respuesta de Falea no sería entonces distinta de la que se encierra en el proyecto platónico que condenaba a los banausoi, es decir, a los trabajadores manuales, a una absoluta marginalidad y a una condición subalterna. Esta interpretación también es compatible con las escasas e incompletas noticias que aporta Aristóteles. Muchos la comparten: desde Hermann Henkel[1125] a Robert Pöhlmann;[1126] de Newman[1127] a Guthrie.[1128] Pero esa posición ha llevado a construir fuertes analogías con las luchas sociales y la ingeniería social de los modernos. Al preparar la nueva edición del gran libro de Pöhlmann, en la década de 1920, Friedrich Oertel añade un párrafo en el capítulo sobre Falea, en el que viene a decir que Falea, precisamente por las condiciones de «objetos en manos del Estado» a las que pretendía reducir a los productores (los technitai), anticipaba la socialdemocracia moderna.[1129] Curiosa toma de partido —que se escora hacia conclusiones análogas a las de G. Walter— en años de encarnizada contraposición entre socialdemocracia y sovietismo. Pero para entender mejor la fuerza, en aquellas décadas, de la sugestión analógica con los incandescentes conflictos sociales del mundo baste recordar el intento wilamowitziano de relacionar la ingeniería social proyectada por Platón en la República con una «auténtica» y no demagógica socialdemocracia.[1130]

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Las afinidades entre el proyecto de Falea y la ingeniería social platónica, probablemente contemporáneas —Aristóteles las critica con dureza en el mismo contexto del libro II de la Política—, han sido varias veces destacadas por los modernos. El precioso testimonio de Teopompo en el libro VIII de las Historias filípicas ayuda a encuadrar concretamente estos proyectos palingenésicos. No se nos puede escapar el hecho de que ambos nacen cuando la conflictividad social, tanto en Atenas como en las ciudades del estrecho (Calcedonia en particular, de acuerdo con lo que nos refiere Teopompo), se había agudizado: en Atenas, por el «regreso del demo», tras la guerra civil, en una ciudad degradada al rango de exgran potencia, privada ya del imperio, que había sido fuente de bienestar para todas las clases y ahora se veía obligada a contar sólo con sus propios recursos; en Calcedonia, en el momento en que, después de Cnido, las masas de desposeídos volvían a contar y a pretender su propia parte de la riqueza.
Un programa en ciertos aspectos afín al de Faleas, en cuanto a la «nacionalización» de los artesanos, es el que traza Jenofonte, para Atenas, en el opúsculo De los ingresos públicos (Πόροι). También aquí se trata de una reforma «desde lo alto», pensada «en el escritorio», que apunta al uso racional y socialmente «optimizado» de la masa de esclavos, a partir de un recurso que otros no poseen: las minas de plata de Laurión.

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No era la primera vez que Jenofonte se empeñaba en la reflexión sobre el mejor ordenamiento social. Durante la mayor parte de su vida había permanecido firme en la convicción de la superioridad de la eunomia espartana sobre cualquier otra forma de ordenamiento político y social. Por otra parte, había armonizado su forma de vida con esas convicciones. Si hasta las guerras persas Esparta había sido indiscutiblemente la gran potencia, además del modelo de comunidad centrada en el ejército de tierra y en la identidad ciudadana-guerrera (aún semejante en la Atenas de Milcíades), con la irrupción de la flota ateniense y del imperio, y por tanto de la democracia, ese cosmos espartanocéntrico se había quebrado. Se había hundido y había producido una secuela de guerras y conflictos, hasta llegar al interminable y cruel de la catástrofe final. Todo ello le había parecido a muchos, y a Jenofonte in primis, una confirmación de la gravedad del error de partida: haberse alejado de la eunomia. El «credo» jenofónteo de estos años, culminado con su participación directa en la guerra civil en el bando oligárquico, está contenido, y retrospectivamente reafirmado, en su Constitución de los espartanos. En Esparta —observa está prohibido poseer oro y el valor principal es la obediencia a los magistrados: incluso los poderosos se adecuan a esas normas (cap. 8).
El caso de Jenofonte es extremo. Todo el opúsculo tiene un tono de completa adhesión a los ordenamientos y el estilo vigentes en Esparta. Hacia el final, contiene una página[1131] en la que los espartanos «de nuestro tiempo» (pero no sabemos exactamente cuándo escribió esas palabras Jenofonte) son reconvenidos por haberse alejado, en la práctica, de los sanos dictámenes de Licurgo. Bien mirado, Jenofonte es el único ateniense hostil al ordenamiento democrático de su ciudad que hizo converger la admiración por Esparta y por el cosmos espartano —difundido en todo el ambiente socrático— con la decisión de marcharse a vivir a Esparta. También Alcibíades, tras haber roto con la democracia ateniense, después de intentar dirigirla a la manera de su pariente Pericles, se había ido a vivir a Esparta y había adoptado los comportamientos más duros de esa sociedad (incluso el corte drástico del pelo y la «sopa negra»), aunque no la soportó por mucho tiempo. Sócrates, a quien todos ellos habían frecuentado y que era él mismo un admirador de Esparta,[1132] cuando se encontró bajo el gobierno de Critias con la pretensión de instaurar en el Ática un régimen modelado sobre Esparta, desobedeció, poniendo en peligro su vida. Critias, que encontraba «bella» la constitución espartana,[1133] murió combatiendo contra un improvisado ejército de irregulares que intentaba derrocar el nuevo gobierno para restaurar el antiguo régimen.
Jenofonte militó bajo Critias en la guerra civil: él sí obedeció al gobierno. En su «diario», aunque escrito tiempo después de romper con Critias, mantuvo firme su convicción acerca de la superioridad del ordenamiento espartano sobre cualquier otro. El opúsculo es una declaración inequívoca acerca de su credo político. Tanto más clara cuanto que le reprocha a los espartanos de los tiempos recientes haber degenerado ese modelo. En el opúsculo exalta precisamente el valor de la obediencia a ese tipo de gobierno. Se vuelve polémico, y abiertamente se refiere a Atenas, cuando escribe, en ese mismo contexto: «En cambio en las otras ciudades los ciudadanos más poderosos no quieren dar la impresión de temer a los magistrados, considerando que tal comportamiento sería indigno de hombres libres».
Escribe en ático, en un límpido y ejemplar dialecto ático, considerado así ya por los antiguos. Entonces, ¿para quién escribe esa reivindicación sin grietas de la superioridad del ordenamiento espartano? No sin duda para los propios espartanos, cuya élite dirigente no tenía necesidad de ser persuadida de su propia superioridad (y que en todo caso no se dejaría amonestar por un exiliado para «volver a lo antiguo»). Escribe acaso para un público panhelénico, pero en primer lugar quiere dar lecciones a quien lo ha exiliado, a sus conciudadanos entregados al viejo sistema, desgarrado una vez más por la eterna tensión entre las aspiraciones populares y las ambiciones de sus líderes, con el habitual condimento de corrupción política, avidez y excesos judiciales. Ese opúsculo es también, y acaso sobre todo, una implícita reivindicación del acierto de sus propias decisiones.

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Sin embargo, en un determinado momento, Jenofonte escribe otro opúsculo, dirigido a sus conciudadanos: los Poroi (De los ingresos públicos). Esta vez sus únicos destinatarios son los atenienses, y presenta un proyecto de reforma económica con pretensiones casi palingenésicas si no utopistas.
¿Qué sucedió mientras tanto? ¿Qué hay en la base de este cambio? Para tratar de comprender las razones del cambio de actitud de un personaje clave como Jenofonte es necesario remontarse algunas décadas atrás y considerar, desde el punto de vista de los equilibrios sociales, la Atenas del siglo IV, la Atenas sin imperio.
El grado de tensión del conflicto social tras la restauración democrática queda bien representado por ese fragmento de oratoria que Dionisio de Halicarnaso incluyó en su selección de Lisias.[1134] Dionisio, que disponía del discurso entero del que selecciona esos fragmentos, comenta que esas alarmantes propuestas de limitación del derecho de ciudadanía nacían en un clima en el que, apenas restaurada la democracia, ya se temía que «el pueblo volviese a su antiguo carácter licencioso». El cuadro que traza Aristóteles, complacido, en la Constitución de los atenienses, acerca de la dureza con la que los moderados al estilo de Arquino debieron poner freno a los extremistas democráticos al estilo de Trasíbulo (cap. 40) deja entender que el retorno al ordenamiento precedente fue no sólo traumático sino además fuente de diversos conflictos. Es quizá sintomático, para tener una idea de la situación hacia mediados del siglo IV, un pasaje del «Arquidamos» de Isócrates (366 a. C.). Aquí el soberano de Esparta, dirigiéndose a los suyos tras el desastre de Leuctra, dice (es decir, así es como Isócrates lo hace hablar) aproximadamente: hemos sido abatidos como las otras ciudades griegas. Y dibuja este cuadro: «Temen más a sus conciudadanos que a los enemigos externos. En lugar de la antigua concordia se ha llegado a tal nivel de incomprensión recíproca que los ricos están dispuestos a tirar al mar sus riquezas antes que ponerlas a disposición de los indigentes» (§ 67).
En ese momento Jenofonte vive en el Peloponeso, en Élide, aún bajo el ala de sus protectores espartanos; y tiene, sin embargo, ya a la vista este cuadro. Era un golpe muy duro a sus convicciones, si incluso el Peloponeso se parecía ya al resto de Grecia. Poco después, en Mantinea (362 a. C.), donde su hijo encontrará la muerte como miembro de la caballería ateniense, naufragará toda esperanza de un nuevo orden internacional (Helénicas, VII, 5, 27). La reconciliación espartano-ateniense, que ha comportado, probablemente, su reintegración al cuerpo cívico de su ciudad natal, no remedia en absoluto, más allá del plano personal, el desorden generalizado y la falta de perspectivas. Sobre todo, una nueva guerra —la de Atenas contra sus aliados miembros de la renovada liga marina— viene a destruir todas las ilusiones (357-355 a. C.).
La segunda liga había surgido en 378 a. C., con solemnes promesas de no repetir los abusos del pasado, pero ya a mediados de la década de 360 la imposición de millares de colonos (cleruqui) en las ciudades aliadas (dos mil sólo en Samos, en 365)[1135] había vuelto a proponer el esquema de explotación y de alianzas desiguales que había hundido al primer imperio. Con los hechos consumados, con la guerra ya perdida, la justificación adoptada por los políticos atenienses para explicar la repetición del antiguo escenario imperial fue muy cruda e instructiva. La recabamos de las primeras palabras con las que Jenofonte entra en el tema, al principio de los Poroi: «Algunos jefes atenienses[1136] han dicho que saben muy bien qué es la justicia, tanto como los otros seres humanos, pero la pobreza de las masas[1137] los había obligado[1138] a comportamientos injustos con las ciudades aliadas». La «pobreza de las masas» es, por tanto, el motor que empuja a la ciudad a usar el imperio de manera egoísta.
Aquí Jenofonte se siente obligado a hablar de su ciudad, ahora que, tras la «guerra social», también el segundo imperio se ha desvanecido. Precisamente porque la cuestión de todas las cuestiones es «la pobreza de las masas» —argumenta Jenofonte—, «yo he intentado ver si los atenienses podían encontrar el modo de mantenerse con sus propios recursos». Sería —agrega— la solución en sí más justa y a la vez evitaría a los atenienses «parecer sospechosos a los otros griegos». Su proyecto de reforma tiene un epicentro: las minas de Laurión y el sistemático empleo, para su explotación, de millares de esclavos públicos (cap. 4). «Mi propuesta», escribe, «es que la ciudad, bajo el ejemplo de los ciudadanos privados, quienes se han asegurado una renta vitalicia con la posesión de esclavos, adquiera esclavos públicos hasta alcanzar el número de tres por cada ateniense» (4, 17); «el tesoro público puede procurarse dinero mediante la adquisición de hombres más fácilmente que los privados»; «dentro de cinco o seis años se alcanzaría el tope de seis mil esclavos públicos; si cada uno de ellos rindiera un óbolo por día, se obtendría una renta de sesenta talentos» (4, 23); «alcanzado el número de diez mil esclavos públicos, la renta será de cien talentos» (4, 24).
La atención que Jenofonte presta a los mecanismos económicos es un rasgo distintivo que los estudiosos modernos descuidan e ignoran. Se olvida que escribió también el Económico y que incluso en los Memorables se habla de economía y de los esclavos que explotaba Nicias, dándolos en alquiler a los empresarios de las minas. Tucídides también sabía mucho de minería —estaba a cargo de la explotación de las minas de oro de Pangeo y de allí venía su prestigio en la región—; éste es otro elemento importante que vincula estrechamente a Jenofonte con Tucídides. Si el correspondiente jenofónteo de la República platónica es la Constitución de los espartanos, el correspondiente de las Leyes son los Poroi. Vidas paralelas de los dos socráticos mayores. Ambos respondieron con la ingeniería social a las primeras y segundas catástrofes, a la crisis social ateniense, que se agudizó tras el hundimiento de la primera y se agravó aún más con el colapso del segundo imperio. La respuesta platónica no parece mirar especialmente a Atenas (que al infausto huésped de los tiranos siracusanos debía parecerle desde un principio un sistema insalvable); la respuesta de Jenofonte, nostálgica y didáctica cuando aún apuntaba al modelo de Licurgo «en estado puro», se volvió en cambio concreta y ligada a la praxis y a los recursos verdaderos y posibles, en la prosa seca y urgente de los Poroi.

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No se nos debe escapar el carácter utópico de este proyecto, lanzado por un gran superviviente de la Atenas de los nuevos políticos. Éste consiste no tanto en la infravaloración de la impermeabilidad a toda ingeniería social por parte de la clase política, de toda clase política, que funciona como clase o mira ante todo a su autoconservación, con la dificultad de superar el egoísmo de los propietarios. Casi contemporánea de la propuesta de Jenofonte respecto de la minería es la primera aparición de Demóstenes en la asamblea: el discurso «Sobre las simorias» (355-354 a. C.). También él tiene su propuesta: aumentar el número de ciudadanos empleados en la construcción de la flota. Pero Demóstenes, hijo de un industrial y prematuramente huérfano, se había tenido que dedicar a la abogacía tras haber sido despojado de su fortuna por sus propios tutores, y sabía por tanto cómo funcionaban las dos ciudades contrapuestas que vivían dentro de las mismas murallas: la ciudad de los ricos y la de los no propietarios. La de los ricos la conocía por dentro. Por eso, frente al clásico y probado instrumento de una «patrimonial» sobre la riqueza (la «duodécima», que en teoría podía dar un rédito de alrededor de quinientos talentos), objeta: «¡Atenienses! En esta ciudad hay tantas riquezas como en todas las demás juntas. Pero aunque todos los oradores se esforzasen en alarmar a los ricos diciendo que está por llegar el Rey de Persia, e incluso que ya ha llegado, y si junto a los oradores estuvieran además los adivinos haciendo la misma previsión, los ricos no sólo no darían nada sino que esconderían sus riquezas y hasta afirmarían que no poseen ninguna» («Sobre las simorias», 25). De allí que, sin dilaciones, concluya: «En cuanto al dinero, por ahora dejémoslo en manos de quien lo posee: es el mejor cofre para la ciudad» (28).
La cuestión social domina el siglo IV como domina la oratoria demosténica: incluso cuando el orador parece estar hablando de otra cosa. Cuando existía el imperio, el conflicto se desarrollaba dentro del «clan», para decirlo una vez más con Weber, y tenía como objeto el reparto del botín. Perdido el imperio una primera y una segunda vez, la reacción inmediata de las clases poderosas fue la de intentar la reducción de la ciudadanía. En los años que corren entre el inicio de la aventura política de Demóstenes, encaminada a encontrar para su ciudad el espacio para una tercera «hegemonía» (quizá en la órbita de Persia), y la derrota definitiva de 322, es decir, en el curso de esos treinta años, se consuma una vez más un choque social que no conoce techo. Cuando los acomodados y biempensantes tengan a los macedonios como garantes de la derrota de la última reencarnación de la democracia imperial, lo primero que harán será reducir el cuerpo cívico a nueve mil ciudadanos, sobre la base del censo y bajo la explícita solicitud de Antípatro.[1139] Es la Atenas de Foción, con soberanía restringida. Es el inicio del declive definitivo.
En los tiempos de Cicerón y de Posidionio de Apamea, en los tiempos de Sila en guerra contra Mitrídates, el último estremecimiento de Atenas, alineada con Mitrídates, será el gobierno del filósofo y político Atenión. Posidonio, de quien se ha conservado una página en la que se narra ese episodio, no duda en reducir, con inusitada ferocidad, el mito de la gran Atenas —que habla por boca de Atenión, caricatura de Demóstenes— a una farsa: «Basta ya de templos clausurados y gimnasios abandonados, del teatro desierto, los mudos tribunales y la Pnyx, sagrada para los dioses, abandonada por el demo». Esto dice el demagogo, en la irrisoria paráfrasis del filósofo de Apamea,[1140] cliente de poderosos romanos. Atenas era ya, para él, como para Cicerón, el lugar de la nimia libertas, reducida a una farsa. Así, juzgaban, era como había terminado.
[1111] PCG, VIII, p. 195, n.º 700. <<
[1112] Plutarco, «Vida de Temístocles», 19 5-6: «Temístocles, pues, no juntó El Pireo con la ciudad, que es la expresión del cómico Aristófanes, sino que arrimó la ciudad al Pireo, y la tierra a la mar, con lo que el pueblo se hizo más poderoso contra los principales, y tomó orgullo, pasando la autoridad a los marineros, a los remeros y a los pilotos. Por esto, la tribuna que se puso en el Pnyx estaba mirando al mar; pero luego los Treinta la volvieron hacia el continente, teniendo por cierto que el mando y superioridad en el mar era origen de democracia, y que los labradores eran menos difíciles con la oligarquía». <<
[1113] Aristóteles, Política, IV, 3 (1290a-b), 6-7. <<
[1114] Wilamowitz, Platon II, Weidmann, Berlín, 1919, p. 199. <<
[1115] No sabemos cuál podría ser el contenido de otra comedia aristofanesca titulada igualmente Pluto, que se remonta a 408, dado que sólo se conoce el título. No se sostiene la hipótesis de Kaibel, de la que se apropian Kassel y Austin (PCG, III. 2, p. 244), según la cual el tema era el mismo del segundo Pluto, aunque se distinguían por la tractatio. <<
[1116] Aristóteles, Política, 1266a, 39-1267b 21, 1274b 9. <<
[1117] Exempli gratia: Jean Aubonnet (Aristóteles, Politique, I, Les Belles Lettres, París, 1968, p. 69) traduce «introduisit cette réglementation» (seguido por C. A. Viano, trad. Utet y BUR); Robert Pöhlmann (Geschichte des antiken Sozialismus und Kommunismos, I, Beck, Múnich, 1893, p. 265) considera que Falea era el autor de un tratado sobre la Politeia. <<
[1118] Aristóteles, Política, 1267b 15: δημόσιοι. Por lo general se interpreta «esclavos públicos». <<
[1119] Pölhmann llega a decir que la reforma de Falea era en el fondo ultraelitista. <<
[1120] Cfr. ad es. P. Fayoûm, 12, 34. <<
[1121] Cfr. también K. Ziegler, s.v. Phaleas, en Kleine Pauly, IV, 1975, col. 699. <<
[1122] W. L. Newman, The Politics of Aristotle, II, Clarendon Press, Oxford, 1887, p. 293, y, en su estela, Aubonnet (I, p. 152) encuentran que «Falea era contrario a los artesanos». Pero no explican πλήρωμα de modo satisfactorio. <<
[1123] G. Walter, Les origines du communisme, Payot, París, 1931, pp. 316-317. <<
[1124] FGrHist 115 F 62. <<
[1125] H. Henkel, Studien zur Geschichte der griechischen Lehre vom Staat, Teubner, Leipzig, 1872, p. 165. <<
[1126] R. Pöhlmann, Geschichte des antiken Kommunismus und Sozialismus, I, Beck, Múnich, 1893, pp. 266-267. <<
[1127] Newman, The Politics of Aristotle, op. cit., p. 293 (muy prudente). <<
[1128] W. K. C. Guthrie, A History of Greek Philosophy, III, Cambridge University Press, Cambridge, 1969, p. 152 y n.º 1. <<
[1129] Geschichte der sozialen Frage und des Sozialismus in der antiken Welt, II, Beck, Múnich, 19253, p. 8. <<
[1130] Der griechische und der platoniche Staatsgedanke, Weidmann, Berlín, 1919. <<
[1131] Cap. XIV de la disposición moderna. <<
[1132] Platón, Critón, 52e. <<
[1133] Jenofonte, Helénicas, II, 3, 34. <<
[1134] Cfr., más arriba, cap. XXXII. <<
[1135] Diodoro, XVIII, 18, 9. <<
[1136] Probablemente se refiere a los diversos Aristofontes y Cares. <<
[1137] διὰ τὴν τοῦ πλήθους πενίαν. <<
[1138] ἀναγκάζεσθαι. <<
[1139] Diodoro, XVIII, 18, 4-5. <<
[1140] FGrHist 87 F 36. <<

Canfora Luciano.-El mundo de Atenas:XXXIV. DEMÓSTENES

Está convencido de tener razón y no puede tolerar que ponga en riesgo su misión. Su sed de poder proviene de una enorme convicción de que sus principios son justos y quizá de la incapacidad —muy útil para un político— de adoptar el punto de vista del adversario.
LUNACHARSKI sobre Lenin

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Muchos hijos de industriales se convirtieron en abogados (logógrafos) en la Atenas del siglo IV. En los casos que conocemos, la aproximación a tal oficio fue consecuencia de la ruina económica de la familia. Lisias e Isócrates, por efecto de la devastadora guerra civil. Lisias era además un meteco, y las fábricas heredadas de su padre Céfalo fueron destruidas por los esbirros de los Treinta; no pudo, salvo por un breve lapso de tiempo, obtener la ciudadanía ateniense, y se dedicó al oficio de abogado, que en una ciudad hirviente de procesos daba beneficios seguros. Isócrates debió realizar la misma elección pero intentó desvincularse de ese oficio lo antes posible, prefiriendo sacar dividendos de la enseñanza: sus acaudalados alumnos le pagaban bien. Intentó que se olvidara, en la medida de lo posible, ese paréntesis leguleyo de su vida. Demóstenes, nacido mucho después que ellos, hacia el año 384, coetáneo de Aristóteles, algunos años más joven que insignes abogados como Hipérides, era hijo, también él, de un rico industrial, propietario de dos fábricas (de armas y de muebles) que rendían, respectivamente, treinta y doce minas cada año.
Si el padre no hubiera muerto cuando él tenía apenas siete años, y si sus tutores no hubieran saqueado su patrimonio, sólo recuperado en una modesta parte después de largos procesos, la elección de vida de Demóstenes habría sido, probablemente, otra. Adueñarse del instrumento de la oratoria y del conocimiento de las leyes fue una necesidad imperativa, dado que las leyes le imponían afrontar el juicio contra sus tutores en primera persona. La tradición biográfica antigua le atribuye a Iseo como maestro, y sin duda —si las cosas fueron en verdad así— no hubiera podido elegir mejor. A su vez, la vía de la abogacía, que largamente practicó, como lo testimonia la vasta recopilación de sus discursos que se han conservado, desembocaba en la política. El ingreso en la política llegó, precisamente, a través de una serie de grandes procesos de relieve político, los cuales fueron otros tantos escalones en el camino que llevaba gradualmente al papel de líder reconocido y siempre autorizado: «Contra Androción» (355), «Contra la ley de Leptines» (354), este último pronunciado por él directamente en los tribunales, «Contra Timócrates» y «Contra Aristócrates» (352).
Si se tiene en cuenta cuáles eran las vicisitudes que, en el siglo precedente, llevaban a lo más alto de la ciudad —en el contexto de la Atenas imperial dirigida por los exponentes de las grandes familias expertas en la palabra tanto como en el arte de la guerra—, se comprende el espíritu de la época: el cambio estructural, el distinto mecanismo de reclutamiento del personal político y, sobre todo, la clara división de los papeles. La imagen caricaturesca de la «Advokatenrepublik», debida a un gran erudito alemán, Engelbert Drerup (1916), demasiado tolerante con la propaganda de guerra antifrancesa, no está sin embargo infundada. Pero, respecto a la «república de los abogados», Demóstenes se ubica a un nivel mental más profundo: concibe un proyecto político de dimensiones internacionales, basado en una visión de la historia de Atenas no menos que sobre el análisis de la realpolítica, necesariamente desprejuiciada, de las grandes potencias en escena. En los años (351-348) en los que Demóstenes accede a la cumbre de la política ateniense —en concomitancia con la irrupción de Filipo en el área geopolítica hasta entonces bajo influencia ateniense (Amfípolis, Olinto)—, las otras ciudades, en otros tiempos rivales en la lucha por la hegemonía, quedan al margen. Atenas es, incluso después de la infausta guerra «social» que cierra a duras penas la parábola del segundo imperio, la única potencia griega que tiene relieve y que puede interesar o preocupar a las grandes potencias que se asomaban al Egeo. Lo que —con la aquiescencia de sus adversarios— hace de Demóstenes un político de estatura períclea, en una situación material muy distinta, es su capacidad de dar cuerpo a un proyecto, de encajarlo en una estrategia, y de no perderlo nunca de vista, cualquiera sea el compromiso táctico al que lo obligue (incluso ensuciarse las manos tratando con el traidor Hárpalo). Se le adjudica también a él, legítimamente, la célebre fórmula períclea orgullosa y sin matices: «Atenienses, soy siempre del mismo parecer: que no se debe ceder.»[1079] Tucídides fue, como se puede demostrar de modo analítico, y como la doctrina literaria antigua había comprendido, una de las lecturas en las que se formó Demóstenes.

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En una Atenas ya sin imperio, dirigir una política de miras amplias, una política «de potencia», significaba enfrentarse diariamente con las tensiones internas de la ciudad; la más hiriente era la establecida entre los pobres y los propietarios. La palabra escrita de Demóstenes que se ha conservado testimonia ampliamente su empeño, en ese momento, frente a los conflictos sociales. El panorama de la política interna ateniense era candente y pleno de insidias: un líder no puede quemarse, y por eso vemos formarse a su alrededor un grupo político cuyo corpus de escritos conservados sirve de huella, pero no puede tampoco eludir el choque principal que divide a la ciudad, carente ya de fáciles y constantes recursos externos. Además de los «abogados» están los «perros», perros guardianes de los intereses populares, como ellos mismos se proclamaban; a quienes les resultaba más fácil crear consenso. La asamblea sigue siendo el órgano soberano de decisión: allí se puede maniobrar e incluso manipular, si el líder está bien dispuesto, pero no se puede prescindir de ella; hay que hacer las cuentas con ese mecanismo paralizante y arcaico en una época de política veloz y de continua «guerra sin cuartel», como la instaurada y hábilmente conducida por Filipo de Macedonia. De aquí la actitud dura, nunca demagógica, que Demóstenes imprime a su oratoria, desde que se afirma como líder, a la cabeza de un grupo político influyente. No debe olvidarse que —como se ha esbozado antes— estos políticos destacados de la segunda mitad del siglo IV (de la Atenas sin imperio) no tienen necesidad, para tener poder, de hacerse elegir estrategos, de obtener el consenso de los electores, imprevisible y que debe renovarse cada vez. Para ejercer su influencia, dialogan con la asamblea, o con la Boulé; controlan, con frecuentes embajadas, la política extranjera de la ciudad. Sin embargo, es mucho más importante, para su peso político, conseguir éxitos significativos en la palestra jurídica. Se destinan a la asamblea intervenciones bien recalcadas en el tiempo, más estratégicas que de acción inmediata: ésta, por prudencia, se deja a los gregarios.

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El tono de los discursos asamblearios de Demóstenes —según ha escrito Wilamowitz— muestra que no estaban destinados al «populacho soberano de la Pnyx», sino a un ideal de pueblo ateniense: lo que confirmaría, según tal punto de vista, que no se trataba de discursos verdaderos. El tono admonitorio y de continuo reproche hacia «vosotros que estáis sentados» es un rasgo distintivo de la política de Demóstenes. Incluso puede decirse que donde el tono se hace admonitorio y severo se adensan también los ingredientes patrióticos: de un tal amasijo lingüístico-político nace la impresión de que se le esté hablando a un pueblo «ideal».
Las admoniciones al demo para que haga «lo que debe» son la antítesis, en cierto sentido, del programa popular, que un historiador oligarca resume en la fórmula: «que el pueblo haga lo que le parece»;[1080] son inherentes al rango mismo de rhetor, separado del demo, por encima del demo. Por lo que se configuran dos actitudes: la admonitoria (Demóstenes, Licurgo y otros rhetores) y la de los «perros», es decir la de quien, por principio y por instinto, está siempre de parte del demo, incluso cuando se trata de secundar explosiones oscurantistas o de egoísmo de casta (como el juicio de Aristogitón contra Hipérides, que había propuesto la ciudadanía para los metecos y la libertad para los esclavos, después de Queronea). Egoísmo de casta, porque el demo —también el demo empobrecido y turbulento de finales del siglo IV—, si ya no es el weberiano «clan que se reparte el botín», dado que con el final del imperio no hay ya «botín», sigue siendo «una clase dominante excepcionalmente vasta y diversa»,[1081] destinada a vivir de subvenciones.
Demóstenes no esconde su aversión hacia la propaganda y los programas de la democracia radical. Tampoco le entusiasma el gobierno popular, a cuya lentitud y a cuya publicidad no duda en contraponer la libertad de acción y la prontitud de las que goza un Filipo.[1082]
«¡Llegaremos siempre demasiado tarde!», protesta en la «Primera filípica» (32). El compilador de un discurso «demosténico» como la «Respuesta a la carta de Filipo» no descuida este ingrediente: «él (Filipo) afronta los peligros sin dejar escapar ninguna ocasión y en toda estación del año, mientras vosotros estáis aquí sentados, etc.» (XI, 17). Se trata, en definitiva, de la inferioridad de los regímenes democráticos, estorbados por su propio mecanismo.
Para Demóstenes, entonces, se impone la confrontación continua con los éxitos de Filipo. No esconde una suerte de admiración por Filipo, por su fulminante carrera, por el elemento de voluntarismo de su praxis político-militar (I, 14: «mira siempre más allá de lo que ya posee»), por la diligencia de la acción (VIII, 11: la razón de su éxito es que se mueve antes que los demás).
En el discurso «Sobre la paz» (c. 356), Isócrates imagina que dirige a la asamblea este reproche: «sé bien que no es fácil estar en desacuerdo con vosotros y que en un régimen democrático no hay parrhesia sino para los más osados de los que hablan en esta tribuna» (§ 14). También Demóstenes se lamenta de ello, y en el proemio sostiene que el «alboroto» de la asamblea impide tomar las decisiones correctas (proemio IV), con una fraseología antipopular de tipo platónico.[1083] Demóstenes incluso se lamenta con frecuencia, en los mismos términos que Isócrates, de la falta de parrhesia: de los primeros discursos (XV, 1; XIII, 15; III, 32: «no hay parrhesia acerca de todos los argumentos de esta asamblea y me sorprende que la haya habido en esta ocasión») a los más maduros (VIII, 32; IX, 3). En la «Tercera filípica» el ataque es directamente a los hábitos democráticos: «En todos los demás ámbitos vosotros habéis extendido la parrhesia a todos los que habitan en la ciudad, incluso a los esclavos y a los extranjeros: entre nosotros, tienen más libertad de palabra muchos esclavos que los ciudadanos en otras ciudades.[1084] ¡Pero habéis expulsado la parrhesia de la asamblea!» (IX, 3).
Demóstenes —que, como parte de la fortuna paterna, había heredado dos fábricas con cincuenta esclavos (XXVII, 9)— conjetura que las persecuciones y la violencia física deben aplicarse a los esclavos, no a los libres (VIII, 51). En cambio, un orador partidario del pueblo, como el autor del discurso «Sobre el tratado con Alejandro», se expresa de manera diversa: «ninguno de nosotros quisiera ver condenado a muerte ni siquiera a un esclavo» (XVII, 3).
Según Plutarco, una característica elemental de la política demosténica es la orientación antipopular (ἀριστοκρατικὸν πολίτευμα: «Vida de Demóstenes», 14, 5); como prueba de ello, Plutarco cita la acusación que le dirige a la sacerdotisa Teórides, culpable de «instigar a los esclavos». Los modernos se preguntan si la acusación contra Teórides fue dirigida por Demóstenes en persona, y observan además que el término «sacerdotisa», adoptado por Plutarco, es, en rigor, impropio.[1085] En todo caso, es interesante observar que, ya fuera maga o sacerdotisa, Teórides pertenecía al círculo del «perro» Aristogitón; incluso, según Demóstenes, el hermano de Aristogitón se había procurado venenos y sortilegios propios de la esclava de Teórides (XXV, 80). Ambiente servil, «magia» o quizá sólo religión popular, el «perro» andrajoso es huésped habitual de las prisiones de Atenas: un mundo repugnante para un rhetor de buena familia.
Naturalmente, la reivindicación demosténica de parrhesia es tan antiliberal como el «alboroto» de la asamblea: «¡es escandaloso», sostiene en un momento muy favorable, «que en Atenas se pueda hablar impunemente a favor de Filipo!» (VIII, 66). Incluso la feroz petición de violencia física contra los adversarios políticos (VIII, 61) es un rasgo desconcertante de la oratoria demosténica, una mutación de la retórica judiciaria. En los discursos de 341 la amenaza es remachada casi con las mismas palabras: a aquellos que se han vendido a Filipo «hay que golpearlos hasta la muerte» (VIII, 61), no se puede vencer a los enemigos externos antes de haber acabado con los internos (VIII, 61 y IX, 53). Probablemente, en este tipo de política terrorista pensaba Platón cuando equiparaba a los rhetores con los tiranos, porque condenan a muerte, exilian y despojan de los bienes que anhelan (Gorgias, 466d). Eran, en el fondo, los mismos métodos de los odiados «perros»; también Aristogitón —según Demóstenes— era dado a atacar a los adversarios con estas amenazas («gritando a voz en cuello que era necesario someterlos a tortura»).[1086]

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En el primer discurso a la asamblea que se ha conservado, «Sobre Simorias», de 354 —que es quizá su primera intervención en la asamblea—, Demóstenes demuestra desde el principio «a favor de quién habla»:[1087] «Las riquezas», amonesta, «hay que dejárselas a los ricos; no hay mejor medio de tenerlas a salvo para la ciudad» (XIV, 28). Es un rasgo perdurable de su política, no sólo en el comienzo. En este sentido sus reivindicaciones de coherencia son fundamentales: «permaneció con firmeza de parte de quienes había escogido desde el primer momento», señala Plutarco («Demóstenes», 13, 2), polemizando con Teopompo, quien, quizá en el excursus «Sobre los demagogos atenienses», acusaba a Demóstenes de «inestabilidad».[1088]
Un fragmento de la «Cuarta filípica», tal vez de los más antiguos del texto, es en este sentido significativo. Es una propuesta de «tregua social», evidentemente formulada en un momento de tensión particular: Demóstenes comienza por criticar a los detractores del theorikón, un subsidio —dice— beneficioso para los pobres y que por eso es defendido; pero, como contrapartida, pide mayores garantías para los propietarios; dado que —precisa— no es aceptable la praxis de las confiscaciones sistemáticas con que se aterroriza a los propietarios (X, 35-45). En el epílogo a la «Primera olintíaca», su idea es que los ricos deben pagar «lo poco» que es necesario para «garantizarse a sí mismos el goce de todo lo demás sin preocupaciones» (I, 28). En un discurso de la misma época, «Sobre el ordenamiento del Estado», el blanco es explícito; es un ataque directo a la propaganda popular: es necesario «curar los oídos de los atenienses»; dejar de gritar en cada ocasión, incluso por incidentes modestos, «¡se quiere derrocar la democracia!»; hay que rechazar consignas como «la democracia se defiende en los tribunales» o bien «con el voto [scil. del ciudadano en el papel de juez] se defiende la constitución» (XIII, 1316). Bajo la apariencia de atacar el alarmismo popular —aunque la prevención era completamente injustificada— vuelve sobre el tema habitual: la odiada omnipotencia de los tribunales populares, verdadero terror de los propietarios. La aversión vuelve, idéntica, varios años más tarde: en 341, en el discurso «Sobre el Quersoneso», Demóstenes traza un balance retrospectivo de la propia conducta política o, mejor, lo hace emerger, por contraste, esbozando la figura del «mal ciudadano» y mostrando la propia lejanía respecto de una imagen tal; la característica esencial del «mal ciudadano» es que «emprende juicios, confisca patrimonios y propone la nueva distribución de éstos» (VIII, 69).
En general, Aristóteles observa que, de los cinco temas habituales en los debates populares, el primero son «los recursos» y el segundo «la paz y la guerra» (Retórica, 1359b 19-21). Después de 354, según escribe Rostovtzeff, «el interés de Atenas comenzó a desplazarse hacia las cuestiones puramente económicas».[1089] Incluso en la asamblea los debates se centraban en este tema.
El colapso financiero del Estado ateniense al día siguiente de la guerra social se refleja en algunas cifras: la renta de la ciudad es de 130 talentos («Cuarta filípica», 37), mientras que, sólo para sustentar la maquinaria estatal, hacían falta como mínimo 300. Por eso, en la última fase de la guerra se había recurrido a procedimientos extremos, aunque no muy eficaces, como la ley de Leptino para la abolición del privilegio de la inmunidad o el intento de recaudar los impuestos atrasados de los últimos veinte años (que sólo reunió 14 talentos).[1090] Decadencia demográfica, concentración del latifundio (Demóstenes, XIII, 30: «poseen más tierras de lo que nunca hubieran soñado»), decadencia del trabajo libre e incremento del servil, carestías (algunas catastróficas, como la que duró de 331 a 324), dificultad en las reservas de grano, desocupación —inagotable acopio de mercenarios—[1091] hacen aún más áspero el choque entre el demo y los propietarios. Éstos recurren a toda forma de resistencia contra las confiscaciones, las expropiaciones, los juicios, la antídosis (intercambio de patrimonios en caso de negarse a someterse a una liturgia); por ejemplo esconden los capitales, como se ve claramente —entre otros— en algunos testimonios demosténicos, como la exhortación a dejar los capitales «en custodia» en manos de los ricos (XIV, 28) o la confiada y cómplice declaración, en el mismo discurso, de que —cuando haya verdadera necesidad— los capitales, que son enormes («más que en todas las otras ciudades juntas») saldrán a la luz, y sin necesidad de medios coercitivos (XIV, 25-26). Naturalmente, un fenómeno de este tipo frenaba las inversiones, es decir, que agudizaba la crisis y los conflictos de clase.[1092]
La «tregua social» sólo iba a ser obtenida por los propietarios bajo el dominio macedonio: una de las cláusulas principales de la «paz común» estipulada entre Filipo y los Estados griegos (338), y confirmada en 336 por Alejandro,[1093] comprometía a todos los Estados y ciudades firmantes a impedir «exilios, confiscaciones de bienes, subdivisiones de tierras, remisión de deudas y liberación de esclavos con fines sediciosos».[1094] El tratado de 338 fue tomado como base no sólo del de 336 sino incluso del de 319, por iniciativa de Filipo III y Poliperconte; y en 302, con Demetrio Poliorcetes y Antígono Monóftalmos.[1095] Es interesante observar el tono de gran respeto con el que Filipo, en la «Carta a los atenienses», recogida en la recopilación demosténica, habla de los «ciudadanos más ilustres» (gnorimòtatoi) de las ciudades griegas, perseguidos por los calumniadores que quieren congraciarse con el demo (XII, 19): se puede observar que aquí Filipo adopta términos técnicos propios de la lucha político-social de los Estados griegos.

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La rivalidad fundamental en la época demosténica radicaba entre los partidarios y los adversarios del predominio macedonio: tal es el punto de vista de Demóstenes. Pero precisamente los testimonios demosténicos dejan entrever la indiferencia del demo por ese punto de vista: Demóstenes se esfuerza por probar que Filipo es el «verdadero enemigo» a un público no del todo persuadido; incluso cuando manifiesta su propia hostilidad hacia Filipo, se limita a explosiones de cólera discursiva. Por lo demás, un fiel «perro del pueblo» como Aristogitón atacaba por igual al filomacedonio Démades y a los antimacedonios Demóstenes e Hipérides.[1096] Es probable que al demo le resultara prioritario el conflicto político y económico con los propietarios: de aquí el éxito de un Aristogitón y la indiferencia lamentada por Demóstenes.[1097] Por eso se suele tachar de obtuso y provinciano el egoísmo del demo ateniense, centrado en sus intereses (a sus privilegios) pero indiferente hacia la política de gran potencia sugerida por Demóstenes. Se descuida, sin embargo, el hecho de que Demóstenes es un pésimo propagandista cuando da crédito a la imagen de una Macedonia deformada por un Estado bárbaro (IX, 31) y «secundario» (II, 14).
Un pasaje de la «Cuarta filípica», escrito precisamente en la inminencia del conflicto, resulta iluminador: no sólo Demóstenes se muestra muy informado acerca de los asuntos internos de Persia (arresto de Hermias, el «tirano» de Atarneo amigo de Filipo y Aristóteles),[1098] sino que además ataca abiertamente las consabidas fórmulas políticas antipersas que, años atrás, aunque redimensionándolas, había tratado con respeto:
«tenemos que abandonar esa actitud fatua que tantas veces os ha conducido a la derrota: “el bárbaro”, “el enemigo común” y así sucesivamente. Porque yo, cuando veo a alguien que tiene miedo de este hombre que vive en Susa o Ecbatana y afirma tener malas intenciones a propósito de Atenas, a pesar de habernos ayudado a arreglar nuestra ciudad e incluso os hacía ofrecimientos —y si vosotros no los habéis aceptado, si los habéis rechazado, la culpa no es suya—, y en cambio, hablando de ese que está a nuestras mismas puertas, de ese salteador de griegos, que tan grande está haciéndose en el mismo corazón del país, usa un lenguaje tan diferente, me maravillo; y en lo que a mí se refiere, tengo miedo de él, sea quien fuere, ya que él no lo tiene de Filipo» (X, 33-34). Este discurso político, que data de 340 aproximadamente, parece dicho en la inminencia del envío a Persia de una embajada ateniense, a la que Demóstenes parece estar dando instrucciones (§ 33: «de todo esto deduzco que los embajadores deben tratar con el rey»); y quizá se trata de la embajada propuesta en 341 como conclusión a la «Tercera filípica» (70-71: también aquí contradecía los tradicionales lugares comunes patrióticos).
Desde su primera arenga, Demóstenes muestra ideas muy claras sobre el papel de Persia en la política griega, y rechaza con elegancia los tópicos patrióticos (XIV, 3: «Yo también sé que el rey es el “común enemigo” de todos los griegos, pero, etc.»). Esta lúcida visión, fundada en la experiencia del siglo V percibida como pasado todavía vivo, la compendia Demóstenes en una síntesis que aporta, en cierto sentido, una «clave» de su política: «En cuanto al Rey, todos desconfiábamos de él por igual cuando se aislaba; mas al aliarse con quienes perdían en la guerra, hasta haber restablecido el equilibrio con el vencedor, obtenía su confianza a pesar de que después, quienes habían sido por él salvados, le odiasen más que aquellos que desde el principio eran enemigos suyos» («Cuarta filípica», 51).[1099] La referencia es, evidentemente, a la política persa de apoyo a Esparta contra Atenas en la guerra de Decelia, y más tarde antiespartana y filoateniense en los tiempos de Conón (Cnido, reconstrucción de las murallas). Precisamente a la luz de estas explícitas sugerencias, la política demosténica se configura como un intento de repetir, contra Filipo, el juego de alianzas puesto de manifiesto en la lucha por la hegemonía, en especial contra Esparta: por eso las referencias constantes de la política demosténica son las mayores potencias; Tebas, al principio aliada de Filipo, pero que no podía serlo por largo tiempo, como Demóstenes había comprendido enseguida; y Persia, tradicional dominadora de la política griega y con la que Filipo iba a chocar tarde o temprano. En este sentido, la política demosténica puede entenderse como filopersa: no a la luz denigradora bajo la que la han querido ver los adversarios, sino en la auténtica tradición de los políticos atenienses, que va de Alcibíades a Conón. En tal sentido, la experiencia del siglo V es determinante y es un constante punto de referencia para la política demosténica: si vuelve con frecuencia sobre los grandes políticos del pasado no es sólo para complacer a la audiencia con los tópicos sobre los «antepasados», sino además para comparar su propia política con modelos y fórmulas accesibles.
En todo caso, precisamente esta impostación exclusivamente histórico-política constituye un límite: sobre todo en lo que respecta a la crisis del imperio persa, las distintas relaciones de fuerza y el éxito de la penetración macedonia en los Estados griegos. Todo eso, en definitiva, se resume en el brutal menosprecio de la historiografía «prusiana» hacia el abogado incapaz de entender la nueva era que estaba surgiendo a su alrededor. Desprecio que resulta, finalmente, de la incapacidad de entender el lúcido tradicionalismo de la política demosténica, de poner y apreciar a Demóstenes dentro de la historia política ateniense (así como Tucídides permaneció «perícleo» hasta el final).
Por tanto, después de Queronea, Demóstenes no «se sobrevivió a sí mismo»; o, mejor dicho, pudo considerar con coherencia el no haber sobrevivido, y pudo intentar tejer nuevamente desde el principio la misma trama, incluso desde antes de la muerte de Filipo (si tienen algún fundamento los datos manejados por Plutarco, «Demóstenes», 20, 4-5) y aún más después de 336 («Demóstenes», 23, 2). Se puede observar además que sólo cuando el imperio persa se desintegró —«inesperadamente», como reconocía el mismo Esquines («Contra Ctesifonte», 132)— se puede percibir una suerte de «cansancio» demosténico, una desconfianza en la posibilidad de un cambio efectivo de los equilibrios.

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Cuarenta años antes de que Demóstenes pronunciara la «Cuarta filípica», Isócrates, en la parte final del Panegírico (380 a. C.), exponía frente a su audiencia «panhelénica» la debilidad estatal y militar del imperio persa: deducía su vulnerabilidad y, por tanto, la oportunidad para los griegos de promover la guerra de Europa contra Asia. El Panegírico no es, en efecto, un ejercicio de retórica tendiente a caldear un vacuo y genérico programa patriótico. Cuando se entra en el corazón de la argumentación política, superadas las arenas movedizas de los lugares comunes del género epidíctico (de la «autoctonía» ateniense al motivo del inigualable crédito conquistado con la victoria sobre los persas), el Panegírico se nos aparece tal como es: un duro discurso parcial, escrito desde la conciencia de los crímenes «imperiales» cometidos por Atenas y por eso mismo desarrollado en torno al motivo apologético característico en estos casos: nuestros adversarios lo han hecho peor que nosotros. Mediante esa argumentación, Isócrates muestra perfecta conciencia de la política del tardío siglo V y de las primeras décadas del IV: época de la que es testigo y, a su manera, también historiador, no menos que su rival Jenofonte.[1100] Su polémica defensa del imperio pasado de Atenas es tan áspera que lo induce casi a una palinodia: «he recordado estos acontecimientos con dureza, a pesar de haber anunciado que quería pronunciar un discurso de reconciliación» (§ 129).
Después de lo cual, reequilibrada la balanza propagandística, Isócrates afronta el tema que le parece políticamente relevante: Persia. Un observador externo —dice—, que estuviera entre nosotros, no podría sino considerar insensatos tanto a los espartanos como a los atenienses, quienes, con sus conflictos y rivalidades, dañan la propia patria, en lugar de «explotar Asia» (§ 133). Así, mientras los griegos se disputan unas pequeñas islas de las Cícladas, el rey de Persia domina Chipre, y encima le es reconocido por espartanos y atenienses —lo cual no le fue concedido a ninguno de sus antepasados (§ 137)—[1101] el dominio sin resistencia sobre las ciudades griegas de Asia. Pero esto —agrega— sucede gracias a la locura de los griegos, no por la fuerza del rey de Persia. Así, evocado el tema de la problemática fuerza del Gran Rey, pasa al tema del que se considera en condiciones de aportar una contribución no ya genéricamente política sino científica, que aporte un mayor conocimiento: Asia —según su tesis— es más débil de lo que imaginan los griegos, y el imperio persa es vulnerable (§§ 138-156).
Antes de entrar en lo esencial de la demostración, Isócrates despeja el campo del argumento que podía contrastar más fuertemente con su convicción de la sustancial debilidad de Asia. Se trata precisamente del argumento que Demóstenes («Cuarta filípica», 51) va a adoptar cuarenta años más tarde para justificar su idea de la centralidad de Persia. Si —objeta—, en los tiempos de nuestra rivalidad, el rey de Persia pudo hacer más fuertes ya a los unos ya a los otros con un simple cambio de alianzas, «esto no constituye una prueba de su fuerza; en situaciones como éstas, de hecho, incluso modestos aportes de fuerzas suelen determinar grandes desequilibrios» (§ 139).
Aquí, al fin, desarrolla su tesis. Declara repetidamente su polémico objetivo: se trata de «aquellos que afirman que el rey de Persia es imbatible» (§ 138), o bien «aquellos que nunca dejan de exaltar el mundo de los bárbaros» (§ 143), o bien «aquellos que tienen la costumbre de exaltar el coraje de los persas» (§ 146). Incluso las iniciativas tan ensalzadas del rey de Persia —el sitio de Evágoras, la victoria naval de Cnido— se revelan, bien miradas, algo muy alejado del éxito fulminante (§§ 141143); pero es sobre todo una iniciativa como la de los mercenarios a sueldo de Ciro (los célebres «Diez Mil» de Jenofonte), quienes hicieron frente a las mejores tropas enemigas y, después de la muerte de Ciro, incluso «a todos los habitantes de Asia» (§ 146), la que sirve para «quitar toda razón a los habituales elogiadores del coraje de los persas». Todo el pasaje es muy estudiado y no está libre de perfidia, si se observa que el juicio arduamente depresivo y casi despreciativo acerca de los mercenarios («gente inepta que, en sus respectivas ciudades, no hubieran tenido de qué vivir»: y el dardo apunta al mismo Jenofonte) es, en los términos en que se expresa, parte esencial del razonamiento: los persas no son temibles, precisamente porque fueron vencidos por una caterva de individuos semejantes.
Es muy probable que la Anábasis jenofóntea sea el blanco colateral de este pasaje, que no casualmente se cierra con una alusión —hace tiempo identificada— a la Anábasis: ἐνικῶμεν τὸν βασιλέα ἐπὶ ταῖς θύραις αὐτοῦ καὶ καταγελάσαντες ἀπήλθομεν de Anábasis, II, 4, 4, retomado de Panegírico, 149: ὑπ᾿αὐτοῖς τοῖς βασιλείοις καταγέλαστοι γεγόνασιν (scil., los soldados persas). La referencia a Jenofonte parece clara si se considera que Isócrates continúa refutando la eficacia del «sistema educativo» persa (§ 150), sobre todo en lo que se refiere a la formación militar (§ 151): exactamente lo contrario de lo que sostiene Jenofonte en el libro I de la Ciropedia.
La Anábasis y la Ciropedia (así como obviamente las Helénicas) fueron obras que se formaron a lo largo del tiempo, y que sin duda gozaron de difusiones provisionales y parciales. De allí la considerable probabilidad de que Isócrates discuta también aquí, polémicamente, con Jenofonte, así como en los §§ 100-114 había rechazado sus «piaginestei»[1102] sobre el triste destino de los melios (§ 110: τὰς Μηλίων ὀδυρόμενοι συμφοράς).

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La precoz previsión formulada por Isócrates en el «Panegírico» casi medio siglo antes del colapso del imperio persa de Alejandro resulta, entonces, del todo fundada y visionaria. Demóstenes, todavía en 341/340, sigue razonando según un panorama tradicional: como si hiciese política en plena guerra de Decelia. Para él Persia —que, en realidad, iba a caer cinco o seis años más tarde— es sin embargo el árbitro de la política griega, es la indiscutida «gran potencia» de la escena mundial.
Desde este punto de vista, por tanto, Isócrates está mucho más avanzado, cosa que lo revela como un «buen político» por cuanto es capaz de hacer previsiones acertadas (según un criterio de valoración del buen político apreciado por Tucídides, I, 138). Está más avanzado que Demóstenes, quien sin embargo ha leído y en ocasiones explotado su obra escrita, y también de su casi coetáneo Jenofonte, quien había tenido noticia directa y experiencia propia de la debilidad del imperio persa, pero que continuaba idealizando, sin embargo, ese mundo y su paideia. Sólo en el último y tardío capítulo de la Ciropedia Jenofonte mostrará alarma hacia las grietas que afloraban en la cohesión del antiguo imperio asiático. Entonces él también establecerá, como lo habían hecho Isócrates en el Panegírico, un nexo entre la aventura de los «Diez Mil» y la crisis del imperio, aunque en términos políticamente poco incisivos. En efecto, reconocerá en el engaño del que fueron víctima los jefes mercenarios, asesinados a traición por Tisafernes, la prueba de la crisis moral y por tanto de la decadencia de Persia, entendida por él en la fórmula: «a tales gobernantes tales gobernados». Un diagnóstico singular que le permitirá —quizá también bajo la influencia del nuevo clima, del que Isócrates es una parte no despreciable— modificar, años más tarde, su antiguo elogio del modelo persa.

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El juicio de los modernos acerca del anacronismo de la política internacional de Demóstenes se basa sobre todo en este diagnóstico suyo, desmentido por los hechos, en torno a la extensión y a la perdurabilidad del papel del imperio persa. Por eso una de las explosiones de ira de Advokatenrepublik, el libro de guerra de Drerup, dice: «las ideas políticas de Demóstenes contrastaban con las fuerzas reales de la vida política de su tiempo»; y además: «no podemos olvidar que en su naturaleza estaba el abogado que equipara el bien público al interés partidario, y la patria a la ambición de poder personal» (p. 187).
Sería fácil objetar que todo político de rango está completamente persuadido de que su propio predominio coincide con el interés general, en un sentido más profundo del que comúnmente se tiene al pensar en el político medio. El contraste está en todo caso en la clarividencia acerca de las posibilidades futuras, pero incluso la de Pericles se reveló fatal para la grandeza de Atenas.
Una voz más aguda, que se eleva por encima de la banalidad del antidemostenismo de la posteridad, es la de Polibio. Éste se arriesga con un problema que en realidad lo implica y lo inviste directamente: ¿por qué Demóstenes adoptó, sin bajar nunca el tono, la línea de ataque en la que son definidos como «traidores» todos aquellos que se apartaron de su política y le hicieron frente? La respuesta del historiador de Megalópolis es que, vencido por los romanos, eligió a los romanos y justificó con fatalismo historicista el predominio sobre su propio país; lo que es casi una apología de sí mismo: depende —tal es su réplica— del punto de vista del observador. La óptica de Demóstenes, observa, fue exclusivamente ateniense («estaba convencido de que los griegos debían volver la mirada hacia Atenas; en caso contrario se les debía llamar traidores») y desde esta óptica (y aquí la posteridad insistiría sobre la cuestión de la clarividencia) «maltrató la verdad, porque lo que les pasó entonces a los griegos demuestra que Demóstenes no supo prever bien el futuro» (XVIII, 14). Curioso reproche a Demóstenes por no haber advertido la supremacía macedonia, por parte de un historiador que pone sin ninguna vacilación en la lógica inmanente de la historia la supremacía conseguida por los romanos sobre los hasta entonces imbatibles macedonios. Parecería, dentro de esta lógica, que la suprema clarividencia es sumarse cada vez a la estela de la victoria de los más fuertes.

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Se podría cerrar la discusión acerca de estas cuestiones con la escueta réplica de un gran historiador liberal, George Macaulay Trevelyan, a las nunca aplacadas críticas dirigidas contra las Gran Rebelión puritana: «los hombres eran lo que eran, no influidos por la tardía sagacidad de los que vinieron después, y actuaron en consecuencia».[1103] Juicio tanto más significativo al venir de parte de un convencido admirador de la «gloriosa revolución» de 1688.
Pero lo que sorprende del caso de Demóstenes es la enconada discusión en torno a su acción y su persona, que empieza durante su vida y aún no se ha extinguido. Ni siquiera en torno al controvertido gobierno de Pericles se ha desplegado un encarnizamiento semejante. La razón puede buscarse en factores diversos, entre los cuales no es el menos importante el hecho de que Pericles no asistiera, habiendo desaparecido por un imprevisto factor externo, al fracaso de su política; Demóstenes sí. Pero esto no basta. Es el tipo de sociedad política, tan distinta respecto al siglo anterior y tan especializada en el sentido de la política como profesión, tan densamente poblada de protagonistas y aspirantes a protagonistas en constante rivalidad recíproca, lo que explica el encarnizamiento: la rivalidad ininterrumpida, el riesgo permanente de cambio y de modificaciones en los alineamientos, la obligación de cuidarse de los aliados no menos que de los adversarios, y tantas otras cosas que los textos conservados (de oratoria, historiográficos y eruditos) deja entrever.
Es emblemático el caso del juicio harpálico. Es decir, el hecho de que la ruina política de Demóstenes no se haya producido por haber llevado a la ciudad y a los aliados a la derrota de Queronea sino por la sospecha de haber aceptado una gran suma por parte del tesorero de Alejandro, Hárpalo, «huido con la caja»: ése es el signo más claro del cambio en los fundamentos de la política, de los nuevos parámetros mentales del «profesionalismo político» de la Atenas de finales del siglo IV.
En agosto de 338, en Queronea, colapsa un modelo diplomáticomilitar tejido y preparado durante años. La partida no se había perdido al principio, como demuestra el júbilo desproporcionado de Filipo.[1104] Pero el veredicto de las armas fue irrevocable: se trataba de la típica guerra en la que una sola batalla lo decidía todo. Porque a las espaldas de los vencidos había un frente interno fracturado, con una parte no despreciable del aparato político dispuesto a aplaudir la victoria macedonia y a arreglar las cuentas con el líder obstinado, que no se había detenido ante nada con tal de llevar a la ciudad a arriesgarse en esa tremenda aventura. Y a perder la partida. Sin embargo, la ciudad confió a Demóstenes el propósito de pronunciar el epitafio para los muertos de Queronea: el propósito, en fin, de decir oficialmente, en nombre de la ciudad, frente a los caídos y a sus deudos, «teníamos razón aunque hayamos perdido». Nunca un líder derrotado ha recibido un reconocimiento tan grande. Ello explica, más que ninguna otra cosa, el tono y el contenido del discurso «Sobre la corona», que culmina en el juramento que remacha, en nombre de los muertos de Maratón, de Platea, de Salamina y de Artemisia, que «nuestra decisión fue acertada».[1105] La aplastante victoria en ese juicio fue la mayor confirmación, a años de distancia.
Pero en 324, cuando Hárpalo puso proa hacia Atenas con sus tesoros y sus treinta naves, huyendo de un Alejandro cada vez más imprevisible incluso para un viejo camarada como Hárpalo,[1106] la escena cambia. Explota la sospecha de todos contra todos. No hubo un solo político que no «pusiese los ojos» sobre esas riquezas —así es como se expresa Plutarco— y no aprobase la decisión de acoger al fugitivo en la ciudad, desafiando al lejano Alejandro. En este punto se manifiesta un contraste de las noticias, de fuentes tardías o de contemporáneos hostiles, acerca de la conducta de Demóstenes. Aunque basado en una tradición hostil, el relato de Plutarco deja ver que Demóstenes ha pasado de una oposición inicial a acoger al inesperado fugitivo hacia una posición posibilista. Según la tradición que Plutarco toma por buena sin dudarlo, el cambio se debió a un importante donativo: «Hárpalo fue muy perspicaz en descubrir por la expresión del semblante y de la mirada [de Doméstenes] el carácter de un hombre codicioso del oro». De ahí el cambio de actitud y la escena penosa de un Demóstenes que se presenta en la asamblea pero no habla, aduciendo el torpe pretexto de una inoportuna afonía. Siguió a ello un juicio humillante, una condena desmesurada (50 talentos),[1107] la fuga de la prisión, el exilio.
En la vertiente opuesta existe una tradición, conocida por Pausanias Periegeta, según la cual el administrador del dinero procedente de Hárpalo, sometido a tortura, dio numerosos nombres de políticos «comprados» por Hárpalo pero no el de Demóstenes (II, 33, 4-5). No podrá la crítica moderna pronunciar un veredicto definitivo. Pero se puede observar el fuego concéntrico desencadenado sobre Demóstenes: «Este hombre es un asalariado, atenienses, un asalariado desde hace mucho tiempo. No absolváis a quien se le imputan todas las desventuras de la ciudad», grita el cliente para el que Dinarco escribió «Contra Demóstenes» (§§ 28-29). De este apunte sobre las desventuras pasadas, es decir, sobre Queronea, se comprende la orientación del acusador. En la vertiente opuesta es el aliado Hipérides quien no ahorra golpes al exlíder indiscutible de la facción antimacedonia: le reprocha haber dudado en aprovechar inmediatamente la oportunidad ofrecida por el desembarco de Hárpalo en Atenas.[1108] Imposible no ver en este ataque de Hipérides el deseo de sustituirlo en la cumbre, diríamos en lenguaje moderno, «del partido».[1109]
Hárpalo pudo huir, a escondidas y con todas las garantías necesarias. Poco más tarde su dinero resultaría precioso para pagar a los mercenarios que constituyeron el eje del ejército en la nueva guerra contra Macedonia. Al llegar la noticia de la muerte de Alejandro (323 a. C.), Atenas, guiada ahora por Hipérides, y con Leóstenes en relaciones muy fluidas con el mundo de los mercenarios, suscitó la revuelta antimacedonia conocida como «guerra lamiaca» (323-322 a. C.). Demóstenes dio su apoyo, primero desde el exilio y después en Atenas, adonde regresó poco antes de la derrota. Justo a tiempo para ser entregado al vencedor y salvarse con el suicidio. «Si había para un griego una causa por la que valía la pena luchar ésa era principalmente aquella por la que Demóstenes combatió y murió»: es el veredicto de un erudito británico moderado, expresado en los años en los que Europa decretaba su propio fin.[1110]

 1079] Tucídides, I, 140, 1. <<
[1080] Helénicas, I, 7, 12. <<
[1081] V. Gordon Childe, What Happened in History (1941) [trad. esp.: Qué sucedió en la historia, Cátedra, Madrid, 2002]. <<
[1082] I, 4; II, 23; IV, 36; VIII, 11, 32-33; XVIII, 235. <<
[1083] República, VI, 492b-c: «alboroto» de la asamblea reduplicado por el eco. <<
[1084] Acerca de las normas legales sobre el tratamiento de los esclavos, cfr. Demóstenes, XXI, 46. <<
[1085] L. Ziehen, RE, V.A., 1934, s.v. Theoris, n.º 1, col. 2237-2238. <<
[1086] «Contra Aristogitón», 47. <<
[1087] E. Schwartz, Demosthenes. Erste Philippika, Elwert, Marburgo, 1893, p. 44. <<
[1088] FGrHist 115 F 326. Pero cfr. Demóstenes, VIII, 71. <<
[1089] Social and Economic History of the Hellenistic World, Oxford University Press, 19532 [trad. esp.: Historia social y económica del mundo helenístico, trad. de Francisco José Presedo Velo, Espasa Calpe, Madrid, 1967]. <<
[1090] Demóstenes, «Contra Androción», 44. <<
[1091] Isócrates, Filipo, 120-121; Demóstenes, XIV, 31. <<
[1092] G. Bodei Giglioni, Xenophontis de vectigalibus, Florencia, 1970, p. XVIII, n.º 19. <<
[1093] H. H. Schmitt, Die Staatsverträge des Altertums, III, Beck, Múnich, 1969, p. 10, ll. 31-32. <<
[1094] Pseudo-Demóstenes, «Sobre el tratado con Alejandro», 15. <<
[1095] Schmitt, Die Staatsvertäge des Altertums, op. cit., n.º 446. Pero, sobre la novedad de este último tratado respecto de la «paz común» de 338, cfr. L. Moretti, Iscrizioni storiche ellenistiche, I, Florencia, 1967, p. 117. Para Filipo III, cfr. Diodoro, XVIII, 56. <<
[1096] Cfr. Demóstenes, XXV, 47; [Plutarco], Vidas de los diez oradores, 848F-849A. <<
[1097] Los términos con los que se refiere al demo son siempre los mismos: ῥᾳθυμία, ῥᾳθυμεῖτε, μαλακία, ἀπράγμονες. <<
[1098] Incluso prevé la confesión de Hermias. También Filipo está muy bien informado acerca de los acontecimientos y la lucha política en Atenas: en la «Carta», cita a los «expertos de vuestra política» (§ 19); análogamente, Demóstenes cita a «amigos de confianza» que han referido el intenso descontento en Macedonia contra Filipo (cfr. también VIII, 14-15, a propósito de Bizancio). Si esta red se extendía también a Persia, como parece en la «Cuarta filípica», podía fácilmente ser presentada bajo una luz tendenciosa y deformadora. <<
[1099] Demóstenes sigue señalando, una vez más, las desavenencias con Persia: «Ahora, en cambio, no mantiene buenas relaciones con nadie y menos con nosotros, a no ser que hagamos algo para mejorar la situación» (§ 52). <<
[1100] Cfr., más arriba, Introducción, cap. VI. <<
[1101] Pasaje que recordará Demóstenes, hablando de Filipo, en la «Tercera filípica» (§ 22). <<
[1102] Cfr., más arriba, cap. X. <<
[1103] England under Quenn Anna, Longmans, Londres, 1930, cap. III. <<
[1104] Cfr., más arriba, Introducción, cap. II. <<
[1105] Demóstenes, XVIII, 208. <<
[1106] Plutarco, «Vida de Demóstenes», 25. <<
[1107] En las cajas del Estado había en total 130 después de la guerra social («Cuarta filípica», 37). <<
[1108] «Contra Demóstenes», col. XVII, 1-6 (p. 12 Jensen): «Fingiendo hablar en defensa del pueblo, hablabas en realidad en favor de Alejandro». <<
[1109] Muy atinado, sobre este punto, W. Eder, «Die Harpalos-Affare», en Grosse Prozesse im antiken Athen, op. cit., pp. 214-215. <<
[1110] A. W. Pickard-Cambridge, Demostenes and the Last Days of Greek Freedom, Londres, 1914, p. 489. <<