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sábado, 23 de diciembre de 2017

Atlas histórico del mundo griego antiguo Adolfo J Domínguez José Pascual Capítulo 2 Creta y las Cícladas

Una de las primeras pesadillas a las que tiene que enfrentarse cualquiera que se aproxima a las fases más antiguas de la historia de Grecia es la referente a la cronología. Aun cuando los esquemas temporales que seguimos manejando en la actualidad siguen basados en una organización tripartita surgida en el tránsito entre el siglo XIX y el XX, numerosas han sido las correcciones introducidas a la misma, bien modificando las fechas que en su inicio se habían propuesto, bien introduciendo subdivisiones dentro de ella, casi ad infinitum. No es el propósito de esta obra profundizar con detalle de especialista en este proceloso terreno, sujeto asimismo a revisiones de calado durante estos últimos años, sino tan sólo aportar un marco genérico sobre el que poder analizar los acontecimientos históricos. Es, por ello mismo, por lo que nos limitaremos a proponer el esqueleto cronológico básico que, en líneas generales, se acepta en la actualidad sin mayores pretensiones de profundización, que quedan reservadas para el más interesado o el especialista.
Si prescindimos de las fases de la más remota Prehistoria, e incluso de algunas fases de la más reciente, podemos decir que las raíces si no últimas y remotas al menos más directas de la civilización que se desarrollará en Grecia hay que buscarlas en lo que conocemos, también siguiendo nomenclaturas decimonónicas, como la Edad del Bronce. Dentro de la misma, y siguiendo el esquema tripartito ya mencionado se distinguía una etapa Antigua, otra Media y otra Reciente o Tardía; del mismo modo, ya desde los descubrimientos en Grecia (Micenas) y, más tarde, en Creta (Cnoso), junto a los hallazgos en las islas griegas, se observaron las evidentes relaciones que existieron entre esos tres diferentes ámbitos, lo que provocó que, junto con la necesaria singularización de sus respectivas cronologías, se buscase también resaltar la sincronía de sus manifestaciones. Hay que decir que ese esquema, trabajosamente elaborado, aunque ha resistido el paso del tiempo, ha visto también cómo no siempre ha resultado fácil el mantenimiento de los lazos cronológicos que unían a los diferentes territorios. Fruto, pues, de esta visión es la denominación de Cicládico para la Edad del Bronce en ese archipiélago, mientras que en el continente el mismo período fue etiquetado como Heládico, reservándose el apelativo de Minoico (derivado del nombre del mítico rey cretense Minos) para la Edad del Bronce cretense.
Las fechas que se manejan, insistiendo de nuevo en que aún sigue avanzándose en la precisión de detalle de las mismas, serían las siguientes: el Cicládico I y el Minoico I (sobre el Heládieo volveremos en otro capítulo aunque, en líneas generales, este esquema cronológico genérico sirve también para el mismo), correspondiente al Bronce Antiguo se habría desarrollado a lo largo del tercer milenio, si bien el afinamiento de las cronologías por carbono 14 permite llevar este período, al menos en Creta, hasta mediados del cuarto milenio; el paso al Bronce Medio (Cicládico II y Minoico II) se habría producido hacia el tránsito entre el segundo y primer milenio, casi con seguridad un poco antes en Creta y algo después en las islas; por fin, el Cicládico III y Minoico III o Bronce Tardío o Reciente habría surgido hacia mediados del siglo XVI; el final de este período histórico, que ve el tránsito a lo que, en términos arqueológicos, se denomina Edad del Hierro, tendría lugar durante el siglo XII; además de esta clasificación, para la Edad del Bronce cretense se maneja otra, en esta ocasión basada en el desarrollo de una de las principales manifestaciones culturales de esta gran isla, los palacios. Sin embargo, no insistiremos aquí demasiado en ella porque es cada vez más claro que esta secuencia, al menos en el caso del palacio principal de la isla, el de Cnoso, necesita de una profunda revisión tanto cronológica como, quizá sobre todo, conceptual.
Sentado este marco cronológico, pasemos a ver los principales rasgos que nos deparan los ambientes insulares y cretenses durante la Edad del Bronce, bien entendido que los aspectos de la expansión comercial y, acaso, colonial cretense serán abordados en otro capítulo y que dedicaremos otro al palacio de Cnoso.

Empezando por el mundo cicládico, parece que la ocupación de la mayoría de las islas, en especial de las más pequeñas, se produce durante este período, habida cuenta de la ausencia en muchas de ellas de testimonios de época neolítica. Los yacimientos principales son Phylakopi en Melos y, surgiendo algo después, Ayia Irini en Ceos, además de algunos otros mal conocidos; por ende, buena parte del material existente procede de ambientes funerarios, lo que impide saber muchos detalles de los asentamientos. Por consiguiente, ha sido Phylakopi quien ha marcado la pauta de nuestros conocimientos durante este e, incluso, períodos posteriores. No es demasiado lo que conocemos de las primeras etapas del Cicládico Antiguo, pero los materiales procedentes de tumbas (en su mayoría expoliadas) ya muestran el desarrollo de una interesante actividad alfarera, a la que se une el inicio de la manufactura de vasijas y estatuillas de mármol; de los asentamientos poco es lo que sabemos pero da la impresión de que la población se agrupa en pequeños núcleos de carácter poco más que familiar y la escasez de objetos de metal en el registro arqueológico sugiere relaciones externas de bajo nivel, aunque en el ambiente insular los intercambios externos fueron siempre un elemento imprescindible. A partir de mediados del tercer milenio empiezan a aparecer pequeños poblados constituidos por viviendas rectangulares, como en Ayia Irini (Ceos) o en la propia isla de Melos, que sugieren la existencia de grupos de tipo familia extensa que parecen ir ocupando diversos poblados atendiendo a la temporalidad y a las necesidades agrícolas y ganaderas. La manufactura de vasos de mármol va en aumento y las figurillas van alcanzando una mayor calidad, empezando a aparecer las representaciones de tocadores de arpa que tan características serán de la producción escultórica cicládica. Del mismo modo, parece iniciarse la explotación de vetas metalíferas en algunas islas como Sifnos o Citno, cuyos productos se difunden por el archipiélago, pero también empiezan a ser frecuentes los contactos con el continente y con Creta; la producción y exportación de mármol de Naxos y Paroso de la obsidiana de Melos se configurará como un auténtico motor económico. Según vamos acercándonos al final del tercer milenio empiezan a emerger poblados fortificados de cierta complejidad, como el de Kastri en Siros. La metalurgia, mucho más importante, muestra el desarrollo de conexiones con el continente y con Creta, reforzándose de forma muy clara también sus relaciones con el mundo anatolio. Da la impresión de que al final del Cicládico Antiguo las islas han acabado por constituir ese papel de intermediarios entre el continente griego y Anatolia que desempeñarán en lo sucesivo a lo largo de su historia.

Durante el período equivalente, Minoico Antiguo, la isla de Creta vive un momento de gran intensidad cultural; en numerosos puntos de la isla, y en especial en lugares donde, con el tiempo, surgirán palacios, como en Cnoso y en Festo, empezarán a aparecer asentamientos al aire libre, aunque en otras partes de la isla se seguirá habitando en cuevas, como durante el Neolítico. En aquellos puntos las aglomeraciones pueden no haber sido más que aldeas más o menos grandes, aunque conocemos poco de ellas por haberse alterado en el momento de construir los palacios. La producción metalúrgica, aunque no extraordinaria, sí se atestigua en Creta durante los primeros siglos del tercer milenio. A partir del segundo tercio del tercer milenio empiezan a ser mejor conocidos los asentamientos, tales como Vasiliki, Myrtos o Tripiti, que muestran, como en el primero de los casos, grandes edificios con extensas estancias junto con otras menores; parece detectarse en la isla un incremento de población así como una mayor espe- cialización del trabajo (desarrollo de actividades artesanales específicas: alfarería, elaboración de vasos de piedra, metalistería, orfebrería), lo que presupone una mejor gestión (¿comunal?) de los recursos naturales, así como contactos con el exterior, en especial con las Cícladas, pero también con el continente.
Las tradiciones funerarias del mundo del Minoico Antiguo son muy variadas; junto con tumbas en cuevas, herencia del Neolítico, irán apareciendo las tumbas construidas en forma de casa que se irán haciendo cada vez más monumentales según vamos acercándonos al final del tercer milenio. Se trata de tumbas colectivas, aunque también se va observando, con el paso del tiempo, una mayor preocupación por la individualización del enterramiento (aparición de cajas o larnakes y vasijas contenedoras o pithoi) frente a un aparente desinterés por ese aspecto durante las fases iniciales del Bronce Antiguo cretense. A diferencia de lo que ocurre en las Cícladas las tumbas de cista no son demasiado frecuentes, y en la parte meridional de la isla, en la Mesara, el tipo predominante de tumba es el tholos, una cámara de planta circular y diámetro variable; es posible que su cubrición se realizase mediante cúpula conseguida por aproximación de hiladas, aunque es algo que no todos los especialistas aceptan. Este tipo de tumba también es colectivo y, en general, los restos de los enterramientos anteriores son barridos de tiempo en tiempo hacia las paredes de la tumba para dejar paso a los nuevos. Los hallazgos sugieren que cada individuo era depositado con sus principales objetos de uso cotidiano, así como con una provisión de comida y bebida. Junto a esos artículos, aparecen con frecuencia pequeños vasos de piedra y figurillas cerámicas antropomorfas o con representaciones de animales.
La amplia variedad de rituales funerarios en la Creta del Minoico Antiguo sugiere la existencia de importantes rasgos distintivos de carácter regional, y también el carác ter muy conservador de estas manifestaciones de la religiosidad de las poblaciones cretenses.
Los dos últimos siglos del tercer milenio parecen atestiguar el incremento de una tendencia a una creciente complejidad social, acompañada de un auge económico, que será el preludio de la aparición de los palacios en el tránsito del tercer al segundo milenio. Es este momento en el que buena parte de las cronologías al uso sitúan el tránsito entre el Minoico Antiguo y el Minoico Medio. Es durante el Minoico Medio I B, que se inicia poco después de ca. 2000 cuando aparecen los Primeros Palacios, primero en Cnoso y poco después en Festo y en Malia; esta fase de los Primeros Palacios durará hasta más o menos 1700, siempre teniendo presentes las incertidumbres derivadas de análisis constantes sobre la cronología del período. Los restos de estas construcciones monumentales han sufrido diversa suerte, habiendo desaparecido en parte, pero también quedando integrados, de diversos modos, dentro de los Segundos Palacios. La construcción de estos edificios presupone la aparición o el amplio desarrollo de nuevas técnicas constructivas, como el escuadrado de las piedras o la utilización de la columna; del mismo modo, la introducción de nuevas concepciones arquitectónicas, que desarrollaremos con más detalle en el siguiente capítulo, y un nuevo sentido de monumentali- dad apenas percibido en las fases anteriores. También los palacios desarrollarán unas producciones artesanales específicas, como es el caso de la cerámica del llamado estilo de Kamares, que parece haber sido usada en los palacios, pero que también fue exportada a numerosos puntos dentro y fuera de Creta. Investigaciones recientes están también aumentando nuestro conocimiento de nuevas estructuras de la fase de los Primeros Palacios en Creta, como las de Monastiraki y Kommos, que aunque no son palacios no pueden desvincularse de la actividad de los mismos, mostrando una clara vinculación con el control de actividades económicas, de carácter más agropecuario en el primer caso y más comercial en el segundo. En relación con este último aspecto, es evidente que aumentan los contactos internacionales del mundo cretense, no sólo con el Egeo y el continente griego, sino con Anatolia, Egipto y el Próximo Oriente.
De la misma manera, y además de las estructuras palaciales, otros edificios de gran empeño empiezan a ser conocidos en la Creta del primer tercio del segundo milenio, como en Malia (donde ya para esta fase muchos autores sugieren que existe un palacio que se consolidará en el período subsiguiente o de los Nuevos Palacios); del mismo modo, se conocen algunas representaciones o, incluso, maquetas de edificios no palaciales. Durante esta fase Protopalacial, los rituales funerarios continúan las tradiciones iniciadas durante las fases previas, pero en el aspecto religioso empiezan a aparecer santuarios en cimas de montañas no muy elevadas (Juktas, o Kato Syme), y siguen manteniéndose lugares de culto en las cuevas, aunque de forma cada vez más residual. El abundantísimo repertorio de figurillas, de claro carácter religioso, que conocemos para este período, certifica el creciente peso que el mundo de las creencias, mucho más articuladas que en fases precedentes, empieza a alcanzar en Creta.
Con la aparición de los palacios en Creta también se desarrolla la escritura, de la que conocemos al menos tres sistemas. Por un lado, un sistema jeroglífico, aún no descifrado; por otro, el sistema que muestra el llamado "Disco de Festo", seguramente posterior al período Protopalacial, y hasta ahora un caso único; por fin, el sistema que Evans, el excavador de Cnoso, denominó lineal A, y que ha sido ya atestiguado en la fase Proto- palacial aunque alcanzará su pleno auge durante el Neopalacial.

La aparición de los palacios en Creta afectó de modo radical a todo el Egeo; el mundo del Cicládico Medio gira cada vez más en torno a Creta y los rasgos específicos que este espacio había mantenido durante el Cicládico Antiguo van a ir diluyéndose ante la creciente influencia cretense. Algo parecido pasará en el continente durante el Heládico Medio. La demanda de bienes y servicios que generará la nueva estructura social y económica que representan los palacios será la responsable de esta progresiva minoización del ámbito cicládico; a ello se añade el inicio de una expansión, aún no evaluable por completo, de gentes procedentes de la Creta minoica hacia otros puntos del Egeo. Sería, por ejemplo, el caso de Kastri, en la isla de Citera, que parece haber sido ocupado por gentes de Creta en los momentos iniciales del Minoico Medio. Todos estos cambios que se producen en Creta, como veremos, tendrán amplias repercusiones en todo el entorno del Egeo y prepararán el camino para el surgimiento de la primera civilización estatal del continente griego.

Atlas histórico del mundo griego antiguo Adolfo J Domínguez José Pascual Capítulo 1 La geografía de Grecia

El espacio donde se desenvolverá la cultura griega de la Antigüedad no coincide en todos sus términos con el territorio que en la actualidad ocupa la República Helénica. Sin entrar de momento en las áreas en las que los griegos fundarán colonias en distintos puntos del Mediterráneo y del Mar Negro, sí podemos decir que la cultura griega antigua ocupará tres ámbitos geográficos principales. Por una parte, la actual península griega y el Pelo- poneso, por otra, las islas del Egeo y, por fin, buena parte de la costa occidental de la península de Anatolia. Veamos los rasgos principales de cada una de esas regiones.
La Grecia balcánica se caracteriza por estar recorrida por una serie de cordilleras que siguen, grosso modo, una dirección noroeste-sureste que se prolonga, ya en el mar, en las islas Cicladas. La cima más elevada de Grecia es el monte Olimpo (2.917 metros) situado en el límite entre Tesalia y Macedonia. El carácter montañoso de Grecia marcará buena parte de su historia al hacer difíciles y, en ocasiones, bastante arduas, las comunicaciones por vía terrestre. Además, y en algunas regiones, a veces sólo un pequeño paso o desfiladero permitía el tránsito de personas o animales; sería, por ejemplo, el caso del paso de las Termopilas, que comunica la Grecia septentrional con la central o el paso de Tempe que, siguiendo el valle del Peneo y ubicado entre los montes Olimpo y Ossa comunicaba Macedonia con Tesalia. Otras regiones de Grecia se hallaban también cercadas por montañas y los no demasiado abundantes pasos reforzaban un sentido de aislamiento que siempre existió durante la historia griega.
Los sistemas montañosos alternaban con valles fértiles aunque con frecuencia de bastante poca extensión. Sólo en algunas ocasiones, como en la llanura ática, en la espartana o en la extensa llanura beocia (aun cuando su aspecto actual sea por completo diverso del antiguo debido al desecamiento contemporáneo del lago Copais que ha aumentado la superficie cultivable de la región en unos doscientos treinta y cuatro kilómetros cuadrados), las montañas cedían su puesto a extensas llanuras de proverbial fertilidad. Sin embargo, el relieve de la Grecia central y de buena parte del Peloponeso sólo permitía la existencia de pequeñas llanuras encajonadas entre montañas o asomadas al mar en forma de estrechas bandas litorales. Sólo en Tesalia, su inmensa llanura introdujo unas condiciones naturales específicas que, sin duda, desempeñaron su papel en la peculiar historia de esta región.
El clima de la península helénica es el típico mediterráneo, si bien en algunas zonas, elevadas e interiores, asume rasgos continentales. La distribución de la pluviosidad, en relación directa con la altitud, se concentra en las áreas montañosas, en forma de nieve en las más elevadas, y va disminuyendo según nos vamos aproximando al nivel del mar. En muchas zonas de la Grecia central la media anual de precipitaciones oscila entre los cuatrocientos y seiscientos milímetros al año, pero en algunas partes de ese mismo territorio las medias no superan los cuatrocientos milímetros; sólo en las zonas elevadas, como el Parnaso (2.455 metros) o el monte Eta (2.114 metros) se alcanzan los 2.000 milímetros anuales; es probable que en la Antigüedad los niveles fuesen algo mayores habida cuenta del menor deterioro de la cobertura vegetal. La consecuencia de esta desigual pluviosidad se observa en los ríos que bañan Grecia. En su mayor parte, y aunque el régimen de los mismos también se ha transformado desde la Antigüedad hasta nuestros días, los ríos griegos no eran demasiado grandes y mientras que en ocasiones se convertían en auténticos torrentes, en la época de las lluvias o del deshielo, en los meses veraniegos sufrían fuertes estiajes que los dejaban reducidos a su mínima expresión. Sólo los grandes ríos del Norte, el Peneo, el Axio o el Haliacmón tenían importantes caudales durante todo el año, aunque otros como el Esperqueo, el Cefiso o el Eurotas debieron de presentar en la Antigüedad un aspecto mejor que el que tienen en la actualidad. El resto de los ríos no puede considerarse de una gran importancia, aun cuando en la Antigüedad servían su función de proporcionar agua potable para personas y animales.
El territorio griego se encuentra en una de las zonas de actividad sísmica más intensa de todo el Mediterráneo y parte de su paisaje también se ha visto modelado por la acción de los terremotos, cuya influencia histórica ha sido muy relevante en ocasiones. Su riqueza minera, sin ser extraordinaria, proporcionó un suministro suficiente de los metales de uso utilitario, hierro y cobre, aunque la ausencia de estaño hizo a Grecia dependiente de su importación; la plata abunda en determinadas regiones (por ejemplo, el Ática) y el oro se dio en zonas como Tracia que originariamente no formaron parte del mundo griego pero en las que los griegos se interesaron pronto estableciendo allí sus fundaciones. En algunas regiones, como el Ática, se daban tipos de piedra que, como el mármol del Pentélico, serían muy utilizadas en su momento como materiales constructivos y escultóricos.

La principal actividad económica que estas condiciones imponían era la agricultura y la ganadería. En cuanto a la agricultura, destacan especies bien adaptadas al clima mediterráneo como la vid y el olivo, así como el cereal, cebada sobre todo, aunque en algunos lugares privilegiados también podía cultivarse el trigo; productos de la huerta y frutales en zonas bien irrigadas completaban la dieta vegetal de los griegos. A ello se añadía la ganadería, tanto para carne como, sobre todo, por los productos derivados como leche, queso o pieles, pero también para utilizar sus deposiciones como abono; predominaban la cabra, el cerdo y el ganado vacuno, por este orden y sólo en algunas zonas, como en la gran llanura tesalia, la cría caballar gozaba de una gran importancia, económica, pero también simbólica. La riqueza en bosques en muchas regiones, debido sobre todo a la existencia de elevaciones montañosas, tuvo también un evidente uso económico y, en su momento, esa madera se convertiría en materia prima imprescindible para la construcción de barcos y grandes flotas.
El segundo ámbito que cabría señalar es el insular. Junto a grandes islas como Eubea, cuya proximidad al continente hace que los rasgos aplicables al mismo sirvan también para la misma, o Creta, que marcaría el límite más meridional del mundo griego del Egeo, el espacio griego se caracteriza por centenares de islas, algunas de ellas tan sólo islotes deshabitados pero otras con extensiones lo suficientemente importantes como para que pudiera desarrollarse en ellas una vida civilizada. Agrupadas en diversos archipiélagos (las Cícladas, las Espóradas, el Dodecaneso), la problemática del mundo insular es de gran complejidad. Por supuesto, no son iguales las pequeñas islas que, como Citno, Serifos o Sifnos apenas permitían más que el desarrollo de pequeñas comunidades que, no obstante, no dejaban de estar en contacto con el resto de Grecia, que otras de tamaño más notable como Rodas, Samos, Quíos, Paros o Naxos que fueron capaces, en diferentes períodos históricos, de albergar bien varias comunidades políticas bien una sola, pero de importancia, y desarrollar rasgos culturales sobresalientes e, incluso, interesantes procesos expansionistas y colonizadores. Los recursos naturales fueron bastante magros en buena parte de estas islas, las cuales necesitaron en ocasiones acudir al comercio exterior para proveerse de artículos que escaseaban en ellas. Por el contrario, en algunas se producían recursos naturales que, como los mármoles de Naxos y Paros, fueron muy demandados en toda Grecia. En el centro del Egeo, la isla de Délos, que ya desde época arcaica, estuvo dedicada a Apolo, se convirtió en el centro de buena parte de este mundo insular, que estuvo siempre a caballo entre la Grecia balcánica y la Grecia mino- rasiática. Más que en otros ambientes, en las islas se hacía evidente la importancia que iba a tener otro componente de la geografía griega, el mar, en el desarrollo de su civilización. Sobre él, sin embargo, volveremos más adelante.
Nos queda por analizar el último de los ámbitos nucleares de la cultura griega, el que se ubica en las costas occidentales de Anatolia, la Grecia del Este. La integración de este territorio dentro del ámbito griego remonta, cuanto menos, al segundo milenio y ésta se reforzará a partir del tránsito entre el segundo y el primer milenio, cuando se producirá un importante proceso de emigraciones procedentes de Grecia y las islas que ocuparán esa zona. Las condiciones físicas de este territorio eran bastante diferentes a las de la Grecia balcánica; fértiles y extensísimas llanuras, regadas por grandes y caudalosos ríos (el Caico, el Hermo, el Caistro y el Meandro) que, además, facilitaban los contactos con el interior de la península Anatólica y regiones mucho más orientales, lo que también se veía favorecido por la dirección dominante este-oeste de la geología anatolia; por otro lado, ese mismo hecho dificultaba la comunicación terrestre en dirección norte-sur (o viceversa). La climatología era asimismo excelente, como correspondía a ambientes mediterráneos, pero en general mucho más suave que en Grecia y, con diferencia, más favorable que en las con frecuencia áridas islas del Egeo.
Las ciudades griegas ocuparon las principales áreas portuarias, en las que, además, desembocaban rutas comerciales utilizadas con seguridad desde la más remota Prehistoria y, desde allí, se extendieron con mayor o menor éxito por las tierras del retropaís; aunque repartidos de forma desigual, los recursos metalúrgicos no escaseaban en Anatolia y su control por las ciudades griegas fue, en muchas ocasiones, garantía de prosperidad y éxito político y económico. Las condiciones de la agricultura y la ganadería eran semejantes a las de la propia Grecia aunque con frecuencia se veían favorecidas por la disponibilidad de más y mejores territorios, lo que permitirá que, en ocasiones, se generasen excedentes, sobre todo de vino y aceite, a los que se daría salida mediante el comercio como por otro lado ocurriría en otras partes de Grecia y de las islas.
Como sugeríamos líneas atrás, la vinculación de la costa occidental anatolia a las culturas que se desarrollaban en Grecia se da ya a lo largo del segundo milenio, en especial a partir del Bronce Medio, momento en el que la cultura material sugiere, al menos en algunos puntos (por ejemplo, en la región donde con el tiempo surgiría la ciudad de Mileto), una presencia de intensidad aún por definir en todos sus detalles, de gentes procedentes del ámbito Egeo que dejan una fuerte impronta que destaca sobremanera sobre el sustrato cultural autóctono. Este ambiente de evidentes reminiscencias egeas, primero minoicas y, más adelante, micénicas se observa, además de en Mileto en otros puntos de esa misma costa anatolia, incluyendo la propia Troya; tras el final del mundo micénico esa región, según las tradiciones griegas, fue poblada por griegos de diversos orígenes procedentes de muy diferentes lugares de Grecia en unas fechas que se sitúan a partir del siglo XI. Valga esto para mostrar la estrecha vinculación de este mundo ana- tolio occidental al ámbito egeo ya desde la época en la que las culturas que darían lugar con el tiempo a la griega estaban en pleno desarrollo.
El último de los factores geográficos que conviene mencionar para entender la cultura griega es el mar. El carácter peninsular de la Grecia europea, con sus costas recortadas y la abundancia de accidentes geográficos, la propia insularidad de la Grecia insular y la ocupación costera de la Grecia del Este hacen del mar el vínculo de unión y relación perfecto entre todos esos territorios. La complicada orografía de los territorios griegos continentales, a la que ya hemos aludido, hacía bastante arduas las comunicaciones por vía terrestre, lo que facilitó, ya desde tiempos prehistóricos, la utilización del mar para paliar estas dificultades. El mar contribuyó a unir a los griegos, no a separarlos, y el uso que al mismo le dieron a lo largo de su historia lo demuestra con creces. El mar fue también un medio hostil e inestable del que los griegos no siempre se fiaban, y razón tuvieron como muestran las decenas de pecios que técnicas cada vez más innovadoras descubren sin cesar, una mínima parte tan sólo de la incalculable cantidad de barcos y vidas perdidas. Sin embargo, su larga familiaridad con ese medio, hostil pero al tiempo imprescindible, les hizo desarrollar naves cada vez mejor preparadas para sobrevivir a sus terribles embates así como técnicas de navegación y calendarios para minimizar al máximo los riesgos que el mar siempre planteaba.

La historia de Grecia, muy vinculada a la geografía de la tierra en la que se desarrolló, sólo puede entenderse si la tenemos presente como realidad última que incidió sobre las personas y, al hacerlo, determinó sus comportamientos.